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Temor al día después

Trump, que “nunca pierde”, comienza a desplomarse en las encuestas y prepara el terreno para deslegitimar no solo su posible derrota, sino el propio sistema democrático

Diego E. Barros Chicago , 18/10/2016

<p>Donald Trump, en un mitin en Reno (Nevada), en enero de 2016.</p>

Donald Trump, en un mitin en Reno (Nevada), en enero de 2016.

Darron Birgenheier

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El guión de aquí al 8 de noviembre, salvo sorpresas y filtraciones varias, está escrito. Si por parte de Clinton todo consiste en dejarse ir sin meter la pata ni abrir mucho la boca —su especialidad, por otra parte—, en el campo contrario, el que encabeza un muy tocado Donald Trump, todo se reduce en una huida desesperada hacia delante, casi seguro, hacia la derrota.

Lo sabe él y, lo que es peor, lo saben los suyos que viajan ya en modo control de daños pensando en el día después y, más importante, en el Congreso. Además de dilucidar quién será el próximo inquilino de la Casa Blanca, los votantes están llamados también a renovar la Cámara de Representantes y un tercio de los escaños del Senado; y es precisamente ahí donde se va a jugar buena parte de la próxima legislatura si finalmente Clinton confirma su victoria.

Con las últimas encuestas certificando la ventaja de Clinton a nivel nacional (hasta 12 puntos sobre Trump en la más reciente) y con el magnate aguantando en Ohio, la estrategia de este, puesto en cuarentena por los principales nombres del partido, gira ya en torno a tres ejes en una clara apuesta por apuntalar su propia base renunciando definitivamente al llamado voto moderado.

En primer lugar, insiste en el mensaje de “los Clinton son corruptos y criminales y su lugar debería ser la cárcel”. Lo indicó el propio magnate en el último debate presidencial, advirtiendo de que si de él dependiera aplicar la ley en el país, la exsenadora por NY estaría en prisión. De alguna forma, este argumento sigue siendo defendido por su candidato a vicepresidente, el gobernador de Indiana Mike Pence quien, según el día, se acerca o se distancia de las salidas de tono de su compañero.

El "movimiento" Trump se coloca como la representación simbólica de la última esperanza, blanca, de un país en plena decadencia

En segundo lugar están los medios de comunicación, que en la opereta dirigida por Trump y los suyos, no son otra cosa que los guardianes de un sistema corrupto. Una corrupción que alcanza a todo, y cuya máxima expresión es Washington, donde, por supuesto se incluye a los máximos representantes del Partido Republicano. Ante los suyos, el “movimiento”, Trump se coloca como la representación simbólica del last man standing, una suerte de último hombre, última esperanza —blanca, en su caso— de salvación de un país en plena decadencia.

Por último está el eje más preocupante, el que ha encendido las alarmas entre los principales dirigentes del Partido Republicano. En sus mítines y declaraciones públicas, ya sea en entrevistas o vía Twitter, medio donde el magnate se ha revelado como el troll supremo, ha intensificado su visión apocalíptica de la nación.

En un ejercicio al más puro estilo kamikaze, ha intensificado en las últimas horas sus advertencias de que un “fraude electoral” está en marcha. Se basa en su credo una y mil veces repetido: él “nunca pierde”. Así, si la victoria finalmente no se produce, algo que descartan unos seguidores confiados en la existencia de una “mayoría silenciosa”, esta sería la prueba definitiva de la corrupción del sistema. De ahí que el mensaje de la campaña sea un constante llamamiento al “movimiento” que Trump ha iniciado: convertir las elecciones presidenciales en un “ellos” contra “nosotros”, verdaderos americanos (al menos la América blanca), el “pueblo” frente a los burócratas y, especialmente, algunas minorías que recibirían un trato preferencial. Cualquier falacia es buena para la causa; hasta el punto de denunciar un complot para permitir a inmigrantes indocumentados votar.

Y esto es lo preocupante. El qué pasará el día después en el hipotético caso de una victoria de Hillary Clinton. De las muchas cosas que estas elecciones han mostrado hasta el momento, la más perturbadora es haber sacado a la superficie la existencia de una franja de población que hasta ahora siempre había estado al margen de la foto y no en el centro de la imagen. Los apocalípticos últimos representantes de una América esencialista, blanca en cuanto a color de piel, y en cuanto a unos principios ultraconservadores que entroncan directamente con el espíritu del nacimiento y conquista de la nación: los últimos de una estirpe forjada en la creencia ciega en el individuo protegido por el poder de las armas. Así se suceden  las declaraciones de los asistentes a los mítines del candidato declarando, desafiantes a los medios, cosas como que “nuestras vidas dependen de esta elección” y que si Clinton gana “yo estoy listo para una revolución”.

Al más puro estilo kamikaze, el magnate ha intensificado sus advertencias de que un fraude electoral está en marcha

¿Existe miedo a una suerte de levantamiento? Obviamente, no. La situación no es ni mucho menos la descrita en cualquier novela o película sobre una América postapocalíptica. Sin embargo, sí hay preocupación ante hipotéticas acciones de descontrolados.

Aunque el domingo el propio Mike Pence se apresuró a decir que acatarían los resultados de las elecciones, sus palabras no han hecho otra cosa que hacer crecer las especulaciones dejando a las claras la propia soledad de Trump, quien, horas más tarde tuiteó que la prensa está amañando el resultado a favor de Clinton.

Se trata en todo caso de una línea que nunca se había cruzado. Poner en duda la legalidad y limpieza del sistema es poner en duda la propia democracia, como han sugerido no pocas personalidades desde el espectro conservador. Ari Fleischer, quien fue jefe de prensa del gobierno de George W. Bush, ha declarado que si Trump pierde y rechaza el resultado provocará que “muchos de sus seguidores, millones de personas, cuestionen la legitimidad del Gobierno, lo que es algo destructivo y corrosivo”.

De ahí que sean muchas las voces que ponen el foco en los principales líderes del partido. Si Clinton gana, los líderes republicanos —en particular los líderes de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, y el de la mayoría del Senado, Mitch McConnell— deberán insistir de forma rápida y sincera en la legitimidad de la elección. La razón es simple. Si dan pábulo a la conspiranoia de Trump estarían poniendo en duda la elección de sus propios congresistas y senadores.

Desde el escándalo provocado por la difusión del vídeo en el que Trump se explayaba en comentarios sexistas y despectivos hacia las mujeres, justo en los días previos al segundo debate, Ryan ha puesto tierra de por medio con el candidato. Una actitud que le ha granjeado no pocos ataques por parte de Trump, que lo ha acusado de “débil”, “inseguro”, y hasta de ser “peor” que los Clinton.

Los mismos periodistas que contribuyeron a su campaña regalándole horas y horas de publicidad se han convertido en el objetivo de la ira de los seguidores de Trump

Ryan y otros líderes electos del partido son conscientes de que más allá del fenómeno Trump, se enfrentan no solo ante una crisis de liderazgo, sino a una crisis de sus propios votantes. La posibilidad de que la ola anti Trump pueda desplazarse sobre los candidatos causa pesadillas en una carrera que, en el caso del Senado, está muy apretada. De la misma forma, tampoco pueden dar del todo la espalda a Trump y ni mucho menos provocar su abandono —una especulación producto de la pura fantasía espoleada por los medios de comunicación—, dada la evidencia: la fuerza del magnate ante un segmento de la población que se muestra inmune a cualquier tipo de escándalo en el que se vea inmiscuido. Tras los comentarios sexistas de Trump, muchas mujeres acudieron a sus mítines con camisetas llenas de mensajes de adhesión.

He ahí el gran triunfo de Trump, el todo vale. Como él mismo advirtió el pasado enero, “podría disparar a alguien en mitad de la 5ª Avenida y ni así perdería votantes”.

En último término están los medios. Los mismos que denuncian las salidas de tono de Trump son también responsables en buena medida de su advenimiento, especialmente las grandes cadenas de noticias por cable que han sido incapaces de renunciar a lo que desde el principio era un espectáculo televisivo imbatible.

Hoy los mismos periodistas de medios que contribuyeron a la campaña del magnate proporcionándole horas y horas de publicidad (gratuita) se han convertido en el objetivo de la ira de los seguidores de Trump. En algunos actos, la prensa entra y sale escoltada para evitar males mayores. De la reacción de estos medios depende el día después; por una sencilla razón: en caso de una derrota de Trump y la consiguiente puesta en duda de los resultados serán ellos los que deban decidir si conviene o no seguir prestándole un altavoz a un mensaje que lamina la legitimidad del sistema.  

A mantener la calma tampoco ayuda la irresponsabilidad de ciertos cargos públicos. Es el caso del conocido y muy mediático sheriff del condado de Milwaukee, David Clark, quien el sábado tuiteó sin rubor alguno: “Es tiempo de horcas y antorchas”.

En este ambiente creado y espoleado por el candidato republicano se llega al tercer y último debate, mañana miércoles, en la Universidad de Nevada en Las Vegas. Nuevamente ante las cámaras, el medio en donde mejor se desenvuelve, Trump tendrá una oportunidad, quizá la última, de salvar lo que queda de su campaña. De redimirse es ya incapaz.

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Autor >

Diego E. Barros

Estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Vive en Chicago y es profesor universitario. Escribe donde le dejan y, en ocasiones, hasta le pagan.

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