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Lectura

La historia de Georges Fullar

Raphael Montes (Rio Noir) 3/08/2016

<p>Mapa de relatos en <em>Rio Noir</em></p>

Mapa de relatos en Rio Noir

Maresia Libros

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Copacabana

Yo no sabía que él vivía en Copacabana. Lo que quiero decir es que no fue premeditado, ¿sabes? Nos mudamos en septiembre del año pasado, mis padres eligieron el piso, yo sólo iba con ellos. Yo no decido casi nada en casa. Por mí hubiéramos seguido en Méier, mis amigos son todos de allá, estudié diecinueve años en la Venceslau, nunca me gustó la playa y no le encontraba la menor gracia a vivir en Copacabana.

Nuestro piso está en la esquina de la calle Ministro Viveiros de Castro con Duvivier, aquí cerquita. A mi madre le encanta vivir en la zona sur, no se cansa de repetirlo, que logró progresar en la vida, que batalló mucho para llegar adonde llegó y que ahora lo que más anhela es ser feliz. La esquina queda cerca del metro de Arcoverde y ella casi no usa el coche —odia conducir.

La calle es arbolada, tranquila, con unos hoteles acristalados muy bonitos que, según ella, nos dan más seguridad. Y hay de todo cerca (esto lo dice con la boca llena): mercado, bar, floristería, manicura, locutorio, escuela de baile, panadería y tres gimnasios. Incluso llegué a hacerme socio en el más barato, pero definitivamente no tengo paciencia para la musculación.

Entonces... Los jueves hay un mercadillo de frutas, verduras y pescado en la calle Ronald de Carvalho. Siempre tengo que ir con mi madre. Está cerca, pero ella insiste en que la acompañe y lleve el carrito. Vamos al final de la jornada, para recoger las sobras. Mi madre se cree la mejor negociante del mundo cuando compra cuatro limones por un real. Espera. Estoy hablando del mercadillo porque ahí fue la primera vez que vi a Georges Fullar. Sólo entonces supe que vivía en Copacabana. Cuando lo avisté, no supe qué hacer ——mi madre me estaba metiendo unas uvas en la boca para que probara si estaban dulces, pero ni le presté atención. Tío, ponte en mi lugar: estás en un mercadillo de barrio y te encuentras a tu ídolo a pocos metros. Georges Fullar en bermudas y sandalias cargando una bolsa de plátanos. ¿Lo puedes creer?

¿Cómo? ¿No sabes quién es Georges Fullar? Simplemente el mejor escritor del país. Trabajo sucio, ¿no lo leíste? Un clásico. Fue propuesto para ganar el Nobel. Georges era filósofo, académico. Eso fue allá por la década de los cincuenta. Durante la dictadura huyó a Europa y comenzó a escribir para sobrevivir. Publicó unos libritos policíacos con un seudónimo extranjero. ¿Sabes esos libros de puesto de periódico, de papel cutre? Georges escribió decenas. Dificilísimos de conseguir hoy en día. Compré tres en una librería de viejo, escritos en francés, aunque yo ni entiendo francés. Los tengo nada más que por tenerlos.

Cuando regresó de Europa, Georges publicó Trabajo sucio. Fue un bombazo. Es una novela política, pero también de suspense. No puedes parar de leerla. No es banal ni seudointelectual, ¿sabes? Tiene una profundidad increíble, una fuerza que no sé explicar. Está narrada desde el punto de vista de un exiliado político. Es la mejor novela policíaca que he leído. Trabajo sucio, anótala. Después la buscas. Buenísima.

Decidí seguir a Georges. Por el mercadillo, quiero decir. Era alto, huesudo y tenía una cabellera blanca fácil de identificar. Andaba de una manera medio siniestra entre la multitud, y lo más chistoso era que nadie lo reconocía. El mayor escritor brasileño comprando medio kilo de róbalo como si fuera un cualquiera. No sé cuánto tiempo permanecí observándolo. Vi cuando terminó las compras y tomó la calle Ministro en dirección a mi edificio. Entró en mi portería. Joder, además de vivir en Copacabana, ¡era mi vecino! Yo, en el cuarto; él, en el segundo. Sólo dos plantas me separaban del tipo más cojonudo de la literatura nacional. Casi se me fue la cabeza.

No te lo conté, ¿verdad? Yo también soy escritor. Tengo dos novelas escondidas en los cajones. Todavía no he intentado publicarlas porque creo que soy muy joven para eso. Los escritores tienen que ser viejos, ¿sabes? Tener experiencia. A mí incluso me gustan mis textos, pero nadie escribe nada que merezca la pena a los veintipocos años.

Pero lo que te estaba contando es que no conseguí sacarme de la cabeza a Georges. Se lo comenté a mi madre y ella insistió en que lo llamara por el interfono, que le explicara mi admiración, y todo ese rollo. Pero yo no estuve de acuerdo, no quería ser un incordio. Intenté olvidar el asunto.

Copacabana es un mundo exprimido en un barrio. Familias, putas, vendedores ambulantes, borrachos, viejitas, niñeras, extranjeros, aparcadores de coches, bicheiros y artistas conviven tropezándose por las aceras de piedras portuguesas. Resulta que unas semanas después estaba regresando de la universidad cuando vi a Georges comiendo en el Galeto Sat's, en el primer tramo de Barata Ribeiro. Yo no tenía intención de comer fuera (la verdad es que mi madre me estaba esperando en casa con el plato puesto), pero no pude resistir la tentación y entré en el local. Me senté en la mesa más cercana, pedí un galeto, patatas, farofa de huevo y una caña. Comí lentamente, observando cómo Georges roía los huesos del pollo y pensando: tío, el mayor escritor brasileño royendo huesos de pollo aquí, delante de mis narices.

Ya había acabado de comer cuando me dirigió la palabra. Si no quieres no me creas, pero eso fue lo que pasó: él me dirigió la palabra. Eres el nuevo del cuarto piso, ¿no? Asentí con la cabeza y le dije que él vivía en el segundo. Sonrió, aunque sus ojos continuaran muy severos. Georges tenía unos ojos graves, profundos, todo el tiempo, cosa de escritor talentoso, que vive observando el mundo que le rodea. Continuó la charla con quejas sobre el edificio, vivía ahí hacía treinta años y la nueva administradora era una vaca. Una vaca. No esperaba que Georges Fullar tildara a alguien de vaca. Dejé que hablara de humedades y de los problemas de tener el metro tan cerca. Además de escritor talentoso, Georges era viejo y, ya sabes, a los viejos les encanta quejarse de la vida.

Luego me pidió que me sentara con él. Me preguntó mi nombre y ahí cometí un desliz: me presenté y le confesé que sabía quién era, que había leído Trabajo sucio, que era mi libro favorito. Tío, Georges cambió de expresión al instante, no sólo fueron sus ojos los que se pusieron severos. Más tarde, cuando nos hicimos amigos, entendí mejor su reacción. Lo que pasa es que a él no le gusta hablar de su obra, ni de su vida. Vivía solo por eso. No tenía ni señora de la limpieza, ni hijos, ni mascotas. Un solitario de tomo y lomo, Georges. Sólo cuando bebía conversaba y se abría del todo.

La literatura es como los filetes, me dijo una vez, cuando le pregunté por qué no había escrito nada más después de Trabajo sucio. ¿Prefieres comer un filete o charlar sobre un filete? Comer el filete, respondí. Lo mismo vale para la literatura, dijo. No tiene ninguna gracia hablar de literatura.

Hablábamos muy poco de eso, él no daba lugar. Algunas noches bebíamos vino o whisky y en esas ocasiones podíamos empezar algunas conversaciones sobre crítica literaria, métodos de escritura, patrones (Georges odiaba las reglas) y certámenes literarios (también odiaba los certámenes literarios, un encuentro de personas para conversar sobre filetes).

De vez en cuando, aparecía un periodista o un estudiante de algún máster en letras que le solicitaba una entrevista, una opinión o hasta hacerse una foto con él. A todos los ahuyentaba. Georges quería que todo el mundo lo olvidara. Y, poco a poco, el mundo se olvidó de él.

¿Debes de estarte preguntando entonces de qué hablábamos? A Georges le encantaba hablar de mujeres. La belleza, la dulzura, la dedicación maternal. Estaba maravillado con eso y también con el perfume de las féminas. Era un tanto obsesivo, Georges. Y era culto también, obviamente. Por lo general nos encontrábamos los martes y los jueves. Bajaba a su piso y pedíamos unos bocadillos del Cervantes. Era uno de los vicios de Georges: el bocadillo de jamón con piña del Cervantes. Comíamos y nos atiborrábamos de vino. El tipo sabía mucho de vinos. Y de música sacra. De cine, gastronomía y también de artes plásticas.

En aquella época visitamos la estatua de Drummond, la del puesto número 6. Apuntó hacia unos turistas que posaban al lado de Drummond. Te apuesto a que esos necios nunca leyeron ni un puto poema de Carlos, me dijo. Hay que joderse, la vida no vale un comino, escribimos para convertirnos en estatuas y que una panda de gilipollas se hagan fotos. Cuando nos íbamos, un imbécil fingía follarse a la estatua y se carcajeaba. Vaya mierda, ¿no?

A mi casa nunca vino. Lo invité una vez, dijo que no y ahí quedó el asunto. Tampoco le pedí que firmara mis libros. Porque los escritores son así: entre más los adulan, más desdeñan a la gente. Yo le caía bien porque no lo molestaba, no preguntaba, no porfiaba nada con él. Nos vimos durante meses sin que yo le contara que también escribía. Ojo, yo no le escondí nada. Simplemente no sentía que tenía el derecho de hablar de eso con él.

Pero hubo una noche en la que se lo acabé contando. Fue un jueves, creo. Hace tiempo. Georges y yo nos habíamos acabado dos botellas de vino y unos bocadillos. Él estaba en el balconcito de su piso, sentado en la mecedora, y comenzó a hablar de la época en la que publicó Trabajo sucio. Me contó su lanzamiento, las críticas en la prensa, los premios, el glamour, y añadió: «Ese medio literario es en verdad una mierdecita». Decía muchas groserías, Georges.

En ese momento, me sentí a gusto para hablarle de su libro, del impacto que había ejercido en mí, de la violencia, de la honestidad que yo percibía en la voz del personaje... Me interrumpió, estaba de acuerdo y dijo que era por eso que había dejado de escribir. Ya no sé cómo ser honesto, confesó. Todo lo que estaba en Trabajo sucio él lo había vivido y, por eso, el libro era tan auténtico y vibrante.

El escritor necesita haber vivido lo que escribe, afirmó. ¿Sobre qué voy a escribir? ¿Sobre un viejo decrépito que folla con putas y pasea por el malecón de Copacabana?

Estaba hablando de autoficción, ¿sabes? Es la última moda. Hoy en día, ya lo ves, casi todos los libros están protagonizados por un escritor. Y así estamos: escritores que escriben sobre escritores que no publican, profesores universitarios que escriben sobre profesores universitarios que atraviesan la crisis de los cuarenta, guionistas que escriben sobre guionistas que trabajan mucho y ganan poco.

Todo puñetas, dijo Georges. Los sepultureros, bomberos, barrenderos o carpinteros también tienen que ser personajes.

Fue entonces que le conté que estaba escribiendo un libro. Cuatro amigos que compartían un piso en Copacabana. El personaje principal era un gastrónomo. Y había una puta llamada Cora que era un personaje femenino con carácter. Le gustó lo de la fulana. Y le encantó la idea. En los siguientes encuentros, ni siquiera necesitábamos beber para hablar de mi libro. Él me preguntaba desde el inicio cómo iba. Nunca se ofreció a leer una sola página. Únicamente le gustaba escuchar y hacer de tanto en tanto alguna que otra observación.

Al principio del libro hay una escena en la que el protagonista contrata a una puta para un amigo que es virgen. Estaba bloqueado en esa parte. Lo que pasaba era que no entendía mucho de prostitutas. Georges lo pilló de inmediato. El martes siguiente, cuando llegué, estaba acompañado de una muchacha. Me la presentó. Se llamaba Suellen. Era una bajita pechugona, de cabello rizado que olía a Neutrox. Masticaba un chicle rosa y vestía unos shorts que dejaban ver la braguita metida en el culo. Suellen no me gustó ni siquiera un poquito. Estaba buena, pero, no sé, tenía unas maneras que no me ponían cachondo.

Georges me mandó a la cocina a preparar unas caipirinhas, porque Suellen sólo bebía caipirinha. Cuando estaba exprimiendo los limones, se acercó y me dijo que yo iba a follarme a Suellen. Yo no quería, pero dijo que ya le había pagado y que necesitaba follarme a una puta para escribir con propiedad la escena del libro. ¿Quería ser un escritor decente o un escritor de mierda? Era convincente, Georges.

La verdad era que yo no me había follado a nadie. Fue una experiencia pésima, casi di un gatillazo. Suellen era un manojo de nervios, no tenía paciencia y me miraba la polla con esa cara de las-he-visto-más-grandes. Cuando terminó, me quedé en la cama, muerto de cansancio, y Suellen se levantó, se puso los shorts y salió sin decir ni mu. Pensé que nunca más vería a Suellen —y de hecho no quería volver a verla—. Georges no hizo preguntas, fue discreto. Semanas después, en medio de una conversación, quiso saber si ya había escrito la mentada escena. Le dije que sí, que la jodienda en su casa me había sido de gran ayuda.

Puedo estar equivocado, pero fue justo en esa época cuando me comentó que había empezado una nueva novela. Joder, después de dos décadas sin escribir una línea, Georges Fullar volvía a retomar la escritura. Me excité sobremanera, me moría de curiosidad por conocer más detalles, pero me contuve. Sabía que él se cerraría en banda a la primera señal de invasión. Cambié de tema, hablamos de mujeres y hasta de fútbol —no entiendo nada de fútbol—. Aquella noche, pedimos comida japonesa en lugar de los bocadillos del Cervantes (yo ya no aguantaba más el jamón con piña). Nos trincamos media botella de sake. Él comenzó a hablar sobre venenos raros, estaba interesado en el tema, investigando, leyendo libros. Venenos incoloros, insalubres e indoloros, ¿me entiendes? Y esa misma noche, por vez primera, él habló de la mecicitronina. Sabía todas las propiedades del compuesto, todos sus efectos y características. Un veneno de sabor ácido, un poco amargo, pero incoloro y letal, que no deja rastro alguno en el cuerpo. Estaba fascinado con eso. La mecicitronina se disuelve en la corriente sanguínea y provoca un infarto en el sujeto. Extraño, ¿no? En ese momento, no entendí el motivo de todo ese interés. Deduje que era por el libro.

En los encuentros siguientes, no mencionó ningún veneno, ni habló más del libro. También dejé de contarle del mío. No sé explicarlo bien, pero creo que saber que Georges estaba escribiendo una nueva novela me hizo mal... Medio que entré en crisis. Yo era un idiota escribiendo mi librito mientras un genio creaba una obra maestra dos pisos por debajo de mí. Lo único en lo que conseguía pensar era en su libro, sólo quería saber sobre su libro. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo?

Hubo una noche en que no pude refrenar mis ansias. Él estaba en la cocina preparando una pasta, le dije que iba al lavabo y me dirigí hacia su cuarto de estudio. Cualquier cosa me valía: un borrador, una página del libro, un bloc de notas. Sé que era una curiosidad medio absurda. Pero cuando leas a Georges Fullar lo entenderás. Necesitaba hacerlo. Vi la máquina de escribir, la silla de caoba, el escritorio, varios libros sobre venenos, algunos papeles en blanco esparcidos por la mesa. Ningún texto. Regresé a la sala decepcionado, un poco desconfiado. ¿Y si el viejo me estaba mintiendo?

No sé si advirtió que había entrado en su estudio, pero después de aquella cena nuestra relación se enfrió durante dos o tres meses. Empezó cancelando un encuentro y después otro y avisando de que la semana siguiente tampoco podría, ni siquiera se molestaba en inventar excusas. Podría decirme que estaba escribiendo o que quería estar solo, no sé, me pareció un tanto ofensivo que desapareciera como si nada.

Ese tiempo fue muy jodido para mí también. Mis padres se estaban separando y aquellos encuentros semanales con Georges eran para mí una suerte de terapia. Además, ya lo dije, no conseguía avanzar en la escritura de mi libro. Lo releía y todo él me parecía una basura. Llegué a deprimirme, no estoy bromeando. Entonces, un día, un miércoles para más señas, de improviso, me llamó por el interfono y me invitó a bajar a su piso. Nunca me llamaba los miércoles porque le gustaba ver el partido de fútbol en la televisión. Me pareció extraño, pero bajé.

Cuando abrió la puerta, era otro Georges. Había envejecido unos diez años en aquellos meses. Agotado, sin ninguna fuerza. Hablamos de tonterías, pero su sentido del humor era cero. Ya ni siquiera decía groserías. Le pregunté qué le pasaba y él dijo que había llegado a una parte clave del libro, una parte en la que... En la que el personaje mataba a una mujer. Envenenada. Y yo nunca maté a nadie, dijo, angustiado. No sé cómo es esa sensación.

Le dije que se lo podría imaginar, que era lo suficientemente creativo y brillante como para describir las sensaciones de un asesino, pero él no me escuchaba, no me quería escuchar. Repetía que ya había intentado escribirlo, pero que se había quedado vacío, una mierda. Suellen, dijo, finalmente. ¿Me ayudarías a matar a Suellen?

Pensé que Georges estaba bromeando. Pero mantuvo firmes aquellos ojos suyos tan duros y me hizo la pregunta de nuevo. Sacó un frasco del bolsillo de sus pantalones. Mecicitronina. Muchacho, tienes que ayudarme, dijo. Y de veras tenía que hacerlo. Estaba acabado, Georges.

Nunca pensé en matar a nadie, ¿sabes? Pero en ese momento la idea no me pareció tan absurda. Cogí el frasco de veneno en la mano. Era un polvito blanco que parecía inofensivo, tipo talco. Recordé la cara que había puesto Suellen cuando follamos y hasta pensé que sería divertido ver sin vida aquellos ojos de puta, la garganta de mamadora atascada de babas y vómitos.

Acepté. Quise saber dónde y cuándo, y entonces me contó que ya había quedado con ella aquella noche. Prefiero no entrar en detalles. Suellen llegó y se decepcionó al verme. Fue directa a darle un besito a Georges, para dar a entender que no quería nada conmigo. Él apretó mi mano, entregándome el frasco, y me mandó que fuera a la cocina a preparar una caipirinha para ella. Cerré el puño con el frasco dentro. Suellen era una puta de verdad, se sentó de inmediato en las piernas de Georges. En la cocina mezclé hielo, limón, azúcar, cachaza y mecicitronina. Le di la caipirinha a Suellen. Se la bebió y murió unos minutos después, mientras hablaba de una serie de televisión brasileña sobre prostitutas. Georges la miraba muy atento, vio cuando perdió primero el control del habla y luego del cuerpo, y cuando finalmente murió. Bajamos el cadáver por la puerta de atrás del edificio, coloqué a Suellen en el maletero de mi coche y la abandonamos en un banco de la plaza del Lido. Ya era de madrugada.

En los días siguientes no apareció nada en el periódico. Mucha gente muere asesinada en Río de Janeiro. Y una puta infartada no vale una noticia. Georges dijo que podía llamarlo si tenía algún problema, si me sentía mal o culpable. Para ser sincero, yo me sentía incluso bien. No me gustaba Suellen. Y además tenía el libro de Georges como asunto aún pendiente. Entonces, un día me llamó para contarme que por fin había escrito el mentado episodio del libro. Cojonudo, dijo. Estaba animado, Georges. Obviamente, me sentí orgulloso por haber aportado mi granito de arena, por formar parte de aquello, ¿sabes?

Nuestros encuentros volvieron a ser como antes. Bocadillos, vino, buena charla. Suellen no era tema de conversación. Georges recibía muchos libros y me daba casi todos de regalo. Me recomendaba algunos, pero sin extenderse o explicarme por qué debería leer éste o aquél. Me los obsequiaba y yo los aceptaba sin más. Ya no charlábamos acerca de nuestros libros, ya lo dije. En realidad, él ya no hablaba sobre el suyo y yo acabé abandonando el mío al inicio del año. No tenía sentido continuar. Comprendí que sólo podría escribir después de leer la nueva novela de Georges, ¿entiendes? Era como una barrera invisible, la grandiosidad de su creación.

Un día me llamó a su piso. Abrió la puerta con una sonrisa que nunca había visto. Estaba en éxtasis, Georges. Me pidió que me sentara y me entregó un sobre amarillento. El manuscrito completo, me dijo. Era fino, pero pesaba en mis manos, y como puedes imaginarte estaba muy nervioso. Comencé a abrir el sobre para mirar algunas páginas cuando me lo arrancó de las manos y me dijo que no podía leerlo. Sólo quería celebrarlo. Joder, me cabreé. Insistí en que, por lo menos, me dejara ver el título. Pero Georges era seductor, sabía cómo agradar. Me dijo que yo estaba en los agradecimientos y cambió de tema. Abrimos un vino y pedimos unos bocadillos. Por más que hablara de otras cosas, yo quería leer el libro. Y hubo un momento en el que lo miré en su mecedora y pensé que yo quería ser como él, que quería publicar un libro tan bueno como los de él. No sería capaz. Todos tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones. Esa cosa que llaman talento existe, ¿sabes?

Una idea me condujo a la otra. Cuando me di cuenta, yo había regresado a mi piso con la excusa de tomar una medicina y tenía el frasco de mecicitronina en las manos. Bajé a tiempo de abrir la botella de vino con él y pagar los bocadillos del Cervantes. A estas alturas ya lo habrás pillado: Georges no sufrió un infarto. Yo lo maté. Puse veneno en su bocadillo y no percibió el gusto amargo debido a la piña. Puedes llamarlo locura, obsesión, lo que quieras, pero yo necesitaba leer ese libro. Más que eso, necesitaba publicarlo con mi nombre y tener éxito con él, ser un autor cojonudo.

Georges estaba viejo, cansado de la vida. Creo que le hice un favor. Y él también a mí. Georges se comió su último bocadillo lleno de satisfacción. Se atragantó, le dio hipo, murió. En la mecedora. El vaso se hizo trizas en el suelo. Salvé el sobre del charco de vino y no esperé a que acabara de gemir. Saqué el manuscrito.

La historia de Georges Fullar. Capítulo uno. Su nombre. Mi nombre. Un escritor viejo que conoce a uno más joven, lleno de sueños y ambiciones. El viejo está hastiado de la vida, piensa en suicidarse, pero la vitalidad del joven le sienta bien. Capítulo 2. Los dos charlan, se hacen amigos. El viejo decide probar los límites del más joven: ver si es capaz de matar a una mujer. Y, claro, los dos matan a la mujer. Eso pasa en el capítulo 5 y es bonito. Poético, tenso. La amistad entre ellos se resiente, pero el viejo continúa interesado en los límites éticos del más joven. El viejo le cuenta a éste que terminó el libro, pero le niega el acceso al texto. El joven no lo soporta y mata al viejo. Lo mata por envidia, por piedad, para robarle la obra. La gente no necesita de un motivo para matar. Lo mata con un cuchillo, no con el veneno en el bocadillo del Cervantes. En eso Georges se equivocó, yo fui más listo. Al final, viene la carta. La carta en la que el viejo le explica al joven que sabía que lo asesinaría, que sabía que él no resistiría la curiosidad, que ahora el joven debe hacer con el libro lo que crea que deba hacer.

¿Te das cuenta de lo genial que es todo esto? Un metalenguaje de la hostia. Bien escrito, bien construido, nunca voy a hacer algo así. Pensé varios días en ello. Vi cuando se llevaron el cuerpo de Georges. Incluso asistí a su entierro, en el que no había casi nadie. Muerte por infarto, dijeron los periódicos. Yo quería publicar su libro con mi nombre, pero no puedo hacerlo. Necesito contarlo todo para que sepan lo que realmente sucedió. Es nuestra historia. Él la escribió. En verdad, todo está ahí. Arrésteme, comisario Aquino. Y divulgue lo que le he contado a la prensa, airéelo al mundo entero. No lo hago por mí. Tampoco por Georges. Lo hago por la literatura de misterio. Es un libro de puta madre. Todo el mundo tiene que leerlo. Tal vez así la novela policíaca brasileña por fin salga de la mierda en la que está sumergida.


Raphael Montes nació en 1990 en Río de Janeiro. Abogado y escritor, publicó cuentos en varias antologías de misterio, en Playboy y en la revista estadounidense Ellery Queen’s Mistery Magazine. Scott Turow lo ha considerado uno de los jóvenes novelistas brasileños más brillantes de la actualidad. Suicidas, su novela policíaca con la que debutó, fue finalista de los premios Benvirá de Literatura 2010, Machado de Assis 2012 de la Biblioteca Nacional y el São Paulo de Literatura 2013. Días perfectos (publicado en España por Reservoir Books en 2015), ha vendido los derechos de traducción a diecisiete países. Ambos libros serán adaptados para el cine.

La historia de Georges Fullar es parte de Rio Noir, una aproximación a la ciudad de Río de Janeiro a través de la literatura negra brasileña. El libro, editado por Maresia Libros y publicado el pasado mes de junio, recoge catorce relatos del género, cada uno ambientado en un barrio de la ciudad.

Copacabana

Yo no sabía que él vivía en Copacabana. Lo que quiero decir es que no fue premeditado, ¿sabes? Nos mudamos en septiembre del año pasado, mis padres eligieron el piso, yo sólo iba con ellos. Yo no decido casi nada en casa. Por mí hubiéramos seguido en Méier, mis amigos son todos...

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Autor >

Raphael Montes (Rio Noir)

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