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MEDICINA

La fiesta

Dacia Maraini 5/12/2016

<p>Dependencias de un psiquiátrico abandonado.</p>

Dependencias de un psiquiátrico abandonado.

TBM

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Giorgio Antonucci es médico y una referencia en Italia por su crítica a los fundamentos de la psiquiatría. Después de trabajar en Gorizia con Franco Basaglia, desmanteló los hospitales psiquiátricos Osservanza y Luigi Lolli en Imola, devolviendo la libertad a los internados. Sigue activo en Florencia, ocupándose de poner en libertad a personas encerradas en centros psiquiátricos. En 2005 recibió en Los Ángeles el premio Thomas Szasz, en homenaje a uno de los referentes de la antipsiquiatría.

La fiesta es un extracto de la entrevista que la escritora italiana Dacia Maraini realizó en 1978 a Giorgio Antonucci, entonces responsable de tres pabellones del hospital psiquiátrico de Imola. En cinco años de trabajo Giorgio Antonucci devolvió la libertad a los internados, eliminando cualquier método de coerción. Algunos meses antes de la entrevista había sido promulgada la Ley 180 (conocida como ‘Ley Basaglia’), a la que se hace referencia en el texto. El lugar de ‘La fiesta’ es el pabellón de las antes llamadas mujeres agitadas.

«Giorgio Antonucci no tiene nada del médico tradicional, atareado, autoritario, sin entusiasmo que solemos conocer. Su rostro triste expresa una dulzura suave, aguda, casi dolorosa. Sus ojos están llenos de una tímida y absorta atención»

Dacia Maraini

Es un sábado frío. La nieve amontonada al borde de la carretera se derrite lentamente chorreando agua negra. Imola está a tres grados bajo cero. Las ruedas del coche resbalan sobre una capa de escarcha helada. Pregunto por el hospital de La Scaletta. Me indican un muro alto tras el cual se levantan unos bloques amarillos. Pregunto por el pabellón 10. Está allí, me dicen. Tomo un camino corto y ancho bordeado por grandes castaños de Indias y aparco al lado de un autobús celeste.

Una vez abierta la puerta del pabellón me encuentro en una sala larga y estrecha abarrotada de gente. Al fondo bajo un fresco de mares undosos en los que navegan barcos con velas rojas, están los chicos de L’Aquila que han venido para tocar. Entre la orquesta y la puerta muchas sillas con muchos ingresados, mujeres y hombres. La fiesta la han organizado ellos, con la ayuda del doctor Antonucci y de los enfermeros.

Una mujer vestida de amarillo y lila me abraza y me besa en ambas mejillas. Otra mujer delgada, sin dientes, el pelo desgreñado, los ojos resplandecientes, una sonrisa triste, se sienta a mi lado y me explica, con gestos y palabras confusas pero llenas de entusiasmo, lo que soñó la noche anterior. La música de Mozart con su armonía explosiva dilata el espacio, penetra estos rostros contraídos marcados por las torturas transformando la fealdad en belleza, se vuelve placer líquido y delicado.

Los chicos de la orquesta con sus barbas, sus tejanos, su pelo largo tocan blandiendo impetuosamente los cuernos, los violonchelos, los oboes. Algunos de los ingresados empiezan a bailar. Otros escuchan boquiabiertos, dejándose mecer por la maravilla de aquellas notas. Una mujer me invita a bailar. Es baja, robusta, el pelo negro e híspido le rodea el rostro de rasgos marcados. Le faltan los dientes delanteros, como a muchas otras; tiene ojos brillantes, una expresión de hilaridad obstinada que la hacen infantil a pesar de sus años.

Bailamos como dos osos, en un abrazo torpe y pesado. Más tarde me enteraría de que esta mujer estuvo atada por años, y cuando el pabellón era cerrado no conseguía hablar, comer sola, escupía a cualquiera que se le acercara, rechazaba la ropa y los zapatos. Ahora baila, habla, come, camina como una persona cualquiera.

Nadie había pensado en muchos años que precisamente en el acto de escupir se encontraba el signo de su integridad: en vez de convertirse en un vegetal como querían los médicos, se obstinaba en protestar, de la única manera todavía posible, contra la reclusión. Sometida a electrochoque (recibió más de cincuenta), atiborrada de psicofármacos, atada de pies y manos con una mordaza en la boca, era objetivamente una “idiota”. Ahora ha vuelto a ser una persona inteligente.

Pasa una enfermera con una bandeja repleta de pastas. Los ojos ávidos de los ingresados miran fijamente los pastelillos. Como para todos los recluidos la comida se ha vuelto sagrada: en la comida buscan cariño, satisfacción sexual, magia. La comida, sobre todo los dulces, recuerdan al recluido que su cuerpo existe también para sentir placer, que su barriga no es sólo un saco en el que se meten las sopas y las medicinas para sobrevivir, sino también un sitio donde dejar deslizar algo completamente inútil, incluso dañino, ¡pero tan caprichoso, tierno y delicioso! Un ingresado que estaba a punto de salir vuelve atrás, deja religiosamente su chaqueta en una silla y espera con paciencia que la bandeja llegue a él. Una mujer se seca la boca con una atención meticulosa, deja el vaso de papel lleno de naranjada debajo de la silla, se inclina hacia delante lista para recibir su parte.

A menudo son los médicos quienes crean al enfermo

Piero Colacicchi, uno de los artistas que colaboran con el doctor Antonucci, me pregunta si quiero dar una vuelta por los demás pabellones. Le digo que sí. Salimos al frío de un crepúsculo celeste y plateado. Caminamos a través de castaños de Indias, tilos, acacias perfumadas entre los edificios todos iguales del ex hospital psiquiátrico. Muchas ventanas están iluminadas. Tras las ventanas se vislumbran unos rostros blancos, atónitos. Llamamos a una puerta. Nos abre una enfermera con un gran manojo de llaves en la cintura. En la sala hay unas cuarenta mujeres encerradas en batas grises todas iguales. Nos asalta un hedor a desinfectante mezclado con comida ordinaria y sudor que marea. Tres enfermeras robustas, prácticas, llenas de sensatez y alegría nos enseñan el dormitorio con las camas perfectamente limpias, alineadas una al lado de la otra, el refectorio con las mesas con manteles de plástico de cuadros.

Aquí duermen, aquí comen, aquí descansan. Tres grandes salas en las que conviven cuarenta y cinco mujeres de todas las edades. Los aseos son cuatro, los cuartos de baño dos, los lavabos seis. La puerta de entrada está cerrada con llave. Las ventanas están enrejadas. La diferencia con los pabellones abiertos es palpable. Allí los ingresados se sienten dueños de sí mismos, aquí son propiedad de las personas que los controlan y castigan. Allí van vestidos de todos los colores  con ropa que han elegido ellos; aquí llevan uniformes que mortifican sus cuerpos y hacen que parezcan todos iguales. Allí se les escucha como personas que han tenido dificultades con el ambiente en el que vivían pero no por eso han perdido la capacidad de entender y sentir: aquí se les trata con la afabilidad paternalista de quien decide por ellos, actúa por ellos, piensa por ellos.

Las enfermeras no pueden no hacer lo que los médicos les dicen que hagan. Su personalidad emerge  clandestinamente en las relaciones personales con las hospitalizadas, y se trata de relaciones hechas de crueldad y dulzura como todas las relaciones no libres. Ellas con gusto se vuelven madres a veces muy tiernas y cordiales, a veces violentas y sádicas. No pueden, porque no están autorizadas y nadie se lo ha enseñado, tener una relación de igual a igual. En otro pabellón cerrado únicamente de hombres noto que el movimiento ocurre siguiendo líneas horizontales. Las mujeres dan vueltas en círculos, los hombres andan arriba y abajo trazando paralelas en el suelo desgastado.

Un chico me enseña una caja de cartón en la que guarda su secreto. Quiere que toque la caja pero no debo abrirla. Sus orejas son como dos rizos de carne. Es sordo y mudo. Y mira con dos ojos dolorosos y lejanos. Otro se presenta cometido, saluda, se arregla el pelo, dice algunas frases ceremoniosas, vuelve a saludar, se aleja. Tienen algo espectral, apagado que, ahora lo entiendo, es debido sobre todo a los psicofármacos. Pasamos del pabellón masculino cerrado al pabellón abierto. La atmósfera es enseguida distinta: caos, voces, desorden, colores.

Los enfermos mentales no existen y la psiquiatría tiene que ser eliminada. Los médicos deberían estar para curar las enfermedades del cuerpo

Se nos acerca un hombre medio desnudo que se mueve a cuatro patas. El peso del cuerpo se apoya todo en las dos manos gruesas y callosas. Los hombros son de luchador; las piernas, atrofiadas, blandas y raquíticas, cuelgan sin fuerza. Este hombre ha permanecido encerrado y atado desde que tenía ocho años. Hoy tiene cuarenta y hace poco que está libre de moverse come quiera. Mira a su alrededor adusto y resuelto; el candor le ilumina las mejillas.  En su mirada hay el recuerdo inquietante de quien fue obligado a convertirse en mono para sobrevivir. Volvemos a la fiesta en el pabellón abierto de las mujeres. Ahora muchos de los ingresados charlan con los de la orquesta apiñándose en torno a los instrumentos, rozándolos, probándolos. La mayoría de las sillas están vacías. Hay vasos de papel desparramados por el suelo. Hay una atmósfera de excitación lánguida de final de fiesta, un calor difuso que empaña los cristales e ilumina las mejillas de los ingresados.

Antes de irnos, ya es hora de cenar, visitamos el dormitorio donde algunas mujeres han permanecido en la cama porque enfermas. Nos acogen con bromas, alegremente, excepto una que sufre dolores de barriga agudos y gime en voz baja, en su rincón. Las paredes están cubiertas de grabados coloreados, dibujos, flores, estrellas. Una chica en bata va y viene trayendo dulces.

Mientras los chicos del Grupo de Cámara de L’Aquila guardan sus instrumentos y los pintores que colaboran en las iniciativas culturales (entre los cuales Luca Bramanti, quien ha pintado muchos de los frescos aquí) se preparan para regresar a casa, hago algunas preguntas a Antonucci. Primero le pregunto por qué, visto el buen resultado que él ha conseguido, no se hace lo mismo en los demás pabellones.

“Ante todo porque cuesta mucho esfuerzo —contesta Antonucci con su voz quieta, dulce— han sido necesarios cinco años de trabajo muy duro para devolver la confianza a estas mujeres; cinco años de conversaciones, de presencia también nocturna, de relación personal. Pero no se trata de una técnica, sino de una manera diferente de considerar las relaciones humanas”. “¿En qué consiste este método nuevo con respecto a los denominados enfermos psíquicos?”

“Para mí significa que los enfermos mentales no existen y la psiquiatría tiene que ser completamente eliminada. Los médicos deberían estar presentes sólo para curar las enfermedades del cuerpo. Históricamente aquí la psiquiatría nació en el momento en que la sociedad se organizaba de una forma cada vez más rígida, y necesitaba grandes desplazamientos de mano de obra. Durante estas deportaciones hechas en condiciones difíciles, hostiles, muchas personas quedaban trastornadas, confusas, ya no producían bien, pues era necesario apartarlas. Rosa Luxemburg dice: “Con la acumulación del capital y el desplazamiento de las personas se ensanchan los guetos del proletariado”. En el siglo XVII en Francia cuando se forma la monarquía absoluta (el Estado), los manicomios eran llamados “lugares de hospedaje para personas pobres que molestan a la comunidad”.

La psiquiatría vino más tarde como cobertura ideológica. En el tratado de psiquiatría de Bleuler, quien es el inventor del término esquizofrenia, se dice que esquizofrénicos son aquellos que sufren de depresiones, que se inmovilizan o dan vueltas por el patio de manera obsesiva. ¿Pero qué más podían hacer así recluidos? Finalmente Bleuler termina, sin querer, cómicamente: “Son tan raros que a veces se parecen a nosotros”. “Pues tú dices que la enfermedad mental no existe y que existen conflictos sociales ante los cuales algunas personas más frágiles o más oprimidas sucumben.”

“A menudo son los médicos quienes crean al enfermo. Te pongo un ejemplo que me ha ocurrido recientemente en Florencia. Un niño zurdo es regañado por la maestra porque “diferente” a los demás. El maestro de música señala que el alumno no marca bien el compás. El niño empieza a sentirse inferior a los demás, se niega ir a la escuela. La madre habla de ello con la maestra quien le dice: “Su hijo es anormal, llévelo al médico” y la envía al centro de salud mental. Allí un psiquiatra le dice que su hijo presenta un trastorno de “lateralidad”, hay que curarlo. Por casualidad en ese momento me contactan. Digo a la madre que el niño está perfectamente sano y tiene el derecho de escribir con la mano que prefiera. Entonces ella habla con la maestra y finalmente defiende los derechos del niño”.

“¿Era un niño rico o pobre?” “Ese es el punto: el niño era de una familia que no cuenta y los profesores tenían una actitud de discriminación social. Te pongo otro ejemplo: una mujer casada con un obrero, tiene dos niños, es ama de casa, no se lleva bien con el marido, empieza a sufrir de insomnio, sentirse agobiada, tener miedo. Se encuentra mal, adelgaza, está nerviosa. El médico le aconseja ir al centro de salud mental. Ella se niega a tomar los psicofármacos que le proponen; entonces la envían al hospital donde está obligada a tomar los psicofármacos a la fuerza. El tratamiento sanitario es una violencia que no sirve para nada”.

En mis pabellones eliminé hace tiempo tanto los psicofármacos como la contención. Aquí, si dos se pelean, los dejamos pelear

“¿En La Scaletta se sigue usando el electrochoque?”. “Ya no. Desde que Cotti llegó como director el electrochoque ha sido eliminado, así como otras formas de tortura evidentes”. “¿Y los psicofármacos y la cama de contención?”. “Los psicofármacos todavía se usan profusamente. Respecto a la cama de contención, si el ingresado no molesta se lo deja solo pero si molesta, lo atan. En mis pabellones (son tres) eliminé hace tiempo tanto los psicofármacos como la contención. Aquí, si dos se pelean, los dejamos pelear. En mis diez años de trabajo nunca he autorizado una hospitalización forzosa, para mí la hospitalización forzosa es una deportación”. “Y la nueva ley, ¿cómo ha cambiado las cosas aquí?”.

“Ante la ley ahora se producen tres situaciones diferentes: la primera afecta a las personas que ya están en las instituciones psiquiátricas, los hospitalizados de larga estancia; hacia ellos la ley permite el uso de los métodos represivos antiguos (en casi todas partes todavía se usan electrochoque, corsés, detención y psicofármacos); la segunda afecta a las personas protagonistas de conflictos en el territorio, para las cuales la ley admite el uso de psicofármacos para volverlas inofensivas (como las chicas a las que atiborran de tranquilizantes para que no salgan por la noche o para que no se droguen, o no hagan sexo); la tercera afecta a las personas a las que no se consigue controlar con los psicofármacos, para las cuales la ley prevé el envío al hospital donde serán sometidas al tratamiento sanitario obligatorio. En todos los casos la línea del método psiquiátrico es la de mantener a las personas sumisas bajo control”.

“En tu opinión, ¿cuál es la alternativa?” “La alternativa consiste en la identificación de los derechos individuales de las personas en la situación social e histórica en la que viven y en la obtención del consenso y la participación activa de la comunidad a través de las juntas de barrio, los comités de empresa, las escuelas”. “En conclusión, ¿estás de acuerdo con Pirella cuando dice que ‘hace falta adoptar iniciativas precisas para la formación profesional de los ingresados, es preciso garantizar su derecho a tener una casa’?” “Claro que estoy de acuerdo. Pero me parece que el discurso de Pirella no queda del todo claro. Me parece entender que él en cualquier caso quiere mantener un cierto tipo de asistencia psiquiátrica. Mientras que yo quiero abolirla completamente”.

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Wayward Wandering, traductor de esta conversación y teórico de la arquitectura, está organizando el proyecto Espacio e ideas, para analizar la naturaleza de los espacios metropolitanos. El primer espacio considerado es el manicomio. La primera fase del proyecto consiste en la edición y subtitulación en castellano del vídeo grabado durante la entrevista con Giorgio Antonucci cuya, síntesis fue publicada por Periódico Diagonal y CTXT y en la escritura de artículos sobre el tema. Seguirá la traducción al castellano de algunos libros de Giorgio Antonucci. Para contribuir al crowdfunding para la realización del vídeo —completamente autofinanciado— puedes donar aquí.

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Dacia Maraini

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