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Rocío Márquez / Cantaora

“En el cante la cabeza está bien, siempre que haya barriga”

Esteban Ordóñez 28/09/2016

<p>Rocío Márquez, en una fotografía promocional.</p>

Rocío Márquez, en una fotografía promocional.

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Se supo quién iba a ser Rocío Márquez (Huelva, 1985) cuando se subió a las tablas del Festival de Las Minas en 2008 y ganó la Lámpara Minera y cuatro primeros premios. Algo parecido sólo lo había conseguido Miguel Poveda.

Rocío Márquez cierra mucho los ojos cuando canta, pero sólo hace falta oírla para deducir que detrás de los párpados hay pura claridad. Claridad, como el nombre de su primer disco en el que ya demostraba que su voz sale de cada palo al que entra dejándolo más limpio de lo que estaba. La onubense canta suave, preciso, largo.

En un fandango te dejas la vida. Me di bastante tralla, me hice daño

Recorre cada esquina de cada cante porque los aprendió escuchando a los maestros y maestras que grababan en discos de pizarra: “Miraba muy bien de quién estudiaba cada cante. Necesitaba tener encima de la mesa cinco versiones de cada palo para ir viendo qué me funcionaba de cada una”, recuerda. Empezó midiéndose mucho, guardando fidelidad a los clásicos y sigue haciéndolo, pero por una vereda más propia. En su último trabajo, El Niño, homenajea a Pepe Marchena. Empieza cantando una granaína del revés y más tarde, conforme avanzan milongas, mirabrás o guajiras, va metiendo distorsión, batería y Niño de Elche. El resultado huele a Omega.

Ahora, en la Bienal de Flamenco de Sevilla, está ofreciendo el espectáculo Diálogos en compañía del violista de gamba Fahmi Alqhai. Un itinerario en el que buscan la unión de los cantes que han sobrevivido viajando de boca en boca con sus orígenes, algunos de ellos, escritos en manuscritos del siglo XVII. “No queremos que sea él haciendo flamenco ni yo haciendo música antigua. Queremos encontrarnos por encima de los géneros”, asegura.

Lo suyo es todo suyo, no viene de ninguna dinastía flamenca. 

En mi casa nadie se ha dedicado profesionalmente, pero cada vez que nos reunimos en las fiestas familiares o en Navidad, se montan saraos. El que no canta, baila, y el que no coge la guitarra. Recuerdo siempre el cante cerca de mí. Mi prima canta muy bien y mi abuelo también: ellos fueron los que me enseñaron las primeras letras. Desde pequeña me gustaba mucho, me pasaba el día cantiñeando. Cada vez que había alguna actividad en el colegio, buscábamos excusa para cantar. Ya con nueve años, fui a la peña flamenca de Huelva, de la que han salido muchos artistas como Jesús Corbacho, La Argentina.

¿Cómo les enseñaban?

Allí siempre se empieza por fandangos. Ponían una pizarra enorme con los estilos escritos: Cabezarrubia, Santa Bárbara… Entonces íbamos uno a uno cantándolos, a veces lo hacíamos en cané, todos juntos, otras veces de uno en uno. Pero era casi jugando, recuerdo que estábamos con los hula hoops cantando, era muy divertido.

¿Con ese grupito se subió por primera vez a un escenario?

La primera fue en la peña flamenca de Palos de la Frontera, en la Fontanilla, y recuerdo que me vino esa sensación que todavía no se me ha olvidado, eso que dices: esto es lo que yo quiero hacer en la vida, ojalá me sintiera siempre así.

Y sin el ejemplo de artistas profesionales en casa, ¿no le imponía el flamenco, con esa cantidad de palos?

A mí me emocionaba mucho, me gustaban todas las músicas, pero esta tenía el punto de tocarme el corazón, me llenaba. Por ser justa, también hay que reconocer el trabajo de quienes nos enseñaron. Entendieron que éramos niños y nos dieron la oportunidad de acercarnos al flamenco sin exigencias. Si me hubieran impuesto de golpe una imagen más dura del flamenco, probablemente me hubiera podido hasta alejar. Conseguían que te quedaras con la esencia, con lo que te movía de aquellas melodías por encima de todo el mundo y la cultura que hay alrededor. Por ejemplo, si no estudiabas y ponías cualquier excusa, no te decían nada.

Pero eso no le pasaba, porque repasaba sin parar, ¿no?

Todo el día. Grabábamos todo lo de clase en una grabadora de cinta y las escuchaba una y otra vez. Tengo una cantidad de cintas.

Y a los dos años tiene registrada su primera actuación ante la cámara.

Ahí fue mi prima Nuri, que canta muy bien, que se presentó a un concurso y ganó, y me enseñó ese fandango. Es gracioso porque yo puedo entender la grabación porque me sé la letra, pero si no, es imposible. No hablaba bien, además tardé mucho en vocalizar, a mí de chica no se me entendía nada. Me hace gracia: salía gritando mucho, era una cosa imposible de entender, pero lo vivía un montón, estaba superflipada.

Háblenos de la taberna de su abuelo, La Madrileña.

A la taberna iba de más mayor. Tengo un montón de servilletas de papel escritas con muchas letras. Cada vez que mi abuelo, de repente, en mitad de una conversación sobre otra cosa, me empieza a decir una letra, yo voy corriendo a por lo primero que pillo, normalmente servilletas, y me pongo a escribir. Él ha escuchado mucho. Me encantan las historias que me cuenta, me transmiten cómo era el cante en otra época.

¿Cómo fue que acabó estudiando canto con una soprano?

Sí, con Gloria Muñoz. Me salieron unos nódulos porque claro, cuando eres chiquitillo, te pones a cantar y como tienes fuerza, estiras y pides la guitarra con la cejilla al ocho, en plan bandurria total, que amargaba al tocaor. No mides la fuerza. En un fandango te dejas la vida. Me di bastante tralla, me hice daño.

Tengo un montón de servilletas de papel escritas con muchas letras

Y Gloria Muñoz me ayudó a conocer el instrumento, a saber dónde me podía dejar caer más, dónde menos. Cuando me dijeron que tenía nódulos parecía que se me iba a acabar el mundo y, sin embargo, gracias a lo que me aportó esta mujer, resulta que acabé definiendo mi personalidad cantando.

¿Qué método aplicó?

Pues no eran ejercicios muy cerrados, sino simplemente conocer los diferentes recursos y sonoridades. Me enseñó a probarme. Eso es algo que me llama la atención: muchas veces nos hacemos una idea de nuestra voz, nos la etiquetan o nos la etiquetamos y, de repente, parece que no tenemos más formas de hacerlo, cuando realmente hay muchísimas posibilidades vocales.

¿Recuerda en qué momento dijo, vale, esta es mi voz, esta soy yo?

Me llevó bastante tiempo porque quizás yo no cuadraba con la idea que se tiene de la voz flamenca. Tenemos una idea instalada que, curiosamente, no se corresponde con los primeros modelos. Escuchas a Pastora, a Marchena, a Chacón, y tienen una voz muy melismática, muy limpia, muy afinaíta. Pero a partir de mediados del siglo pasado se instalaron voces más fuertes, más abiertas, que te ponen los pelos de punta y son maravillosas… Sin embargo, creo que el flamenco, aparte de ser tan grande por la variedad de palos, lo es también porque llega a todas las emociones, y lo mismo ocurre con la manera de hacer los cantes: caben los susurros, caben las voces limpias, las rasgadas, cabe llanto y cabe juerga en la voz. Claro, eso lo pienso ahora, pero en el momento me limité hasta que, de repente, dije, “si no me acepto yo, estoy perdida”, y empecé a asimilar mi manera de cantar.

Pues con esas maneras hizo historia en el festival de Cante de las Minas, consiguió lo que sólo había logrado Miguel Poveda. ¿Con qué sensaciones llegó al certamen?

Yo había soñado con ese momento desde mucho tiempo atrás. Algunos años antes ganó mi amiga Gema Jiménez y cuando la felicité, me animó a presentarme. Y yo: “Adónde voy yo, ahí no tengo nada que hacer”, lo veía muy complicado. Lo había seguido en la tele, cuando lo hacían en TVE; siempre lo miraba con ilusión. Antes de ir, me preparé los cantes durante un año entero. Cada día hacía el fandango minero, la taranta, la murciana; todos. Y unas cuantas veces. Era un mantra en mi vida (ríe). Para mí era muy fuerte estar allí. Cuando llegué a la final, sólo podía pensar en disfrutarlo, en guardar el momento de alguna forma. Estaba obsesionada con que mi madre me hiciera fotos. Todo se me grabó en la memoria. Además, de allí saqué muchos amigos a los que adoro. Buff, lo recuerdo de vez en cuando y todavía me emociono. Aunque, fíjate, después me costó interiorizarlo, me pasé todo un año bloqueada.

¿Por la autoexigencia que supone mantener el nivel?

Sí, sí, el año de después lo recuerdo como un año precioso, pero de bloqueo. Por ejemplo, no hice ni un palo nuevo en concierto, todos los que hacía ya los tenía más o menos controlados. Estos reconocimientos son un arma de doble filo, por un lado son muy positivos, te dan una energía maravillosa, te abren un montón de puertas que suponías imposibles, pero también te ponen un peso fuerte en lo alto. Tú has escuchado años anteriores comentarios de otros que han ganado, siempre hay gente que dice que no eran para tanto, y tú sabes que eso lo van a decir de ti… En cierto modo, no quieres defraudar a nadie porque te han concedido una confianza enorme. Tenía 22 años, pensaba así. Luego me reseteé y continué andando. 

¿Se exigía mucho a sí misma?

Sí, y lo sigo haciendo. Intento relajarme cada vez más con ese tema. Los parámetros de exigencia hay que revisarlos. Antes me preocupaban más los aspectos técnicos y ahora me preocupa mucho más la emoción. 

¿Por qué cree que tenía tantas dudas después de unas actuaciones por las que, además, le felicitaban?

Andaba metida en una mentalidad muy ortodoxa. Por ejemplo, yo iba a escuchar a quienes me prendaban con su timbre y a los que hicieran cantes que fueran muy ortodoxos. En aquel momento no me interesaban otras propuestas más abiertas que me enriquecieran. Me importaba hacer el cante como lo hacía el maestro que hubiera escogido, miraba muy bien de quién estudiaba cada cante. Necesitaba tener encima de la mesa cinco versiones de cada palo para ir viendo qué me funcionaba de cada una. Pero también era algo necesario, siento que han sido mis cimientos.

¿Qué hizo que cambiara el chip y que abriera la mente a otras formas?

Eso vino a partir del momento en que le perdí el sentido a cantar. Se lo perdí porque tenía la sensación de que me daba al play. Acababa una actuación y me quedaba fría como una piedra, no sentía nada, no me llenaba la situación. Y un día me dije, o le doy una vuelta a esto y consigo recuperar la emoción del escenario o lo dejo. Esto es algo demasiado bello, se merece que pongamos los cinco sentidos, si no, era una pena. Tenía que ser honesta conmigo y con los aficionados. Después de unas cuantas actuaciones así, empecé a cambiar cantes, a improvisar, a permitirme otras letras que me daba el punto de meter. Y volví a conectarme. Además, a mí me pasa una cosa: para bien o para mal, canto como soy, mis limitaciones y cualidades son las mismas; lo que me cuesta como persona me cuesta como cantaora.

¿Es una cantaora más de serenidad? ¿Qué emociones siente que quedan mejor en su voz? 

Pues, para mí, todo lo que sea quitarme etiquetas mejor, intento no esperar de mí ni serenidad ni fuerza ni fiesta. No quiero esperar nada más que lo que tenga que ofrecer en cada momento. Ya la sociedad nos marca demasiado los caminos como para encima tener que estar uno mismo dándose la vara. Eso pasó con el disco de El Niño, algunos decían que había una parte muy clásica, pero que la otra se me había ido. Pero yo lo veía necesario, le veía sentido; no quiero dejar que la tradición, a la que amo, sea mi condena y me limite.

La sociedad nos marca demasiado los caminos como para encima tener que estar uno mismo dándose la vara

¿Qué papel tuvo el cantaor José de la Tomasa en esa evolución?

Mi relación con él fue curiosa. Eso fue el primer año en que entré a aprender en la Fundación Cristina Heeren. Me dieron clase José de la Tomasa y Paco Taranto. A José sólo lo había visto en el escenario y la primera vez que lo vi de cerca, imagínate, cómo impone José de mi alma en las distancias cortas, con sus hechuras, tan grande como es… Cuando lo conoces tiene un sentido del humor extraordinario, pero cuando no, impone mucho. El primer día, del miedo que me daba, ni entré a clase. Me fui a la jefa de estudios y le dije: “Ojú, Pepa, me da un poquito de reparo José, yo me voy a tomar unos diítas” (ríe). Y, fíjate, que después conectamos de manera superespecial. Él y Gloria Muñoz son las personas que más me ayudaron a aceptarme como soy y a buscarme por encima de las ideas preconcebidas de este arte. 

¿Cómo nace la idea de ese disco tan peculiar, El Niño, de hacerle ese homenaje a Marchena?

Yo soy una loca de Marchena, igual que de todos los cantaores de los años 20 y 30. Antes del disco, yo estaba buscando la manera de abrir el ala sin que fuera algo cantoso. Volví a Marchena y vi que era justo eso: él grababa una misma malagueña de tres maneras diferentes… La creatividad de él, lo genial de los nombres que inventaba, las cosas que decía, ¿no? 

Se le veía la gracia hasta en el vestir…

Efectivamente, me llama la atención eso de que él era quien había vestido el cante flamenco de limpio, porque salía con esmoquin. No me identifico con esa estética, pero me parecía llamativo que, de repente, él se sintiera bien así y lo llevara al flamenco aunque le dieran caña, porque en la prensa le daban caña.

De hecho, parece que se le ha reivindicado menos que a otros en los medios culturales y en el flamenco oficial, ¿no?

Claro, es que con el mairenismo muchos cantaores fueron machacadísimos. A algunos como Marchena o Valderrama les dieron hasta en el cielo de la boca. Pero ahora creo que estamos en un momento de convivencia entre los dos mundos, distintas escuelas coexisten, se han quitado un poco los prejuicios con respecto al tipo de voz, a la raza o al tema de la mujer. Muy poquito a poco vamos avanzando.

¿La tesis doctoral sobre Pepe Marchena coincidió con el disco?

Sí, fui una obsesiva compulsiva total (ríe). 

¿Le gusta perderse por los escritos antiguos del flamenco?

Me vuelve loca. Cuando lo hago, percibo los cantes de otra manera, siento otra libertad. Había un montón de ideas que tenía del cante chico y del cante grande, y de la guajira y de no sé qué… y de pronto ves que la guajira como cante nace incluso antes de la soleá y dices: “La próxima vez que me digan algo de esto en la peña, salto”, aunque al final no saltas. Con Marchena, al final, hice la tesina, pero para la tesis acabé cambiando el tema, fue como decir: “Ya me he acercado, ahora tuerzo el camino”. En realidad, fue una forma de conectar en mi cabeza la parte más teórica con la más práctica.

Decía Gabriel García Márquez que los escritores no pueden leer sin diseccionar lo que leen para ver cómo se hace, ¿a los cantaores les pasa igual, que buscan el esqueleto de lo que oyen?

Como en cualquier otra cosa, puedes tener el nivel de lectura consciente que quieras, aunque es verdad que algunas veces he ido a disfrutar de ver actuar a un compi y, de repente, me sorprenden esos pensamientos: mira qué bien ha hecho este giro, se ha ido a lo que hace Pastora en esta grabación. Pero automáticamente me paro la cabeza y me digo: “Disfruta, ya estudiarás mañana si eso”. Es que si no, se pierde el sentido. La cabeza en el cante está muy bien siempre que haya una parte potente de corazón o, mejor dicho, de barriga. 

Me atrajo también el formato íntimo de la propuesta. Lo que se había hecho antes implicaba muchos más instrumentos y aquí la idea era un diálogo en que nos quedáramos más desnudos.

Ahora, para la Bienal, se ha juntado con Fahmi Alqhai, el violista de gamba en el espectáculo Diálogos.  ¿Es algo en la onda de lo que hizo Arcángel con el mismo Fahmi?

A mí me encantó ese trabajo, se llamaba Las idas y las vueltas, fue una joyita. Nuestro proyecto fue un encargo de la Bienal, que habló con Fahmi y pensaron en mí, a mí me parecía una idea magnífica. Fahmi vive enfrente de mi casa y cada vez que nos veíamos por la calle o en el bar de la esquina me decía: “Vecina, a ver cuándo hacemos algo”. Y nos gustaba la idea, pero nunca la desarrollamos. Salió esta oportunidad y le dije, mira, pues esta no se puede escapar. Me atrajo también el formato íntimo de la propuesta. Lo que se había hecho antes implicaba muchos más instrumentos y aquí la idea era un diálogo en que nos quedáramos más desnudos.

¿Cuesta empastar su voz con la viola de gamba?

No. Lo más difícil ha sido elegir un repertorio. No queríamos que fuera él haciendo flamenco ni yo haciendo música antigua. Por eso, hemos invertido mucho tiempo, varios meses. Como vivimos al lado, nos llamábamos de vez en cuando, nos juntábamos en cualquier momento. Todo muy mano a mano, así todo fluye. Con la música antigua ocurre igual que con el flamenco, el academicismo ha llegado a veces a quitarle el sentido. Entonces, en esa búsqueda, intentamos encontrarnos a nosotros mismos por encima de los géneros. Él tiene su mochila, yo la mía, y sacamos lo que nos sirva de ellas, y si sale algo que no era de ninguno y nos vale, también lo cogemos.

¿También está preparando nuevo disco?

Saldrá en marzo o abril, con Universal. La idea surgió a partir de un encargo que nos hizo el Teatro Real hace un par de años. Fue una obra con la gente de Proyecto Lorca: ellos llevan un saxo, todo tipo de percusión, marimba, un montón de elementos que no había probado, y piano. Ahora, ellos tres y yo hemos montado el nuevo disco.

Lo suyo es un no parar… Oiga, las cantaoras cuando se estresan y se saturan, no se relajarán cantando, ¿verdad?

Pues yo diría que sí. Suelo cantar dos o tres días a la semana en escenario y cuando me falta eso, no me aguanto, ni yo ni la gente de mi alrededor. Recuerdo que mi madre me decía: “Anda, ¿no te quieres ir a la peña un ratito a darte un paseíllo?”. Conseguimos canalizar la emoción y la energía a través de la voz... Además, es que la sensación de un escenario es muy diferente a cantar en casa. Crea adicción. Yo estoy en mi casa y soy un loro, me paso el día cantiñeando, pero no se puede comparar con subir al escenario, con el público ahí y esa sensación en la barriga de nervio, de nervio bonito. 

Se supo quién iba a ser Rocío Márquez (Huelva, 1985) cuando se subió a las tablas del Festival de Las Minas en 2008 y ganó la Lámpara Minera y cuatro primeros premios. Algo parecido sólo lo había conseguido Miguel Poveda.

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Autor >

Esteban Ordóñez

Es periodista. Creador del blog Manjar de hormiga. Colabora en El estado mental y Negratinta, entre otros.

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