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Cinco millones de semillas para la resistencia

La marcha de las mujeres sobre Washington alumbra un renacer de la desobediencia progresista en Estados Unidos. La gran duda es si se logrará articular la rebeldía

Álvaro Guzmán Bastida / Nadia Lee Washington , 23/01/2017

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Fue una demostración de fuerza, un grito tan profundo como seco, difuso; crudo; y con voz de mujer. Marcharon nietas, y abuelas, blancas y negras, latinas y asiáticas. Marcharon banqueras de Wall Street, y anarquistas mexicanas. Marcharon psicólogas de Arizona, transexuales de Philadelphia, enfermeras de Chicago, profesoras de San Francisco. Marcharon liberales reformistas, líderes sindicales, rusófobos convencidos. Marcharon imanes, rabinos, curas católicos y pastores protestantes. Marcharon monjas, y ateos. Marcharon mujeres cuyos maridos están en la cárcel por posesión de drogas, y madres a cuyos hijos ha matado la policía. Marcharon hippies. Marcharon demócratas. Marcharon ecologistas, y anticapitalistas. Marcharon Scarlett Johansson, Alicia Keys y Madonna. Marcharon también muchos hombres.

Casi cinco millones de personas salieron a la calle el 21 de enero en todo el mundo en cientos de marchas lideradas por mujeres. Lo hicieron para protestar contra la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos y la agenda del Partido Republicano, que controla ambas cámaras del legislativo y la mayoría de gobiernos de los estados federados. La Marcha de las Mujeres sobre Washington superó ampliamente las expectativas de los organizadores, abarrotando la Explanada Nacional con medio millón de manifestantes.

Solo en Estados Unidos, hubo marchas “hermanas” en 600 ciudades, desde Chicago a Nueva York o Denver

Solo en Estados Unidos, hubo marchas “hermanas” en 600 ciudades, desde Chicago a Nueva York o Denver. En Los Ángeles, salieron a la calle 750.000 personas, el 20% de la población de la ciudad. En Stanley, Idaho, lo hicieron más de la mitad de los 63 habitantes. Algunos expertos señalan a la del sábado como la mayor movilización ciudadana en la historia del país. En la tierra de la lucha por los derechos civiles y las movilizaciones estudiantiles contra la guerra de Vietnam, no es poca cosa. Hubo también marchas multitudinarias en México, Moscú, Buenos Aires, Londres, Toronto o Barcelona.  

La marcha de Washington estuvo a punto de morir de éxito. Para las 12 del mediodía, casi dos horas antes del comienzo previsto, su recorrido se hallaba desbordado por manifestantes, que copaban también muchas de las calles adyacentes. “Puede que tengamos que marchar solo un par de metros, de manera simbólica”, declaraba a mediodía Linda Sarsour, activista de origen palestino, defensora de los derechos de los musulmanes, y una de las organizadoras de la marcha. “Es un problema, pero un buen problema”, sentenció.

Si algo dominó las marchas del primer fin de semana de gobierno Trump fue su enorme diversidad, reflejada no sólo en sus participantes, sino también en sus demandas, más o menos concretas, sus pancartas y los discursos de las ‘estrellas’ invitadas.

“Estamos aquí para decirle a todo el mundo que le queremos”, señalaba Amanda Harmon, mientras sostenía frente al Capitolio una pancarta con el lema ‘el amor, no el odio, es lo que hace que América sea grande’. Harmon, una joven pálida, de mirada afable y mofletes abombados, había viajado una hora desde Virginia para manifestarse junto con su novia, Ashley y su tía, Lane. “Queremos un mundo mejor, que respete al diferente, y este gobierno representa todo lo contrario. Tenemos que frenar su agenda de odio. A quienes digan que protestar no sirve para nada, les digo que abran los libros de historia y comprueben de dónde ha venido siempre el cambio en este país y en todo el mundo”.

Según avanzaba la mañana, fría, húmeda y nublada, iban llegando a Washington centenares de autobuses, que copaban los aparcamientos aledaños al centro de la capital. Con el metro colapsado, bajaban riadas de peatones por las calles hasta desembocar en la Explanada Nacional.

Un par de manzanas antes de llegar al lugar de convocatoria, con el Capitolio ya visible, los manifestantes se topaban con un grupo de jóvenes rubias ataviadas con traje pantalón. El batallón practicaba con esmero la coreografía viral del #pantsuitnation, símbolo de la catastrófica campaña de Hillary Clinton. A sus pies, una pancarta rezaba “I’m still with her” (Sigo estando de su lado), parafraseando el lema de la campaña de la exsecretaria de Estado.

Más al sur, lejos del macabro funeral pagano por la carrera política de Clinton, circulaban por el escenario del mitin previo activistas y artistas invitados por los organizadores. Por allí pasaron las chicas de oro del liberalismo demócrata, como Madonna, que proclamó el principio de una revolución, Cher o Scarlett Johansson, que pidió respeto a Trump para ella y para su hija antes de ofrecérselo al presidente. También habló, en un tono más contestatario, la actriz América Ferrera, de padres hondureños, que relató la experiencia de los inmigrantes durante el ascenso político de Trump: “Nuestra dignidad, nuestro carácter, nuestra naturaleza y nuestros derechos han sido atacados por un programa de odio y división que asumió el poder ayer”. Poco después, tomó el estrado la veterana activista e intelectual Angela Davis, que auguró a Trump 1.459 días de resistencia, tantos como le quedan a su administración. En su discurso, Davis reivindicó la lucha histórica por la emancipación de los negros, incluida la reciente del movimiento Black Lives Matter, y quiso tender puentes a otros movimientos sociales, como el de la tribu Sioux que se opone a la construcción de un oleoducto en Dakota del Norte. “No se nos puede hacer olvidar que las vidas negras sí importan. La propia historia de los EE.UU. es una historia de inmigración y esclavitud. Fomentar la xenofobia, verter acusaciones de asesinatos y violaciones y construir muros no borrará la historia. Ningún ser humano es ilegal”.

A escasos cien metros de Harmon y su familia, y a otros tantos del escenario del mitin, la adolescente Eddy Fink se ajustaba el gorro tejido a mano en lana rosa, devenido en símbolo de la protesta, a la espera del comienzo de la marcha. El viaje de Fink hasta Washington fue una pequeña odisea: su autobús tardó dieciséis horas en recorrer los casi 2.000 kilómetros de distancia entre la frontera norte de Michigan y la capital. Pero, apuntaba, la pequeña odisea valió la pena: “Estoy aquí como feminista, como mujer y como partidaria de la igualdad entre todos, incluyendo a los LGBT”. Fink, pelirroja y menuda, viajó a Washington acompañada por su madre. Su pancarta “Nasty Women Keep Fighting” (Las mujeres asquerosas seguimos luchando), hacía referencia a uno de los apelativos que le dedicó Trump a Clinton en el último debate televisado entre ambos en campaña.

Para Kenton, miembro del Working Families Party en Hartford, Connecticut, el ascenso de Trump es inseparable de las políticas del Partido Demócrata en general y Hillary Clinton en particular

Tanto Fink como Harmon habían apoyado a Hillary Clinton en las elecciones. Rechazan a Trump, sobre todo, por sus innumerables comentarios despectivos hacia las mujeres, a quienes el nuevo presidente se ha vanagloriado de agredir sexualmente. Pero hasta el sábado, ni una ni otra habían participado en ninguna manifestación. No es el caso de Mike Kenton, un treintañero de sonrisa volcánica, barba pelirroja y cabellera rubia ‘platino’. Para Kenton, miembro del Working Families Party en Hartford, Connecticut, el ascenso de Trump es inseparable de las políticas del Partido Demócrata en general y Hillary Clinton en particular. “He venido para hacerle frente a la presidencia de Trump y al fascismo”, señalaba minutos antes del comienzo de la marcha. “Pero no debemos hacernos ilusiones: vivimos en un sistema patriarcal, misógino y racista, y tenemos que alzar la voz para desmantelarlo.” Para Kenton, la marcha del domingo es solo el primer paso. “Está muy bien que nos unamos, pero tenemos que ir un paso más allá ideológicamente, y apostar por una vía socialista y libertaria. Por eso estoy aquí. Creo que es el momento. Los próximos cuatro años serán importantes, un verdadero test para la izquierda. Los peces gordos capitalistas están temblando. En nuestra generación, un mundo socialista es posible; una América socialista es posible”.

¿Qué permite al socialista libertario Kenton o a la pantera negra Davis compartir espacio político con Harmon y Fink, o las muchachas del #pantsuitnation? Para Celina Su, profesora de ciencia política de Brooklyn College, la respuesta tiene nombre y apellido: “La elección de Donald Trump ha supuesto un momento cristalizador para gente que no estaba politizada”. Su, que marchó en Nueva York el sábado con el resto de miembros del sindicato de profesores de su universidad, señala que los niveles de participación política llevan medio siglo descendiendo entre los estadounidenses. “Mucha de esa gente se ha activado tras la elección de Trump”.

Kristan Hawkins, presidenta de la asociación antiabortista Students For Life, está de acuerdo: “Me sorprendió ver la cantidad de mensajes diferentes: mucha gente estaba allí por su apoyo al aborto, pero también los había con pancartas sobre cambio climático o el salario mínimo. Era una gran coalición de gente muy diversa, unida por su odio a Donald Trump”.

El indudable rechazo a Trump tiene sus pliegues. Se basa, por un lado, en sus muy notorios comentarios sexistas, inmortalizados en pancartas como las de Harmon y Fink. Pero también tiene que ver con la agenda republicana, apropiada por Trump en campaña, que muchos perciben como una “guerra contra las mujeres”.

“Nos quieren llevar de vuelta a los años cincuenta”, clamaba indignada Lisa Holliday, gerente de un hospital en Virginia. “Sus medidas de eliminar las ayudas para la sanidad y limitar los métodos contraceptivos son intolerables. Las mujeres queremos avanzar en la igualdad y desmontar el patriarcado; no ir marcha atrás”.

Trump y los legisladores republicanos parecen decididos a darle la razón. En sus primeros días en la Casa Blanca, el presidente ha firmado decretos para desmantelar la reforma sanitaria de Obama, incluidas sus provisiones para facilitar métodos preventivos del embarazo y los abortos. Además, ha aprobado la llamada “ordenanza mordaza”, que retira fondos públicos a las organizaciones de ayuda internacional que faciliten información acerca de las posibilidades para abortar. En el congreso, varios líderes republicanos han propugnado leyes para limitar los abortos a las seis semanas de gestación.

Mientras tanto, aumenta la presión de grupos como el de Kristan Hawkins para que Trump cumpla sus promesas de campaña: retirar la financiación de la agencia federal de planificación familiar, que dedica un 3% de sus fondos a realizar abortos, y nombrar a un juez antiabortista para el Supremo que logre deshacer la jurisprudencia sentada por la sentencia ‘Roe vs Wade’, que descriminalizó el aborto en 1973. (El porcentaje de abortos se ha reducido a la mitad desde la sentencia).

“América ha elegido un presidente y un vicepresidente pro vida, y tenemos una mayoría pro vida en la Cámara de Representantes y el Senado”, señala Hawkins, que confía en que Trump tome medidas para “abolir” el aborto cuanto antes. “Si yo fuera partidaria del aborto, también estaría preocupada”.

Pero la agenda de Trump y la mayoría republicana va mucho más allá del aborto. “Trump ha dejado muy claros sus planes”, señala la periodista Tatiana Cozzarelli, especialista en movimientos sociales y feminismo, que pone el acento sobre la política ambiental, económica o migratoria, “que tendrá a las mujeres como principales víctimas”. Cozzarelli pone como ejemplo las deportaciones masivas de inmigrantes musulmanes y mexicanos anunciadas por Trump. “No podemos pensar en estos problemas como algo al margen de lo femenino”, añade Cozzarelli. “Habrá enormes cantidades de mujeres deportadas, y otras, a menudo embarazadas o con hijos, retenidas en centros de deportación, como viene sucediendo con el gobierno Obama, que ha deportado a más inmigrantes que nadie. Todos esos ataques no solo van a continuar, sino que se van a intensificar”.

Para entender la fortaleza de la movilización del 21 de enero, así como sus limitaciones, basta con repasar la historia de cómo se forjó. La noche electoral del 8 de noviembre, Teresa Shook, una abogada jubilada hawaiana sin demasiado interés por la política, no daba crédito ante la victoria de Trump. Al día siguiente, Shook se levantó decidida a mostrar su descontento de alguna manera. “Me tenía estupefacta la retórica de la campaña: todo ese odio e intolerancia”, contó a una cadena de televisión local. Shook decidió crear un evento en Facebook llamando a una marcha de mujeres sobre Washington el día después de la investidura. Lo hizo sin demasiada fe en trascender el activismo de las redes sociales. A la mañana siguiente, 10.000 personas habían respondido al evento diciendo que asistirían. La cosa podría haber quedado ahí, ya que Shook ni siquiera tenía planeado viajar a Washington para la cita. Pero para entonces, a 8.000 kilómetros de distancia, la modista neoyorquina Bob Bland había tenido una idea parecida. Dos días después de la elección de Trump, Bland publicó, también en Facebook una nota en la que llamaba a una “coalición” de aliados marginalizados para marchar sobre Washington el día de la investidura. “No permitiremos que se nos quiten derechos que ha costado tantos años de lucha conseguir”, escribía. “Necesitamos gente de todos los estados y ciudades para organizar a sus comunidades a nivel local”.

Cuando se percató de que ya existía una iniciativa similar, Bland se puso en contacto con Shook para fusionar ambos eventos. Así nació la Marcha de las Mujeres sobre Washington. Mejor conectada que su camarada hawaiiana, Bland fue capaz de reclutar para la causa a un tridente de activistas de renombre y con un tirón sustancial: la musulmana feminista Linda Sarsour, la defensora de los límites sobre la portación de armas, Tamika Mallory, y la activista por la reforma del sistema penitenciario, Carmen Pérez.

A menos de dos semanas de la cita en Washington, el New York Times publicaba una suerte de esquela premonitoria de la marcha

Con la infraestructura en marcha y el germen de la transversalidad incrustado en su ADN, las organizadoras se pusieron manos a la obra: invitaron a colectivos progresistas de todo el país a participar de la organización; fletaron autobuses; convencieron a artistas y famosos para que mostraran su apoyo. Pronto, surgieron las fisuras lógicas de un movimiento ecléctico y en plena ebullición, convenientemente amplificadas por los medios de comunicación de masas. ¿Debía la marcha ceñirse a los asuntos clásicos del movimiento feminista mainstream, como el acceso al aborto, o era el momento de incluir otros reclamos, como la subida del salario mínimo o la lucha contra el cambio climático? A menos de dos semanas de la cita en Washington, el New York Times publicaba una suerte de esquela premonitoria de la marcha: el Times dibujaba un movimiento dividido antes de nacer, y por tanto condenado a morir. La inclusión de activistas y reivindicaciones de racismo estructural, política carcelaria o inmigración en el núcleo de la marcha, sostenía el diario más influyente del mundo, había “excluido” a las mujeres blancas de clase media que habían liderado movimientos similares en el pasado (y que leen con fervor el New York Times).

Cuando las organizadoras hicieron público los principios de unidad de la marcha, quedó claro que habían apostado por abrir el foco de sus demandas, a riesgo de diluirlas, pero con el potencial de incluir a mucha más gente en su movilización. La decisión respondía a la lectura acertada del vigor de los movimientos sociales en Estados Unidos y la jugada les salió redonda. “En la marcha se vio un ambiente de sinergia”, señala Celina Su, la politóloga de Brooklyn College. “Los movimientos pro derechos latino o el Black Lives Matter llevan años creciendo, pero en las marchas de Washington, Nueva York, Los Ángeles o Chicago se vio a más gente que los sospechosos habituales, muchas más caras blancas, por ejemplo. La cuestión ahora es ver si esta gente sigue trabajando de manera coordinada, en acciones específicas contra la agenda de Trump”.

Sin el vigor de las movilizaciones latinoamericanas ni la disciplina de las europeas, la masa que descendió desde el icónico National Mall hasta los aledaños de la Casa Blanca se descoordinada por momentos. Surgían huecos entre los diferentes ‘grupettos’ de manifestantes, que marchaban con sus idiosincráticas pancartas caseras: “El pueblo unido jamás será vencido”, rezaba, en español, una; “El amor se impondrá al odio”, contribuía otra; “Bienvenidos al Mississippi de los años 50”, lamentaba otra; “Acosador sexual en jefe, no eres mi presidente”, sentenciaba otra, situada cerca de una bandera mexicana y un grupo de hijos de inmigrantes, que coreaban el “Sí se puede” del histórico líder jornalero César Chávez.

Mientras, el nuevo presidente jugaba al gato y al ratón con los manifestantes: Trump aprovechó su primer día en el cargo para visitar el cuartel general de la CIA, convenientemente situado en Langley, Virginia, a quince kilómetros del recorrido de la marcha y el Despacho Oval. En su libro The Art of the Deal (El arte del negocio), Trump celebra cómo logró gran atención mediática para una de sus sonadas campañas de marketing. “Lo importante”, escribe Trump en la página 57 de su ‘bestseller’, “es que conseguimos que se nos prestase gran atención, y solamente eso ya genera valor”. Y es que, en el universo Trump, la atención de las masas vale su peso en oro.

Si Trump hubiera entrado en Twitter, como hace de manera compulsiva, a su regreso de la sede de la CIA, se habría encontrado con una conversación casi monotemática en torno a la marcha en su contra, y apenas un puñado de mensajes sobre su discurso a los espías. Quizá por eso, el presidente lanzó como un sabueso a su nuevo portavoz, Sean Spicer, a una rueda de prensa improvisada. Tras hacer esperar una hora a los reporteros, Spicer irrumpió con la vena hinchada y un mensaje claro: “La investidura de ayer fue la más multitudinaria en la historia de este país y del mundo entero. ¡Y punto!”, regañó Spicer a los periodistas, mintiendo descaradamente. Spicer, que entró en la guerra de cifras comparando la investidura de Trump con la de Obama, no hizo referencia a los millones de personas que se manifestaban contra Trump mientras se dirigía en tono de matón a la prensa. Según un estudio de la Universidad británica de Manchester, solo en Washington había el triple de personas manifestándose el sábado que las que salieron a la calle el día anterior para la investidura. Incluso en la era de la posverdad, hay comparaciones que no resisten la orwelliana flexibilidad con los datos de la nueva administración.

Ausente de la marcha en carne y hueso, el espectro de Clinton sí logró aparecerse por medio de una foto a tamaño real, decorada con un 'Thank you', al pie

En la marcha no faltaron las referencias a la supuesta conspiración entre el gobierno ruso y Trump para llevar a este a la Casa Blanca: “Trump/Putin 2016”, rezaba, socarrona, una, mientras que abundaban las reproducciones del mural de un artista lituano que muestra a Trump y Putin besándose, como en el de Brezhnev y Honecker sobre el muro de Berlín. El asunto de la injerencia rusa viene siendo uno de los temas estrella en la prensa liberal desde las elecciones, sin que medien demasiadas pruebas y con el obvio resultado de descargar de culpa al establishment demócrata y Hillary Clinton por su derrota. Ausente de la marcha en carne y hueso –no acudió, aunque mandó un tuit de apoyo–, el espectro de Clinton sí logró aparecerse por medio de una foto a tamaño real, decorada con un “Thank you”, al pie.

“Esta es la primera vez que participo en una manifestación, pero no será la última”, declaraba Louis Jones, de Bethesda, un barrio residencial a las afueras de Washington. Jones, de 38 años, marcha por Pennsylvania Avenue acompañada de sus tres hijas. “He vivido en Suiza e Inglaterra, y me avergüenza que seamos el único país que no garantiza el derecho a la sanidad universal”. La madre de Jones padece una enfermedad degenerativa. Ahora teme que, con la anunciada retirada de la reforma sanitaria de Obama, sus gastos médicos se disparen. “Los grandes países no le niegan la asistencia sanitaria a 32 millones de personas”.

La mecha de los cánticos colectivos apenas llegaba a prender entre un grupo tan diverso, y a menudo atomizado, hasta que apareció, de nuevo, el nombre Trump como aglutinador en jefe. Cerca del final de su recorrido, la marcha dejó a su izquierda el pomposo Trump International Hotel, que el presidente inauguró a pocas semanas de las elecciones a apenas un kilómetro de la Casa Blanca y que ha utilizado para reuniones públicas y privadas durante el periodo del traspaso de poderes. El nombre del magnate, en letras doradas, sobre los arcos pasteleros de la fachada, hizo pues de irradiador de ira, forzando a la muchedumbre a girarse y unir sus voces al grito de: “Shame! Shame!” (¡Vergüenza! ¡Vergüenza!) Desde los pisos superiores, una familia con tres niños de pelo rubio repeinados con raya al medio completaba el ‘cuadro’ descorriendo tímidamente la cortina, como invitados atónitos del Palacio de Invierno en octubre de 1917.

Los manifestantes consiguieron robarle a Trump su tesoro más preciado: el show en su primer día. Pero, ¿lograrán articular la resistencia, dado el poder institucional casi absoluto del binomio Trump-Partido Republicano, y la decisión con la que van a implementar su agenda?

Desde la marcha del sábado, se han sucedido los ‘decretazos’ de Trump en materia de sanidad, de medioambiente e inmigración. Y, con ellos, ha llegado la respuesta ciudadana. Se han convocado manifestaciones sustanciales en escasas horas, en el frío invierno y entre semana. El martes, en Nueva York, cinco mil personas marcharon bajo la lluvia contra la decisión de retomar los proyectos de oleoductos Keyston XL y Dakota Access, que Obama había detenido después de años de batalla con activistas indígenas y medioambientales. La noche del miércoles, decenas de miles salieron a la calle en todo el país para mostrar su solidaridad con los latinos y musulmanes señalados por Trump en sus nuevos decretos migratorios.

Mientras, los líderes electos del ala más progresista del Partido Demócrata no paran de hacer gestos de rechazo al nuevo presidente.

Circulan por internet los llamamientos a hacer un acto de resistencia colectiva por cada uno de los primeros cien días de gobierno Trump. Una de las primeras iniciativas se articuló en torno a la exigencia de la senadora Elizabeth Warren de que se auditen las finanzas de Trump en busca de posibles conflictos de intereses. Los teléfonos de los interventores de la oficina de transparencia del gobierno echaban humo esta semana. Algo parecido le ha sucedido al líder republicano en el Congreso, Paul Ryan, que ha tenido que dar de baja su línea telefónica ante el aluvión de llamadas para evitar la confirmación de la posible secretaria de educación, la multimillonaria partidaria de la privatización de los colegios, Betsy DeVos.

El que tampoco afloja es el septuagenario Bernie Sanders. Durante la marcha del sábado el excandidato a la Presidencia, hizo un llamamiento a la unidad:

“Señor Trump, no va a lograr usted dividirnos en base al género, la raza o a quién amamos”, declaró el senador independiente que representa a Vermont. “Su intolerancia nos está uniendo en torno a un movimiento progresista. No vamos a dar un paso atrás en los derechos de las mujeres, de los trabajadores, la justicia sanitaria o racial, ni la lucha contra el cambio climático”. Al día siguiente, Sanders volvía a mover ficha al proponer un plan de inversión en infraestructuras por valor de un billón de dólares. Sanders colocaba así la pelota en el tejado de Trump, que ha prometido hasta la saciedad “poner a América a trabajar de nuevo”.

Tanto Warren como Sanders han votado hasta ahora a favor de todos los nombramientos propuestos por Trump

Pero confiar la resistencia ante Trump al Partido Demócrata tiene sus riesgos: incluso después de oponerse a ellos verbalmente en los medios y en el parlamento, tanto Warren como Sanders han votado hasta ahora a favor de todos los nombramientos propuestos por Trump, incluidos los del secretario de defensa, James, ‘Perro Loco’, Mattis y del excandidato republicano Ben Carson que dirigirá la política de vivienda. La única congresista que se ha votado ‘no’ a todos los nombramientos de Trump hasta la fecha ha sido la senadora neoyorquina Kirsten Gillibrand. Por otra parte, la mayoría de líderes del partido brillaron por su ausencia en las multitudinarias marchas del sábado. Y es que en la calle hace mucho frío: estaban invitados a un ‘retiro’ organizado por el soldado clintoniano David Brock con donantes multimillonarios del partido.

Las respuestas institucionales, más o menos simbólicas, capitaneadas por Sanders o Warren, conviven pues con la resistencia en las calles, al tiempo que Trump avanza como una apisonadora en su proyecto de “devolver América a los americanos” y “restablecer” el estado de derecho.

“Hay poco tiempo”, reconoce Celina Su. “Y la tarea a la que nos enfrentamos, la de reconstruir el poder popular, es compleja”. Para Su, la cita del sábado sirvió para vencer ese miedo que se encontraba atenazado tras las elecciones. “Es un paso insuficiente, pero necesario para activar al pueblo. Ahora les toca a los activistas articular todo eso, para que la gente pueda dirigir sus esfuerzos a algo útil y que la energía de las marchas no se disipe”.

A medio continente de distancia, en Jackson, Mississippi, el veterano activista Kali Akuno, se muestra de acuerdo. “Se ha creado un espacio político enorme con las marchas”, señala Akuno, codirector de la red de cooperativas Cooperation Jackson e impulsor de la iniciativa de desobediencia civil ‘Ingobernable’. Akuno prevé que el nuevo gobierno tratará de avanzar con celeridad en su agenda para superar una resistencia que considera “en crecimiento”, pero fragmentada. “Los próximos doscientos días van a consistir en un programa de shocks, diseñado para producir conmoción y pavor”, pronostica. Contra eso, y “huyendo del pánico”, propone articular la resistencia desde lo local.

“Tenemos que sentarnos en cada barrio, en cada comunidad, y organizarnos, para plantar cara a escala nacional”, señala Akuno, que cree que es momento de que los movimientos sociales se replanteen su alineamiento de fuerzas para no limitarse en “devolver a los demócratas a la Casa Blanca” en cuatro años. “Nos toca plantearnos: ¿cuál es nuestro programa? ¿qué proponemos hacer para ‘descarbonizar’ la economía y la sociedad, para desmilitarizar nuestra vida, para crear ciudades santuario para las comunidades amenazadas? No podemos limitarnos a decir ‘no’ a Trump, sino también a un statu quo económico, político y social que nos han llevado a al despertar del nacionalismo blanco y el autoritarismo”.

Conforme completaban la marcha a quinientos metros de la Casa Blanca, centenares de manifestantes fueron dejando apiladas sus pancartas en el suelo. Junto al parque de la Elipsis, la tinta rosa, los lemas burlones y los dibujos de Trump con bigote hitleriano se entremezclaban en un collage recordatorio de la fuerza de su grito, así como de su pluralidad. Mientras se formaba la improvisada instalación, con las palabras de Angela Davis reverberando en la memoria, crecía un grito colectivo, esta vez sí, dirigido al presidente Trump: ‘Welcome to your first day! We won’t go away!” (Bienvenido a tu primer día, no nos vamos a ninguna parte). Toda una declaración de intenciones.

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Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

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1 comentario(s)

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  1. Arioch

    Estas fracasadas aburren. 8 años se van a tragar de Trump, 8 años porque esta claro que con esta "oposición" él arrasa en las próximas elecciones. Muchas rabietas se van a tragar estas pedorras

    Hace 4 años 3 meses

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