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Land of Lincoln

Tres actos hacia un noviembre imprevisible

Si quieren hacerse una idea de los Estados Unidos pintados por Donald Trump, siéntense frente al televisor, pongan un capítulo cualquiera de ‘The Walking Dead’ y aten cabos

Diego E. Barros 30/07/2016

Malagón

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Primer acto:

Los americanos tienen un dicho: si parece un pato, nada como un pato y canta como un pato, entonces es…

No creo que el ya oficialmente coronado candidato del Partido Republicano a la presidencia de EEUU sea un fascista. Sí que lo que se vio durante la Convención Nacional Republicana se pareció bastante a una enfurecida bandada de patos volando hacia un futuro más que preocupante. 

Todo estaba pensado para ofrecer en Cleveland, Ohio, una pretendida imagen de unidad aunque para ello hubiera que sofocar la pequeña rebelión de los antitrump el primer día, y los daños causados por el discurso del senador Ted Cruz llamando a “votar en conciencia” sin nombrar al candidato. Fueron los momentos de mayor tensión en un recinto entregado de forma cuasi religiosa a un candidato, Donald Trump, que llegando desde fuera del partido ha conseguido hacerse con las riendas del mismo por la vía rápida, ante la sorpresa de todos y la desesperación de unos pocos. 

Porque ya no es el Partido Republicano, el Grand Old Party guardián de las esencias de Estados Unidos, el partido de Abraham Lincoln y Ronald Reagan. Si algo ha conseguido el showmanreconvertido en salvapatrias demagogo (esto es casi una redundancia) es fagocitar al GOP hasta convertirlo en el Partido de Trump. 

Y es el Partido de Trump no solo porque la convención resultó anárquica desde el punto de vista organizativo (solo así se explican la pifia del discurso plagiado de Melania Trump o que el del senador Cruz pasara el corte), sino porque el candidato se ha saltado todas las líneas que hasta ahora constituían la agenda tradicional republicana como el rechazo a reformar el (pírrico) sistema de protección social cambiándola por trazas de proteccionismo económico, retórica antiglobalizadora (en ciertos momentos con tintes anticapitalistas), críticas a la Guerra de Irak (ha llegado incluso a piropear a Sadam Husein diciendo que “al menos era bueno matando terroristas”, afirmación que directamente es una estupidez), cuestionamiento de la política de alianzas y del compromiso de EEUU con la OTAN y, finalmente, aislacionismo disfrazado de “americanismo”. 

Es principalmente este último punto, concentrado en el lema America First (América Primero) el que nos retrotrae a los oscuros años treinta del pasado siglo cuando Charles Lindbergh, héroe nacional y temprano simpatizante nazi, hizo bandera de la política de la no intervención de EEUU en la Segunda Guerra Mundial llegando a coquetear con la presidencia frente a Franklin D. Roosevelt. Eso fue hasta que llegó Pearl Harbor y puso las cosas en su sitio, dejando lo que podría haber sido para la mente de Philip Roth y su ucrónica La conjura contra América (2004). 

El magnate se paseó por la convención como un pato, nadó como un pato y finalmente, el jueves, pronunció un discurso más propio de un neofascista que de un aspirante a presidir la primera democracia del planeta que fue calificado por la prensa estadounidense como “oscuro” aunque  las palabras de Trump volvieron a tirar de su conocida retórica: 

  1. Hillary Clinton, a la que hay que meter en la cárcel (“Lock her up!” se convirtió en el lema de la convención).
  2. Inmigrantes; malos no, lo siguiente.
  3. Ley y Orden (AKA Vamos a morir todos, si yo no lo remedio)
  4. Yo, Yo, Yo, Yo, y solo yo puedo arreglar el país.

No ayudó la puesta en escena y el histrionismo del candidato al que solo le faltó una cohorte de fornidos paramilitares en camisas pardas para flanquearlo. 

En palabras de David Brooks, columnista conservador de The New York Times, Donald Trump salió de Cleveland convertido en un Caballero Oscuro que nada se parece a Batman, aunque la América dibujada por el multimillonario bien podría ser Gotham en sus horas más bajas. 

Si quieren hacerse una idea del Estados Unidos pintado por Donald Trump siéntese frente al televisor, pongan un capítulo cualquiera de The Walking Dead y aten cabos: 

Hillary es, por orden de aparición: The Governor y, ahora, Negan. En este mundo postapocalíptico, los buenos americanos bastante tienen con escapar de las hordas de inmigrantes-zombis que han arrasado con todo y se quieren comer a nuestros hijos. 

Dejemos a un lado el rol de Hillary Clinton exonerada del asunto de los e-mails por el FBI (¿traidor?) y culpada por la muerte de cuatro estadounidenses, entre ellos el embajador Christopher Stevens, en el ataque al consulado estadounidense de Bengasi el 11 de septiembre de 2012 pese a que el informe del Congreso no halló responsabilidad alguna en la actuación de la entonces secretaria de Estado Clinton. Pero si algo odia un republicano es a Hillary por lo que toda munición es buena. Aun así imaginen que los demócratas hubieran tratado de la misma forma a Ronald Reagan tras, por ejemplo, el atentado contra la Embajada en Beirut el 18 de abril de 1983 en el que murieron 63 personas entre estadounidenses y personal local.

Para desmentir el argumento-The Walking Deadestán los números.

Está la ley y el orden, el caos en el que, a ojos del candidato, está sumido un país. Esto es simplemente mentira o, como mínimo, muy cuestionable. En cualquier caso, ahí va un resumen: el índice de criminalidad está en su nivel más bajo de los últimos 25 años. Es cierto que los asesinatos han crecido en algunas grandes ciudades (vivo en Chicago, conocida como Chiraq) pero, en general, el país es mucho más seguro que hace una década, como prueba el hecho de que en ciudades como NY o Washington, el número de tiroteos se encuentra en mínimos históricos (repito, no es el caso de Chicago pero tampoco es cierto que esto haya crecido especialmente durante el mandato de Barack Obama). 

Si durante la campaña Trump se tiró en manos del populismo más reaccionario, en su discurso ante la convención republicana siguió al pie de la letra el manual del fascismo: repita una mentira una y otra vez hasta que parezca verdad. 

El pato insiste en esa relación enfermiza entre los zombis (esa legión de inmigrantes indocumentados) y el crimen. Sobre el escenario de Cleveland sacó a familiares de víctimas de asesinatos cometidos por indocumentados para probar esta supuesta amenaza. Da igual que los datos lo desmientan. Esos que señalan que los inmigrantes cometen precisamente menos crímenes que los nacionales. Esos que señalan que entre 2010 y 2014 solo 121 personas puestas en libertad por las autoridades de inmigración cometieron un asesinato. 

El miedo es hermano gemelo de la paranoia. Y esta tampoco faltó a la cita de Trump con la historia. Una paranoia rehogada con las últimas muertes de policías en acto de servicio. La urgencia de señalar un culpable (Black Lives Matter y, por extensión el presidente Barack Obama) y acentuar una división racial que existe en el país y que algunos pretenden colocar en un binomio de ellos, los salvajes, contra nosotros, los civilizados: el sueño húmedo de cualquier supremacista blanco. 

El asesinato ―“a sangre fría” y “sin justificación alguna” en palabras del propio presidente― de agentes de policía en Batton Rouge y Dallas fue la guinda que faltaba en este macabro pastel preelectoral. Una vez más, da igual que se trate de una guinda si no falsa (la policía es también víctima de un problema mucho más amplio) sí sacada del contexto que dan las frías estadísticas. Las que indican que las muertes de agentes hayan descendido un 24% en los últimos diez años y se encuentren lejos de las registradas en los convulsos años setenta y ochenta y estables en torno al medio centenar de oficiales asesinados al año en un país con 320 millones de habitantes y casi las mismas armas de fuego. 

Segundo acto:

Pese al escenario apocalíptico que quieren pintar los republicanos, las preocupaciones del país son económicas y sociales. Y eso que la tasa de desempleo se encuentra también en mínimos históricos. Como en otras latitudes, el gran desafío sigue siendo la creciente desigualdad, que finalmente ha acabado por hacerse un hueco en la agenda demócrata que parece haberse dado cuenta de que es la economía.  

Puede que sí, pero cuidado; porque he ahí la gran victoria de Trump ―en la que, desde una perspectiva completamente opuesta, coincide con el demócrata Bernie Sanders. Por muy contradictorio que parezca, el magnate ha conseguido conectar con un segmento de población que ha sido el gran olvidado de las políticas bipartidistas llevadas a cabo en las últimas décadas en el plano económico: la clase blanca trabajadora, lo que en EEUU se conoce como los blue collar, obreros de las grandes factorías y cadenas de montaje que gracias en buena parte a la globalización han visto cómo sus trabajos, duros pero bien remunerados, se han ido al traste; y con ellos sus vidas. Gente del Medio Oeste, el denominado Rust Belt (cinturón del óxido), y el Sureste del país, fornidos mineros de la zona de los Apalaches, carentes de estudios pero sobrados de orgullo. Blancos, obreros y de bajo nivel cultural.

Este es un aspecto clave en el desplazamiento del voto y que no parece estar ceñido a EEUU. Solo así se explica el advenimiento de partidos denominados de ultraderecha en zonas obreras, caladero tradicional de los partidos de centro izquierda, mientras que los ciudadanos con mayor nivel de estudios (generalmente ligados a un mejor nivel socioeconómico) se decantan hacia posiciones más progresistas. 

Me lo comentaba hace unos días un amigo de Michigan, corazón de la otrora todopoderosa industria de la automoción. 

―La gran mentira de Trump es la que encierra la frase “I will bring the jobs back” (traeré de nuevo los puestos de trabajo). Y es mentira porque esos trabajos, la globalización, el libre mercado, se los ha llevado para siempre, sin que los partidos políticos tradicionales hayan sabido dar una alternativa a esta realidad más allá del propagandístico “mayor formación e inversión en conocimiento”. El problema es que el de Trump es un discurso muy jugoso para el extrabajador de una planta de Troy, Flint o Pontiac.

Un dato: por si no lo han adivinado, los vencedores de las primarias de Michigan fueron Sanders y Trump. 

Cualquiera en el lugar de los trabajadores que han perdido sus empleos en las grandes factorías confiaría en los cantos de sirena porque, aun siendo consciente de lo que son, al menos Trump (y en su momento el propio Sanders) es el primero que ha dicho en alto lo que piensa. Más allá de ofrecer una alternativa (Trump sigue sin desvelar al mundo cómo piensa llevar a cabo todas sus promesas) lo que hace el magnate es señalar a los culpables: Wall Street y los burócratas de Washington, por un lado; y nuevamente la inmigración, que en su concepción del mundo ha contribuido a la bajada de salarios de los trabajadores nacionales. 

He ahí la trampa: Trump siempre carga contra los inmigrantes y jamás contra un sistema que opta por el trabajo ilegal o fomenta que los puestos de trabajo se vayan hacia lugares con salarios mucho menores que los que se habrían de pagar en suelo estadounidense. 

Trump aquí sí sigue el credo republicano y prefiere no hablar cuando no negarse abiertamente a la subida del salario mínimo. De la misma manera no ha dicho nunca una sola palabra en favor de la igualdad de salarios entre hombres y mujeres o ayudas a la maternidad, lo que constituyó una parte central del discurso de su hija Ivanka, encargada de presentarlo el pasado jueves. 

Pero no se confundan. Puede que el discurso de Trump sea racista y tenga ecos de fascismo. Pero eso no significa que buena parte de su potencial masa de votantes lo sea. Y esto es también responsabilidad de los políticos tradicionales, independientemente del partido.   

Tercer Acto: 

Mientras el Partido Demócrata celebra esta semana su convención nacional en Filadelfia, en la que intentará cerrar unas heridas que no son tan graves como aparentan (el 90% de los seguidores de Sanders votarán por Clinton, según el Pew Research Center), Trump saca ventaja a la ex secretaria de Estado en las proyecciones de voto.  

Es cierto que todavía es pronto. Mucho. Tradicionalmente, todos los candidatos mejoran en los sondeos tras sus respectivas conferencias. Nadie se debe tomar en serio las encuestas al menos hasta septiembre. Pero ello no implica que haya señales de alarma habida cuenta de que las elecciones estadounidenses se juegan en una doble variable: los votos de los ciudadanos (voto popular) y el llamado voto electoral (538 electores estatales que, a la postre, acaban por decidir elecciones como la que llevó a George W. Bush a la presidencia en el año 2000 frente a Al Gore y que acabaría adjudicando el Tribunal Supremo).  

El principal problema de Trump, y por extensión del Partido Republicano, es que ha decidido fiarlo todo a una carta que (a priori) parece equivocada: el menguante voto blanco. Su constante ataque a las minorías del país parece un suicidio en la medida en que entre un 25 y un 30% del electorado estadounidense pertenece a una minoría. De momento, Trump ya ha conseguido algo histórico: es el primer candidato a la Casa Blanca en cosechar un 0% (sí, cero) de apoyos entre los afroamericanos, según sendos sondeos realizados en Pensilvania y Ohio. 

Por último, está la conspiración: esa que habla de Trump como una suerte de Manchurian candidate a sueldo de Moscú. Es cierto que el magnate no ha escatimado elogios hacia el presidente ruso Vladímir Putin. También que existen vínculos evidentes este y el multimillonario y su propio círculo, comenzando por su siniestro jefe de campaña Paul Manafort, que no desentonaría en un capítulo de Los Soprano. Por si fuera poco, la puntilla la puso el lunes The New York Times al asegurar que detrás del ataque informático sufrido por el Partido Demócrata y que sacó a la luz unos 20.000 e-mails internos que evidenciaban cierto favoritismo del aparato hacia la candidatura de Hillary, hay, nada más y nada menos, que hackers rusos

Lo que nadie podrá negar es que de aquí a noviembre nos esperan emociones fuertes. 

Autor >

Diego E. Barros

Estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Vive en Chicago y es profesor universitario. Escribe donde le dejan y, en ocasiones, hasta le pagan.

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