1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

El ministerio / Relato

La librera de Erfurt

En la ciudad medieval donde estudió Lutero y donde nacieron Eckhart, Pachelbel y Max Weber había trece librerías en los tiempos de la RDA

Víctor Sombra 14/01/2017

<p>Erfurt, 1985. </p>

Erfurt, 1985. 

Cornelia Kerkhoff

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

---------------------------------
En enero CTXT deja el saloncito. Necesitamos ayuda para convertir un local o una notaría en una redacción. Si nos echas una mano grabamos tu nombre en la primera piedra. Del vídeo se encarga Esperanza.

Donación libre:

---------------------------------

A Edith y Cornelia 

Mi amiga Edith fue librera en Erfurt entre 1976 y 1986. Erfurt es hoy una ciudad relativamente poco conocida. En realidad, la actividad económica es modesta y la población ha disminuido significativamente en el último cuarto de siglo [1].  Por otro lado, la mayoría de los turistas que visitan el este de Alemania raramente van más allá de Berlín o, si acaso, de Leipzig o Dresde. Y eso que hay mucho que ver en Erfurt, que conserva un centro histórico medieval, poco dañado por la guerra, en el que, junto a la catedral y otros edificios emblemáticos, se encuentra la sinagoga en activo más antigua de Europa, nutrida de fieles por la inmigración de judíos rusos tras la caída del Muro. La Universidad fue fundada en 1392. En ella estudió Lutero, que fue monje en Erfurt antes de emprender su protesta en Wittenberg. Nacieron en Erfurt el Maestro Eckhart, Pachelbel y Max Weber, y en ella se reunió Napoleón con el zar Alejandro I para tratar en vano de apuntalar su precaria alianza. Son las de Erfurt, por tanto, piedras cargadas de Historia, lo que es sin duda un tópico y algo que a su manera particular le sucede a todas las piedras con sus distintas historias. En este caso, las de los desempleados, que durante la Gran Depresión alcanzaron en Erfurt un tercio de la población activa. Las de la populosa comunidad judía, deportada en masa a Auschwitz, Birkenau y Mauthausen, cuyos crematorios habían sido fabricados por la empresa local Topf und Söhne, líder mundial de la época en hornos industriales. Por no hablar de los soldados americanos de la 80ª División, procedentes sobre todo de los montes Apalaches, que liberaron Erfurt el 12 de abril de 1945, y de los soviéticos que tomaron el relevo en julio de ese año, al pasar la ciudad a la zona de ocupación soviética [2].

Y unos años más tarde está también Edith, los pasos que un día cualquiera de 1976 la llevan a detenerse a tomar café frente al lugar de su trabajo. A través del cristal de la cafetería puede ver el escaparate de Musikfreund: partituras, colecciones de discos y, entre éstos y los estantes con casetes, una mesa de libros en la que se distinguen apenas unas pocas novedades. Mientras apura su segundo cigarrillo, la cajetilla arrugada sobre la mesa, Edith piensa en la propuesta que le hizo el día anterior el encargado. “la sientes o no la sientes”, le había dicho, y ella le preguntó a qué se refería. “¡A la música, Edith, a la música!”, y agitó los brazos como si allí mismo una orquesta fuera a responderle, violín a violín. Pero el encargado ya sabía la respuesta. “No la sientes, Edith”. Y añadió: “Pero eres una gran lectora. Te gustan los libros y no debes dejarlos”.

Lo que proponía el encargado era que Edith dejara atrás su trabajo en un establecimiento donde los libros estaban sólo al servicio de la música y preparara los exámenes de formación profesional, que le permitirán acceder a librerías de mayor envergadura. Y al apurar el segundo cigarrillo, Edith le dio la razón. La colilla parece señalarlo, la energía con que queda plegada contra el metal del cenicero, justo antes de levantarse y cruzar la calle, como si Edith anduviera ya a sus clases en Leipzig, apenas dos meses de teoría que darán paso a unas prácticas de más de un año en una gran librería de Erfurt, la Kayser, en la que se quedará después trabajando.

La Kayser ofrece una ampliación de su experiencia, el encuentro con unos lectores, los universitarios, más jóvenes e inquietos

La Kayser combinaba un catálogo literario con los fondos, mayoritarios, que servían a los estudiantes de las dos facultades, Medicina y Pedagogía, que desde los años cincuenta habían restablecido la enseñanza superior en Erfurt, abandonada tras el cierre de la Universidad en 1816. Kayser se sitúa en una de las casonas más cargadas de historia, en la que vivió el autor de un atentado contra Napoleón; pero Edith no mira las piedras con nostalgia. Lo que Kayser le ofrece es una ampliación de su experiencia, el encuentro con unos lectores, los universitarios, más jóvenes e inquietos. Aunque a veces demasiado abstractos y encerrados en sus estudios, sus propios libros, sus particulares conversaciones, Edith detecta en los estudiantes una actitud de rebeldía y desenfado que le sorprende, así como un interés, que ella empieza a compartir, por lo que sucede más allá de su pequeño y cerrado país.

Las oportunidades que se les ofrece a los jóvenes para viajar por el mundo socialista son muchas, de Kamchatka a La Habana, pero los estudiantes tienen la mirada puesta al otro lado del Muro, en la otra Alemania y, a través de ésta, en Occidente. Es como si la geografía de la Alemania occidental dibujara el contorno del miembro amputado, el lugar de los familiares y amigos que han quedado separados, las ciudades, tiendas y productos que formaron parte de la propia cultura, y también los libros, los que faltan en las librerías de la RDA pero ocupan las manos de quienes quedaron del otro lado. Día tras día entre libros, no es difícil imaginar el Muro como un inmenso estante cuyos volúmenes quedan del otro lado, y es inevitable entonces intentar conseguirlos, hacérselos traer de contrabando [3]. Y hasta que lleguen, pasar los días imaginando sus personajes, tono y argumento, e imaginando sobre todo el entorno en que su lectura sería posible, las calles y cafés de Dortmund, Múnich o Hannover, los bancos de sus plazas. Y aunque la movilidad laboral dentro de la RDA es grande, tanto desde el punto de vista geográfico como profesional, a Edith le gusta Erfurt y no espera gran cosa del resto de las ciudades del país. Le queda entonces seguir formándose en los libros para quedarse entre ellos. Cambiar de librería es su manera de cambiar de libros y lectores, recorrer otros entornos que los albergan, visitar otras formas de vida. Tres años después Edith cambia de nuevo de librería.

Bild und Kunst es su nueva enseña, un espacio dedicado a los libros y reproducciones artísticas, así como a los libretos, guiones y ensayos sobre cine y artes escénicas. Cuenta también con mapas, que precisan de una atención especial para clasificarlos, desplegarlos y exhibirlos. Esta combinación le pone en contacto con un público distinto: viajeros y aficionados al senderismo, pero sobre todo artistas, actores, regidores, técnicos de iluminación y vestuario, directores de cine. De nuevo el viraje, la rebeldía. Edith es muy amiga de sus amigos, pero también le gusta pasar largos ratos a solas y, en silencio, entre los libros, no deja de aguzar la imaginación. Ésta la lleva cada día más lejos, comparando su situación con distintas hipótesis de sí en lugares desconocidos. Años después se dirá que no se daba cuenta de lo que tenía a su espalda, sosteniendo y permitiéndole proyectar su mirada, pero en los años 70 sólo miraba afuera, daba la espalda a las voluntariosas y anodinas Leipzig, Dresde o Jena para subir los ojos en el carrusel de color y desenfado que giraba en París, Múnich o Londres. No se trataba de política, ni de religión. Tampoco de música, cine o sicodelia. Menos aún de drogas. Sí tenía en cambio que ver con esos jóvenes que desembocaban frente al escaparate de Bild und Kunst en Erfurt: su aspecto desenfadado y sencillo, sus equipajes someros, los ojos bien abiertos para tomar la medida de lo que encontraban por vez primera. Nada más verlos los pies de Edith se movían. No sabía de dónde venían y daba por hecho que carecían por completo de dirección, que era sólo el camino el que marcaba sus pasos y decidía qué fronteras cruzarían. Entre ellos está una joven menuda de pelo corto y lentes redondos que, además de la mochila, lleva a su espalda un cazamariposas. Que la mira persistente a través del cristal de la librería. Que la vuelve a mirar al día siguiente y la espera en el café sonriendo cuando sale a fumar su cigarrillo.

“Nunca me habría ido definitivamente”, se dice hoy, “si no me hubieran impedido viajar como quería”.

No es la primera vez que Edith traba amistad con quienes llegan del otro lado del Muro, unos atraídos por el socialismo, otros buscando el envés de la Alemania que conocen. Cornelia comparte ambos objetivos y también comparte con Edith los libros. Como Edith, ella cuida de las palabras, pero en vez de conservarlas en su sitio, en sus estantes y páginas encuadernadas, facilita con sus traducciones que pasen de un idioma a otro, de un libro a otro libro. La conversación y la amistad con su nueva amiga van dando paso al deseo, y Edith va confirmando, ahora de modo íntimo, que también éste se sitúa “extramuros”. Cornelia la visita a menudo, emprende una y otra vez los lentos procesos burocráticos que le llevan a los brazos de Edith, y la imposibilidad de ésta para corresponderla, visitándola en Occidente, incrementa su claustrofobia, la resolución de franquear el Muro cuando la ocasión se presente.

Wernigerode, RDA, años ochenta. / Cornelia Kerkhoff

Wernigerode, RDA, años ochenta. / Cornelia Kerkhoff

Cornelia además le lleva libros, novedades que tardan en llegar a la RDA pero también otros cuya distribución está prohibida. En esa época no había problemas para llevar a la RDA una edición inglesa o traducida al alemán de Hemingway, pero en cambio Orwell se quedaba en la aduana. Otros autores eran más discutibles, y Cornelia recuerda una larga discusión sobre Octavio Paz con una aduanera muy leída. La cosa no pintaba bien para Cornelia, que daba ya el libro por perdido, cuando echó mano de un último recurso: los poemas de Paz servirían para ilustrar ante sus amigos de la RDA las variadas formas que puede adoptar la decadente estética capitalista. La aduanera cerró el libro y se lo entregó sin decir una palabra, como si ese argumento le hubiera convencido por completo. Sin embargo Cornelia captó en la funcionaria, mientras ella guardaba el volumen y murmuraba su agradecimiento, una sonrisa fugazmente reprimida.

Los estudiantes tienen la mirada puesta al otro lado del Muro, en la otra Alemania y, a través de ésta, en Occidente

A Cornelia le gusta buscar mariposas cerca de Erfurt. Le gustan los bosques y pastizales cercanos y ha encontrado una colonia especialmente numerosa de Melitaea Athalia, una especie en franco declive que fue catalogada por vez primera por Von Rottemburg en el siglo xviii. Muestra a menudo su hallazgo a otros aficionados occidentales, pero también de Erfurt y otras ciudades cercanas. Rodeada de colegas de la RDA, con su cazamariposas al hombro, se siente como una lepidopteróloga comunista. Frente a quienes oponen la hormiga y otros insectos a la mariposa y ven a ésta vagabundeando de planta en planta por su cuenta, deteniéndose en función de su aparente capricho, como un epígono de la individualidad, Cornelia se fija en el comportamiento colectivo de los lepidópteros. Piensa que son sus migraciones, el modo en que entre todos seleccionan y ocupan un territorio, cómo se relacionan discreta y eficazmente entre sí, lo que les permite luego desplegar las alas sin rumbo aparente. Cornelia las compara también con las palabras. Sueltas no dicen nada; hay que verlas volar en bandada.

A menudo Cornelia se escandaliza por las duras críticas de Edith contra la RDA. “La RFA está llena de nazis reciclados”, le contesta. Y también: “Al menos tú eres ciudadana de un Estado que decreta tanto la igualdad de sexos como la abolición de las clases”. Pero Edith alzaba los hombros. Miraba lejos, fuera, separando la mirada de la conversación. Negándose a tener que pensar siempre en lo que sería mejor para todos.

A la vuelta de un viaje a Polonia en 1981, Edith decide, inspirada por la lucha del sindicato Solidaridad, abandonar el de los trabajadores de la RDA. Dos colegas de la librería la emulan. Las autoridades les presionan para que reconsideren su decisión. Un cargo local del Partido les cita para hablarles del daño que causa su actitud en los demás trabajadores, la necesidad de tomar en cuenta los diferentes contextos de cada país, y sus colegas acaban cediendo, dejando a Edith sola en su protesta. No hay castigo ni una amenaza concreta, pero el ambiente de trabajo se deteriora. A Edith ya no le apetece callar lo que piensa y, de mutuo acuerdo con los responsables de la librería, decide cambiar de nuevo de trabajo. Esta vez el viraje es más radical porque abandona el sistema público de librerías para incorporarse a Peterknecht, una librería privada especializada en temas religiosos que se ha mantenido en manos de la misma familia católica desde antes de la guerra. Algunos de sus nuevos colegas son creyentes, otros agnósticos. Varios de ellos han optado de un modo u otro por mostrar, si no clara disconformidad con el régimen, sí al menos una actitud renuente. En la sala grande, que da a la calle, se despliega la literatura general, mientras que la interior, más pequeña y discreta, alberga los libros religiosos. Entre estanterías cargadas de ediciones de la Biblia y catecismos varios, Edith puede hablar de lo que quiera, pasar de Paz a Orwell, y vuelta, y cruzar todas las fronteras. O simplemente cerrar los ojos y pensar en Cornelia, interrumpida de tarde en tarde por un cliente que pregunta en voz baja por un libro de Hans Küng o la nueva edición de las actas comentadas del Concilio Vaticano II.

Esos últimos años en la RDA Edith los vive ausente, pensando en Cornelia y en el lugar imaginario que le rodea, pintando su casa y las calles que ella transita a partir de conversaciones y cartas, esbozos deshechos y levantados una y otra vez hasta que en 1986, tras un arduo proceso burocrático, consigue fijarlos definitivamente con la mirada y el paso, estableciéndose con su amor en Ginebra.

Creo que es importante no escamotear a los hipotéticos lectores de este relato lo que pensaba y decía Edith, dónde miraba. Cómo y por qué suspiraba, pero igualmente importante es saber lo que hacía. Cómo se ocupaban sus manos, ya que los viajes interiores de Edith coexistían con su actividad laboral; juntos producían efectos concretos en un contexto real, el mercado del libro de la RDA. Un mercado nutrido por una poderosa industria editorial y por una de las literaturas más ricas y variadas de la época [4], sostenido por unos índices de lectura extraordinarios, precios bajísimos y unas sólidas subvenciones que alcanzaban a todos los agentes implicados en la difusión cultural.

Fijémonos en un día cualquiera de 1980 en el que Edith abre un paquete de novedades recién llegado a Bild und Kunst. Los libros llegaban siempre en cantidades limitadas: diez, quince, veinte ejemplares. Inmediatamente Edith guardaba cuatro o cinco y ponía el resto a la venta. Los colocaba en el escaparate, el mostrador o las estanterías, y lo hacía según sus preferencias, aunque a veces debía discutirlas con su jefa. Los que había reservado eran para sus amigos, para clientes de toda la vida o bien para compromisos diversos. Podía ser el fontanero que le había conseguido un repuesto de la lavadora especialmente difícil de encontrar, el empleado del teatro local que le guardaba dos buenas butacas de platea para cuando llegara Cornelia de visita, o el de la agencia de viajes estatal que le informaba de las plazas libres en su residencia veraniega favorita. (Edith aborrecía por convencional el destino más frecuente de Binz y adoraba en cambio Hiddensee, refugio de poetas y pintores, habitado por la memoria de Hauptmann, de Kollwitz y de Einstein.)

A la vuelta de un viaje a Polonia Edith decide, inspirada por la lucha del sindicato Solidaridad, abandonar el de los trabajadores de la RDA. Dos colegas de la librería la emulan

Todos estos compradores se aseguraban, con sus respectivos favores, la prioridad en recibir las novedades. No eran los únicos en recibirlas, al contrario, ya que la adquisición del libro suponía normalmente el inicio de una cadena de consumo sucesivo. El libro pasaba de unas manos a otras, a veces siguiendo secuencias fijas, otras dibujando itinerarios del gusto, la conversación y el entendimiento social. Algunas de estas cadenas de lectores tenían varias decenas de eslabones y tardaban años en cerrarse. Cornelia rememora a veces esas cadenas de préstamo apoyándose en su vieja afición. La circulación lenta pero continua de las palabras impresas les impedía quedar completamente fijadas, como mariposas en manos del lepidopterólogo. Les hacía seguir aleteando, página a página, de lector en lector, evitando caer del todo en el marco de una propiedad estática, particular y exclusiva.

Veinticinco años después, al socaire de la pertinaz crisis económica, surgen en Europa todo tipo de iniciativas populares dirigidas a compartir e intercambiar productos, servicios y espacios. Cooperativas y asociaciones, lugares de trueque, así como plataformas en línea con distintas funciones, por no hablar de mercadillos y tiendas de segunda mano. Estas experiencias son demasiado diversas para ser tratadas de forma uniforme. A menudo canalizan una energía colaborativa, otras buscan monetizar mejor recursos ociosos y otras persiguen al tiempo ambos objetivos.

Algunas de estas experiencias guardan semejanzas con prácticas, tanto institucionales como espontáneas, desarrolladas en los países socialistas. La motivación económica que las impulsa parece, en cambio, inversa. Se trata ahora de responder a una crisis de la demanda. El deterioro de la renta familiar impide a los ciudadanos adquirir los productos que siguen abarrotando los estantes. En los regímenes socialistas se daba a menudo una crisis de la oferta: colas, escasez (incluyendo a veces el racionamiento para garantizar a todos una cantidad mínima) y la alternancia de los productos (una semana zanahorias y la siguiente judías verdes, reimpresión de Goethe un año y de Schiller el siguiente). Se ha esgrimido a menudo que esta debilidad de la oferta, frente a la exultante plenitud de los estantes de los supermercados capitalistas, está en el origen del rápido derrumbe de los regímenes socialistas [5].

Tras diez años de crisis, la opulencia de los templos del consumo occidentales se percibe de un modo diferente. Cuestiones poco analizadas en el pasado, cuando el objetivo era imponer a toda costa un modelo único de producción y consumo, comienzan a recibir una atención creciente: el derroche y la falta de diversidad que subyace a la pretendida variedad, los estándares industriales que facilitan la obsolescencia programada, la desigualdad de los carritos que circulan ante las mismas filas de productos, el impacto ecológico de los eternamente pletóricos estantes. Estos y otros factores se alían para conjeturar que los patrones de consumo pueden estar comenzando a cambiar. Aunque se recuperasen los niveles de renta de antes de la crisis, muchos ciudadanos harían un uso diferente de establecimientos que no cesan un instante de rellenar las estanterías de los mismos productos, las infinitas variedades del mismo jamón, el mismo pantalón, o la misma novela. Muchos optarían hoy por ahondar en las experiencias recientemente adquiridas para apreciar la huella del paso del tiempo en los objetos, la satisfacción que la utilidad ajena genera al poner algo en común, el incremento de valor de lo bien usado [6], la infinita complementariedad de gustos y necesidades.

Los mostradores semivacíos del socialismo se cargan, a la luz cambiante de la experiencia histórica, de otros significados. Desde el pasado les piden a sus colegas de nuestros ultra-mega-meta-mercados que abandonen la obsesión por aparecer eternamente rebosantes de sí mismos, que depongan su univoca fijación por lo superfluo, que liberan espacio para otros recursos, desde las guarderías a la sanidad, la investigación o la educación públicas. Poner en común gastos y recursos, planificarlos en distintas formas para evitar la duplicidad y el derroche, no es ya una quimera ni un signo de ineficiencia.

Cuando Edith visita Erfurt, casi treinta años después de su partida, acompaña a Cornelia a pasear por el campo. La colonia de Melitaea Athalia ha cambiado de paraje, pero sigue cerca. Al regresar a la ciudad no deja de preguntarse dónde están los libros. Y es que en Erfurt había, en noviembre de 1989, al caer el Muro, diez librerías estatales y tres privadas. Hoy quedan dos librerías en Erfurt. Una, bien grande, seguro que la conocen porque está presente en cada ciudad alemana: se trata de Hugendubel, cuyo aspecto y contenidos no difieren del resto de la misma cadena. Luego está Peterknecht, que se halla en el mismo lugar de siempre, regentada por la misma familia católica de cuando Edith trabajaba en ella.


[1] La población máxima de la ciudad (220.000 personas) se alcanzó en 1988. Descendió tras la caída del Muro hasta 200.000 en el año 2000 y repuntó trabajosamente hasta 206.000 en 2011 (Wikipedia). El descenso de población es generalizado en el antiguo territorio de la RDA que, desde la caída del Muro, se ha reducido en más de dos millones. El éxodo no ha cesado con la reunificación ni en los años posteriores, como muestra el hecho que, de los dos millones de habitantes que han abandonado el territorio, 800.000 lo hayan hecho en la primera década del siglo XXI.

[2] Es curioso observar cómo el imaginario de los estadios finales de la lucha contra el nazismo se alimenta de la aparición en escena de las fuerzas más primigenias e incontroladas de la URSS y Estados Unidos. De un lado los paletos (hillbillys) de los Apalaches, montañeses procedentes sobre todo de Virginia del Oeste, Virginia, Carolina del Norte y Georgia que, integrados en la 80ª División, llegaron bajo las órdenes del general Patton hasta Austria y Checoslovaquia. De otro, las “hordas asiáticas” que, enarbolando la hoz y el martillo, cercan en Berlín a una burguesía que se descubre de nuevo ilustrada, ajena a los horrores cometidos por el régimen al que hasta hace unos días seguían sosteniendo. Es como si, para asestar el golpe final, cada una de las potencias aliadas extranjera las fuerzas más brutales e implacables de los confines más atrasados de sus vastos territorios. Una de las más recientes expresiones de este cliché es el Aldo Raine de la película Malditos bastardos de Tarantino, un montañés de Tennessee –apodado “el Apache” por su habilidad para arrancar la cabellera de sus enemigos– enviado tras las líneas alemanas para aterrorizar al ejército nazi. Atemorizan igualmente las fotografías de jóvenes soldados soviéticos de origen tártaro, uzbeko o siberiano. Bajo banderas rojas y estrellas de cinco puntas, a menudo sobre tanques en marcha a toda velocidad, su mirada, chispeante y decidida, está fija en la línea de un frente que se tambalea. Para la burguesía germana que ve su mundo derrumbarse, esos ojos podrían estar acechando una presa en la tundra. Sólo que se adentran en una casa en ruinas, tratando de hacerse iguales al terror que los espera escondido detrás de un armario.

[3]  El recurso más socorrido era el de los jubilados, que tenían derecho a cruzar a la RFA sin trabas. De forma general se aceptaba que éstos actuaban con sentido común y por tanto sus maletas, repletas a menudo de encargos, no se solían abrir en la aduana. Entender que los jubilados gozaban por naturaleza de sentido común podía ser tan socorrido para los aduaneros como para los lectores.

[4] Ibon Zubiaur ha publicado una excelente antología de la literatura de la RDA: Al otro lado del Muro. La RDA en sus escritores, Madrid, Errata Naturae, 2014.

[5] Los periódicos occidentales de la época señalaban que una de las respuestas que daban los albaneses que escapaban del hundimiento del régimen socialista, a finales de los 80, cuando las autoridades aduaneras italianas les preguntaban adónde querían ir, era “Dallas”, bajo el influjo de una serie televisiva americana que ponía, si bien de forma intangible, el lujo al alcance de todos. Quizá sea más acertado pensar que lo que tenían de verdad en la cabeza, y lo que alcanzarían los más afortunados de ellos, era poder precipitarse a los mostradores de Walmart o Carrefour.

[6] Antonio Tabucchi recuerda la librería l’Ulysse de la Île Saint-Louis, a propósito de la preparación de un viaje a Samarcanda: “…especializada en libros de viajes, casi todos usados y a menudo subrayados y anotados por las personas que habían hecho esos viajes dejando en las guías sus apuntes, por lo demás utilísimos, del tipo: “fonda recomendable”, o bien “evitar esta carretera, peligrosa”, o bien “en este mercado se venden alfombras finas a precios asequibles”, o bien “atención, en este restaurante estafan en la cuenta”" (Se está haciendo cada vez más tarde, traducción de Carlos Gumpert, Barcelona, Anagrama, 2002, p.157). La crisis ha hecho redescubrir algunas de estas experiencias y la tecnología permite potenciarlas en distintos sentidos: compartiendo y publicando comentarios y contenidos de todo tipo, enlazando a otros recursos, facilitando su indexación, etc.


Víctor Sombra (Salamanca, 1969) es novelista. Resume su poética enunciando: «Si sufres de insomnio lees y escribes mucho, los remordimientos y los secretos pueden alimentar la vocación literaria». En 2012 Caballo de Troya publicó su primera novela: Aquiescencia, y en 2014, ambas ambientadas en Ginebra, ciudad en la que reside desde hace más de quince años. Literatura Random House publicará en junio de este año su siguiente novela, La quimera del hombre tanque. Acerca de «La librera de Erfurt» adviertes: «Con “La carta de Lavrentiev”, publicado en tres entregas en el magazine digital Principia, y con «Calcomanía de ángeles y corazón de centauros», aparecido en El Estado Mental, este texto prolonga una serie que busca trazar conexiones entre el entorno más inmediato y un pasado reciente que nos obstinamos en considerar completamente zanjado. Se trata en ellos de cuestionar unaautopsia” de los hechos tan apresurada como comúnmente aceptada y constatar que, al repetirla, no logramos verificar sus resultados. De repente, los miembros que desenterramos en distintos parajes del presente ya no componen el cadáver previsto, ni siquiera la certeza de un deceso». @VctorSombra

Autor >

Víctor Sombra

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí