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Memoria de los años de plomo

La Ertzaintza, víctima olvidada de ETA

Un informe del Gobierno vasco recoge el hostigamiento padecido por el colectivo policial y sus familiares. 48 agentes estaban en la diana entre 1990 y 2011 y 11 fueron asesinados

Isabel Camacho 1/06/2016

<p>Imagen de archivo de un grupo de ertzainas.</p>

Imagen de archivo de un grupo de ertzainas.

WIKIPEDIA

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“Al principio aparecieron pintadas. Lo típico “cipayo, hijo de puta, txakurra (perro)…  en las paredes de alrededor de donde vivía, no le di demasiada importancia. Luego, me quemaron el coche. Me acuerdo porque mi padre murió en abril, yo heredé su coche y el 1 de mayo me lo quemaron. Vinieron los bomberos, lo apagaron y ahí se quedó. Nadie vino a solidarizarse conmigo. Ni una palabra. A mí me sentó como un tiro porque era el coche de mi padre, que había muerto hacia un mes”.

“Es que no podías ni ir por la calle. Me acuerdo de un día que llovía a cántaros. Yo iba con el paraguas, tapada hasta por aquí, y con el chal puesto y en el bar, uno que hay cerca de casa que es todo de borrokas, pues yo pasé, y salieron por una puerta “cipayo, te vamos a matar”. Y decías “jo, es que no puedo tampoco contar eso, no puedo salir a la calle…”. 

“Tengo dos hijos y empiezan a estudiar en la ikastola, sin ningún problema, hasta los doce años: que si tu padre dónde está, que si tu padre es tal (…) Y pasan al instituto. Entonces empiezan a tener problemas. “Ten cuidado con tu padre, a ver si a tu padre le van a pegar un tiro en la cabeza”, “que mire bajo el coche todos los días no vaya a ser que le pongan una bomba”. Esas cosas. Cada vez que hay un atentado y eran chavales de 13, 14, 15 y 16 años”, se repetía la negra historia.

Estas palabras forman parte del relato de 15 ertzainas que sufrieron la violencia y el hostigamiento de ETA y su entorno y la mirada perdida de parte de la sociedad vasca entre 1990 y 2011. Un terror que traspasó los uniformes para alargar sus tentáculos hasta los hijos, parejas, padres y familiares de los policías y cambiarles la vida, cuando no acabar con ellas. A lo largo de su violenta historia, ETA atentó directamente contra la Policía Autónoma Vasca en 27 ocasiones. El resultado: 15 agentes asesinados, de los que 11 lo fueron en las década citadas. 48 estaban en la diana de ETA. En los archivos de la policía autónoma se contabilizan 1.335 acciones de violencia callejera, la temida kale borroka, contra la Ertzaintza y sus familiares.

Toda esta crónica del terror se acaba de presentar en Bilbao. Bajo el epígrafe ‘Informe sobre la injusticia padecida por el colectivo de ertzainas y sus familiares a consecuencia de la amenaza de ETA (1990-2011)’. Es un encargo de la Secretaria General para la Paz y la Convivencia del Gobierno vasco al Instituto de Derechos humanos Pedro Arrupe de la Universidad de Deusto.

El estudio es un eslabón más de la cadena fijada por Naciones Unidas en materia de reparación de víctimas que responde a principios de verdad, justicia y reparación. Todo servía para infundir miedo: pintadas, miradas, insultos… que alcanzaban hasta a los propios hijos de los policías. Siempre el terror, angustia y también la falta de comprensión o de medidas oficiales de protección empujaron a algunos a abandonar sus hogares sin mirar atrás. Allí quedaban sus parejas, amigos de siempre, los bares del barrio, el empleo...

El territorio hostil se fue convirtiendo en un polvorín y en algunos casos generó hasta problemas de salud y jubilaciones anticipadas. Otros lo dejaron todo para convertirse en hombres y mujeres invisibles, de esos que caminan por las esquinas para no levantar sospechas. A fin de cuentas, eran vascos y no podían ser trasladados fuera de la comunidad autónoma, como podía ocurrir con guardias civiles y policías nacionales.

Una de las personas entrevistadas relata la experiencia de cómo toda la familia tuvo que abandonar el hogar de manera clandestina para huir de la amenaza que vertía sobre el padre, ertzaina.

“Y un día por la mañana dijo vámonos de casa ya. (…) Y esa tarde fuimos él, mi ama, una mujer del Gobierno vasco y yo a mirar un piso para irnos. Nos dijo ella “no podéis pensar mucho, vamos a ver tres, de los tres uno, porque hoy no vais a volver a casa. Nosotros ¿cómo que no vamos a volver a casa, qué, nos quedamos con lo puesto?” 

“Id bajando las cosas poco a poco, que nadie se dé cuenta de que no estéis”. Pero, claro, nosotros queríamos ir a casa. A mi aita se lo llevaron a un hotel. Otra semana. Hasta que nosotras fuimos bajando poco a poco las bolsas para que nadie se diera cuenta de que nos íbamos. Y teníamos que bajar tres bolsas de noche; otro día, otras tres, y así. Encima había unas personas… una señora vecina que era… estaba fichada porque había estado en la cárcel (…) A mi madre, si iba a Eroski, en el momento en que se encontraba con ella la llamaba hija de puta, la llamaba de todo, mi madre dejaba la bolsa y se tenía que largar. Mi madre estaba colgando la ropa y ella pasaba debajo de casa y le llamaba cipayos, hay que matarlos. Bueno, de todo”.

Por eso, muchos policías y sus familias se transformaron en invisibles. Del tipo de personas que caminan con la mirada baja, pegados a las esquinas.

“Mi estrategia fue convertirme en un hombre gris. Un hombre que no existía (…) No decir absolutamente nada a nadie, a ni adónde vas, ni de dónde vienes… A cambiar de coche, de placas, de número de teléfono constantemente. Y luego lo que yo llamo una residencia refugio que tuve la posibilidad de conseguir”.

Esa invisibilidad solo se rompió en una ocasión en Euskadi y revolvió las conciencias de la ciudadanía vasca, aunque fuera por un rato. Ocurrió en uno de los días más aciagos de la historia de la infamia de ETA: el 12 de julio de 1997, el día que se cumplió el asesinato anunciado de Miguel Ángel Blanco. La indignación llevó a miles de vascos a manifestarse ante las sedes de Herri Batasuna. Y, en ese escenario de tensión, un puñado de agentes de servicio decidió desprenderse de los verduguillos protectores y descubrir su rostro. Eran uno más de entre ellos, de “los buenos”, dijeron entonces. Pero fue un hecho pasajero, no estaban los tiempos como para ir a rostro descubierto.

Este informe es la segunda parte del presentado a principios de abril sobre los amenazados por ETA durante el mismo periodo. En ese caso, se destacaba que 1.619 personas tuvieron que ser protegidas por escoltas con cargo a los presupuestos generales de la comunidad vasca.  De ellos, 554 fueron mujeres y 1.065, hombres. En cuanto a la estimación del número de personas que tuvieron que ser protegidas con operativo de escolta durante el tiempo de estudio, llegó a 3.300.

Muchos de estos amenazados por ETA tuvieron que caminar a diario con la sombra del escolta durante 20 años. Otros, 10 y algunos entre 1 y 5 años. Esta es la historia de uno de esos escoltados. 

“Una llamada telefónica me sobresaltó. La noche anterior habían llenado las paredes de la Parte Vieja de dianas con mi nombre en medio. El concejal me dijo que me tranquilizara, que habían conseguido borrarlas todas. Estaba preocupado sobre todo porque mi hijo tocaba en la tamborrada  y podía verlas. Mi hijo vio la pintada. Y yo que estaba siguiendo con mi mujer y mi hija la tamborrada, también. Fue, sin duda, el momento más duro de los 10 años, dos meses y dos días en los que viví con protección oficial”.

Estos informes están vinculados al compromiso con el derecho a la verdad. En su frontispicio se lee: memoria y verdad; justicia y reparación y comprensión y reconocimiento social. Todo un reconocimiento que forma parte de la construcción de la memoria del País Vasco.

“Al principio aparecieron pintadas. Lo típico “cipayo, hijo de puta, txakurra (perro)…  en las paredes de alrededor de donde vivía, no le di demasiada importancia. Luego, me quemaron el coche. Me acuerdo porque mi padre murió en abril, yo heredé su coche y el 1 de mayo me lo quemaron....

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Isabel Camacho

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