1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Rap de los nagües en el calabozo de Baracoa

Un periodista relata en primera persona su detención "por interés de la seguridad del Estado" tras el paso del huracán Matthew

MAYKEL GONZALEZ VIVERO (El Estornudo) Cuba , 2/11/2016

<p>El periodista Maykel González Vivero.</p>

El periodista Maykel González Vivero.

El Estornudo

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

El carcelero explica cómo hacer un hatillo: enrollas el cinto, doblas las medias, amarras y juntas con los cordones que sacaste de los zapatos. Al carcelero hay que llamarlo Control.

–Das un grito, ¡Control!, cuando necesites agua. Ahora dame los espejuelos.

El carcelero se los prueba, dice “ño”, cierra los ojos. Anota “cristales graduados” en la escueta acta de ocupación. El corredor de los calabozos se borra, confunde las líneas con el fondo, difumina la cuadrícula de las rejas. Entro a la celda con la certeza de tropezar.

–El baño –Control señala un tabique al fondo, y sale. Es un baño a la turca, de mugre densa, sin agua corriente.

El dormitorio tiene seis camas de hormigón. Una curva eleva cada cabecera, a guisa de almohada. Al principio abrazo mis propias piernas. En un gesto universal de vulnerabilidad me compacto en mí mismo, me hago un rollo, un hatillo. Las instrucciones del carcelero me dejan amarrado y junto, conmigo.

–Control, ponlo aquí, que me voy a volver loco si no hablo con alguien –solicita el preso de la celda vecina.

–¡Espérate! –aúlla Control en su oficina–. Por ahora cumplo instrucciones de dejarlo solo. Más tarde veremos.

No he visto al que quiere reunirse conmigo, pero oigo cómo canta, acaso haciendo bocina con las manos por un hueco de la reja. Entona bien, otras veces desafina su repertorio de rancheras. Y le hago coro, con placer, porque sus patéticas rancheras son magníficas. La voz alcanza el patio, la mía quiere alcanzarlo a él pero disfruta la zaga, se conforma con su tempo lento. 

Yo iba, en efecto, demorado, cuando la policía me abordó en la calle 1 de abril, barrio La Playa. Cámara en el bolsillo, computadora bajo el brazo, me adelantaba a una panadería de la Baracoa en apagón, para cargar baterías. Por la mitad de la calle, a la vista de la cola del pan, me reconoció Frecia.

–¿Por fin cuándo vienes a entrevistarme?

Nos vimos en la audiencia que conducía un lugarteniente político. Ella me eligió depositario de sus peripecias del ciclón. Porque tú eres el primer periodista que ha venido –explicó–, y algunos parecen creer que la gente de La Playa se ha muerto. 

Frecia Toirac Cuza preside un Comité de Defensa de la Revolución, es funcionaria de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana y denunció a cincuenta y siete dirigentes de Baracoa por corrupción. Le gustaría hablar ahora con Raúl Castro porque no lo hizo hace años, en la brigada de la frontera, cuando le correspondió dar parte al general. Frecia se queja de la fortuna de sus cartas, jamás respondidas por el general, aunque ella le recordara, ahora que también el general es presidente, cómo le dio el parte, hace años, en la brigada de la frontera. Y ahí, en medio de una conversación circular, apareció la policía. El teniente coronel Leiva y dos edecanes. No hay más cuerpo aquí que una moto, con Leiva al timón. Un subalterno me acomodó el casco, el otro sujetó la computadora. Por el camino se caía el casco, antes de llegar a las oficinas de la Seguridad del Estado ya me colgaba del cuello.

Cómo supe que Leiva se llamaba Ricardo: tuve que reunir los apelativos que le daban sus subordinados y sus iguales. Cómo supe que no saldría de allí ese día: tuve que agarrar bien la computadora y decirle al teniente coronel que no dejaba revisar, menos borrar, nada mío. Leiva hablaba como un borracho. Se veía sobrio, pero usaba las cadencias, el ritmo de un borracho.

–¿Quién es Leticia? –preguntó con el temblor de su delirium tremens.

Leticia

Creo que yo le gustaba a Leticia. Y que ella me indulte por esa vanidad, porque tengo un rostro gótico –demasiado agudo y ojival–, un talante a la manera del Greco. Pero a Leticia le agradó verme forastero.

–¿Cómo es la vida de un periodista? –sonreía en la sala de su casa, ingenua o ingenua por cálculo.

Caramba, es dura, sobre todo porque el huracán Matthew arrasó esta vez con la sintaxis que le atribuí a Baracoa. En cualquier sitio podríamos empezar a contar la arena de la playa que el propio mar echó a las lomas. Todo está desajustado, la página también. 

–Este barrio quedó revuelto, ¡pero deja que veas Guanacón! –y me convida a ir juntos hasta Guanacón. 

Caminamos por una calle común, entre líneas de soldados, hasta tomar la carretera. Un puente cruza hacia El Turey. Guanacón surge como una fila de casas de frente al río, una línea sinuosa con paseo de tierra dictado por los dobleces del río.

–Tengo la desgracia de llamar la atención –Leticia es alta–. ¿Viste a la gente que jugaba dominó en mi barrio? Todos dicen ahora que tú eres mi marido.

Ha querido matarse tres veces y transitamos por Guanacón hablando del suicidio. Esa noche mencionó sus visiones espantosas: un bebé en el césped; un fantasma que la miraba, obsceno, y acabó poseyendo a una vecina; ella misma, en la cuna, habló a su abuela como una adulta y no recuerda qué pudo decirle. 

Cuando salí de la cárcel llamé a Leticia. Vino hasta la plaza de la iglesia, pero no quise exponerla a la vigilancia. Fuimos lejos. Le conté del calabozo en una acera, frente al malecón.

–Yo pensé “qué falso, no vino más a La Playa”. 

Ah, pero cómo, si tú misma empezabas a pensar como periodista y hasta me hiciste probar en tu propia cuchara la comida de los evacuados. Así tragué el picadillo.

–Mira, no te vayas a Guantánamo, que mi mamá mató un pollo para invitarte a comer.

Pero tengo que irme, ahora. Leticia y yo rodeamos los edificios agujereados del malecón. La última recomendación del capitán Giorvys Hodelín Lamoth fue “váyase de Baracoa”. Por un hueco.

Hodelín

Me interrogó en un cuarto pequeño, con una efigie surrealista del Che Guevara a su  espalda, el capitán Giorvys. El guerrillero, envuelto en una ventisca fantasmagórica, presidía un cielo, el cielo de Cuba, observaba desde arriba a los mortales caminantes. Aquello abigarrado ponía unas alas en la espalda del instructor Hodelín, que me sentó enfrente y empezó a describir, paciente, todas las cosas. De dónde sacaste la computadora, por qué la cámara tiene este agujero tan raro, qué metías ahí, qué se mete por ahí. Tengo un periódico que compré en Santa Clara, camino de Baracoa. El capitán se pone a leerlo y ya creo que va a preguntarme, ahora mismo, imperativo, de dónde saqué ese periódico, qué es, aunque sea evidente que se trata de un periódico, y le digo, sin que pregunte, “es el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba”.

Leiva dijo “te vas con Hodelín”. Vi al capitán y supe que no podíamos conversar. Su estilo de entrevista era esquemático, de preguntas y respuestas, nada que semejara una conversación toleraba el instructor. Recuerdo, en cambio, que le gusta la bachata. En el timbre de su teléfono sonaba la güira dominicana y una guitarra recalcitrante. 

Hodelín me llevó al calabozo. Por un patio, por un pasillo con un letrero, “Celdas”, en el dintel. Me habló un par de veces en el cuarto de los interrogatorios. Aprendí su nombre completo porque tuve que firmar algunos documentos redactados por él, papeles que explicaban a alguien por qué vine a Baracoa, qué hacía en los barrios, qué es el periodismo autónomo. Las primeras versiones concluían que quedé arrestado “por interés de la Seguridad del Estado”.

–Pero eso no es un delito, capitán.

–Podemos hacerlo.

A partir de la jornada siguiente, los manuscritos de Hodelín concluían que quedé arrestado por “actividad económica ilícita”. El instructor tuvo tiempo de pensárselo: soy un contrabandista, un traficante periodístico, uno que roba palabras, las embala en párrafos o parrafadas, y las vende, vive de ese comercio.

–Podemos hacerlo –repitió Hodelín en el cuarto de los interrogatorios.

El cuarto de los interrogatorios

El 10 de octubre de 2016, Diosquenis amaneció gritando.

–¡Deberían soltarme, hoy es el Día de los negros!

Vi a Diosquenis la primera vez que me llevaron a comer. Yo no había desayunado cuando Leiva me arrestó, al mediodía del 9 de octubre. Pasé un día así, hambriento, hasta que Control avisó esa noche que pasáramos al comedor, abrió la reja y vi a Diosquenis. Su exclamación favorita era “¡Ay, Dios santo!” Se quedaba ensimismado y de pronto decía “¡Ay, Dios santo!”, y luego empezaba a rapear, improvisando, y reía de su propio ingenio. El rap para Camilo Cienfuegos, por ejemplo, apuntaba: “Ay, Camilo, te lo dije, ay, Camilo: Fidel no es tu amigo”. Diosquenis hilaba cláusulas inagotables en ese estilo.

–Yo he cumplido tantos años en prisión como los Cinco Héroes –así dijo en la sobremesa–. Como si yo fuera un terrorista de Afganistán.

A Diosquenis lo indultaron cuando vino el Papa y ahora reincidió. Entró a una escuela con un saco de yute, cargó una computadora vieja. Pudo salir de Baracoa y casi llega a su refugio. Cuando caminaba por una calle de Moa, con el cacharro a cuestas, un policía apareció en la acera. El ladrón supo que estaba perdido y no corrió, para evitarse la persecución inútil. Dijo que llevaba una computadora en el saco de yute, y que había robado en la escuela para comprar la canastilla de su hija.

–Sea como sea –dice Control, mientras sirve la comida en sendas bandejas–, robar está mal. ¿Tú no trabajabas en Comunales. 

–Yo limpiaba calles –asiente Diosquenis–, pero el año pasado mi mamá me botó de la casa. A mi mujer la traje para Moa sin un blúmer. 

A Diosquenis, como suele pasar, una voz le decía “No te lleves la computadora”, y  otra replicaba “Con eso resuelves la canastilla”. A Diosquenis todo le ocurre según las pautas consabidas. Su papá, Dioscórides, era alcohólico, y le enseñó a robar para beberse el botín. Una vez se llevó la cartera de alguien, olvidada en la mesa, y le atribuyeron robo con fuerza. La cartera estaba sola; la puerta, abierta. Diosquenis impreca a la fiscal y le regocija que ahora tenga cáncer. Control cree que son malos pensamientos. Un año antes de aquel episodio, Diosquenis hubiera podido ir a una Casa de amparo familiar, de Hijos de la Patria, dice él. Pero aquella cartera, casi vacía, apareció un poco tarde. La computadora tampoco vale ocho años, condena que sugiere, sonriente, su fiscal de ahora. Oí desde mi celda:

–Tú eres un reincidente, chico. No podemos tener la mano blanda contigo… 

–Era una máquina mala, con un Windows viejísimo –se reprocha Diosquenis, y protesta–. ¡Si me hubieran agarrado con una computadora moderna, al menos! ¡Ay, Dios santo! 

La primera noche Diosquenis me prestó un jabón y la toalla que heredó de otro preso. Mi equipaje se quedó en el hostal y no fue recluido, a su turno, hasta mucho después. Durante la madrugada estuvo hablándome de sus prisiones con una cadencia serena, que a veces se violentaba cuando miraba en torno y le sobrevenía un déjà vu. 

–Llevo casi un mes aquí –se miraba un tatuaje, acariciaba las letras–. Deben trasladarme a la prisión de Paso de Cuba, luego al combinado de Guantánamo. Pasé el ciclón aquí, en este calabozo, me mojé, he dormido en un colchón mojado. Eso no importa. Solo quiero que me dejen salir a coger un poco de sol.

–Tú no debes estar aquí –le explicó Arístides, el jefe de la policía–. Es culpa de unos papeles que no llegan. Pero cállate ya. No te hagas el hombrecito.

Eso, porque Diosquenis no se conformaba con rapear, y a veces, por las tardes, gritaba por un hueco de la reja que todos, policías, fiscales, eran unos descarados. Control simulaba no escucharlo. El ladrón se cansaba y empezaba a contarme, para entretenerse, los cuentos de sus prisiones. 

–En la cárcel donde yo estaba, antes del indulto, cuando un preso se pone histérico lo mandan a fijar. “Fíjalo”, dicen los jefes. Entonces los guardias te amarran, te esposan a una cama de modo que no puedas moverte. Mira –señala al frente–, ahí está el cuarto de los interrogatorios, el cuarto frío. Mañana te llevarán. Pero no te preocupes: no hay corriente para encender el aire, ni tú tienes nada que esconder. 

En el cuarto frío vi al capitán Giorvys por última vez. Me hizo firmar varias actas, mi nombre junto al suyo en cada una. Es una habitación pequeñísima, inverosímil, con silla y mesa fijadas al suelo, como todo el mobiliario del calabozo. Tiene doble puerta hacia el pasillo de las celdas, y las paredes recubiertas de madera, para mantener la temperatura. Un aire acondicionado abre su gélida boca a la altura de mi cuerpo.

Control, al traerme a la celda desde el cuarto de los interrogatorios, hace un cuento muy propio de un carcelero. Aprovecha su oportunidad para hacerme la historia de sus  prisiones. 

–Aquella reja, toda cubierta por una plancha de hierro, era peor que esta. Los presos no dejaban de golpearla. Les dije “el que sea hombre que siga, si quiere que lo madure, aquí afuera, como a un guineo”. Nagüe –me dice Control–, ustedes están bien aquí. Allá vi presos que entraron musculosos y salieron agarrándose el pantalón por la cintura.

Diosquenis replica sin exaltarse, espanta una cucaracha del colchón, se estira:

–Aquí no nos violan porque ya sería demasiado. 

–¡Pero qué tú dices, nagüe! –Control sigue en sus tareas de limpieza–. Calma, verás que a ti te mudan pronto. 

Control 

Control nunca es la misma persona. Cada mañana se turnan. Hubo cuatro. El primero, un viejo campesino, parecía recio, apreciaba las reglas: “Si estamos aquí, vamos a llevarnos bien”. Una noche nos ofreció otro cucharón de sopa, un sorbo extra. Cuando fuimos por los colchones recomendó que mirara bien, que palpara bien, para evitarme un colchón húmedo. Estos colchones dormían en la celda destinada a los extranjeros, con baño enchapado y literas de verdad. 

–Te trajeron y yo pensé “este yuma se jodió” –bromeó Diosquenis una noche–. Por suerte eres cubano, no te llevaron para la tercera celda, no sigo solo.

Control del 10 de octubre era otro guajiro, pero joven. Le pidieron que nos aislara, pero nos dejó dormir acompañados esa noche.

–Nagüe –me dice Control, amistoso–, yo estoy con el Gobierno y no me preocupa lo que piensen otros. Estoy definido –esta frase se usa en Cuba para aludir a la convicción de la propia orientación sexual, y parece revelador que Control la use aquí con connotación política–, por eso te digo esto: sal de aquí y vete de Baracoa, no vayas a Maisí. Porque te van a trancar de nuevo y allá es peor.

Control del tercer día jamás habló. A la hora del almuerzo me negó el cepillo de dientes: “Sólo por la noche”. Este cincuentón amargo no quiso llamar al instructor una tarde que necesité verle. Los derechos de los presos aparecían escritos en la pared de la entrada y avisaban que podía llamarse al instructor para cualquier comunicación de importancia. Yo quería decirle que estaba enfermo. Control declinó llamarlo: “Él vendrá a verte cuando quiera”. Los derechos y deberes de los presos estaban en la pared, escritos en guantanamero. “El preso se depojará (sic) del cinto”, por ejemplo; o, “Prohibido dormir ante (sic) de la dié (sic) pm.

Control es conserje, cocinero, recadero. Por las tardes limpia con disgusto el pasillo de la cárcel. Sirve las bandejas con asco. Te ofrece una botella plástica, sucia, para que bebas un poco de agua.

Control del tercer día me trajo un médico, bien adelantada la noche. Este médico de prisiones me encendió la cara con una linterna. 

–Enséñame las encías.

Alcé los labios con el dedo.

–¿Cómo era la diarrea? 

Le expliqué, tirado en el colchón, al borde de la reja. Me acostumbré a acercar el colchón a la reja para sentirme más cerca del exterior. Y también, digámoslo ya, para alejarme el olor del baño, porque las cabeceras de concreto daban al muro del escusado. 

–¿Era líquida?

El médico no me tocó. La enfermera dejó cuatro tabletas antibióticas. Saqué la mano por una cuadrícula, las puso ahí.

–Con esto mejorarás. Traeré cloro para que Control purifique el agua y, entonces, empieces a tomar sales.

Se despidieron. Apagaron la linterna del otro lado de los barrotes. A Control se le olvidó darme sales. Pensó que me tocaría salir al día siguiente, se consoló, y se fue a dormir. Control del cuarto día, en efecto, inventarió mis cosas y me dejó salir del calabozo.

El calabozo

La cárcel de Baracoa es oblonga, un corredor estrecho, con tres puertas a cada lado: Oficina, depósito de pertenencias, cocina –la primera puerta–; comedor  –la segunda puerta–; cuarto frío, cuarto de interrogatorios –la tercera puerta. Al frente, sobre un zócalo con escalones, las celdas. Dos para cubanos, una para extranjeros. La última noche hubo redada de especuladores, panaderos inclinados a dividir los panes en lugar de multiplicarlos, líderes opositores, bravucones etílicos, más periodistas por cuenta y riesgo. Así se instauró el hacinamiento en el calabozo. Y hablábamos a gritos, haciendo bocina con las manos en las cuadrículas de hierro. 

–¿Hay un periodista allá al lado? –preguntó un preso, uno grave.

–Maykel, ¿estás ahí? –Diosquenis verificaba que seguíamos cerca, un par de veces al día.

El que preguntaba por el periodista, a gritos dijo llamarse Víctor Campa y dijo ser un coordinador político de Palma Soriano. Hablé con Campa, más holgados, en el comedor.

–Tengo más de cien arrestos en el expediente –dijo–. Vine a Baracoa para ver en qué podía ayudar, traje unas donaciones, pero me detuvieron al poco tiempo, mientras tomaba un chocolate. No acabé la taza.

Sólo volví a verlo cuando lo trasladaban al cuarto de los interrogatorios, cuando lo conducían, esposado, a otra prisión. Campa fue interrogado por el capitán Giorvys Hodelín Lamoth en el cuarto frío. La puerta doble quedó abierta. Seguía sentado en la mesa fundida con el suelo, cuando le dijo al instructor: “Nosotros existimos para que ustedes sean mejores”. Campa viajaba con un amigo ajeno a los activismos políticos, que también cayó en la batida del 11 de octubre de 2016. Compartió su suerte en el calabozo de Baracoa, y también lo mudaron hacia Guantánamo.

La noche antes de mi liberación, oí a Víctor Campa haciendo un taller político en la celda vecina. Se oía lejos, atenuado por el muro del siglo diecinueve, una pared con cien centímetros de espesor. Se oía remoto, como una cantilena, y convidaba a dormirse. Pero esa noche no hubo sosiego: trajeron unos borrachos cumpleañeros que, en la ira de la fiesta frustrada, patearon la reja de salida, gritaron consignas antigubernamentales, ingresaron una botella de contrabando.

–¡Escóndela, escóndela! –pedía uno, el más ebrio–. Que no nos quiten la novia.

Y guardaron el ron en la celda vacía de los extranjeros, según pude ver, forzando la perspectiva desde la boca de mi calabozo. 

Esta gente salió en la mañana con una recomendación paternal: “Festejen con menos ruido”. En la celda quedó el resto: Emilio Almaguer, periodista amateur; dos panaderos; Diosquenis, el ladrón; un vendedor de alcohol que dio un apellido confuso; un campesino, agresor de un policía en el albergue de evacuación.

–Panadero, panadero –le digo a uno de ellos, antes que lo tranquen–, haz una llamada a mi familia, que no sabe dónde estoy.

Y la hace en un santiamén, porque todavía conserva el teléfono móvil.

–Dice Maykel que está en el calabozo de Baracoa. Necesita unas pastillas y unas chancletas.

Empezaba la última noche. Mi familia lo tomó por un policía, lo trató mal. Esa noche, la última, comí algo del plato que llevaron los parientes del panadero. Arroz y salchicha. El menú del calabozo siempre traía sopa fría. Mezclé.

–A ti te sueltan pronto –Campa conocía bien el método–. No pueden retenerte más de tres días.

Se prolongaron aquellas horas. La coda se alargaba, mentalmente, por causa del fragor infinito de una planta eléctrica al servicio de las oficinas policiales. El calabozo continuaba a oscuras, sobre las ruedas de una temporalidad insondable. Esa noche Control dejó un mechón rústico, una botella encendida, algo como un cóctel molotov, para que la hebra de luz me iluminara el baño. Y leí, como despidiéndome, los grafitis e incisiones en el muro de la celda. Una veces eran simples nombres: Anderson, Camejo, Aspiazu. Pero cerca de la puerta grabaron consignas: “No + abuso”.

Durante las horas impacientes, en esta coda, la violencia del calabozo se ralentiza. Te afecta en tu carne, y en la ajena, porque empiezas a reprocharte la inocencia anterior. Leíste a Foucault con un sosiego que se ha quebrado ante los rótulos del calabozo. Oíste peripecias de presos comunes e ilustres, sin comprender bien la dimensión de la violencia. Y es tal, que algunos amigos creerán, de cualquier modo, que hiciste algo, que merecías el calabozo iluminado por la mecha del cóctel molotov. Acostado en tu cama de hormigón, de cabeza al baño turco, no crees la historia de tu camarada ladrón. 

–Yo pasé el ciclón aquí –Diosquenis señala un ventanuco enrejado–, por allí entraba la lluvia, soplaba el viento, y parecía que el mar llegaba hasta mí. 

Aún no le crees nada al quejoso, porque la violencia que te implica, a ti que estás casi afuera, ya construyó la noción inapelable de que algunos merecen quedarse ahí, bajo el vendaval de Baracoa. Y no le creerás nada al ladrón hasta que aparezca un policía y te sirva de fuente complementaria.

–Diosquenis, ¿qué haces aquí, mijo? ¿A ti no te indultaron?

–Sí, pero Raúl dijo que había que darnos trabajo, y nadie quería contratarme. Volví a robar, entonces.

–Este muchachito es de Quiviján –compadece el policía–. Ha pasado mucho trabajo desde que estaba chiquito.

–Yo andaba alzado –confirma Diosquenis–, para que mi papá no me agarrara.

Entré al calabozo sin espejuelos, pero pestañeé rápido, para recobrar alguna agudeza. El calabozo, el corredor, la oficina, se me presentan desenfocados. Pongo la nariz en el papel para leer las actas del instructor Hodelín.

–Si quieres presentar alguna reclamación, hazlo en la fiscalía.

Caramba, ya vi a los fiscales. El 10 de octubre vino una fiscal, una elegante que no pasó la reja, se informó sobre el número de detenidos, y siguió.

–Ah, sí. Aquel está ahí por interés de la seguridad del Estado.

El capitán Giorvys me informa de mi singular delito y de su errático proceso, añade que saldré sin la computadora, sin la cámara del agujero extraño. Diosquenis me alcanza un papel desde su calabozo, poco antes de irme a la oficina, depósito de nuestros objetos ocupados. Escribió las señas de su probable destino. Le dejé un jabón al nagüe, uno usado de mi equipaje, y un desodorante de vetiver. Mi nagüe rapero olerá bien.

Control echa el hatillo sobre la mesa. Está intacto: cinto y medias, inseparables, amarrados con los cordones de mis botas. Aprendí a hacer, impecable, mi propio fardo de cosas menudas.

El carcelero explica cómo hacer un hatillo: enrollas el cinto, doblas las medias, amarras y juntas con los cordones que sacaste de los zapatos. Al carcelero hay que llamarlo Control.

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

MAYKEL GONZALEZ VIVERO (El Estornudo)

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí