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DEBATE

La desfachatez intelectual. Habitando la España vacía

El incremento del uso y del atractivo del campo ha hecho aparecer un debate social creciente que va a afectar al modelo económico dominante, a cómo son nuestras urbes del presente y cómo queremos que sean en el futuro

Ramón J. Soria 15/06/2016

<p>TXEMA SALVANS</p>

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La España Vacía nos ha removido a todos. La entrevista en CTXT de Raúl Gay excitará a los que aún no se han acercado a ese territorio tan vasto de nuestro mapa geográfico o de nuestra identidad más íntima. Anticipo que el libro de Sergio del Molino es un texto germinal, su semilla ha echado raíz en nuestro corazón porque la tierra ya estaba preparada y regada, porque muchos pensábamos igual aunque no nos atrevíamos a nombrar ese espacio tan nuestro y también tan olvidado. Lo políticamente correcto era añorar la Movida alaskeña y hacer un cover de Antonio Vega. Nos podía la dejadez, la vaguería, la poca valentía para hablar de otra forma de una España rural que queremos porque es íntimamente nuestra y forma parte de nuestra memoria, tal vez la mejor parte, pero también del rabioso presente. 

Tras su lectura, agradezco a Sergio sentirme con la energía o la arrogancia suficientes como para quitarnos de encima el revoltijo aquel de Gárgoris y Habidis, una visión de España tan fantástica y psicótica como El señor de los anillos si no más. Podernos alejar del postizo posjipismo o pospijismo de lo neorrural contaminado del delirio Walden siglo XXI y el integrismo místico vegano. Romper con esa plaga consumista de considerar el agro como un campo de atracciones temático, gastronómico, paisajístico, asimilable al cañón del Colorado o el Serengueti. Liberarnos por fin de todas las patrañas urdidas por docenas de salvapatrias teóricos, literarios o económicos que durante todo el siglo XX se aprovecharon de esa España Vacía para vender sus Pascuales Duartes, sus Hurdes marcianas, sus Puertos Hurracos realities o los infumables textos de Azorín o de Ortega, para aborrecer a los inundadores de pueblos, los socialistas que se descamisaban con camisa de Armani y esta mafia terrateniente que sigue enquistada en nuestro campo y engordando sus cuentas Suizas con la PAC. 

La generación urbanícola que conocimos la España Vacía porque nuestros padres o abuelos vivieron en ella nos hemos quitado por fin las amnesias, los prejuicios, las prudencias y los miramientos para reivindicar un nosotros rural y quitarnos la caspa de la modernidad, la maldita movida, la metrópoli paraíso, el hipsterismo facha y sobre todo esa idea reaccionaria, feroz y brutal (ahora ya las pruebas son abrumadoras) de que el progreso y el crecimiento económico urbano eran muy positivos ¿para quién?  Hoy comprobamos cómo esa idea, y sus praxis, lo va aniquilando todo, no sólo los ecosistemas naturales, sino la propia memoria de las cosas y nuestra identidad de hombres y mujeres que aspiran a ser soberanos, felices e infelices, contradictorios pero también consecuentes a la hora de pensar, con mucha seriedad y prudencia, que este mundo es pequeño y no es de nadie, que este país será pronto de nuestros hijos, también luego de nuestros nietos, y no podemos soportar dejar detrás un lodazal ya reseco, un campo envenenado para siempre, un paisaje sin nombres, ni pueblos, ni historias.

Recuerdo con enorme cariño a mi profesor Josechu Mazariegos hablando con pasión de todo esto hace más de veinticinco años. En el imaginario de los españoles el territorio se divide en tres zonas: la Urbe, el Agro y el Monte. Describo. Apenas daré la pincelada de algún dato. 

La Urbe se ha considerado hasta hace pocas décadas el espacio del progreso, el confort y el desarrollo, un lugar en el que el territorio está completamente humanizado y en el que la naturaleza sólo tiene una función decorativa. El 80% de la población española vive en municipios urbanos. 

El Agro aparece como un lugar de la memoria, lo que fuimos, pero ahora es marginal y casi exótico. Económicamente es el espacio de producción de alimentos que ha transformado además la mayoría del paisaje fuera de las ciudades. Son 25 millones de hectáreas, y somos el segundo país con más superficie agrícola de la UE, sin embargo aporta menos de 3% al PIB y genera menos de 5% del empleo. 

El Monte, los bosques, los páramos, las montañas son el territorio de la naturaleza, lugares a la vez olvidados o utilizados de forma intensiva como escenarios para vivir el tiempo de ocio. Espacios que viven la contradicción de querer ser ocupados o utilizados, deseando a la vez que se mantengan intactos y prístinos. La superficie forestal española es de 26 millones de hectáreas y representa el 52% de nuestro territorio. 

Los ciudadanos quieren seguir viviendo en las urbes, su capacidad de seducción sigue siendo potente, pero su invulnerable atractivo se ha ido resquebrajando en las últimas décadas. Por desgracia se vendió una ocupación del espacio extensiva que siendo “urbe” tenía apariencia de “campo”. La aspiración de miles de urbanitas fue (y es aún) tener una mínima parcela, jardín o minihuerto  en un “adosado”. El agro se ha abandonado o industrializado. Sobre todo es tratado como un espacio económico a explotar y menos como el territorio para vivir que era antaño. Sin embargo, aun de forma minoritaria, hay grupos de ciudadanos que huyen de la urbe y proponen formas de vida distinta en el agro, y no sólo son neorrurales. Por último, el monte, olvidado por casi todos hasta hace pocas décadas, la mitad de España, el espacio “improductivo” y salvaje, devino en espacio a productivizar, explotar y utilizar sin destruirlo. A la vez salvado y condenado, explotado y protegido, el monte es el nuevo territorio a colonizar por los urbanitas del siglo XXI. 

A comienzos de este milenio estos tres espacios imaginarios están ahora muy presentes en las mentes y el tiempo cotidiano de los españoles. Se trata de un territorio con tres ángulos en el que los ciudadanos deambulan de uno a otro intentando aprehender lo más atractivo, aprovechable y valioso de cada cual. La mayoría de la población europea se concentra en las ciudades, los agros de Europa son los territorios más civilizados y transformados del mundo y el monte o el campo salvaje intenta ser protegido y cuidado con más o menos éxito tanto por su valor ecológico como su valor paisajístico, educativo, de ocio o de preservación de la diversidad biológica. Pero las fronteras de los tres territorios están cada vez menos delimitadas y el agro y el monte son cada vez más atractivos para unos ciudadanos que comienzan a entender que la ciudad puede llegar a ser un espacio social difícil, poco saludable y muchas veces atroz. El campo ha perdido todas las complicaciones, dificultades y gran parte de su dureza como territorio para vivir y se ha convertido en un sueño deseable. Sin embargo, no se espera un retorno masivo al campo ni una huida a gran escala de la población que vive en las urbes sino una intensificación del uso regular de ambos espacios ¿pero cómo? 

Es muy interesante analizar cómo ha cambiado el uso que los urbanitas dan al campo. Ya no es sólo un escenario para el reposo y las vacaciones o el territorio en el que practicar exclusivamente una sola y peculiar actividad deportiva sino un lugar para estar y ser, para hacer y sentir. Por fin el campo nos importa. El campo es necesario”. “El campo es nuestro nuevo sueño”, así que la sociedad de consumo, el mercado, ha multiplicado la oferta de productos y servicios que tienen la etiqueta de campo”, “natural”, “silvestre”: turismo, alimentación, terapias, deportes, canales de televisión, libros, textiles, decoración, estanterías del supermercado… no hay ahora mismo un sector de productos o servicios, desde un perfume a un seguro de vida, de un teléfono móvil a una vajilla, de unos zapatos a un rimero de folios, que no tenga su variedad, modelo o tipo connotado de atributos y valores que tienen que ver con la naturaleza y el campo. Sin embargo, este redescubrimiento tiene sus peligros: adaptación del campo a un formato de parque de atracciones temático, saturación o invasión de unos espacios naturales que rompen o transforman la vida salvaje, urbanización intrusiva y transformación de los usos agrícolas y ganaderos tradicionales, en definitiva, recreación de un campo idealizado y falso. No queremos la real España Vacía sino otra, más parecida al campo centroeuropeo que al nuestro. 

Como siempre, han comenzado siendo algunas minorías activas, desde los conservacionistas e investigadores a los agricultores inquietos o los ganaderos de ganadería extensiva, los neorrurales o los pioneros del agroturismo, los que han lanzado hacia los foros de discusión social que el campo, sea agro o monte, ni puede ser explotado como una fábrica industrial ni puede ser aislado en burbujas proteccionistas impermeables a los ciudadanos. El incremento del uso y del atractivo del campo ha hecho aparecer un debate social creciente que va a afectar al modelo económico dominante, a cómo son nuestras urbes del presente y cómo queremos que sean en el futuro: la limitación de la obsolescencia programada, el reciclaje y la reutilización de los bienes de consumo, el uso racional del agua dulce, la alimentación y la producción de alimentos, los transportes, los nuevos sistemas de construcción, las energías renovables y un larguísimo etcétera de temas relevantes que ya no son sólo urbanos, ni agrarios, ni de naturaleza. Desde la UE comienza a haber leyes, directivas y debates que van más allá de regular tal o cual cuestión agraria o ecológica. En un mundo globalizado y con el cambio climático transformando de forma inquietante los ciclos naturales veremos en los próximos años cómo se ponen en valor económico los árboles como productores de oxígeno, los ríos como bancos de agua dulce potable y limpia, la agricultura ecológica a gran escala como única opción para lograr una alimentación de calidad diferenciada y, en definitiva, el campo, su filosofía y estilo de vida, sus peculiares relaciones sociales, sus formas milenarias de interacción hombre-naturaleza como una aspiración real y posible para muchos urbanitas infelices. En la España Vacía está gran parte de nuestro futuro. 

Asombra que en todo esto los intelectuales españoles estaban y siguen “a por uvas”, lástima que fuera en el sentido retórico, les excitaba más todo el tema de los videojuegos y el mal, las guerras santas o neocarlistas, las masturbaciones mutuas vía redes sociales, la chulería inaudita de Podemos atusando barbas remojadas, los nuevos misticismos o los ejercicios de yoga que practicaba con fruición hasta el mismo Rodrigo Rato o las pajas mentales que desde los think tanks y las fundaciones donde estaban pluriempleados, ciscaban o perfumaban a la opinión pública aún acojonada o anonadada tras el enorme desastre corrupto de la burbuja inmobiliaria. Asombra que en todo este olvido, expolio y envenenamiento simbólico, mediático y real de la España Vacía su preocupación fuera tener una segunda residencia en algún paraje remoto donde escribir sus pajas, una casa en el campo a ser posible lejos de los vecinos y con el paisaje blindado ante cualquier pesadilla urbanística de las ya conocidas. El campo se había convertido para ellos en un lugar secreto de privilegio y vida sana donde escribir sobre la refundación del capitalismo o la Europa de Merkel o lo mal que lleva la corbata Pablo Iglesias y fumarse un porrito o tomarse un Prozac a la salud de Schopenhauer con el “jazz clásico” del Spotify de hilo musical. Pero no todos. Yo me encontré con raros y extintos como Ramón Fernández Durán y Josechu Mazariegos que ya en los ochenta se tomaron en serio el olvido o expolio de la España Vacía y sus consecuencias. Pero también con tipos inclasificables como Ignacio Amestoy que trató con más cercanía y sensibilidad la España de los Botejara que todos los ministros y consejeros inauguradores de ferias del campo, autovías radiales, aeropuertos sin aviones o pantanos en el siglo XXI.

No tengo nada contra Sánchez Dragó a pesar de nombrar al principio a su “señor de los anillos”. Supo vender su engendro a miles de españolitos perdidos, ya sin dioses, caudillos, Maos o higueras a las que subirse, que necesitaban creer que fueron o eran descendientes de una pintoresca estirpe de hijosdalgo, mitos y faunos desde el triste sofá de eskay del barrio dormitorio donde ahora vivían. Además su imperecedera defensa de Antonio Machado merece una estatua, por lo menos ecuestre. Pero sí me avergüenzan todos sus herederos que siguieron con la tonta matraca del Gárgoris y los Zugarramundis, el postureo del loto y el viaje hacia ninguna parte en clase business para luego contarlo en una universidad de verano y decir de propina que España no tenía remedio o que el “remedio” era dejar de plantar lechugas y plantar sombrillas y chiringos de playa, casinos de Adelson y urbanizaciones poceras. Y aún peor son los mecánicos de España, que lo mismo saben arreglar un pinchazo de una rueda sin cámara que un carburador de tres cuerpos hablando de que España iba bien”, “Zapatero malo”, “Iglesias Venezuela”, “neoliberalismo chachi”. No hace falta rebuscarlos mucho, los hay de saña ultramontana exmarxista y de refinado estupendismo mundano en todas las tertulias radiofónicas y prensas del régimen, pero en lugar de orientarlos hacia alguna terapia en “Polemistas Anónimos” a ver si se desintoxican, siguen y siguen y siguen discutiendo en un “panfleto contra el todo”, embriagados en su desfachatez intelectual de tanto beber ego con tonic. Alguno ya ha opinado y glosado, espero que leído también, La España Vacía y se nota que el texto les ha pillado con el pie muy cambiado y balbuceando citas de Thoreau, no sabemos si por haber leído a Azorín en la cándida adolescencia, por tener Las Hurdes, tierra sin pan en CD y edición limitada, porque aborrecían los garbanzos de su abuela o porque cuando van ellos al campo se les suben todas las garrapatas y es un asco. Ninguno de estos se han preocupado de la España Vacía. 

Así que olvidemos sus mantras, homilías y desfachateces, seamos optimistas. Superado el sarampión o el tsunami inmobiliario de “las verdes praderas” y superada la ignorancia o el desprecio a lo que era el agro miserable de siglos pasados, más cultos por fin hacia lo que significa tener casi a la puerta de casa una naturaleza salvaje que no existe en Europa pero también nuestra España Vacía y rural, desencantados del desarrollismo y el capitalismo zombi que aún se empeña en defender el PP, las puertas del campo parece que vuelven a estar abiertas gracias en parte a Sergio. Lo bueno es que esa España Vacía está ahí al lado ¿A qué esperas para entrar? ¿A qué aguardas para volver? Y ya puestos, pregunto, ¿qué fue de los Botejara?

La España Vacía nos ha removido a todos. La entrevista en CTXT de Raúl Gay excitará a los que aún no se han acercado a ese territorio tan vasto de nuestro...

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Autor >

Ramón J. Soria

Sociólogo y antropólogo experto en alimentación; sobre todo, curioso, nómada y escritor de novelas. Busquen “los dientes del corazón” y muerdan.

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2 comentario(s)

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  1. Alvaro_M

    Muy buen artículo. Enhorabuena al autor. Sólo una frase me preocupó: lo de "la agricultura ecológica a gran escala"...¿Oximorón intencionado? Y aunque la tesis de "recuperar el Agro -y un poco el Monte-" suene bien, miedo me da. Me gusta bastante el Agro y mucho el Monte. Y creo que uno de los motivos por los que me gustan es porque están abandonados. Y con ello, preservados.

    Hace 5 años 5 meses

  2. Enrique

    Interesante, aunque hay un abuso de tópicos culturales. De la ciudad: sus centros se están convirtiendo, con el apoyo de los consistorios y de muchos vecinos, en parques temáticos del botellón, la terraza ruidosa y el turismo de borrachera. El silencio del campo vacío parece una bendición al lado de eso.

    Hace 5 años 5 meses

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