1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

‘Paper’

El derrumbe del sistema americano y la victoria de Trump

Obama fue en 2008 el triunfo moral y simbólico de la América progresista. El nuevo presidente de EEUU es el Obama de la otra América, la América conservadora. Pero los dos grandes partidos, Demócrata y Republicano, han implosionado

Marcos Reguera 14/01/2017

<p>Caricatura de Donald Trump.</p>

Caricatura de Donald Trump.

Luis Grañena

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

---------------------------------
En enero CTXT deja el saloncito. Necesitamos ayuda para convertir un local o una notaría en una redacción. Si nos echas una mano grabamos tu nombre en la primera piedra. Del vídeo se encarga Esperanza.

Donación libre:

---------------------------------

En tan solo seis días, el próximo 20 de enero, Donald J. Trump pasará de ser presidente electo a ser presidente de los Estados Unidos. Sin bien está por ver aún cuáles serán las implicaciones reales de su toma de posesión, en un plano simbólico su victoria electoral ha sacudido el mundo abriendo numerosos interrogantes sobre lo que su presidencia puede suponer para la primera potencia global y el resto de países.

Este artículo forma parte de una serie de tres análisis que desgranarán distintos aspectos de la América de Trump, las elecciones, y la futura presidencia. El objetivo es ofrecer herramientas y claves de comprensión para que las lectoras y lectores puedan interpretar las numerosas noticias que se seguirán sucediendo sobre el próximo inquilino de la Casa Blanca.

En este primer capítulo, El derrumbe del sistema americano y la victoria de Trump, se intenta ofrecer una explicación de conjunto de las causas históricas, culturales y políticas que prepararon el terreno para la victoria del magnate neoyorquino.

El precio de la globalización para el American Way & Dream:

Las expresiones “American Dream” y "American Way of Life" juegan en la cultura norteamericana el papel de ideas de consenso sobre el significado de la vida en sociedad. Son el equivalente americano a la idea europea del Estado del bienestar: las condiciones sociales que permiten que un individuo y su colectividad puedan llevar una vida plena desde el nacimiento hasta la tumba. En Europa ese marco de bienestar queda a cargo del Estado, que debe regular y atenuar las injusticias para garantizar una vida digna. En los Estados Unidos, por el contrario, se entiende que son la ausencia del Estado y las oportunidades del mercado lo que provee el bienestar para quien lo persigue. Este consenso genera dos ideas relacionadas:

El American Dream se refiere a la promesa de éxito social y una vida de riqueza para aquel que tenga la voluntad de perseguir su propio engrandecimiento y reúna los suficientes méritos individuales. El American Way of Life son las condiciones concretas que dan cuerpo al American Dream. La sociedad de consumo, la democracia, la libertad económica y de expresión, la cultura popular, los valores morales, etc. No importa que pensemos que estas ideas sean mitos. Lo importante es que rigen la mentalidad de la gente generando realidad social, aunque no siempre sea la realidad que imaginan y desean los actores que viven bajo el American Dream y el American Way.

El American Way & Dream  (como me referiré a ambos a partir de ahora) es, por lo tanto, a grandes rasgos, el contrato social de los estadounidenses.

Desde hace cincuenta años asistimos al desvanecimiento del modelo clásico del American Way & Dream, de una América blanca que progresa en una sociedad de consumo, con la promesa del éxito para el que se esfuerza y una vida en barrios residenciales.

La estampa nunca fue del todo real, aunque sí se corresponde con un momento de crecimiento sostenido y redistribución de la riqueza tras la Segunda Guerra Mundial, en lo que se llamó el consenso de Postguerra entre capital y trabajo. Estos años de crecimiento sostenido desde 1945 hasta 1973 marcaron a fuego en la mentalidad americana una imagen dorada de los Estados Unidos que no sólo se proclamaba como una realidad del momento, sino como una promesa para las generaciones venideras.

Desde hace cincuenta años asistimos al desvanecimiento del modelo clásico del ‘American Way & Dream’, de una América blanca que progresa en una sociedad de consumo

Aun así, no todos formaban parte de ese relato de recompensa al éxito económico y valores tradicionales en barrios residenciales. Los afroamericanos sufrían la segregación, los latinos vivían una marginalidad crónica y las mujeres y minorías sexuales vivían subordinadas y ninguneadas bajo las figuras patriarcales del marido y hombre blanco heteronormativo. El American Way & Dream no sólo era homogéneo, sino que además era terriblemente excluyente.

Desde los años sesenta del siglo XX las minorías raciales y sexuales, las mujeres y muchos progresistas se han aliado en la lucha por los derechos civiles, que ha recuperado la tradición de la lucha contra la esclavitud para construir unos Estados Unidos más inclusivos. Sus reivindicaciones no tienen por objetivo acabar con el American Way & Dream, sino conseguir que se cumpla para toda la población su hipotético punto de partida: la igualdad de oportunidades, es decir, igualdad de acceso a la competición económica.

Con la firma del acta de derechos civiles del presidente Johnson en 1964 se terminaba de cimentar una lucha legal de largo recorrido, y se codificaba el esfuerzo de las protestas por los derechos civiles, saltando estos de las calles a la política institucional en el Partido Demócrata. Éste se convirtió desde ese momento en el partido de los derechos civiles y las minorías. En esa época muchos jóvenes entrarán en el partido atraídos por su mensaje moderno y por los vientos de cambio, incluso muchos republicanos, como Hillary Clinton a finales de los años sesenta.

Pero el American Way & Dream  no sólo se vería alterado por la paulatina (e incompleta) inclusión de los excluidos, sino que además se vería contestado por otro fenómeno distinto pero paralelo (temporalmente hablando) y es el fin de los Estados Unidos como la "Fábrica del Mundo".

Nixon fue el primero en sentenciar el modelo económico de postguerra salido de la conferencia de Bretton Woods. Con sus políticas económicas iniciaría la Era Neoliberal 

Desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos habían sido el principal productor global de bienes manufactureros orientados al mercado mundial, lo que creó veinte años de bonanza que permitieron cimentar el American Way & Dream como una sociedad industrial y de consumo con posibilidades económicas casi ilimitadas. Pero esto comenzó a cambiar con la recuperación económica de las zonas europeas devastadas por la guerra (el despegue alemán y la configuración de la Comunidad Económica Europea), así como por la industrialización de sociedades agrarias del tercer mundo, en especial las economías asiáticas, que comenzando por Japón, seguido por los Tigres Asiáticos y con la incorporación final de China han configurado un nuevo bloque mundial que ha desplazado el centro económico del océano Atlántico al Pacífico. Dichas sociedades pasaron de ser mercados estadounidenses a competidores económicos de manera simultánea. Si a esto le sumamos que la reforma monetaria de Nixon y la situación de estanflación del momento dispararon la crisis del petróleo de 1973 y la descompensación entre oferta de bienes producidos, muy superior a la capacidad de consumo interno norteamericano, tenemos que a principio de los años setenta se generaron las condiciones para que los Estados Unidos no pudieran sostener el ritmo de crecimiento económico necesario para mantener el American Way & Dream, y de esta manera surgió la necesidad de reformar la economía para sostener el modo de vida americano.

Nixon fue el primero en sentenciar el modelo económico de postguerra salido de la conferencia de Bretton Woods. Con sus políticas económicas iniciaría la Era Neoliberal a través de su reforma monetaria, con la abolición definitiva del patrón oro y su sustitución por el dólar como patrón de referencia para la convertibilidad global, y la apertura de los Estados Unidos a la economía china con su visita a Pekín, preparó la economía norteamericana para una globalización que ya estaba desde hace tiempo en marcha por la propia lógica capitalista.

A corto plazo fue un gran éxito porque recobró para los Estados Unidos el liderazgo económico. A largo plazo liquidó el factor nacional de la economía americana acentuando su dependencia del exterior.

La brecha salarial de los años ochenta llevó a George H. W. Bush a preparar el primer gran tratado de libre comercio para compensar parte de la caída del consumo interno, el NAFTA

Ronald Reagan profundizó el enfoque inaugurado por Nixon con su “Reaganomics” desviando recursos públicos desde el gasto en servicios sociales a los contratos de defensa, iniciando los programas de desregulación económica, así como implementando una bajada selectiva de impuestos que, en teoría, liberaría ingresos para el consumo.

A corto plazo consiguió un crecimiento macroeconómico palpable gracias al desvío de fondos públicos desde el Estado a ciertos sectores privados, así como por la desaparición de regulación laboral, económica y medioambiental que facilitó una mayor flexibilidad y dinamismo para los negocios. A largo plazo el precio que pagó la sociedad norteamericana fue el empobrecimiento de grandes sectores de su población, profundizar en su impacto medioambiental que agravaba el calentamiento global y el inicio de la decadencia de los grandes sectores industriales tradicionales por la desprotección laboral y la imposibilidad de competir con altos salarios en un mercado mundial con economías sin regulación laboral.

La brecha salarial de los años ochenta llevó al presidente George H. W. Bush a preparar el primer gran tratado de libre comercio para compensar parte de la caída del consumo interno. El NAFTA, que amplió el mercado para los productos americanos, abrió a su vez las fronteras a los productos canadienses y mexicanos e inició todo un proceso de deslocalización industrial a México.

Bill Clinton terminó de aplicar el NAFTA y aprobó la Gramm-Leach-Bliley-Act en 1999 que desregularizó el sector bancario, apuntalando la dinámica de financiarización de la economía. El proceso de globalización llegó a su cúspide durante su mandato y el de su sucesor, George W. Bush, bajo cuya presidencia un sector bancario con una regulación menor y distintos objetivos provocó una política crediticia desbocada y especulativa que hinchó la burbuja inmobiliaria. Dicha burbuja explotaría al final de su mandato con la caída de Lehman Brothers y el inicio de la gran crisis global.

Obama, por su parte, ha intentado controlar parte de los efectos más perniciosos de la desregulación financiera mediante una política de rescate y subsidios a la zona industrial clásica de los Grandes Lagos. También ha favorecido a través de Ben Bernanke un enfoque monetario algo más heterodoxo del favorecido por Alan Greenspan en la reserva federal en las décadas precedentes. Pero estos tímidos cambios no rompieron con la dinámica expuesta anteriormente, y prueba de ello ha sido su apuesta por los tratados de libre comercio del TTP en el pacífico o el TTIP (aún inconcluso) con la Unión Europea.

La zona de los Grandes Lagos, la América de las grandes factorías automovilísticas, ha pasado de ser el centro económico estadounidense a una zona empobrecida y en decadencia

Vemos pues que las últimas décadas han supuesto una dinámica constante de auge globalizador de un capitalismo desregularizado, con los Estados Unidos consiguiendo con cada reforma económica mantenerse a la cabeza de las economías mundiales, pero al precio de horadar las bases económicas nacionales que habían hecho posible el American Way & Dream. Esto, por supuesto, no es responsabilidad ni resultado exclusivo de la política norteamericana. Es una dinámica capitalista mundial, pero a la que los distintos presidentes norteamericanos han contribuido de manera decisiva.

Los resultados de esta dinámica son múltiples, pero para la victoria de Trump hay uno que se alza con gran importancia. La zona industrial tradicional de los Estados Unidos, la zona de los Grandes Lagos, la América del motor y de las grandes factorías automovilísticas, ha pasado de ser el centro económico estadounidense a una zona empobrecida y en decadencia.

El mercado ya no podía ofrecer una salida para la población de esa región ya que su estructura productiva no encajaba en la nueva economía globalizada. Las ayudas estatales y los servicios públicos desaparecieron por culpa de los recortes, pero no del todo. Como resultado de las políticas de discriminación positiva las minorías raciales tuvieron aún acceso a unos recursos que la clase trabajadora y parte de la clase media blanca empobrecida dejaron de percibir. El impulso de la lucha por los derechos de las mujeres consiguió que estas accedieran al mundo laboral, doblando el número de competidores en el mercado de trabajo. A lo que hay que añadir una mayor presencia de inmigrantes en zonas que generalmente habían sido blancas, así como el cierre de fábricas y negocios por la deslocalización industrial.

Si ni el Estado ni el mercado ofrecen los medios de reproducción vital, aparecen nuevos competidores para los pocos puestos de trabajo existentes, y los valores sociales y culturales de la época de bonanza se ven cuestionados por las élites culturales de zonas aún económicamente boyantes, el camino a la desunión queda pavimentado.

Aquellos cuyos puestos de trabajo pueden ser deslocalizados se encuentran dislocados. Su realidad es globalizada, pero no sacan ganancia de ello a pesar de estar en un espacio céntrico

La idea fundamental de toda esta explicación es que la globalización no sólo genera ganadores y perdedores en el tablero global, entre el centro y la periferia. Sino que dentro del centro, en los países desarrollados supuestamente ganadores, se genera un desdoblamiento entre una parte de la sociedad integrada en y otra dislocada ante la globalización.

Esta idea es muy importante para mi argumento, pues explica por qué dentro de zonas que debieran ser netamente ganadoras la globalización se comporta como un arma de doble filo, enriqueciendo y generando oportunidades para un segmento de la población y destruyendo las condiciones de vida para muchos otros. Ninguno de estos segmentos sociales está excluido de la globalización, todos forman parte de ella y sus vidas se insertan en la misma a través del trabajo, de su ausencia, y en todos los casos a través del consumo. Esta desigualdad en el disfrute o sufrimiento del proceso globalizador no se debe exclusivamente a que se resida en zonas ganadoras (centro) o perdedoras (periferia) dentro de un país, sino por el lugar que se ocupa o se ha dejado de ocupar en la estructura económica y productiva global.

Aquellos cuyos trabajos pueden insertarse con facilidad en el mercado global, o sus derechos laborales se mantienen con la protección de la época precedente, se encuentran integrados y su conflicto con la globalización es menor. Aquellos cuyos puestos de trabajo pueden ser deslocalizados, o aquellos trabajadores que acceden en una situación de vulnerabilidad al mercado  laboral se encuentran dislocados, porque su realidad es globalizada, pero no sacan ganancia de ello a pesar de estar en un espacio céntrico, y por lo tanto, teóricamente ganador.

Y es entre los dislocados entre los que el mensaje populista ha triunfado, pero para entender las consecuencias de esto antes tenemos que pensar otros problemas.

Road to disunion

Road to disunion” es una expresión acuñada por los historiadores para referirse a la situación que los Estados Unidos vivieron en la década anterior a la Guerra Civil Americana. Lo que subyace a esta frase es la idea de que hubo un momento en la historia de los Estados Unidos donde el país se fracturó en dos mitades, con sociedades y proyectos políticos distintos, irreconciliables y antagónicos, cuya incapacidad de llegar a un acuerdo acabó sumiendo al país en una guerra civil.

Por supuesto, este no es el escenario que se nos plantea en la actualidad, a pesar de las alarmas por la victoria de Trump. Aunque el fenómeno del “road to disunion” sí que se encuentra en marcha.

Al día siguiente de que Trump ganara las elecciones presidenciales numerosos estadounidenses de las costas y de las grandes ciudades acudieron a manifestarse en contra del presidente electo. Esta situación no era nueva. En el año 2009, tras la toma de posesión de Obama, hubo grandes manifestaciones en su contra, en contra de su nueva ley fiscal y un rumor sobre su lugar de nacimiento para intentar desacreditar su legitimidad como presidente. Era el nacimiento del Tea Party. Estas protestas (y las sucedidas tras la elección de Trump), que podrían entenderse como un atentado contra el procedimiento democrático, forman parte de una larga tradición norteamericana de desobediencia civil, que, respetando los cauces institucionales, los impugnan.  

El sentimiento de divorcio con el sistema es muy profundo. Pero no sólo contra él, sino contra la parte de América que se ha erigido en contrincante, y que a ojos de cada una de las dos Américas “ha secuestrado” el American ‘Dream’

En toda campaña presidencial hay siempre muestras de odio y decepción hacia el rival y su victoria, pero siempre se acata el resultado de las urnas, incluso cuando se demuestra que hubo fraude, como ocurrió en el año 2000. ¿Por qué en las últimas elecciones se han dado estos procesos de impugnación y desobediencia civil a ambos lados del espectro político? Porque el sentimiento de divorcio con el sistema es muy profundo. Pero no sólo contra él, sino contra la parte de América que se ha erigido en contrincante, y que a ojos de cada una de las dos Américas “ha secuestrado” el American Dream; ya sea porque excluye de él a los oprimidos, o porque aniquila sus valores tradicionales.

En realidad se trata de un proceso que viene gestándose desde muy atrás, desde los años sesenta, cuando las luchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam consiguieron visibilizar las tremendas injusticias que se escondían en la sociedad norteamericana y el dudoso papel que esta jugaba en el mundo.

En el punto siguiente explicaré qué es un sistema de partidos, por el momento sólo diré que la alianza electoral que sostenía al Partido Demócrata como el partido dominante en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y tras esta, se resquebrajó cuando los demócratas aceptaron las demandas del movimiento por los derechos civiles y perdieron el Sur de los Estados Unidos; una región que dominaban desde los tiempos de la guerra civil en el siglo XIX. Así como iniciaría la progresiva pérdida de influencia entre los trabajadores de clase obrera blanca, que en Estados Unidos suelen ser católicos y conservadores en temas sociales.

La alianza electoral que sostenía al Partido Demócrata se resquebrajó cuando los demócratas aceptaron las demandas del movimiento por los derechos civiles y perdieron el Sur de los Estados Unidos

De esta manera se iría dibujando a través de las décadas siguientes un antagonismo de una América moderna, inclusiva, progresista, abierta al mundo y radicada en las costas, cuyo proyecto político es construir una sociedad moderna frente a una América tradicional, homogénea, religiosa y obsesionada con “los valores americanos” y el orden, cuya mayor fuerza radicaría en el Sur y el medio Oeste.

Así surgió la división contemporánea del reparto de voto que se conocería como sexto sistema de partidos. Pero esta divisoria era algo más que dos zonas distintas de votantes que constituirían la base para los dos grandes partidos. Con el tiempo cristalizó como dos Américas divididas sobre qué valores deben definir a los Estados Unidos. Dos Américas que no pueden verse, ni dialogar entre sí.

La victoria de Obama en el año 2008 fue la victoria moral y simbólica de una de esas dos Américas. El símbolo de que la lucha por los derechos civiles había conseguido romper el último techo de cristal con la conquista de la Casa Blanca por parte de un afroamericano. Donald Trump, por otra parte, es el Obama de la otra América, de la América conservadora que desea restaurar la paz social que ellos creen perdida por el relativismo y la mano blanda de los liberales de las costas. La América conservadora nunca llegó a aceptar a Obama como el legítimo presidente, y la América liberal-progresista no aceptará tampoco nunca a Trump. Y esto es así porque tanto Obama como Trump representan dos rupturas fundamentales con la tradición política norteamericana. Obama representa la ruptura racial con el hecho de que la presidencia recaiga sobre un varón de raza blanca, mientras que Trump representa la ruptura con la tradición republicano-liberal de respeto a las minorías y la prohibición de que la democracia devenga en tiranía de la mayoría.

Ahora bien, la elección de Trump supone algo más que la victoria de la América conservadora. Si observamos estas elecciones con distancia y dejando al individuo de lado, nos encontraremos que lo que ha operado ha sido la implosión de la América moderna y su proyecto de modernización, así como el colapso del sexto sistema de partidos.

El colapso del sexto sistema de partidos:

En la política norteamericana se llama sistema de partidos al conjunto de elementos recurrentes que, elección tras elección, se repiten haciendo que la contienda electoral se desenvuelva bajo unas reglas de juego específicas: qué partidos compiten y cuál es su programa. Quiénes son sus electores, sus preferencias y preocupaciones.

Resulta evidente que, aunque el Partido Demócrata y el Republicano compitan desde las elecciones de 1856, hoy en día no se tratan en esencia de los mismos partidos que había entonces. El Partido Republicano que llevó a Lincoln al poder no fue el mismo, con la misma ideología y votantes, que el que aupó a Reagan. De la misma manera que el Partido Demócrata que se erigió en defensor de la esclavitud en la antesala de la guerra civil no tiene la misma ideología y votantes que aquel que alzó al primer presidente afroamericano. A lo largo de siglo y medio el Partido Demócrata y el Republicano se han enfrentado defendiendo distintas visiones de la política y apoyados por un electorado distinto. Y cada vez que se ha dado un cambio sustancial en la relación del partido con sus votantes (porque recibió grupos nuevos, o perdió algún grupo de votantes tradicional), así como cada vez que el partido realizaba un cambio en el programa político profundo, decimos que el sistema de partidos ha cambiado, y que su coalición de votantes se ha transformado, porque el partido, aunque se llame igual, ya no representa lo mismo ni a los mismos votantes.

El colapso del Partido Republicano, como con mucha perspicacia supo ver William Saletan en Slate Magazine, se asemeja a un Estado fallido, y Trump es su señor de la guerra

He hablado también sobre la coalición de votantes. Como el lector imaginará, en cada elección ambos partidos tienen que movilizar con un solo mensaje a perfiles de votantes muy diversos. De distinta raza, género, clase social, ideología, rural o urbano, distinta religión, y así un largo etc. Todo eso en un país donde las identidades grupales pesan mucho en la decisión del voto. Pero los distintos grupos no votan al azar, sino que los partidos tienen la habilidad de generar un mensaje que unifica a varios grupos que se vean identificados simultáneamente con el mismo partido. A esto es a lo que se llama coalición de votantes. A un grupo heterogéneo de colectivos que son exitosamente articulados por un partido a través de una idea de sociedad compartida, aunque las reclamaciones concretas y las identidades difieran entre sí.

Esta misma idea es la que está detrás de la teoría moderna del populismo, cuando intelectuales como Ernesto Laclau o políticos como Íñigo Errejón hablan de “significante vacío”, una idea articuladora de demandas plurales de distintos colectivos que los unifica a pesar de sus diferencias en un mismo proyecto. En el fondo los populistas solamente han teorizado, a veces sin saberlo, sobre una realidad práctica de la política estadounidense. Esto además explica por qué la política norteamericana presenta simultáneamente un elevado grado de institucionalismo y de populismo.

Las coaliciones de votantes se rigen por una regla. El partido que consiga construir la coalición más variada, grande, ecléctica y fiel vencerá cuantas elecciones se le presenten. Así ocurrió durante el quinto sistema de partidos, cuando Franklin D. Roosevelt construyó la coalición del New Deal, que agrupaba a la mayoría de los trabajadores, hombres blancos conservadores del Sur y votantes católicos. Con esa coalición de votantes los demócratas gobernaron durante casi treinta años los Estados Unidos sin perder apenas ninguna elección presidencial contra los republicanos (con la excepción de Eisenhower), a la par que construyeron el consenso de postguerra y el American Way of Life sobre el que se asentaría el American Dream.

Ya hemos comentado antes que esa coalición se rompió cuando los demócratas perdieron el Sur por aceptar los derechos civiles y que el Partido Demócrata pasó de ser un partido de clase trabajadora blanca y católica a ser un partido que apuesta por unos Estados Unidos modernos e inclusivos. En la anterior sección presenté cuál ha sido la línea de fractura que ha dividido a demócratas y republicanos en el sexto sistema de partidos, en el que nos encontramos hasta estas elecciones.

Aquí hablo de su colapso, aunque no necesariamente de su desaparición o su sustitución por un séptimo sistema de partidos, aunque creo que existe una posibilidad de que esto pase, y, de ocurrir, sería el legado más duradero e influyente que Donald Trump podría crear.

La razón del colapso del sistema de partidos es que los dos grandes partidos han implosionado. Así como por encontrarnos ante una posible restructuración de las coaliciones de votantes demócrata y republicana. Analicemos primero el deterioro del Partido Republicano.

Puede resultar paradójico que hable de colapso del Partido Republicano cuando éste ha conseguido amasar un poder institucional en estas últimas elecciones con el que no contaba desde el año 1928. Pero el hecho de que un partido conserve un nombre no implica que siga siendo el mismo si el resto de condiciones ha cambiado.

Los neoconservadores, a pesar de que han quedado en nuestra memoria como la quintaesencia del político republicano, han sido una rareza en la historia del partido por su militarismo y excesivo interés en asuntos internacionales

Desde la dimisión de Nixon en 1974 y la retirada de Kissinger el Partido Republicano ha estado dominado por el mismo grupo de personas ininterrumpidamente hasta el final de la segunda Administración Bush en el año 2008. Me refiero a los neoconservadores o republicanos neocon. De entre los políticos neoconservadores las figuras más conocidas eran Dick Cheney, Donald Rumsfeld, George H. W. Bush, John Bolton y Paul Wolfowitz, por citar sólo a los más relevantes. Reagan tuvo algo de neoconservador, aunque era más neoliberal y coqueteó con el paleoconservadurismo. Y aunque tanto Gerald Ford como George W. Bush no eran neoconservadores, los neocon fueron los detentadores reales y efectivos del poder durante sus mandatos, por lo que sus presidencias sí lo fueron (esto es especialmente cierto en el caso de George W. Bush).

Los neoconservadores, a pesar de que han quedado en nuestra memoria como la quintaesencia del político republicano, han sido una rareza en la historia del partido por un motivo: su militarismo y excesivo interés en asuntos internacionales. Los viejos republicanos tendían a abrazar más la otra línea tradicional de la política exterior, el aislacionismo, pues les permitía concentrarse en la vigilancia de los valores tradicionales y el orden en el interior del país, pilares fundamentales de su credo político, mientras que los demócratas suelen ser internacionalistas más destacados, obsesionados por cortar el mundo bajo su particular visión idealizada de América. El hecho de que muchos neoconservadores fueran demócratas, o incluso trotskistas, antes de convertirse en republicanos explica por qué generacionalmente aunaron ambas tendencias.

Pero en lo concerniente a la crisis del Partido Republicano, es importante recordar que, cuando a partir de 2004 las cosas comenzaron a torcerse en Irak, la popularidad de la segunda Administración Bush cayó en picado provocando una oleada de dimisiones. John Ashcroft y John Bolton en 2005, Donald Rumsfeld en 2006, Paul Wolfowitz en 2007. Y aquellas figuras fuertes que no dimitieron durante el segundo mandato, como Karl Rove, Dick Cheney o Condoleezza Rice, abandonaron la política tras la presidencia. Tan sólo quedó George H. W. Bush, como neoconservador fuerte en el partido, y ya era demasiado mayor para poder controlarlo y evitar el hundimiento.

El escenario que se dibujó tras la desaparición de los neoconservadores fue el de un partido con liderazgos frágiles y encontrados. Por un lado surgió una sucesión de líderes institucionales débiles, con un perfil moderado y fuertemente ligados al establishment de Washington DC. Los candidatos a la presidencia John McCain y Mitt Romney, o el expresidente de la Cámara de Representantes John Boehner fueron los principales candidatos del aparato republicano para cerrar la crisis en la que entró el partido durante la Era Obama. Junto a estos candidatos, y muy frecuentemente frente a  ellos, apareció una tropa de demagogos de extrema derecha aupados por el Tea Party que contestaron continuamente a los sucesivos débiles líderes del establishment, forzando a los moderados a tener que acompañarse de los elementos cercanos al Tea Party para no perder a su voto más radical y movilizado.

A pesar de su popularidad entre la derecha más movilizada estos políticos anti-establishment no consiguieron imponerse a los débiles líderes moderados, principalmente por tres motivos:

El primero fue que eran candidatos de minorías, y no de coaliciones de votantes. A estas alturas queda clara la importancia de saber conectar el discurso con grupos heterogéneos y masivos para triunfar en la política americana. Los políticos del Tea Party eran perfectamente capaces de convocar masivas manifestaciones, pero en el área institucional nunca consiguieron imponerse al aparato republicano porque sus seguidores ultramovilizados no eran suficientes para contrarrestar al resto de grupos que miraban con suspicacia a estos líderes populistas.

Trump es ahora presidente de la primera potencia mundial en decadencia, ¿exportará con su victoria también una nueva revolución conservadora?

Por otra parte, el propio Tea Party estuvo siempre dividido entre dos almas complementarias a la hora de organizar la protesta y movilizar a las bases republicanas, pero con preocupaciones y programas políticos que si bien no eran incompatibles, no tenían demasiada relación entre sí más allá del enemigo común.

Anterior al Tea Party pero de gran importancia en su conformación como fenómeno de masas, la derecha cristiana evangélica de numerosas iglesias se presenta unificada a través de un mensaje ultraconservador sobre la supuesta pérdida de los valores cristianos por parte de América, y su mayor foco de protesta residió en las llamadas luchas culturales: la restricción del aborto, la prohibición del matrimonio homosexual, la defensa de la familia tradicional, y toda reivindicación que preservase el núcleo de lo que ellos identificaban como "valores americanos". Sus principales líderes fueron Sarah Palin, Michele Bachmann, Newt Gingrich, Rick Santorum, Ben Carson y Ted Cruz.

Fundamental en la conformación del Tea Party, el ala libertariana de inspiración anarcocapitalista despliega la reivindicación de un Estado mínimo en todos los aspectos de la vida (el minarquismo). Su bestia negra era la política fiscal de Obama y su núcleo de valores giraba alrededor de una defensa a ultranza del individuo y sus derechos: derecho a las armas, defensa extrema de la libre empresa y el libre mercado, defensa de los servicios privados de educación y salud, y en general toda reivindicación que apoyase una independencia del individuo con respecto al Estado. El santo apóstol de este grupo era el veterano congresista Ron Paul, en cuya campaña por la nominación republicana a la presidencia tuvo origen el Tea Party en el año 2008, aunque los libertarianos también encontraron otros paladines para su causa como Paul Ryan, Rand Paul o las ultraconservadoras Sarah Palin y Michele Bachmann, que aunque no son libertarianas estrictas sí han asumido buena parte de su credo antiestatista.

De hecho, la única figura que ha podido aunar ambas familias, además del presentador radiofónico Rush Limbaugh, fue Sarah Palin. Quizás la única política del Tea Party con capacidad presidenciable. Sin embargo, una mezcla de fuerte rechazo de la élite republicana tradicional, junto a su incuestionable enriquecimiento personal por su actividad mediática tras haber sido candidata a vicepresidenta por McCain en las presidenciales de 2008 la disuadieron de continuar su carrera política, prefiriendo adoptar el papel de "suma pontífice" de los radicales en las hondas.

Esta división interna del Tea Party fue otra de las razones que le impidieron cobrar fuerza para llevar a cabo su asalto a un Partido Republicano debilitado. Y aunque las dos familias encontraron en su lucha contra la reforma sanitaria de Obama, el Obamacare, una causa común, no consiguieron rentabilizar su alianza lo suficiente como para generar un líder competitivo, y esto se debe en parte a la otra debilidad de los políticos del Tea Party, que fue lo que yo llamo "la paradoja de los cruzados morales".

Sin importar a qué ala del Tea Party perteneciera, todo político republicano radical compartía un elemento discursivo común: su rechazo a lo que ellos identificaban como una élite política de Washington, corrupta y despilfarradora, los políticos de Washington, el establishment de ambos partidos. En contraste ellos se presentaban como políticos redentores cuyo principal mandato era limpiar la capital de corrupción y hacer que la voz y el cabreo de sus electores se oyera fuerte. Dichos políticos, si conseguían convencer a los electores de su circunscripción con este discurso, llegaban a una ciudad donde efectivamente es común el intercambio de favores entre políticos, así como entre los políticos y los representantes de los lobbies. Pues sin el apoyo de los compañeros y la financiación de los lobbies ningún político puede hacerse oír en el Congreso o en los medios de comunicación. De igual manera les es imposible sacar adelante la legislación necesaria para contentar a sus electores. Por lo que al final siempre acababa ocurriendo la paradoja de que si los representantes de protesta se mantenían puros en su rechazo a las reglas de juego, caían en la irrelevancia, pues en un sistema donde la corrupción es estructural ni se les escuchaba, ni podían presentar resultados concretos y palpables a sus electores. Pero si se "ensuciaban" pactando con otros políticos más poderosos o con los lobbies, entonces eran tachados de traidores por sus electores y veían retirada su confianza en la renovación del mandato. De esta manera, el discurso de cruzada moral y política encerró a los políticos del Tea Party en una paradoja irresoluble que fue acabando con la carrera política de muchos de ellos.

Y de esta manera se acabó consumando el colapso del Partido Republicano. Desaparecida la generación neoconservadora que lo había gobernado por tres décadas, con unos líderes moderados débiles y desacreditados, y unos candidatos radicales divididos, incapaces de generar coaliciones de votantes y de lidiar con sus contradicciones, el partido navegó durante una década a la deriva, descartado como partido de gobierno y transformado en partido de protesta. Ganador de todas las elecciones legislativas y perdedor de todas las presidenciales, fue incapaz de traducir su resistencia en el poder legislativo en poder político real.

Esta situación allanó el camino a que un liderazgo fuerte y ajeno al partido pudiera conquistar la organización superando las resistencias y lógicas inmunitarias del poder orgánico. Esta es también una de las razones que explican por qué Trump fue capaz de conquistar el Partido Republicano mientras que Bernie Sanders acabó siendo derrotado por la maquinaria institucional del Partido Demócrata, a pesar de tratarse de un líder de masas mucho más capacitado que Hillary Clinton. El Partido Demócrata, aunque iba a sufrir una crisis de legitimidad y posterior colapso de igual naturaleza que el Partido Republicano, aún conservaba en funcionamiento a su élite partidista, y, con ello,  los mecanismos inmunitarios para poder manipular el procedimiento democrático a favor de su candidata. Pero el colapso del Partido Demócrata requiere de un análisis pormenorizado que realizaré cuando analice la figura de Clinton y las razones de su derrota.

El colapso del Partido Republicano, como con mucha perspicacia supo ver William Saletan en Slate Magazine, se asemeja a un Estado fallido, y Trump es su señor de la guerra. Los Estados fallidos son aquellos en donde la autoridad central y legítima es incapaz de asegurar la integridad y bienestar de sus ciudadanos, así como el cumplimiento de la ley y de las prerrogativas gubernamentales. Un Estado que no puede comportarse como tal, y que por tanto ve aparecer en su seno una multitud de poderes menores oportunistas que arrebatan trozos de poder al Estado, gobernándolos como sus reinos de taifas. Lo habitual en estas situaciones es que el Estado desaparezca dando lugar a nuevas realidades políticas (como ocurrió en los Balcanes), que el poder central acabe por retomar el control con el tiempo (caso de Colombia), o que uno de los sujetos oportunistas acabe avasallando a los demás y tome el poder central para sí (como hizo Putin en Rusia). Este es el caso también de Trump con el Partido Republicano (quizás por eso él y Putin se entienden tan bien) y lo habitual cuando un señor de la guerra toma un Estado es que repueble el gobierno con sus vasallos leales y adeptos.

Richard B. Spencer, el brillante y peligroso líder intelectual de la facción Radix de la Alt Right, la nueva extrema derecha americana, comparó a Trump con la figura de Napoleón. Napoleón tomó oportunistamente el poder cuando los elementos en conflicto de la Revolución Francesa se destruyeron entre sí, corporeizando en su figura una visión autoritaria de la revolución. Trump se alza de las cenizas del Partido Republicano para corporeizar una visión más autoritaria del American Way & Dream cuando este parece herido de muerte. Napoleón con sus conquistas exportó el modelo de la Revolución Francesa por toda Europa. Donald J. Trump es ahora presidente de la primera potencia mundial en decadencia, ¿exportará con su victoria también una nueva revolución conservadora?

------------------------ 

Marcos Reguera. Investigador en la Universidad del País Vasco.

---------------------------------
En enero CTXT deja el saloncito. Necesitamos ayuda para convertir un local o una notaría en una redacción. Si nos echas una mano grabamos tu nombre en la primera piedra. Del vídeo se encarga Esperanza.

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

9 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Winstanley

    Qué lectura tan poco informada por no decir cutre de lo que fue la Revolución Francesa. Parece sacada del peor manual de ciencia política mainstream. Simplista, anacrónica y falsa. Da mucha vergüenza leerla de un académico supuestamente competente.

    Hace 4 años 9 meses

  2. Hunterinbells

    Un gran artículo. Da una buena respuesta, pero parte de premisas discutibles. A mi modo de ver Donald Trump no es el fin del sistema, sino el sitema 2.0, una versión más ágil, potente y mejorada. Una extensión de esta tesis puede verse aquí: http://unalatadegalletas.blogspot.com.es/2016/11/un-antisistema-en-la-casa-blanca.html

    Hace 4 años 10 meses

  3. Hunterinbells

    Un gran artículo. Da una buena respuesta, pero parte de premisas discutibles. A mi modo de ver Donald Trump no es el fin del sistema, sino el sitema 2.0, una versión más ágil, potente y mejorada. Una extensión de esta tesis puede verse aquí: http://unalatadegalletas.blogspot.com.es/2016/11/un-antisistema-en-la-casa-blanca.html

    Hace 4 años 10 meses

  4. Jandro

    Felicidades por el articulo,5*.

    Hace 4 años 10 meses

  5. Anton

    Si bueno, vale, muy limpito pero ... ni una palabra sobre los costes del imperio y sus guerras, el lobby judio que convierte a los USA en una colonia de facto de Israel, los más de 50 millones de pobres fuera del sistema, una economia financiarizada sin producción real...y al final Putin como el gran malvado....queda mucho por decir y de momento nos ponen ante un gran riesgo de guerra nuclear con los otros dos actores en liza, China y Rusia... Saude

    Hace 4 años 10 meses

  6. Gekokujo

    "prefiriendo adoptar el papel de "suma pontífice" de los radicales en las hondas." Presumo que querría decir ondas, en lugar de hondas. Por lo demás un buen artículo con el que estoy básicamente de acuerdo.

    Hace 4 años 10 meses

  7. Joan Guasch

    Muy interesante y, leyéndolo, he ido recordando la teoría de La Matemática de la Historia que Alexandre Deulofeu desarrolló a partir de los años treinta del siglo XX y hasta los setenta y en la cual, a través del minucioso estudio de la historia, llega a la conclusión que existe un modelo matemático que se repite sistemáticamente en la evolución de lo que él llama Imperios, dentro de los cuales incluye el norteamericano. En ésta teoría ya predijo para ésta década la crisis de los EE.UU y la aparición de un personaje como Trump, así como la disolución de la unidad de Norteamérica.

    Hace 4 años 10 meses

  8. masada

    Un gran artículo ... una lección de historia contemporanea!!! ... muchas gracias por compartirlo con todos nosotros.

    Hace 4 años 10 meses

  9. Fulcrum

    Muy buen artículo. No habia visto profundizar tanto en el tema de la victoria de Trump.

    Hace 4 años 10 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí