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TRIBUNA

‘Brexit’ y España

Las soflamas de los políticos no contribuyen para nada ni a mejorar la posición negociadora de los gobiernos ni a facilitar la delicada transición interna e internacional en la que el Reino Unido se ha embarcado

Antonio Martínez-Arboleda 20/07/2016

Pedripol

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El resultado del referéndum para la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea ha conmocionado la vida política británica. El patrioterismo de los partidarios del Brexit más vociferantes, que ahora han dejado atrás sus corrosivos y xenófobos argumentos para abrazar cínicamente el optimismo y la unidad, para nada aplaca la ansiedad general en torno al futuro económico, social y geopolítico del país y del continente. Más bien al contrario, la hipocresía de una derecha nacionalista victoriosa y arrinconada es un grito de autoafirmación que retroalimenta a los cada vez más numerosos europeístas en este país.

Los indicadores económicos apuntan claramente a tiempos difíciles. Las irresponsables promesas de una Gran Bretaña más próspera y más libre son imposibles de cumplir, al menos en el corto y medio plazo. Las aspiraciones de grandeza postimperial de una minoría, aupada por un amplio e influyente sector de la prensa totalmente despiadado, no se materializarán así como así.

Se van disipando también las esperanzas de quienes votaron a favor de abandonar la Unión Europea no tanto influidos por un nacionalismo más tradicional, basado en glorias pasadas, sino llevados por razones políticas más prácticas, también formuladas en clave nacionalista y anti-establishment con tintes populistas. Y es que muchos votantes fueron persuadidos de que Brexit le permitiría al Parlamento británico recuperar la soberanía cedida a Europa y de ese modo controlar el número de inmigrantes, o mejorar las condiciones de vida de la castigada clase trabajadora, o destinar la contribución británica al presupuesto de la UE hacia los maltrechos servicios públicos, o bajar los impuestos, o aligerar las regulaciones de la actividad económica. Aunque la preocupación por la inmigración sea probablemente el motivo más preponderante, cada votante tenía su cóctel personal de argumentos y su propio universo Brexit,en el cual la UE aparecía como un obstáculo para unas aspiraciones de democracia, un tanto vacuas, pero que eran fácilmente asociables con el pasado del país.

Brexit ha puesto de manifiesto que el establishment también tiene grietas y que algunos de sus miembros las aprovechan con la misma audacia que nuestro sistema de valores capitalista le inculca a todo buen emprendedor. La campaña en favor de la salida de la UE ha sido financiada, al igual que la campaña rival, por empresarios, aunque de muy diferente perfil y con recorridos y objetivos distintos. Mientras que las grandes corporaciones que apoyaban la permanencia simplemente perseguían proteger su actual estatus y se pusieron en marcha en serio solamente a raíz de la celebración del referéndum, los aventureros que apoyaban Brexit, con sus medios de comunicación, con fondos o con declaraciones públicas ya llevaban años promoviendo todo un ideario británico anti-UE (décadas, como es el caso del magnate de la comunicación Rupert Murdoch). Se caracterizaban en general estos empresarios (una minoría) por su afán de notoriedad (Tim Martin, director de Wetherspoons, una cadena de bares), por su oportunista deseo por ocupar espacios comerciales jugosos e inexplorados (Farzana Baduel, directora de Curzon PR, con sus “ciudades inteligentes” para la India), por sus conexiones con regímenes políticos rivales (Anthony Gould, director de Russia Tele Radio Worldwide), o incluso por pura frivolidad neoliberal desestabilizadora, como la del millonario corredor de Bolsa Peter Hargreaves, para quien la “incertidumbre es fantástica” porque saca lo mejor de la gente. “Sería como en Dunkerque”, declaró en alusión a la famosa batalla de la Segunda Guerra Mundial el principal donante de la campaña de salida.

Está cada vez más claro que el futuro estatus comercial de Gran Bretaña en Europa será el resultado de largos y tediosos procesos de negociación de acuerdos comerciales (que seguro incluirán contraprestaciones de otro tipo). El Partido Conservador ha querido cubrir expeditivamente el gran vacío de liderazgo ocasionado por la espantada de Cameron y la evidente falta de un plan nacional que defina qué significa Brexit. Sin embargo, como se desprende de las recientes declaraciones de Theresa May, nueva primera ministra, y su nuevo ministro de Economía, Philip Hammond, el gobierno no tiene ninguna prisa por acelerar el proceso de salida. En un escenario de fuerte interdependencia y fragmentación como el que se avecina, la voluntad política de los otros Estados europeos, y del resto de países del mundo, cuenta tanto o más como los intereses de sectores concretos de las economías de todas y cada una de las partes negociadoras.

Las negociaciones

Aunque no hay confirmación oficial, todo apunta a que las negociaciones para establecer las condiciones de salida de la UE y la negociación de un posible acuerdo de acceso al Mercado Único se mantendrán separadamente. Esto quiere decir que una vez se conozca el contenido básico de los términos del divorcio se plantearán, desde esa posición, propuestas de colaboración e integración comercial. Es una estrategia para ganar tiempo en otros posibles acuerdos comerciales que desde ya seguro que se están fraguando con otros terceros países del resto del mundo.

En ambos procesos de negociaciones con la UE es importante que los políticos españoles tengan en cuenta lo delicado de la situación actual.  Hay decenas de miles de españoles residentes en Gran Bretaña que dependemos de la amabilidad y la tolerancia de la gente de aquí, del mismo modo que los británicos que viven en España se benefician del civismo y calidez de los españoles; el futuro de una Europa en paz pasa por la concordia de sus gentes y de sus gobiernos; Gran Bretaña es un socio comercial de España de primer orden: dos grandes empresas españolas, Santander y Telefónica, tienen una fuerte implantación en el Reino Unido; la balanza comercial de ambos países favorece notablemente a España[1]; la economía de muchas zonas del Sur y Este de España depende de los millones de turistas británicos que las visitan y de las cuantiosas exportaciones hortofrutícolas.

También creo que es importante buscar una perspectiva diferente para tratar el tema de Escocia y su posible separación del Reino Unido. El Gobierno de España no debe cerrarse en banda a la posibilidad de que Escocia permanezca en la Unión Europea, tal y como su gobierno y la mayoría de votantes demandan. Al fin y al cabo, el principio en el que esta posible salida al problema de Escocia se basa no sienta un mal precedente para España con respecto a la posible independencia de Cataluña, más bien al contrario. Lo que defiende el Gobierno escocés es que el futuro con respecto a la Unión Europea de un nuevo Estado (Escocia) no tiene por qué estar ligado al del Estado del que se separa (Reino Unido). Insistir en que Escocia debe seguir el mismo camino que el resto del Reino Unido puede precisamente volverse en contra de un gobierno español que quiera presionar a Cataluña con una posible expulsión de la UE. Con dicho principio de “integridad” en la mano, el futuro de ambas partes que se separan, España y Cataluña, sería el de la continuidad de ambas en su relación con la UE. Obviamente, el Gobierno español hace bien en negarse públicamente a hablar con la primera ministra de Escocia para no perjudicar los intereses españoles en la negociación con Gran Bretaña y respetar sus asuntos internos, pero el equipo negociador de Gran Bretaña no debe dar por sentado que España se opondría a la permanencia de Escocia en la UE. Aunque personalmente pienso que si Cataluña se independiza, debe seguir en la UE, creo que es importante que subraye la falta de recorrido del argumento esgrimido por el actual Gobierno de España en el tema escocés en el actual contexto y el potencial negociador de adoptar una postura diferente.

Finalmente, el tema de Gibraltar es también delicado. No me parecen adecuadas las propuestas de García-Margallo [2]. Se debe intentar que cualquier declaración o petición sobre el futuro de la colonia británica salga precisamente de los gibraltareños y de sus representantes. Son ellos los que tienen que dirigirse a su gobierno y a la Unión Europea para encontrar una solución en la que España, evidentemente, tendría que jugar un papel esencial como vecino. Pero no es conveniente agitar más las aguas en los medios de comunicación. La pelota está ahora en el tejado de los gibraltareños.

Cuidado con el lenguaje

Desde que se conoció el resultado del referéndum se han ido produciendo todo tipo de declaraciones por parte de gobernantes de toda Europa. El tono de las mismas ha oscilado entre el desafío y el sarcasmo por un lado y las llamadas a la tranquilidad por otro. Afortunadamente parece que ha rebajado la intensidad de las respuestas al desplante británico, pero aún queda mucho que hacer y nos esperan muchos momentos de tensión que generarán situaciones tristes e incómodas.

Por desgracia, cualquier declaración crítica con la decisión de abandonar la UE y con la actitud del Gobierno británico durante los próximos años puede ser interpretada de forma implícita por parte de la prensa de derechas, e incluso la BBC, como un ataque a la nación británica, representada por su gobierno. Existen mecanismos lingüísticos muy arraigados en cierto periodismo británico y en el lenguaje habitual a muchos niveles que permiten convertir cualquier declaración de un político, extranjero o nacional, en una declaración que proviene de su nación o pueblo. El más evidente es el uso del  “nosotros” nacional y de su correspondiente “ellos”. Estos pronombres se usan en inglés británico con muchísima fluidez para sustituir a cualquier otro sujeto. Por ejemplo, el Diputado del Parlamento Europeo González Pons dijo el otro día [3] que “no podemos consentir que el Brexit se resuelva con mejores condiciones para el Reino Unido”. Muy fácilmente, esta declaración pública, formulada también en una indefinida primera persona del plural, puede ser reportada en Gran Bretaña con el siguiente titular: “España / Los españoles nos quieren imponer condiciones más duras”. Evidentemente, tanto el gobierno como los diputados tienen perfecto derecho a demandar que Gran Bretaña reciba un tratamiento equitativo y adecuado a las circunstancias, y a anunciar que se protegerá el interés de España y de la Unión en su conjunto en las negociaciones, pero no hay necesidad alguna de hacer valoraciones de antemano sobre lo que Gran Bretaña obtendrá en estas negociaciones. Ni se sabe, ni viene al caso especular públicamente con ello porque no favorece el clima de concordia que los ciudadanos europeos residentes en Gran Bretaña, y los británicos residentes en el continente, necesitamos en nuestra vida cotidiana. Ya tenemos bastante con los ataques xenófobos, de una minoría, todo hay que decirlo, como para que vengan nuestros políticos a echar leña al fuego. Lo mismo se puede decir, por cierto, de las recientes declaraciones del ministro de Exteriores francés sobre su homólogo, Boris Johnson, a quien llama entre otras muchas cosas mentiroso. Comparto las críticas del francés a este individuo, cuyo reciente nombramiento, para mí, es una bofetada en la cara a todos aquellos a quienes ha insultado, por ejemplo a Obama o el pueblo francés en general, pero creo que los políticos deben actuar con más responsabilidad, sobre todo teniendo en cuenta que la prensa no siempre lo hará cuando transmitan y valoren sus declaraciones.

Sabemos que las negociaciones serán difíciles por la propia naturaleza de lo que conllevan: la defensa del interés nacional presente y futuro para todas y cada una de las partes en un escenario internacional plagado de incertidumbre y recelo. Los representantes del Reino Unido no esperan un camino de rosas. Pero deben ser precisamente ellos quienes descubran y comuniquen esos obstáculos a su población. Las soflamas de nuestros políticos en el resto de países de Europa sobre el futuro de Gran Bretaña no contribuyen para nada ni a mejorar la posición negociadora de esos gobiernos ni a facilitar esta delicada transición interna e internacional en la que Gran Bretaña se ha embarcado y que tanto nos afecta a todos. No se puede permitir que las personas terminemos convirtiéndonos en simples monedas de cambio. La Unión Europea saldrá reforzada si es fiel a los principios que inspiraran la creación de nuestro proyecto de cooperación e integración pacificador, ciudadano y posnacional.

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Antonio Martínez-Arboleda es profesor en el Departamento de Hispánicas de la Universidad de Leeds.

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Antonio Martínez-Arboleda

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