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SALA DE DESPIECE

La guerra contra los padres

Sergio del Molino 9/10/2016

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Ha tenido mucho éxito y ha dado mucho que hablar, en Alemania y en España, el libro de Orna Donath Madres arrepentidas, compilación de testimonios de mujeres que, como el título indica abiertamente, se arrepienten de ser madres. En Alemania el asunto causó escandalera y repulsa. En España, un poco menos. En general, las reacciones de la prensa han sido favorables al libro y se ha difundido la idea de que saca del armario a unas mujeres que sufren y que, hasta ahora, no habían podido expresar su sufrimiento. Se habla de un tabú roto y de que se manifiesta al fin una enorme presión social hacia las mujeres para que procreen y sublimen la maternidad.

Creo que no se tiene lo bastante en cuenta el contexto del libro. Donath es israelí y las veinticinco madres arrepentidas que aparecen en él son israelíes. Es cierto que los gobiernos israelíes, desde 1948, han incentivado la maternidad (a veces, de forma muy abrumadora) como un arma demográfica, del mismo modo que intentaban atraer a los judíos de la diáspora, para aumentar la población y no ser absorbidos por los superpoblados estados árabes que les rodean y por los propios árabes israelíes con sus familias numerosas. Creo que el libro describe los efectos de esa política, que no se puede comparar a la de casi ningún otro país, y que es cierto que ha echado sobre los hombros de las mujeres una responsabilidad patriótica y cultural. No se han limitado a incentivar la natalidad mediante beneficios sociales y ventajas para los padres, sino que han utilizado toda la parafernalia de la culpa y el sufrimiento del pueblo elegido para que las mujeres no se lo pensasen mucho y dieran a luz cuanto antes, para aprovechar los años fértiles. 

Cuando se habla de presión social a favor de la maternidad en países como España, en realidad se está hablando de algo difuso y subjetivo

En Europa occidental, la situación es radicalmente la contraria, y eso no está bien explicado en el libro (quizá, porque si lo hiciera, destruiría la universalidad de su hipótesis y quedaría circunscrito a un fenómeno local). Cuando se habla de presión social a favor de la maternidad en países como España, en realidad se está hablando de algo difuso, ambiental y subjetivo. No hay una ofensiva amparada por el Estado, ni se considera que las mujeres que deciden no tener hijos son antipatrióticas, faltan al deber con su pueblo y deshonran la memoria del holocausto.

Es cierto que el machismo ambiental (e institucional) presenta la maternidad como un destino para las mujeres. Es cierto que a las actrices y a las mujeres profesionales que destacan por su excelencia se les pregunta insistentemente sobre si quieren tener hijos o no, mientras que jamás se le hace esa pregunta a sus equivalentes masculinos. En mi propio mundo, el de la literatura, es habitual que en la biografía de solapa se indique si la autora tiene hijos cuando los tiene, pero casi siempre se obvia ese dato en el caso de los autores. El propio libro de Donath cae en esa trampa al no presentar a ningún padre arrepentido, como si los hijos fueran una cuestión exclusivamente femenina, como si los hombres no tuvieran nada que decir ni ninguna cuestión que resolver al respecto. Pero creo que el problema que países como España tienen con la maternidad es justo el contrario. Si hay una campaña en marcha, es contra ella y no a su favor. La hipótesis de que la sociedad fuerza a las mujeres a ser madres se estrella contra la ridícula tasa de natalidad de España y lo tardío de la edad de gestación, que ha hecho que muchos sistemas sanitarios autonómicos dejen de considerar de alto riesgo los primeros embarazos de mujeres que rondan los cuarenta o que los superan. Si tal presión existe (y no la niego), puede decirse que las mujeres españolas la soportan muy bien y apenas le hacen caso.

Si el libro de Donath tiene tanto eco y es tan bien recibido en todas partes se debe también a que ayuda a cambiar el encuadre. Apenas se habla de algo que a casi ningún empresario ni responsable gubernamental le gusta hablar. De las entrevistas de trabajo en las que los responsables de recursos humanos, incurriendo en la ilegalidad, preguntan a las candidatas a un puesto si tienen previsto quedarse embarazadas. De las mujeres que son despedidas durante su baja maternal. De las mujeres que se enfrentan al dilema de tener los hijos que quieren tener o trabajar en lo que quieren trabajar, porque saben que, si tienen hijos, se descabalgarán de su carrera profesional, no importa lo brillante y meritoria que haya sido hasta ese momento. De los padres que apenas ven a sus hijos un rato al día, debido a unos horarios inflexibles y a una cultura empresarial presencialista que premia al que más horas aguanta amarrado al escritorio de la oficina y considera sospechoso de escaqueo al que pide trabajar desde casa. De las bajas de maternidad rácanas y de las bajas de paternidad ridículas. De la absoluta falta de incentivos y ayudas sociales para quienes quieren ser padres. De cómo las empresas, el estado y las familias han echado sobre el colegio la responsabilidad de conciliar, obligando a los niños a estirar los horarios lectivos y de extraescolares para que sean los hijos quienes se adapten al ritmo de los padres y nunca al revés, porque la inmensa mayoría de las empresas no tienen ningún plan de conciliación, y las que lo tienen es por su propia iniciativa, sin recibir apoyo de la administración.

Los estragos de la maternidad son leitmotiv recurrentísimo en chistes, monólogos de club de la comedia, gags de la tele y columnas humorísticas

Esto, por mencionar solo la ofensiva digamos institucional, la más violenta y la de efectos más devastadores. Porque los que somos padres (no arrepentidos en absoluto, incluso reincidentes) podemos hablar también de otras presiones. Las que tienen que ver con el síndrome de Peter Pan y la juventud alargada, esa eterna adolescencia que hace que los bares de copas estén llenos de cuarentones calvos y que tengamos la sensación de que la clientela nocturna no se ha renovado, que siguen saliendo las mismas personas que salían a los dieciséis (porque los de dieciséis están de botellón, ya que los bares son prohibitivos para ellos). Se percibe en el ambiente y hay todo un subgénero de comedia televisiva en el que los personajes, en la treintena, luchan contra las convenciones de la vida de adulto y se enrocan en una adolescencia 2.0. La presión por no dejar de salir a pesar de tener hijos, las leyendas casi de terror sobre lo aburrido que se volvió Fulano al ser padre, lo mucho que molaba Mengana antes de ser madre o lo mona que tenían la casa los Zutanos antes de que sus hijos la destrozaran. Los estragos de la maternidad son leitmotiv recurrentísimo en chistes, monólogos de club de la comedia, gags de la tele y columnas humorísticas. Y no estoy diciendo que me parezca mal. Soy el primero en reírse de eso y el primero en contar chistes. Solo digo que, si de percepciones ambientales se trata, ganan por mayoría absoluta las alusiones chuscas a que ser padre es una especie de infierno en el que solo los idiotas se meten.

Incluso, diré más: cunde a veces la especie de que todos los padres son padres arrepentidos de alguna forma, y que quienes subliman la paternidad o confiesan ser muy felices con ella, o mienten o son idiotas profundos. Y esos discursos sí que se fomentan y se celebran en todas partes porque a los empresarios dueños de los medios donde se difunden también les preocupa contratar a chicas en edad fértil y también están dispuestos a despedir a la primera empleada que se quede embarazada. Fíjense en que apenas hay chistes sobre malos trabajadores. No se reivindica la figura del mal trabajador, nadie presume de dejar una tarea a medias o de llegar tarde o de ser descuidado en el trabajo porque (como se dice con la maternidad), los trabajadores son humanos y no son perfectos y se merecen respiros. Sin embargo, abundan los ejemplos en la publicidad y en el día a día de madres que piden un descanso y reivindican su condición humana y su derecho a pasar un poco de sus hijos. ¿Por qué una autodenominada mala madre cae simpática, pero alguien que presumiera de ser un mal currante sería censurado?

En un mundo que ha convertido el hecho de ser padres en una carrera de obstáculos, creo que el foco del debate está demasiado a menudo orientado hacia el lado que no es.

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Juntaletras. Autor de 'La mirada de los peces' y 'La España vacía'.

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  1. es la vivienda

    Cansa ver cómo se insiste en el error de atribuir la baja natalidad en España sólo a las dificultades para eso que se ha llamado "conciliar" trabajo y paternidad. La verdadera causa es la dificultad para acceder a bienes esenciales, fundamentalmente la vivienda, a una edad razonable para tener hijos. En el fondo hay un conflicto entre dos generaciones. Los mayores, que son los propietarios de los inmuebles y de los activos financieros, quieren tener una buena jubilación, y quieren que sus terrenos, casas y acciones sigan valiendo mucho dinero para jubilarse bien. Para que sigan valiendo mucho hay varias estrategias: producir políticamente su escasez artificial (por ejemplo, el suelo y la vivienda) o hacer que otros se los compren por obligación legal (esos proyectos de hacer obligatorios los planes de pensiones de empresa), dar deducciones fiscales a quienes los compran, etc... Pero todo eso no vale de nada si no hay compradores o inquilinos, es decir, personas jóvenes. Sin renovación generacional sus activos no valen nada, y ellos, los mayores, se quedan sin rentas del capital y sin pensión (ya no hay nadie que trabaje y produzca). El problema es que los jóvenes llegan a la conclusión racional de que no pueden reproducirse en estas condiciones precarias que les imponen, porque no ven claro un proyecto de familia y de hijos si no hay una mínima seguridad de no van a verse en la calle a poco que vengan mal dadas, privadas de lo esencial, o condenados a una asfixia económica permanente y a vivir en el límite de la subsistencia.

    Hace 6 años 3 meses

  2. es la vivienda

    Cansa ver cómo se insiste en el error de atribuir la baja natalidad en España sólo a las dificultades para eso que se ha llamado "conciliar" trabajo y paternidad. La verdadera causa es la dificultad para acceder a bienes esenciales, fundamentalmente la vivienda, a una edad razonable para tener hijos. En el fondo hay un conflicto entre dos generaciones. Los mayores, que son los propietarios de los inmuebles y de los activos financieros, quieren tener una buena jubilación, y quieren que sus terrenos, casas y acciones sigan valiendo mucho dinero para jubilarse bien. Para que sigan valiendo mucho hay varias estrategias: producir políticamente su escasez artificial (por ejemplo, el suelo y la vivienda) o hacer que otros se los compren por obligación legal (esos proyectos de hacer obligatorios los planes de pensiones de empresa), dar deducciones fiscales a quienes los compran, etc... Pero todo eso no vale de nada si no hay compradores o inquilinos, es decir, personas jóvenes. Sin renovación generacional sus activos no valen nada, y ellos, los mayores, se quedan sin rentas del capital y sin pensión (ya no hay nadie que trabaje y produzca). El problema es que los jóvenes llegan a la conclusión racional de que no pueden reproducirse en estas condiciones precarias que les imponen, porque no ven claro un proyecto de familia y de hijos si no hay una mínima seguridad de no van a verse en la calle a poco que vengan mal dadas, privadas de lo esencial, o condenados a una asfixia económica permanente y a vivir en el límite de la subsistencia.

    Hace 6 años 3 meses

  3. Isaliv

    Muy buena reflexión sobre los efectos de una sociedad en crisis, que afecta la esencia social.

    Hace 6 años 3 meses

  4. Trebuchet

    Muy bueno. Se agradece mucho. Firmado: un padre reincidente no proselitista.

    Hace 6 años 3 meses

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