1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Tribuna

El odio y sus flechazos

Sólo habrá una relativa justicia en el mundo cuando los hambrientos pidan una democracia plena. Mientras pidamos sólo pan, correremos el riesgo de que el pan nos lo dé un mafioso o un dictador, como ha ocurrido otras veces antes

Santiago Alba Rico 16/11/2016

<p>Bandera de humo.</p>

Bandera de humo.

LA BOCA DEL LOGO

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

---------------------------------
CTXT ha acreditado a cuatro periodistas --Raquel Agüeros, Esteban Ordóñez, Willy Veleta y Rubén Juste-- en los juicios Gürtel y Black. ¿Nos ayudas a financiar este despliegue?

---------------------------------

En el odio, como en el amor, hay flechazos. La diferencia es que los flechazos del amor presuponen la suspensión del juicio --amo con independencia de los defectos y las virtudes, igual que estornudo-- mientras que los flechazos del odio fundan sus señuelos en el placer soberano de juzgar. El enamorado se entrega o se rinde; el odiador se “empondera” hasta la destrucción --al menos virtual-- del objeto de su odio. El equivalente jurídico del “flechazo del odio” es, en efecto,  esa farsa asociada a la “justicia militar” que llamamos en tiempos de guerra “juicio sumarísimo”: ahí te tengo, tu presencia en el banquillo confirma tu culpa, te condeno de un plumazo, te conduzco rápidamente al paredón. Ahora bien, del mismo modo que el enamorado se siente bueno cuando besa, el odiador sumarísimo se siente bueno cuando fusila. Es lo que he llamado otras veces “justicierismo”. Si uno no puede sentirse bueno amando, busca sentirse bueno odiando. Odiamos, en todo caso, por las mismas razones que amamos: para sentirnos mejores; para purificar nuestra alma; para probar las delicias de la bondad supina. El mundo se divide, en realidad, entre enamorados y justicieros, los cuales intercambian a menudo sus papeles, y puede afirmarse que el número de justicieros aumenta de manera inversamente proporcional al de enamorados. Preferimos, es cierto, entregarnos o rendirnos; preferimos el flechazo sin juicio y el beso redentor. Pero si no podemos amar entonces queremos juzgar: queremos estar al menos al lado de la justicia, aunque sea a través del odio sumarísimo: es lo que se conoce como “tomarle manía” u “ojeriza” a alguien --que siempre “se lo merece”--. Pensemos, por ejemplo, en el odio monumental de la prima Bette, el personaje de Balzac, o en el que siente hacia Patoso el sargento Hartmann en La chaqueta metálicade Kubrick.

El odio es una actividad mucho más “moral” que el amor. También más abstracta. Amamos un cuerpo; odiamos una corporización

El odio es una actividad mucho más “moral” que el amor. También más abstracta. Amamos un cuerpo; odiamos una corporización. Amamos una persona; odiamos un “tipo” que encarna el Mal. Cuanto menos amor nutre nuestra vida y menos gobernamos nuestro destino, más necesitamos juzgar las vidas ajenas, hacer un ejercicio de moralidad en el vacío, conservar, si se quiere, el esquema puro de la moral. El cine de Hollywood y enseguida la televisión cumplieron esa tan saludable como apolítica misión durante años. Nada tiene de extraño el éxito que, entre las amas de casa de los años 80, tenían los culebrones latinoamericanos, que permitían tomar justiciero partido por el bien --frente al villano redondo y desalmado-- a quienes menos recursos tenían para decidir su propia existencia y la de su comunidad. La moral sumarísima ha sido siempre el opio de los excluidos: eso que en las mujeres llamamos, con patriarcal realismo, “cotilleo” o “chismorrería”. Ese modelo de la moralidad chismosa, del juicio desplazado a la escala del vecindario o de la ficción, esa rutina del flechazo contra el Mal corporizado se fue degradando en los programas del corazón y los realities (de Gran Hermano a Supervivientes), cuyo irresistible atractivo, en cualquier caso, tiene que ver con este placer elemental de repartir justicia a partir de esquemas comunes en un mundo --parafraseemos la fórmula siempre mutilada de Marx sobre la religión-- carente de justicia y despojado de comunidad. 

La moral chismorrera es, en el peor sentido del término, “femenina”. Pero donde el “flechazo del odio” ha encontrado un vivero fecundísimo es sin duda en las redes, que son mucho más “masculinas” que la televisión, y ello en el peor sentido imaginable del término: pasamos de un salto, sí, de la prima Bette al sargento Hartmann. Digamos que Twitter, mitad urinario público mitad patíbulo privado, se ha convertido en el lugar donde los hombres --hombres-- reparten justicia. Sus 140 caracteres podían habernos convertido en aforistas geniales o en cultivadores del haiku. Son más bien la excepción. En general las redes han multiplicado de manera exponencial el número de justicieros que buscan un poco de intervención en las tinieblas y un poco de bondad contra los otros. La empatía, decíamos, es personal y desprejuiciada; no tiene explicación y por eso mismo, cuando hablamos del amor, la atribuimos al destino. Cabe más en el cine que en Twitter; más en un viaje organizado o en una despedida de soltero que en Facebook. La antipatía, en cambio, es abstracta, moralista y racionalizadora; y, si empieza en un segundo, como el amor, no quiere, al contrario que el amor, conservar su objeto. El amor se siente bueno haciendo durar el cuerpo amado; el odio se siente justo destruyendo el objeto odiado. Un medio vertiginoso y telegráfico como el que han abierto las redes es una llamada irresistible a hacer justicia rápida, justicia justiciera, justicia masculina y sumarísima. El odio ha encontrado en las nuevas tecnologías un vertedero privilegiado y una levadura ilimitada. De la “chismorrería femenina” de los culebrones al “justicierismo masculino” de Twitter el odio se extiende ahora potencialmente a cualquier personaje público o que devenga público en virtud de un capricho de las redes.

Las redes han multiplicado de manera exponencial el número de justicieros que buscan un poco de intervención en las tinieblas y un poco de bondad contra los otros

La tercera temporada de Black Mirror, la serie de éxito de Charlie Brooker, es inferior a sus antepasadas, pero el primer y el último capítulo, los mejores, convergen en este horizonte del odio tecnológico. En el primero nos presenta una sociedad --la nuestra-- gobernada y jerarquizada por un plebiscito ininterrumpido en el que, a través de una aplicación de móvil, cada uno de los ciudadanos decide sin parar la vida de todos los demás, puntuando su conducta real y virtual en el horizonte de un ethos políticamente correcto alicatado de cursilería, eufemismos, falsa simpatía y belleza estándar, y ello hasta el punto de que el odio más arbitrario, expresado mediante el intercambio de insultos entre desconocidos, reaparece al final como el único consuelo de los perdedores, que establecen de este modo --¡en la cárcel!-- una relación más “auténtica”. En el último capítulo, por su parte, es este odio el que, a través de un plebiscito tecnológico, decide la muerte cotidiana de personajes públicos o aupados a la publicidad a través de un azar imprevisible, azar asociado en cualquier caso a la actividad moralizadora --políticamente correcta-- de una sociedad que se cree tan buena y justa repartiendo justicia en Internet como buenos se sentían los blancos que en EEUU, hasta hace 50 años, colgaban de una cuerda al negro sospechoso de robo o violación. 

Los malos pensamientos de una minoría sólo se convierten en malas políticas cuando las instituciones los sacan de la oscuridad, pasan a enunciarlos “sin complejos”

Digo todo esto porque, en un reciente debate sobre paralelismos y diferencias entre la Europa de los años 30 del siglo pasado y la de ahora, me olvidé de llamar la atención sobre una similitud: la que atañe a la relación entre odio y discurso políticamente correcto. Yo, lo confieso, siempre he estado a favor de lo políticamente correcto; de algo así como de un servicio de hipocresía de guardia las 24 horas del día. Me gustaría que a nadie se le pasase por la cabeza un pensamiento machista u homófobo o racista o colonial; pero mientras esperamos esta transfiguración universal prefiero que los machistas y homófobos y racistas se guarden sus pensamientos o los incuben, como ladillas, en las costuras de la red; y exijo que nuestros políticos y nuestros gobernantes respeten esta especie de acuerdo etológico general. Los malos pensamientos de una minoría sólo se convierten en malas políticas cuando las instituciones los sacan de la oscuridad, pasan a enunciarlos “sin complejos” y los convierten en pensamientos mayoritarios: “He aquí lo que piensa todo el mundo y nadie se atreve a decir”. Eso es lo que hizo Hitler en Alemania y eso es lo que empezó a ocurrir de nuevo en Europa hace veinte años --y se ha acelerado hace diez-- cuando las políticas neoliberales comenzaron a erosionar las barreras materiales que nos protegían de los “malos pensamientos” y a multiplicar el número de las víctimas. Por eso hay que tener mucho cuidado con arremeter con ligereza “revolucionaria” --de derechas o de izquierdas-- contra los discursos políticamente correctos. Al machismo, la homofobia, el racismo ni agua: ni una ley: ni una sola palabra pública. 

Pero es que los “malos pensamientos” no se alimentan de la maldad de los hombres sino de su sed de justicia: de su odio justiciero. Si Trump o Le Pen o Farage pueden decir “sin complejos” lo que hasta ahora pensaba poca gente y menos se atrevían a confesar es porque nuestras clases dirigentes les han abierto de nuevo el camino zapando las condiciones de vida --y dignidad-- de los ciudadanos mientras seguían pronunciando en voz alta las mismas palabras vacías. El odio que la red revela, que la red alimenta, es ya el odio visceral dirigido contra un discurso políticamente correcto tan hueco y represivo que nos impide incluso insultar. Ese odio incluye hoy a nuestros políticos y nuestros medios de comunicación, pero también a una izquierda sin recursos que se mueve entre la invocación del amor abstracto y la predicación estalinista y que, por eso mismo, se ha quedado un poco fuera de juego.  

Hay que tener mucho cuidado con arremeter con ligereza “revolucionaria” -de derechas o de izquierdas- contra los discursos políticamente correctos

La comparación con los años 30 es legítima. Hoy no hay polarización ideológica y los medios de destrucción tecnológica son muy superiores, es verdad, pero en ambos casos el odio justiciero está saliendo de los márgenes para ser naturalizado --y recibir un certificado de honorabilidad-- desde la clase política y las instituciones. En ambos casos el odio justiciero reclama asimismo “hombres fuertes” (aunque sean mujeres) que autoricen y estimulen a la gente a decir lo que sólo se atreven a pensar. De momento nos salva la levadura misma: los mismos formatos tecnológicos “masculinos” que inflaman los discursos marginales de las clases medias limitan su alcance emocional. Las nuevas tecnologías, asociadas al imaginario consumista aún vigente, promueven --por utilizar el símil sexual-- el odio ocasional, sin compromiso y promiscuo. No somos odiadores “ideológicos” sino digestivos. No llegará mañana el apocalipsis, pero con ese odio bastará, de momento, para que el neoliberalismo pierda en EEUU y en Europa las elecciones en favor de esas nuevas “élites antiélites” que, sin mejorar la situación de las clases dañadas por la crisis, completarán la obra de destrucción institucional y discursiva comenzada por los neoliberales. 

Estoy a favor de la corrección política. Con las leyes y las palabras, las bromas justas. Ahora bien, no es fácil hoy defender lo “políticamente correcto”

Lo confieso: estoy a favor de la corrección política. Con las leyes y las palabras, las bromas justas. Ahora bien, no es fácil hoy defender lo “políticamente correcto”. La única forma de hacerlo es --sería-- desde “otras” instituciones. Hace unos días un amigo tunecino resumía así la revolución de 2011 en el país norteafricano: “La gente pedía pan y les dieron democracia”. Les dieron poca democracia. Porque si les hubieran dado bastante democracia, se habrían dado a sí mismos también el pan. La típica polémica izquierdista sobre si pan o libertades (qué antes y qué después) es tan estéril y potencialmente peligrosa como la que enfrenta “la calle” a “las instituciones”. Digamos que sólo habrá una relativa justicia en el mundo cuando los hambrientos pidan democracia. Mientras pidamos sólo pan, correremos el riesgo --en el mundo venidero, previsiblemente fragmentado y sin verdaderos Estados-- de que el pan nos lo dé un mafioso o un dictador, como ha ocurrido otras veces antes. Hay que reclamar democracia plena, pues la democracia, concebida como el derecho a decidir sobre la propia felicidad y sobre los recursos comunes, incluye el pan, el vino, los libros, los árboles, los hospitales, las escuelas, el lecho nupcial y unos buenos periódicos. En España las cosas van un poquito mejor --una pizca-- que en otros países de Europa. La democracia, es verdad, no tiene bandera ni plato típico ni himno ni traje nacional; no tiene relato propio y necesita parasitar otros, siempre colindantes con matrices identitarias menos liberadoras o más excluyentes. Habrá que moverse en el filo del relato con las ideas muy claras y las propuestas muy firmes, recordando que, muerto el comunismo histórico, el único comunismo que puede dar la batalla a Trump y a quienes lo han llevado hasta allí se llama democracia. Pero mientras inventamos palabras y canciones y aspirinas  no caigamos en el error de creer que, sumándonos al flechazo del odio justiciero, avanzamos un solo paso hacia el amor concreto y sus raíces.

Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

3 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Galeno

    Se lee: "Los malos pensamientos de una minoría sólo se convierten en malas políticas cuando las instituciones los sacan de la oscuridad," . . . Hace años escuché lo mismo pero de otra forma.: Fue en la época de Franco y la cosa se debió a que dos amigos (uno de ellos era cura) estaban paseando por la acera, y el cura le dice al otro: Ves a aquella persona que viene acercándose a nosotros... pues es uno de esos de comunión diaria... y lo mejor que se puede hacer ante ese tipo de personas, es huir por la primera esquina que encuentres para no encontrarte con ellos porque son fanáticos y lo mejor que se puede hacer con los fanáticos es dejarlos solos,.

    Hace 4 años 5 meses

  2. Jesús Díaz Formoso

    ¿Corrección Política ...? ¿De las guerras que el autor y sus cómplices defendieron asi? https://www.youtube.com/watch?v=da8cvWGgX_0 //CINISMO sociopático.

    Hace 4 años 5 meses

  3. Jesús Díaz Formoso

    https://tenacarlos.wordpress.com/2016/11/16/asi-se-montan-atentados-manifestaciones-y-noticias-falsas/ - Muy recomendable consultar los enlaces y videos del artículo de Carlos Tena.

    Hace 4 años 5 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí