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Tribuna

Podemos: entre la mutación y el sentido del cambio

Mejor que mutar, como ha expresado Iñigo Errejón, el partido morado debe optar por profundizar, más acorde con su naturaleza, y por recuperar la calle como espacio donde se construye el tiempo

Juan José Ruiz Blázquez 17/08/2016

Malagón

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Íñigo Errejón, en la entrevista que le hace el diario El País el 23 de julio, traslada la idea de que Podemos ha entrado en otra fase y que el tipo de fuerza política tiene que ser otra, una organización con capacidad de adaptación a las necesidades de cada momento, capaz  de adaptarse al frío de la institución. Estando de acuerdo con el dirigente de Podemos en cuanto a la necesidad de adaptación a una nueva fase del ciclo político abierto tras las elecciones del 26-J, mi desavenencia, y presumo que la de muchos y muchas que simpatizamos y estamos involucrados en y con Podemos, empieza con lo que pueda significar el concepto de cambio, y que Errejón lo concretiza de manera clara y contundente en el término mutar. No sé si este concepto es utilizado adrede, con alguna intención teórico-explicativa o, por el contrario, no tiene ninguna  trascendencia en sí y es una forma de expresar que Podemos tiene que cambiar. Sea como fuere, este es el concepto que Errejón utiliza en la entrevista, por lo que  es totalmente pertinente reflexionar acerca del significado de mutar y sus consecuencias para el nuevo modelo de construcción de Podemos. Vaya por delante que este tipo de metáfora, a medio camino entre la biología y la ciencia ficción, no creo que sea el más adecuado para transmitir la idea de certeza y garantía que la ciudadanía está demandando a un partido con tan corta historia. La utilización de un tipo de lenguaje no sólo presupone una forma de describir el mundo sino la misma posibilidad de su transformación en uno u otro sentido. Con todo, desde el punto de vista de la economía política, mutar es poco eficiente, requiere muchas energías y no siempre el resultado de la mutación es el esperado. Mudar de piel para adaptarse al presunto nuevo ciclo político puede desembocar  en el adelgazamiento extremo de la epidermis y, como se sabe, la piel es un órgano que defiende al organismo de ataques externos. Por el contrario, creo que cualquier otro término con más densidad política y social sería más clarificador para entender la tesitura ante la que se encuentra Podemos de cara a su futuro más inmediato.

Y ello es así, entre otras cuestiones, porque el concepto de mutación es un término ambiguo y confuso: o bien la mutación es espontánea, no tiene centro rector, y por tanto es la  expresión lenta y natural de adaptación del organismo político al medio que lo circunda; o por el contrario, la mutación es una tal que ineludiblemente debe ser dirigida desde un laboratorio de expertos que controlen el proceso, convirtiéndose en una actividad de ingeniería política y social a corto plazo cuyo resultado esperado sería fundamentalmente el reconocimiento por parte de la  sociedad como una alternativa política creíble y digna de confianza. Lo que plantea Errejón con el termino mutar, creo, iría más en esta última línea. Se trataría de reconstruir simultáneamente una organización política con la finalidad de adaptarse al entorno político y que el entorno la reconociera y la asimilara como parte del ecosistema político. Por ello planteo que el concepto de pueblo como sujeto político funciona desde esta óptica como el mediador necesario para el éxito de las sucesivas mutaciones que Podemos pueda llevar a cabo. Me explico: si Podemos es aceptado por el entorno político y social, y si es capaz de hacer coincidir el interés común con sus planteamientos, la síntesis final se habría logrado: Podemos representaría los verdaderos intereses del pueblo y el pueblo tendría una organización en la que reflejarse y reconocerse. 

Pero claro, las cosas son más complicadas. Lo que finalmente puede ocurrir, y es lo más probable que suceda, es que los resultados de la mutación no sean los esperados, pues todo proceso de transformación está sujeto a errores. Más que mutar o mudar de piel, la estrategia política de fondo debiera consistir en profundizar a modo de catas geológicas en cada uno de los momentos señalados: en primer lugar, profundizar en la naturaleza de Podemos como herramienta política, las herramientas no se adaptan sino que se perfeccionan; en segundo lugar, reconocer casi de manera definitiva su no previsible aceptación por parte de los partidos tradicionales, sus votantes y la mayoría de medios de comunicación como actor político con plena legitimidad democrática; y por último, problematizar la extrema dificultad de hacer coincidir los intereses de la mayoría social con lo que representa Podemos. España y su estructura social no se reflejan fielmente en lo que es Podemos, ni Podemos representa los intereses y conflictos del grueso de la población española, lo que no significa que parte de esta población no vote, haya votado o vote en un futuro a Podemos.

Tal como yo lo entiendo, y desde la perspectiva que se desprende de la lectura de la entrevista, la adaptación o  la mutación  devendrían en las únicas maneras de conseguir lo que no se puede con su programa e ideario político, es decir, conseguir la credibilidad y la  confianza de la mayoría social a la que apela en su discurso. Pero claro, la mutación, y más si es táctica,  está reñida con análisis políticos de fondo, pudiendo conducir la mayoría de las ocasiones  a interpretaciones de la realidad política y social ad-hoc, volviendo siempre sobre sus pasos, sin diagnósticos y análisis engarzados en la realidad del país al que aspira a parecerse, generando un círculo cuyo resultado final sería siempre volver a empezar. ¿Acaso no es eso la mutación?  De esta manera no hay épica que valga. El resultado final y concluyente de este modo de proceder sería la desconfianza, tanto de los militantes como la de los simpatizantes y la ciudadanía en general. 

Pensar que se puede mutar y tener controlado el cambio de la mutación es una quimera. Poner el acento en la mutación conduce  a la melancolía de  no ser lo uno ni lo otro, es decir, ni un partido con vocación real de permanencia en las instituciones, bien como oposición o como gobierno, ni tampoco un partido que aglutine la expresión reivindicativa del descontento popular. Adaptarse al frío de la institución tiene dos consecuencias, como mínimo: la inacción de Podemos, fruto de la posición marginal en términos de influencia parlamentaria en esta legislatura: y que la actividad meramente política-burocrática-administrativa termine por  desalentar  a los  diputados y diputadas que provienen de una cultura política ajena a la actividad parlamentaria. Las dudas acechan. ¿Y si la mutación se consuma, terminando por convertirse en el ADN político del proyecto que representa Podemos? ¿Y si no se controlase a voluntad la mutación, y se fuera preso de un mecanismo incontrolable e impulsivo a seguir habitando el frío? ¿Y si los diputados y diputadas de Podemos se convirtiesen en profesionales de la política al uso de tanto adaptarse al ambiente gélido de la institución?  

Como estoy haciendo notar, la utilización de una metáfora de tipo biologicista esconde la dificultad de pensar qué tipo de modelo de organización política es el más adecuado. Mejor  que el concepto de mutación, cuyo recorrido y consecuencias son las que he intentado mostrar brevemente, sería más idóneo optar por el término profundizar, más acorde con la naturaleza de Podemos. El término profundizar tendría  un doble sentido: como un trabajo de  inmersión de la inteligencia colectiva en las contradicciones que supone el proyecto de Podemos como un espacio político colaborativo y productivo; y como una manera de ir poniendo los cimientos como se sientan las bases de los pilares de un puente sobre un río, en las zonas más profundas, como garantía de continuidad y estabilidad. Es necesario asentar firmemente los cimientos, y aunque muchas y poderosas sean las corrientes fluviales externas e internas, es necesario poder bambolearse sin perder el eje de sentido. Los grandes pilares de sentido que sustentan cualquier proyecto político transformador se asientan en las zonas más profundas, donde todo está por inventar.

Profundizar tiene que ver más con la democracia y con la razón, sabiendo que la verdadera unidad de las cosas es el cambio permanente con sentido y finalidad, orientado y no ciego. A este modo de proceder lo denominamos democrático-racional, sustituto de la no-racionalidad que podrían generar las prácticas mutantes. La única garantía de que cualquier proceso de transformación contenga los menos errores posibles para conseguir sus propósitos, es que  tal proceso esté dominado por la lógica de la totalidad, no por la mutación de ningún segmento particular del ADN o de cualquiera de las partes de un organismo, por muy importantes que éstas pudieran ser. Entendemos por totalidad los diferentes y contradictorios intereses de los grupos que conforman una sociedad. Cuantos más actores se sumen al proyecto de Podemos más posibilidades hay de que la sociedad como totalidad esté representada y puedan así contrarrestarse los fallos y errores impugnables casi siempre a las luchas de las diferentes facciones en liza por la conquista del poder. 

Para que cualquier proyecto político no se desfigure y se reconozca siempre en lo que es a cada instante necesita memoria. Mutar y adaptarse requieren automatismos que son incompatibles con los procesos de adquisición de memoria y reflexividad. Las experiencias acumuladas, los aciertos y los errores, las derrotas y las victorias, propias y ajenas, son fundamentalmente tiempo, necesitan de una trama temporal para que adquieran sentido y signifiquen aquello que quieren significar, y la adaptación no contribuye a proporcionar un relato.  En los procesos deliberativos y democráticos, en el orden de la imaginación que procura la razón, más allá del orden empírico de lo que acontece, donde todo se presenta como dado de una vez por todas, y donde no hay otra opción que su aceptación sin más, es donde se puede construir conciencia y sentido, nuevos espacios de lucha donde se diriman puntos de vista contrarios.  Estos espacios de lucha son ante todo  espacios de comunicación. Cualquier espacio social necesita ser visto como una continuidad para que la orientación sea posible. Son espacios con sentido porque son puntos de vista. Y son puntos de vista  porque la sociedad es un todo estructurado,  una temporalidad que acoge en su seno diferentes concepciones de lo que ha sido, es y será, pero que sin embargo lo dotan de unidad y coherencia.

La finalidad de cualquier proyecto político pasa por crear espacios donde sea posible la discusión, donde lo impensable pueda ser pensado y articulado para ponerlo al servicio de la actividad transformadora.  Pero para que la discusión o los tratados de paz sean posibles es necesario que existan contendientes o hablantes con derechos de reivindicación y participación. La crisis ha golpeado con dureza  porque la ciudadanía  se ha quedado sin relato. Se le ha sustraído la capacidad de expresarse racional y afectivamente.  El órdago neoliberal ha dado al  traste con un relato común del que  todas y todos éramos partícipes y protagonistas. Recuperar el estatuto de ciudadanía consiste especialmente en construir en libertad la dimensión temporal de la existencia. Recuperar la trama social y personal, en definitiva, la orientación y las certezas, pasa por recuperar el vínculo social, o lo que es lo mismo, los procesos de comunicación en los que se asienta la construcción de sociabilidad,  interesarnos por la suerte de los demás, conocer mundos y estilos de vida extraños, ajenos y distantes. Se trata, si así lo queremos entender,  de recuperar la calle como  espacio donde se construye el tiempo.

Tal ha sido el trastocamiento de las dimensiones temporales, el desconocimiento de lo que nos ha sucedido a unos/as y a otros/as,  que es necesario generar un nuevo relato, una nueva trama temporal que recomponga  la línea argumental que en algún momento se perdió. Señalaba Karl Mannheim que se puede comprender la mentalidad de un grupo si se interpreta el concepto de tiempo a la luz de las esperanzas, los deseos y los fines que le son propios. Estos anhelos son los que hay que llevar a los parlamentos, y no adaptarnos al frío de la institución, de lo contrario ganaremos presencia institucional, pero fracasaremos en el intento de generar confianza, credibilidad, certezas. Mutar supondría dejar de lado los relatos, subrayar el instante sin saber muy bien por donde caminar pasado mañana. Ejercitar la democracia-racional significa adentrarnos en la experiencia histórica del momento, en las expresiones de dolor y desesperación de cientos de miles de ciudadanos a la deriva, pero también en experiencias de liberación popular, como brújulas para no perder el Norte, o el Sur, depende. Podemos tiene una gran tarea que realizar y un camino largo que andar, y este trabajo pasa por reconstruir un tiempo nuevo con la sociedad en su conjunto, incluido el tiempo de las instituciones. 

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Juan José Ruiz Blázquez es doctor en Sociología. miembro de Podemos-Círculo de Hortaleza y miembro fundador  del Círculo de Podemos Ecuador.

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Juan José Ruiz Blázquez

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1 comentario(s)

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  1. Jesús Díaz Formoso

    "Círculo Podemos Ecuador"?? Es el que se creó con los millones que Correa regaló a la PAH y a Rafa Mayoral para "defender Ecuatorianos hipotecados, y que se gastó en cualquier otra cosa -nos entendemos, no? Dejando indefensos a los Hipotecados e hipotecados a los Ecuatorianos. JAUJA!! Los Jueces los aman y les absuelven sin llegar a Juicio, y los medios nos lo cuentan, entre mimitos y potitos de nenes enfurruñados. Los Jueces tienen razón -cuando les perdonan sus chiquilladas; pero cuando se las perdonan a los compiyoguis, los Jueces son Malos. Más sintético: Jueces buenos contra jueces malos. Como los Polis; y ellos, podemitas Pata Negra, nos piden que votemos a "sus" Jueves (que en realidad se distinguen poco a nada del resto del gremio de "los Humildes" (Votarlos, con uve, aclaro). Son más de derechas que Rajoy. Ponga un Juez Podemita en su vida, dicen los de Felipe González GAL

    Hace 4 años 8 meses

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