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La carrera hacia la Casa Blanca

Crónica de un debate (III)

El cara a cara entre Trump y Clinton en la Universidad de Hofstra fue un choque descabellado y surrealista entre un mal mayor y uno menor

Simon R. Doubleday 28/09/2016

<p>Hilary Clinton and Donald Trump during the Presidential Debate on September 26.</p>

Hilary Clinton and Donald Trump during the Presidential Debate on September 26.

Jonathan Heisler / Hofstra University Photographer

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El circo llegó, y ya se ha ido. Mientras Alepo se pulverizaba bajo las bombas y cientos de niños y adultos se quemaban o quedaban sepultados bajo los edificios, los medios de comunicación de todo el mundo llegaron a la Universidad de Hofstra para ver un choque descabellado entre un mal mayor con corbata azul y uno menor, en traje pantalón rojo. En lo que se había bautizado como Broadcasting Plaza (Plaza de la Transmisión) los canales de televisión más poderosos de EE.UU. habían ocupado un aparcamiento y las aceras colindantes. Globos con los colores de la bandera nacional adornaban la puerta de entrada; los estudiantes, alegres, sonrieron para las cámaras junto a una Casa Blanca inflable, que más tarde se desinfló. Algunos lo vieron como metáfora política. En este circo solo faltaban los elefantes.

A medida que la hora del debate se acercaba, el campus se iba cerrando; la seguridad era estricta. Algunos expertos, que habían sido invitados para una mesa redonda alternativa, sobre el voto latino, en un edificio cercano, no pudieron penetrar en la fortaleza. "Pensé que Trump ya había llegado al poder", dijo Howard Jordán, presentador puertorriqueño de un programa de radio progresista. “No pudimos entrar”. En el auditorio, Sergio Argueta, activista local especializando en la reducción de la violencia de pandillas y cofundador de S.T.R.O.N.G (Struggling To Reunite Our Generation [Esforzándonos en reunificar nuestra generación]), expresaba su incredulidad de que tanta gente latina pudiera sentir simpatía por uno u otro candidato. “¿Cómo es posible que haya inmigrantes, con acentos tan fuertes como la yuca, que apoyen a candidatos que no tienen ningún interés en su bienestar?”, se preguntaba. “Los pandilleros más despiadados que he conocido se llaman Republicanos y Demócratas”.

En el puesto de control de seguridad para entrar a la zona donde estaba el edificio en que tendría lugar el debate, los agentes del servicio secreto compartieron sus responsabilidades con unos estudiantes trabajando como voluntarios, emocionados con el momento. Al otro lado había una carpa de hospitalidad muy concurrida, donde se servía cerveza gratis en vasos conmemorativos de la ocasión. Mientras que los periodistas bebían y comían bocadillos, Jill Stein (la candidata por el Partido Verde) fue retirada del campus en un furgón policial, bajo la presunción de que le faltaban las credenciales adecuadas: una ligera mejoría con respecto a su experiencia durante el debate de 2012, cuando fue detenida y, según ella, esposada durante siete horas en una celda de la policía.

Estudiantes, alegres, sonrieron para las cámaras junto a una Casa Blanca inflable, que más tarde se desinfló

La sala de prensa, con varios miles de periodistas, era un hervidero. A mi lado, un equipo de cinco miembros de la cadena alemana de televisión pública ZDF planeaba los reportajes para los programas del desayuno en su país. A mi otro lado trabajaba un hombre serio y tranquilo de la página web Factchecker.org. Todo el mundo le hacía la misma broma (que iba a estar muy ocupado esa noche), y se reía educadamente. Un reportero de la televisión israelí gesticulaba con entusiasmo en dirección hacia una videocámara que tenía que operar él mismo. Don King, promotor de boxeo afroamericano y defensor del candidato Donald Trump, buscaba llamar la atención con una chaqueta muy llamativa. La carpa de la cerveza gratuita seguía todavía llena de periodistas a última hora.

Las ocho y media de la tarde, y la emisión comenzó. La controvertida organización Comisión de Debates Presidenciales, que para el enfado de millones de votantes en el país ha excluido del debate a los candidatos del Partido Libertario y el Partido Verde (Gary Johnson y Jill Stein, respectivamente), abrió el programa del Debate dándose las gracias a sí misma. El presidente de la Universidad de Hofstra, Stuart Rabinowitz, pudo gozar de la extraordinaria publicidad de ese escenario, y agradeció a su propio equipo los esfuerzos de los preparativos. El moderador del debate, Lester Holt, tuvo que resolver algunos problemas de sonido: “No puedo oír, se está cortando la voz”, decía por el micrófono. Hubo un silencio incómodo que duró unos minutos, y en la sala de prensa un hombre en silla de ruedas se cayó hacia atrás.

Este circo es un espectáculo de personalidades y Hillary Clinton comenzó con una referencia a lo personal, diciendo que era el día del cumpleaños de su nieta, de dos años, lo que le hacía reflexionar sobre el futuro. Se comportó de manera profesional y estaba bien preparada, pero carecía de autenticidad: “Donald, es agradable estar aquí contigo”, dijo, sin convencer a nadie, y menos al propio Donald. Trump, por su parte, se asemeja a una caricatura de la vanidad humana, una pantomima mal disfrazada de hombre de negocios. Sus ingresos el año pasado fueron de 694 millones de dólares, confesó. "Esa es la mentalidad que necesita este país", añadió, aunque no está claro a qué a tipo de mentalidad se refiere. Es una confesión de una frialdad absoluta, según Hillary Clinton, que le acusa de haber sacado provecho del colapso inmobiliario que desató la crisis económica de 2008. “Eso se llama hacer negocio”, respondió Trump. Aseguró que le disgustan mucho los casos de asesinatos recientes, a manos de la policía, de afroamericanos en Charlotte y Chicago…, ciudades en donde tiene propiedades inmobiliarias e inversiones.

Dentro de la sala de prensa, la incredulidad se fue mezclando con la risa a medida que el debate avanzaba

Desde un principio, Trump empezó alzando la voz, manipulando los miedos de su público imaginado. Recurrió casi de inmediato a lugares comunes sobre delincuencia criminal para describir México, e implícitamente otros países de América Latina: “Tenemos que impedir que estos países roben nuestras empresas y nuestros trabajos”. No mencionó la infame muralla fronteriza. Tal vez se olvidó, porque parecía poco preparado y que estaba improvisando. Pero sí consiguió hablar de los inmigrantes de manera completamente estereotípica. “Hay pandillas por la calle. En muchos casos están aquí ilegalmente, son inmigrantes ilegales. Y tienen armas. Y disparan a la gente”. Es evidente que se perdió la mesa redonda de la tarde, en otro de los edificios del campus, sobre los inmigrantes latinos. “La gente viene [a los Estados Unidos] no porque quiera hacerlo, sino porque tiene que hacerlo”, había dicho Sergio Argueta.

Dentro de la sala de prensa, la incredulidad se fue mezclando con la risa a medida que el debate avanzaba. Cuando llegaron al tema de ciberterrorismo, Trump contó que su hijo de diez años tenía una facilidad increíble con los ordenadores… Siguieron las risas cuando pronunció: “Tengo mucho mejor temperamento que ella”. Parecía intoxicado por la autoestima. Las absurdidades se amontonaban. “

“Le está contando al enemigo toda su estrategia. No me extraña que lleve usted luchando contra ISIS toda su vida profesional”, le espetó a Clinton, aunque el Estado Islámico no existía hasta el año 2004, por lo que su oponente no podría tener más de treinta años. Hubieran sido buenas noticias para aquellos que tienen dudas sobre el estado de salud de Clinton.

“Las palabras importan”, afirmó Clinton. A pesar de ser demasiado insincera y militarista para el gusto de algunos, tiene un poco más de encanto que él para la gente formada, y para los que valoran la capacidad de articular cierto conocimiento del mundo. Mientras que Trump desciende a los fondos de la lógica y de la gramática, y continúa con un sinfín de autovaloraciones, a Clinton no le es difícil parecer más a la altura de la presidencia. Su afirmación de que hay que sacar al ISIS de Raqqa y poner fin a sus pretensiones de forjar un Califato parece magistral en comparación. Ella, además, aprovechó la ocasión para hacer un recordatorio a los espectadores de la retórica misógina de Trump: “Este es un hombre que ha llamado a las mujeres cerdas, vagas, perras”, y que el posicionamiento de éste sobre las armas nucleares es cavalier [temerario]. Un minuto más tarde él, inconscientemente impresionado por la palabra, se hizo eco de la misma: “Ella es muy cavalier en su manera de hablar de varios países”.

“Sé que usted vive en su propia realidad”, le espetó Clinton en respuesta a un ataque agresivo de él. Pero todos quedamos paralizados, mientras el circo se convirtió en un espectáculo de horror surrealista. Muy lejos de la sala del debate, lejos de la ciudad de Nueva York, en los Estados de Tennessee y Carolina del Sur, las autoridades advertían que unos payasos misteriosos y predadores estaban amenazando a los niños, atrayéndoles hacia los bosques. Esto también parece casi una metáfora, o un síntoma de alguna patología terrible.

El circo llegó, y ya se ha ido. Mientras Alepo se pulverizaba bajo las bombas y cientos de niños y adultos se quemaban o quedaban sepultados bajo los edificios, los medios de comunicación de todo el mundo llegaron a la Universidad de Hofstra para ver un choque descabellado entre un mal mayor con corbata azul y...

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