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Carta a la generación que no estará aquí dentro de veinte años

La influencia de los jóvenes en los mayores desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea va más allá, incluso, de lo estrictamente político o electoral

Guillermo Rodríguez Robles 20/07/2016

<p>Panorámica de la Puerta del Sol, el 15M.</p>

Panorámica de la Puerta del Sol, el 15M.

Anita Botwin

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La Unión Europea ha llegado a una encrucijada de caminos. Los desafíos a los que se enfrenta están poniendo en tela de juicio su propio futuro de integración; y en este contexto, las y los jóvenes se han convertido en un factor fundamental. Están jugando un papel determinante en procesos que, en diferentes lugares y para sorpresa de quienes están a cargo del proyecto europeo, están definiendo nuestra sociedad. Y todo hace pensar que seguirán haciéndolo.

El menosprecio electoral histórico que ha padecido la juventud ha tenido como consecuencia una distribución desproporcionada de los costes de la crisis, que ha empujado a las y los jóvenes hacia los verdaderos extremos de la sociedad. Ese padecimiento ha llevado a la indignación, y la indignación a ser parte de procesos de transformación de enorme trascendencia en la Unión Europea. Los/as jóvenes se han convertido en actores esenciales en cambios políticos tanto de regeneración como de inversión democrática, y esto está ocurriendo sin que todavía la sociedad parezca haber tomado consciencia de ello. El horizonte de la Unión Europea no lo conocemos: puede ser de progreso y unidad, o de desintegración. Pero sea cual sea, la necesidad de incluir a la gente joven entre las soluciones a la encrucijada en la que estamos es incuestionable. Porque ya definen el horizonte de la UE; y porque serán ellos quienes, cuando llegue, seguirán aquí.

El derecho a vivir una vida independiente

Las palabras desempleo y juvenil se han repetido insistentemente la una junto a la otra en los últimos tiempos. Y palabras es, seguramente, la mejor manera de resumir la respuesta política que se ha dado a este problema en los últimos años: palabras, y poco más. Una carencia casi total de acción y de políticas sociales junto a unas cifras de presupuesto del todo insuficientes han permitido que el desempleo juvenil a día de hoy alcance todavía un 45,3% en España y un 48,9% en Grecia según datos de Eurostat, mientras que en la UE continúa en un 19,4%. Esto significa que, en ambos países, de cada dos personas menores de 25 años buscando activamente un puesto de trabajo solo una de las dos es capaz de encontrarlo. En relación al desempleo total, la tendencia no ha cambiado prácticamente en los últimos veinte años: el desempleo juvenil y el desempleo total se han mantenido prácticamente paralelos, siendo el primero algo más de dos veces el segundo, tanto en España como en la UE.

Para ser capaces de entender la gravedad de la situación a la que se ha llevado a las y los jóvenes en los últimos años, varios datos completan bien el retrato. A nivel laboral, la tasa de desempleo juvenil de larga duración es un buen ejemplo: en España llega al 39,2%, en Grecia o en Italia supera el 50% y alcanza un 33,6% en la Unión Europea. Esto es: más de un tercio de los/as jóvenes de menos de 25 años que buscan un trabajo en la UE llevan más de 12 meses haciéndolo.

Otro dato significativo es el porcentaje de jóvenes trabajadores/as temporales (71,3% en España, 43,6% en la UE), que refleja bien el tipo y la calidad del empleo al que están abocados los/as jóvenes que sí encuentran uno. Y significativo también es el porcentaje real de trabajadores/as jóvenes autónomos en la Unión Europea: solo un 4% de los 19,4 millones de jóvenes que están trabajando. Este porcentaje, que se ha mantenido constante a lo largo de la crisis, transmite las posibilidades de una propuesta que se ha repetido como un mantra (¡emprended!, les dicen; como si de ánimo fuera su problema) y que responsabiliza al individuo de un problema del que las instituciones deberían asumir las responsabilidades.

El desempleo es una parte, la más visible; pero hay otras. La tasa de riesgo de pobreza y de exclusión social también supera largamente al del resto de grupos de edad: En España, un 38,6% de los/as jóvenes entre 18 y 24 años están en riesgo de exclusión o pobreza (un 31,9% en la UE), mientras la tasa total es del 29,2% (24,4% en la UE). Además, la evolución de estos datos en los últimos diez años ha sido desproporcionadamente negativa para los/as más jóvenes. En 2005 la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social de los jóvenes en España era incluso menor que la total (21,7% para el rango 18-24 años con respecto a 24,3% para el conjunto de grupos de edad). En la UE, mientras que ha disminuido la tasa total desde 2005 (entonces era de un 25,8%), ha aumentado entre las y los jóvenes.

En Europa, particularmente en el sur, se ha empujado a una parte importante de la sociedad a una situación de drama social sin precedentes. Se ha forzado a cientos de miles de jóvenes a dejar España desde 2011, con el coste que prescindir de su talento, motivación y contribución a sostener el Estado de Bienestar va a suponer en el futuro. Se ha arrebatado las perspectivas de futuro a una parte importante de una generación a la que se califica como perdida, y para la que se da por sentado que cuando por fin la crisis haya terminado ya será demasiado tarde. Se les ha quitado el derecho a vivir una vida independiente y a tomar sus propias decisiones, obligándoles a aceptar cualquier empleo, a trabajar a cualquier precio, a estudiar lo que el mercado laboral dictara, a volver al hogar paterno. Y las consecuencias de todo esto se sabe que perdurarán en el largo plazo afectando al desarrollo tanto personal como profesional. 

Hombres blancos de 50 años y en corbata

¿Por qué?, nos preguntamos. ¿Por qué a los/as jóvenes? Para entenderlo, las palabras que mejor explican cómo hemos llegado hasta aquí son otras dos: participación y democracia.

Desde el punto de vista de la élite política, la cuestión ha sido clara. Por debajo de los 18 años los/as jóvenes no pueden votar y por encima generalmente no les interesa la política. A lo largo de la historia reciente han sido un sector electoralmente desmovilizado al que la clase política no ha prestado atención: a quienes tienen más de 60 años sí se les atiende. No han sido un grupo cohesionado de electores que se movilizara en torno a unos intereses concretos —a pesar de ser más de 65 millones de votantes de menos de 30 años en la Unión Europea— y a los que los partidos podían apelar con determinadas políticas. En Economía Política son un caso de libro.

De manera que los parlamentos siguen siendo, mayoritariamente, lugares de trabajo de hombres, blancos, de 50 años y en corbata. Concretamente en el Parlamento Europeo la edad media es de 53 años. En el Congreso de los Diputados ha descendido en la XI legislatura gracias al cambio generacional que ha conllevado la entrada de nuevos partidos, situándose en los 47 años, siendo la media de edad en España 43 años. Pero la clase política no ha dejado de envejecer. Los parlamentos no reflejan todavía la diversidad de la sociedad que representan —en términos de género, edad, etnia u otros—, y esa falta de voz y de representación tiene como consecuencia que las y los jóvenes hayan asumido una mayor proporción de los costes que ha tenido la crisis, en todas sus vertientes. Efectivamente, no les representaban, y parece que tampoco buscaban hacerlo.

Lo están cambiando todo

Pero inesperadamente se indignaron. De diferentes maneras, en diferentes sitios y con distintos objetivos, las y los jóvenes han reaccionado. A lo largo y ancho de la Unión Europea la gente joven está jugando un papel determinante en procesos que están definiendo el sentido hacia el que camina el proyecto europeo. En direcciones, además, muy desiguales. No tener esto en cuenta es un error de enorme envergadura que ya está teniendo importantes consecuencias.

Uno de esos procesos fue el que se desencadenó entre los meses de mayo y junio de 2011 en diferentes ciudades españolas. Las y los indignados no fueron un movimiento exclusivamente de gente joven sino un grupo diverso en el que se mezclaron personas de todas las edades. Una de sus señas de identidad era, de hecho, esa transversalidad: tanto social, como generacional o ideológica. Pero el papel central que jugaron los y las jóvenes en la conformación y organización del 15M fue de enorme importancia, más allá del cual sus ideas fueron después compartidas de una forma mucho más extensa.

La repercusión que ha tenido este movimiento ha sido de una envergadura que todavía no concebimos completamente. El empoderamiento de tantas y tantos ciudadanos y el descubrimiento de formas no convencionales de participación han tenido como consecuencia un cambio completo en el mapa político de nuestro país como en 2011 no era imaginable. Un cambio de marco discursivo, que confrontó la narrativa de “No hay alternativa” y la reemplazó por otra donde palabras como transparencia, regeneración, participación, bien común o primarias —que no existían en el vocabulario político más allá del de partidos como EQUO, todavía minoritarios— se volvieron imprescindibles. Un cambio total en la agenda política, que pasó a priorizar el rechazo a la corrupción, los desahucios y la austeridad; y que generó plataformas y proyectos políticos y periodísticos, nuevas corrientes en la arquitectura y transformaciones en nuestra forma de consumir y de comunicarnos. El 15M supuso en definitiva un cambio profundo de la realidad política, cuyas repercusiones llegaron a cruzar océanos y pueden seguirse percibiendo incluso 5 años después. En las plazas de París, mientras escribo estas líneas, las y los indignados de Nuit Debout se mantienen en pie ante una clase política que les teme, consciente de lo que protestas ciudadanas semejantes engendraron en España o en Italia hace muy poco tiempo. Les temen; y tienen razón en hacerlo.

Las consecuencias de ese estallido de movilización y participación en que miles de jóvenes se sumergieron trascendieron, por lo tanto, lo estrictamente electoral. Pero tanto en España como en otros países la implicación política de la gente joven está teniendo unas consecuencias extraordinarias, que deben igualmente analizarse.

En España, los partidos que han sabido movilizar a los/as votantes jóvenes han obtenido unos resultados que eran imprevisibles hace solos unos años. La coalición valenciana Compromís fue uno de los primeros en hacerlo: consiguió crecer entre las elecciones generales de 2011 y las de 2015 del 4,8% de los votos al 25,09%, y lo hizo convirtiéndose en la fuerza más votada en la franja de votantes menores de 34 años. Desde 2015 gobierna también en la Comunidad Valenciana, junto al Partido Socialista.

Otro ejemplo es Podemos. Un partido que se crea en los meses previos a las elecciones Europeas de 2014 y cuya vinculación al movimiento de los/as indignados/as de 2011 es indiscutible, ha conseguido convertirse en una opción real de gobierno en España, para desconcierto de los dos partidos que se reparten el poder desde el fin de la dictadura de Franco. El Centro de Investigaciones Sociológicas estima que el 35% de los menores de 35 años votó a Podemos en las elecciones generales de 2015, mientras que las otras tres fuerzas políticas principales obtuvieron en esa franja de edad alrededor del 15% de los votos. La ruptura generacional y su impacto en el cambio de escenario político en nuestro país se percibe incluso en el partido Ciudadanos, segunda opción entre los/as menores de 35 años y fuerza insignificante entre los sectores de más de 54 años.

La gente joven tiene la capacidad de generar verdaderas transformaciones en el mapa político de nuestros países si se moviliza para votar. Así está ocurriendo en España, pero también en muchos otros países. En direcciones muy diferentes.

En Grecia, en las elecciones de junio de 2012, Syriza (que acababa de conformarse como partido) y Aurora Dorada (partido de ideología fascista) alcanzaron un 26,9% y un 6,9% de los votos respectivamente, y lo hicieron convirtiéndose en las primeras fuerzas entre los menores de 35 años. Syriza obtuvo un 37% de los votos entre los menores de 25 años; mientras que Aurora Dorada, que entraba en el parlamento por primera vez, alcanzó un 13% en esa franja de edad y un 16% entre los/as votantes de 25 a 34 años. El Partido Verde de Inglaterra y Gales, que en los últimos años ha experimentado un aumento extraordinario de porcentaje de voto y de influencia, lo ha hecho aumentando el número de afiliados jóvenes de 1.300 en 2013 a 14.000 en 2015. En Austria, único país de la UE donde se permite el voto a los mayores de 16 años a escala nacional y donde el ascenso del partido xenófobo FPÖ y del Partido Verde se ha percibido como un tsunami electoral, un 51% de los hombres de menos de 29 años votaron a FPÖ en la primera vuelta según las encuestas. En Francia, el Front National de Marine Le Pen cosecha el 35% de los votos entre los/as votantes de 18 a 35 años. Y podríamos seguir: Holanda, Dinamarca, Polonia… países, todos, con realidades semejantes. Mientras escribo esto, la relevancia que están adquiriendo las y los jóvenes en las semanas previas al referéndum de Reino Unido sobre su pertenencia a la Unión Europea puede resultar decisoria en el resultado de la votación.

La influencia de los jóvenes en los mayores desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea va más allá, incluso, de lo estrictamente político o electoral. La radicalización de jóvenes europeos reclutados en las afueras de ciudades como Bruselas o París, y su participación en atentados terroristas, debe ser entendida responsabilizando no al Islam, sino a las políticas públicas en materia de juventud y de integración, como señalaba recientemente The New York Times. Debe ser entendida desde una perspectiva mucho más amplia, que contemple la evolución de la exclusión social, laboral y educativa de muchos de esos jóvenes desde hace décadas; y que considere que se convierte en extremista lo que se ha abandonado en los extremos.

El futuro de la Unión Europea depende de ello

El abandono al que se ha sometido históricamente a la población más joven por motivos electorales ha tenido unas consecuencias desproporcionadas en la última década. La crisis económica, las políticas neoliberales que decían combatirla, la falta de integración y la falta de solidaridad de la Unión Europea han empujado a los jóvenes a los verdaderos bordes de la sociedad a nivel social, económico y laboral. Sin embargo, a su vez, la juventud de muchos países de la Unión Europea está reaccionando, de manera organizada o no, conformándose como una fuerza de profunda influencia tanto para la integración como para la desintegración de la UE.

La juventud no es una fuerza homogénea. Los problemas de la gente joven en Alemania no son los mismos de quienes vienen del Sur, por lo que no parece razonable intentar predecir un horizonte colectivo. Lo que sí parece importante es entender que los/as jóvenes son una fuerza catalizadora capaz de generar transformaciones que abarcan la totalidad del espectro político: tanto hacia regeneraciones progresistas basadas en los derechos humanos y en la higiene democrática; como hacia opciones nacionalistas, xenófobas o extremistas. Y esto merece que se le preste atención. La gente joven ya está jugando un papel fundamental en dibujar el horizonte de la Unión Europea. Es el momento de que quienes están a cargo del proyecto europeo lo tengan en cuenta. El futuro de la Unión Europea depende de ello.

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Guillermo Rodríguez Robles es coordinador de la campaña de cambio climático del grupo parlamentario Verdes/ALE del Parlamento Europeo.  

Este texto fue publicado originalmente en European Green Journal.

 

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Guillermo Rodríguez Robles

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1 comentario(s)

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  1. Jonatan Galindo

    Pensando bien, creo que a la juventud se la ha subestimado. Nos toman por tontos, hedonistas, sin conocimiento político. A este paso nos vemos cometiendo los errores pasados de nacionalismos ultras y autárquicos

    Hace 4 años 9 meses

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