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CUENTOS REPUBLICANOS

La cédula

José María Mijangos 6/11/2016

<p>Celebración de la Segunda República, el 14 de abril de 1931 en Barcelona.</p>

Celebración de la Segunda República, el 14 de abril de 1931 en Barcelona.

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Estábamos hasta los huevos de don Indalecio. Lo sabíamos todo de él. Lo que comía, merendaba y cenaba, lo que le gustaba repetir cuando había arroz con leche, los tientos que le echaba a su secretaria, la muy sufrida y socialista Mari Pili, las tiesas que se tenía con Largo Caballero y con Azaña, al que mi padre llamaba cabrón por hacer sufrir a don Indalecio. “Don Indalecio es un hombre de bien (Paquita, tápate los oídos), y ese churrullero cabronazo de Azaña le llevará a la tumba con sus mojigaterías”. Mi madre —Paquita— se tapaba los oídos por no escuchar blasfemias y murmuraba un amén jesús que perdonase los pecados del padre, republicano y librepensador. Y es que la murga de padre con don Indalecio era histórica, don Inda por aquí, por allá y acullá, que hoy en el Congreso ha estado muy lúcido y se las ha tenido tiesas con la minoría agraria, que hoy sólo se ha comido una pierna de cordero, para mí que está desganado por el mamonazo de Azaña, que el flato no le deja pensar, que le ha salido un sarpullido en el culo que le va a impedir votar la ley de reforma penitenciaria. “¿Y cómo lo sabes?”, se persignaba madre. “Don Inda, perdón, don Indalecio me hace partícipe de sus prolijos sufrimientos en pos de la República”. Mi madre volvía a jesusear y meneaba la cabeza lamentando el marido que le había caído en suerte.

Mi padre se llamaba Expósito, por razón que alcancé a comprender cuando ya me crecía el bigote. Se había apalancado en Madrid allá por el 18, con más hambre que un perro tísico, y, mal que bien, se había colocado de camarero en un comedor de la Dehesa de la Villa. Se había casado en el 19, y me había concebido, “Eso dice tu madre, pero no sé, no sé, te pareces mucho a Marcial Lalanda”, decía el tunante ante el escándalo materno, en el año 20, poco antes de lo de Primo de Rivera.

Mi padre se levantó a la amanecida, se lavó el rostro, las axilas, desayunó churros con copita de ojén y tras lanzar dos vivas a la República me llamó

A mi padre la política siempre le había importado un carajo y todo lo que sabía de ella era que una vez vino Napoleón a España y le echamos a garrotazos por maldito gabacho, pero, iay!, el día que apareció don Indalecio por el merendero cambió el mundo y comenzó a preocuparse por el porvenir de España. Y es que don Indalecio, mientras pelaba las gambas y se hacía servir el vino, soltaba el mitin a mi atónito padre, que bebía sus palabras. “Don Inda, perdón por la familiaridad, Paquita, recárgame la copa que no queda anís decía, don Indalecio solo tiene dos vicios en su vida, dos minúsculos vicios que no le impiden sacrificarse por la prosperidad del pueblo español, que no le merece, y esos dos vicios son: la comida y el juego del retruque, en el que fue campeón de Vizcaya y al que ha de tener que renunciar como no consiga bajar esas mollas que la preocupación y el servicio al procomún le están produciendo”. “Ese don Inda es un machaca”, me atrevía a aventurar. “El jamón es Lerroux. ¡Ese sí que tiene huevos!” Las venas del cuello de padre se hinchaban, entrecerrados los ojos, los puños apretados, dejando escapar unos segundos, y me arreaba un bofetón que todavía me duele. Cuestionar a don Indalecio era más peligroso que cuestionar a su propio padre, perdón, no conoció a su padre, y poco a poco fue imbuido por el aura republicana que emanaba don Indalecio Prieto, diputado socialista y glotón, artífice de una España que aspiraba a cambiar y quedó en nada, y, sobre todo y ante todo, el más ilustre cliente de mi desventurado padre, al que le contaba todas las cuitas de su maltrecho corazón mientras miraba goloso la fuente de corderito asado que, humeante, depositaba mi viejo en su mesa.

Pero no es esto lo que quería contarles. No, señores. Quería relatarles las cuitas de mi desdichado padre con su cédula personal, hecho que, curiosamente, le salvó y arruinó la vida a un tiempo.

En las elecciones del 33, mi padre ya hacía un año que servía casi diariamente a don Inda, “hoy tenemos tostón, se va usted a chupar los dedos, la lubina que le voy a poner se ha presentado en la cocina por su propia voluntad, ha venido en autobús desde Santander pagándose el billete para que la coma usted, ya me dirá si está fresca, este tocinillo de cielo se lo hemos robado a san Pedro, que se lo iba a merendar, para que se lo tapine usted. Menos mal que es usted ateo, si no, ¡iba a tener un problema con el guardián del cielo!”. Día sí y día también, en la comida y en la cena, mi padre echaba la parrafada con don Inda mientras le servía la colación. Aquel día de elecciones, mi padre se levantó a la amanecida, se lavó el rostro, las axilas, desayunó churros con copita de ojén y tras lanzar dos vivas a la República me llamó para acompañarle en tan señalado día. “Si no sale don Inda estamos perdidos. A ver si con la misma cédula podemos votar los dos. Tú di que eres como Peter Pan, que no envejeces, a lo mejor cuela y don Inda tiene dos votos en uno”. “¿Y quién es Peter Pan?”, preguntaba. “¿Tú eres tonto?”, me sacudía un remoquete. “Peter Pan es... Peter Pan”. “¡Haberlo dicho antes, coño!”. “No me gusta que digas palabrotas”, me sacudía otro coscorrón, “¿y quién coño te ha enseñado a fumar?”. “Joder, papá, que ya tengo dieciséis años”. ¡Que no digas palabrotas, coño!, además, don Inda no fuma”. “¿Y a mí qué?” “Y a mí qué, y a mí qué, este chico es gilipollas. ¡Paquita!, ¿aparece o no la cédula?”.

Y la cédula no aparecía porque me la había llevado yo el dia anterior para darme un filete con mi novia en un reservado en la calle de la Aduana en el que era obligatoria la mayoría de edad. “¿Está seguro de que esta es su cédula? Muy joven parece usted para haber nacido en 1890”. “¿Acaso lo duda?” “Pues sí”. “¿Y si le doy dos duros, seguirá dudando?” “Con dos duros sí, con tres creo en la divina providencia, y a más, la chica tampoco es Matusalén”.

Si no sacamos buen resultado, la República se irá al garete y es posible que aunque ganemos todo se vaya a freír espárragos

El caso es que había olvidado su cédula en el meublé y mi padre no podía votar. Tampoco podía votar mi madre, porque su cédula había desaparecido también, y es que mi madre era de la CEDA, de las de Gil Robles, y en cada elección, ¡zas!, volaba su cédula, que solía aparecer, un día después, en la cartera de mi padre. Aquel día, el viejo se mesó los cabellos, revolvió la casa de arriba abajo, se intentó agenciar una cédula falsa con nuestro vecino el falsificador, todo inútil, don Indalecio perdería el voto y quién sabe si el escaño en el que pudiera seguir contribuyendo a la prosperidad de esta nuestra piel de toro, tan necesitada de políticos del nervio de don Indalecio, que —según mi padre—, había sido el mejor ministro de Obras Públicas que en el mundo hubiera, en aquel primer gobierno constitucional que mi padre recitaba como si fuese la alineación del Atlético Aviación: “Don Jaume Carner, Hacienda, don Francisco Largo Caballero, ejem, Trabajo, don Santiago Casares, Gobernación, ¿y Obras Públicas?, ¡niño! ¿sabes quién era el ministro de Obras Públicas?”. “¡Lerroux!”, afirmaba, nada más que por joder. “¡Blasfemia!”, gritaba mi padre sacudiéndome un bofetón.

Aquel ventoso día de noviembre de 1933, mi padre no pudo ejercer el voto. Tuvo que pedir otra cédula y se culpó durante el siguiente bienio del triunfo de las derechas, como una tácita traición al espíritu de don Indalecio, a quien, con vergüenza torera, se negó a servir durante el bimestre siguiente para no tener que mirar a los ojos al hombre a quien había decepcionado.

Estuvo un tiempo sin ver a don Inda. Se enteró de que se había exiliado en París, “allí no tienen callos ni gallinejas”, se lamentaba padre, que compraba El Socialista diariamente para seguir las consignas del partido, entonces en la oposición. Mi padre renegaba de Largo Caballero, “le tiene envidia a don Indalecio”, y de Besteiro, “parece una monja Bernarda”, pero por lealtad a don Indalecio se dispuso a afiliarse al Partido Socialista en los momentos más difíciles, en febrero del 35. “Para reparar la traición a don Indalecio”. Pero para afiliarse al partido hacía falta la cédula identificativa. Y aquel día, por mucho que buscó y buscó, no encontró la cédula. “¡Paquita!, ¿otra vez la maldita cédula?” Y es que, no se lo digan a nadie, pero se la había quitado yo para entrar en la sala de baile Pigalle, cerca de la calle de la Montera, donde para variar exigían mayoría de edad para entrar a pimplarse una botella de vino y poder arrimar cebolleta bailando lentos. Allí, con la emoción y el mosqueo del portero, se me había olvidado la cédula y mi infortunado padre se libró de afiliarse al Partido Socialista por un pelo, lo que le tornó taciturno y dengue. “¡Otra traición a don Indalecio!”

Tuvo que pedir otra cédula ante el cachondeo del comisario: “Si quiere le doy el pie de imprenta y las imprime usted mismo”. “No hurgue en la herida, comisario”, y a casa con el convencimiento de que una maldición le impedía corresponder con su voto y ayuda a las sabias palabras con que don Indalecio —ya llegado del exilio—, le regalaba los oídos entre masticación y trago. “En las elecciones de febrero del 36, todo será diferente”, se prometía. Podía calibrar diariamente la excitación de su prócer, para quien el futuro de la República española estaba ligado a esa fecha. “¡Ganaremos, don Indalecio!”, sonreía mi padre mientras le servía el cocido. “Más nos vale, amigo Celedonio”, mostraba los ojillos golosos. “Si no sacamos buen resultado, la República se irá al garete y, entre nosotros —le dijo en trémula voz confidente—, es posible que aunque ganemos todo se vaya a freír espárragos, a los españoles lo que nos gusta es imponer nuestra santa voluntad y somos muy pocos los verdaderamente republicanos, pero, ¡eche!, ¡eche!, no se reprima en vaciar el puchero”. “Lo que usted diga, don Indalecio”, le miraba preocupado mi padre.

Mi padre intentaba imbuirme del espíritu republicano, pero a mí me importaba darme el lote los domingos con cualquier novieta

Y la preocupación continuó. Mi padre intentaba imbuirme del espíritu republicano que le enseñaba don Indalecio, pero a mí lo que me importaba era darme el lote los domingos con cualquier novieta que me saliera y acudir a las salas de baile, con bigotillo incipiente, un Lucky en los labios y un duro rumboso para invitar a cualquier pardala que se dejara meter mano. Por eso no intuí su derrota. En febrero del 36 hubo elecciones a Cortes. Mi padre estuvo toda la mañana buscando su cédula personal para ir a votar. “¡Esta vez sí o sí, Paquita, me cago en la puta! ¡Dónde está la jodida cédula!” “Celedonio, no blasfemes, que te condenas”, respondía mi madre, y la cédula, olvidada por mí la víspera en una casa de putas de la calle de las Naciones. “¿Seguro que tienes veintiún años?” “Sí, señora, aquí está mi cédula, y dos duros de propina por las molestias”.

Fue el fin de mi padre. Desesperado, todavía se presentó en el colegio electoral y le quitó la cédula a una madre de familia que había dejado la cartera sobre un pupitre. Cuando le preguntaron al introducir la papeleta, “¿usted se llama Remilgos?”, mi padre se ruborizó y salió corriendo por patas, conmigo detrás, sin parar hasta casa sollozando su derrota y la enésima traición al hombre que le había cambiado su concepto vital.

Después de aquello, ya lo saben ustedes, vino el gran tomate y los españoles nos pegamos de hostias los unos con los otros. Mi padre no volvió a ver a don Indalecio. Se quedó, acojonado y hambriento, en nuestro zaquizamí hasta que escampase, soportando las bombas y el hambre, la miseria moral y la desesperación, sin trabajo, sin esperanza. Por eso, no me extrañó que cuando llegaron los nacionales y le llamaron al tribunal de Orden Público, él adujese como ejemplo de adhesión a la causa el hecho de no haber votado jamás en las elecciones de la República, como hecho incuestionable de su negativa a acatar el orden republicano. Eso le salvó de la cárcel al pobre hombre. Yo todavía cumplo condena por falsedad de documento público.

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Este relato se publicó por primera vez en Rojo, amarillo, morado. Cuentos republicanos, una colección de ficciones breves publicada en 2006 por la editorial Martínez Roca y la fundación Domingo Malagón. La dirección y la edición del libro corrieron a cargo de las escritoras Lucía Etxebarria y Marta Sanz, respectivamente. 

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Autor >

José María Mijangos

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3 comentario(s)

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  1. Felisa

    Una maravilla.

    Hace 5 años 10 meses

  2. Alvar

    ¿Machista sólo? Machista, estúpido y carca.

    Hace 6 años

  3. bea

    que cuento más machista

    Hace 6 años

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