1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Análisis

Bienvenidos a idiocracia

¿Puede Trump ganar las elecciones? Es difícil, pero no imposible. El magnate y Hillary Clinton son los dos candidatos más detestados de la historia electoral de EE.UU.

Diego E. Barros Chicago , 25/05/2016

<p>Hillary Clinton</p>

Hillary Clinton

Luis Grañena

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Nadie supo verlo. Mienten los que hoy dicen yo ya lo avisé, como bellacos. Un reputado articulista de The Washington Post ha tenido incluso que comerse (literalmente) su propia columna. Y nadie supo verlo porque en realidad nadie quería verlo. Porque todos, y aquí me incluyo, nos lo tomamos a broma. Un chiste malo, pero un chiste al fin y al cabo. Al menos la campaña será divertida. Donald Trump, The Donald, el showman deslenguado y bravucón había amagado antes pero ahora se había decidido a dar el salto. Uno más a unir a esa cuerda de 16 chiflados (con las excepciones quizás de Jeb Bush y John Kasich) que se citaron al principio de la carrera para convertir el proceso de primarias del Partido Republicano en el mayor espectáculo político de los últimos años.

Para presenciar los primeros debates, lo mejor que podía hacer un espectador era pertrecharse de palomitas, abrir una cerveza y recostarse en el sofá. Y sonreír, a veces carcajearse. Porque siempre había uno que soltaba una estupidez más grande que la del anterior. Y en la mayoría de las ocasiones, ese era Trump. Que si el muro en la frontera de México, país que solo enviaba violadores y narcotraficantes, que si China “nos viola” (por si no fuera poco con los indocumentados procedentes del sur de Río Grande) o que si EE.UU. (sí, Estados Unidos, el todavía imperio que nos gobierna de una manera u otra) estaba al borde del apocalipsis o que si hay que prohibir la entrada de musulmanes y confinar a los que ya están aquí en campos. Y así un largo etcétera. Y todos nos reíamos con la tranquilidad de saber que esto tenía que acabarse en algún momento y que, mal que bien, el Partido Republicano volvería a ser el de siempre y escogería a un burócrata neoliberal cuyo amor por el libre mercado solo era comparable al que profesaba a Dios-creador, su perfecta mujer y sus perfectos hijos en su perfecta casa de ladrillo rojo colonial con valla pintada de blanco.

Pero no. Uno a uno todos fueron cayendo.

Trump, como el dinosaurio de Monterroso, seguía ahí, en el centro de la imagen, aupado por las encuestas, a su vez, sostenidas por las mismas pantallas en las que el showman se mueve como pez en el agua.

Nadie quiso verlo porque en realidad nadie quería dar por válidas dos tesis demoledoras: primero, el Partido Republicano se había alejado definitivamente de sus bases; y dos, estas han forzado han forzado la colonización de los idiotas.   

Si toda historia tiene un principio el de esta hay que buscarlo el 4 de noviembre de 2008. Aquel día Barack Obama venció a John McCain (que en otro momento habría sido presidente con los ojos cerrados) con 365 votos electorales frente a los 173 del republicano. Una paliza. Obama había hecho historia al convertirse en el primer afroamericano en ser elegido presidente de los Estados Unidos. Muchos pensaron(mos) que, por fin, EE.UU. había dejado atrás su pecado original.

Frente a cientos de sus conciudadanos en el parque Grant Park de Chicago Obama proclamó: “El cambio ha llegado a los Estados Unidos.”

Realmente no, como movimientos como el Black Lives Matters nos recuerdan a diario. Pero aquella era una noche preciosa y el mundo amanecería al día siguiente convertido en un lugar mejor.   

El hecho de que después de lo mucho que se ha andado (el país es un lugar mejor, solo busquen una balanza: derechos civiles para homosexuales y transexuales, reforma sanitaria, apertura hacia Cuba, deshielo con Irán y niveles macroeconómicos…) estos ocho años tengamos a Trump como posible sustituto de Obama hace pensar que el cambio producido no ha sido apreciado por muchos. Quizás demasiados y no precisamente en los términos adecuados.

Nada más cruzar las puertas de la Casa Blanca el único saludo que recibió desde el otro lado fue un sonoro y gran “No”. Desde el principio los cargos del Partido Republicano enseñaron qué iba a guiar su estrategia para con el nuevo inquilino durante los próximos años: No a todo lo que emanase de la Casa Blanca. Y mientras, Obama hablaba de “bipartidismo”, de “subsanar heridas históricas” y de “nación unida” que, al menos, le granjearon un premio de consolación envenenado. El Nobel de la Paz. De aquellos polvos estos lodos. Pero qué quieren, Obama es lo más cerca que estaremos nunca de meter en la Casa Blanca a un Jed Bartlet que, para colmo, también tenía un Nobel aunque fuera de Economía.

A Obama sus 'haters' no lo odian por “socialista” (¡ja!), ni siquiera por liberal en el sentido americano. Lo odiaron (lo odian) porque es negro

Ahí estaba Obama, más apreciado fuera que dentro de su propio país. Nadie lo decía, claro, pero el afroamericano llegó con otra cosa bajo el brazo: haters. Odiadores profesionales antes de que incluso comenzáramos a saber de esta especie que tiene su hábitat natural en las redes sociales. Los haters de Obama comenzaron a salir de debajo de las piedras, bastaba con que el presidente respirase,  y encontraron su ecosistema natural en la radio: comentaristas como Rush Limbaugh, Glenn Beck, Michael Savage, Sean Hannity o Mark Levin lanzaban a diario diatribas desde sus micrófonos.

A Obama no lo odian por “socialista” (¡ja!), ni siquiera por liberal en el sentido americano. A Obama lo odiaron (lo odian) simple y llanamente porque es negro. N-E-G-R-O, Nigger, la temible N-word considerada ofensiva hasta en boca del propio presidente. El colmo de los colmos. Y esta es también una de las razones por las que muchos adoran a Trump: dice lo que quiere más allá de la DICTADURA-DE-LO-POLÍTICAMENTE-CORRECTO aunque lo dicho emane puro racismo.

Este grupo de comentaristas combinó el odio visceral al presidente con un inmediato apoyo a Trump (a excepción de Beck que apoyó a Cruz, pero Beck está como una regadera) tan pronto como este se lanzó a la piscina. La razón era simple: el magnate decía desde el campo “político” lo que ellos llevaban años pregonando desde las ondas.   

Al mismo tiempo, al Partido Republicano le crecía un primer sapo, el Tea Party. Fue a principios de 2009 cuando el heterogéneo movimiento (ultraconservadores, libertarios, nacionalistas, ultra liberales económicos…) tomó forma. Aunque venía de los últimos meses de la Administración Bush y sus decisiones intervencionistas para evitar que el crack del año anterior se llevara a todo el sistema por delante, fueron las decisiones continuistas (y proteccionistas, puro keynesianismo) de Obama las que provocaron el psicodélico lema de “I WANT MY COUNTRY BACK!” (Quiero que me devuelvan mi país).

Nadie sabe quién había robado el país al Tea Party. En realidad sí: el negro. Y por extensión, todas las minorías. Pregúntenle a Laura Ingraham o a Ann Coulter, otras estrellas del pensamiento ultramontano. Un ejemplo: para Coulter el fútbol que se juega con el pie es síntoma de la “decadencia moral” de EE.UU., mientras que el aumento de la población hispana, el responsable de que este pueda acabar convertido en un “agujero infernal”.  

Fue, decía, Donald Trump el encargado de ponerle el cascabel al gato, al menos a gran escala. Detectó que en las bases del PR había nacido un nacionalismo que no se reconocía en su establishment (estas han sido las primarias con más candidatos del aparato del partido). Agitó primero el fantasma nativista; Obama (el negro), en realidad no era “uno de los nuestros”. El hijo de un keniata y una blanca criado por sus abuelos (blancos) en Hawái, previo paso por el mayor país musulmán del Sudeste asiático y que además se llamaba Barack Husein; Husein que suena además a terrorista y bla, bla, bla. Tanto gritó que la Casa Blanca tuvo que ceder y enseñar el certificado de nacimiento del presidente. La locura.

Que según la enésima encuesta de opinión para NBC, los votantes del Partido Republicano confíen más en el histriónico hombre naranja que en su cargo electo más importante, Paul Ryan, tiene unos claros responsables y están en casa.

Desde el advenimiento del Tea Party, el Partido Republicano ha dado rienda suelta a las estupideces

Desde el advenimiento del Tea Party, el partido ha dado rienda suelta a las estupideces. De otra manera no se explica que ya en 2008 colocara como compañera de McCain a Sarah Palin, conocida por divisar Rusia desde su casa de Alaska. A partir de ahí ya puede esperarse cualquier cosa.

No es la primera vez que han tenido candidatos chiste. Ahí están Herman Cain o Michele Buchanann quienes, al principio, también encandilaron a los votantes hasta que el escrutinio público dejó a la luz no solo sus vergüenzas sino su ineptitud. Fue el caso de Palin, tan cualificada para el puesto de vicepresidente como un palo de madera. Todo el mundo lo sabía, incluido ella, por lo que en 2012 ni se molestó en hacer campaña. Es cierto que tras un momento de esplendor donde el Tea Party consiguió colocar a muchos de sus hombres en el Congreso (2010), con el paso de los años, su influencia se fue diluyendo y en las presidenciales de 2012, el ticket volvió a ser de lo más clásico: Mitt Romney (dejemos a un lado su condición de mormón) y el propio Paul Ryan. Pero el aroma ultramontano nunca se fue del todo.

Trump movía sus cartas a sabiendas de que el caldo de cultivo, un gran enfado transversal iba en aumento. El escenario perfecto para el advenimiento de los salvapatrias: Make America great again. La nostalgia de un pasado glorioso que en la mayoría de los casos no lo fue tanto.

Ante la flagrante omisión de responsabilidades los republicanos se van a tener que comer a Trump y cruzar los dedos para que el ridículo no sea aún mayor. Pese a los amagos con no respaldarlo, el aparato acabará pasando por caja. Llegados a este punto, no hacerlo sería suicida. La primera muestra ya se ha producido y, tras reunirse con el magnate la pasada semana, Ryan lo ha dicho alto y claro: “Es crítico que los Republicanos nos unamos alrededor de nuestros principios comunes, avancemos en una agenda conservadora y hagamos todo lo necesario para ganar este otoño”. Pese a que Ryan sigue haciéndose de rogar, nadie duda de que acabará apoyando a Trump. De hecho, pese al ruido, pocos miembros del Partido Republicano han dicho abiertamente que no apoyarán al millonario.

En el fondo hay mucho en juego, no solo la presidencia sino la posibilidad de apuntalar una nueva mayoría conservadora en el Tribunal Supremo puesto que todavía hay que llenar la silla del fallecido Antonin Scalia.

Hay mucho en juego, no solo la presidencia sino la posibilidad de apuntalar una nueva mayoría conservadora en el Tribunal Supremo

Trump ya ha comenzado su viaje al centro, pretende parecer presidencial y hasta ha presentado una lista con sus precandidatos para la nominación del Supremo. Hasta se ha reunido con Henry Kissinger, el oscuro arquitecto de la política exterior estadounidense desde mediados del siglo pasado. Una figura consultada a partes iguales por republicanos y demócratas y cuya bendición busca ahora quien es un analfabeto funcional en política exterior más allá del “America first” de aroma tan fascistoide.  

Pero como bien decía Don Manuel, la política crea extraños compañeros de cama.

Hay también una culpabilidad repartida en diversos niveles. Están los medios de comunicación y los propios demócratas.

Como el resto de las personas con dos dedos de frente, los demócratas nunca se tomaron en serio a Trump. El propio vicepresidente Joe Biden llegó a decir que su candidatura sería “una bendición” para las aspiraciones demócratas. Nada más lejos de la realidad, y como no se cansan de advertir las encuestas, en un hipotético enfrentamiento con Clinton, las cosas están justitas. Incluso hay sondeos que colocan al magnate por encima.     

Mientras todos prestamos atención al lío republicano, lo que los demócratas se traen entre manos no es menor. El enfrentamiento entre los seguidores de Clinton y los de la reveladora sorpresa del senador Bernie Sanders llega ya a las manos, como ocurrió en Nevada. Sanders carece de posibilidades de hacerse con la nominación, no por méritos, sino por números. Tiene menos delegados, menos superdelegados y menos votos que su rival pero, a diferencia de ella, su discurso socialista clásico ha conquistado a los jóvenes y a trabajadores de las clases más humildes, los más ligados a los sindicatos.

En cierta forma ha pasado algo semejante con Trump pero alto ahí, paren los carros. Tengan clara una cosa: los parecidos entre Sanders y Trump son semejantes a los de un huevo y una castaña.

Si Sanders sigue en la carrera es por dos razones. La primera es porque tiene dinero. La segunda es porque se ha comprometido a ello ante sus votantes y porque sabe que su trabajo ya está hecho: ha escorado a Hillary y a buena parte de los demócratas hacia la izquierda. Si no hubiera sido por el senador por Vermont, Clinton no se metería en el charco de los préstamos universitarios ni en el de la subida del salario mínimo. No le ha quedado más remedio. Por eso la expectación está en saber quién completará el ticket.

Como no se cansan de advertir las encuestas, en un hipotético enfrentamiento entre Clinton y Trump, las cosas están justitas

No menos importante ha sido el papel de los medios de comunicación. Trump es simple y llanamente una bendición para la prensa. Imaginen a Esperanza Aguirre en sus mejores tiempos y multiplíquenlo por mil. Cada vez que el millonario abre la boca es un titular que se traduce en cientos de miles de televidentes y millones de clics, el Santo Grial del periodismo actual, cantidad sobre calidad. Sus estrategas de campaña lo saben. El candidato lo sabe.

Trump es un trilero (con man), como lo definió Marco Rubio. Su negocio es el mercado inmobiliario, comprar barato y vender caro. Cada vez que lanza un exabrupto, para bien o para mal es promoción gratuita. A Trump esta campaña no le ha salido gratis, por supuesto, pero sin la permanente atención de los medios dando cabida a sus anuncios, meteduras de pata, gritos, excusas, contradicciones, etc. le habría sido imposible pagar semejante número de minutos en televisión.

Pese a que los medios han puesto en evidencia sus enormes carencias, sus contradicciones o su completa incapacidad para desempeñar el puesto de presidente de EE.UU., han dedicado mucho más tiempo a hacer de altavoces, sin importar cuál fuera el mensaje. Por la sencilla razón de que Trump asegura una buena porción de share. Es la encarnación de la atracción fatal, Glenn Close hecho hombre naranja.

Esto ha sido así en todas las grandes cadenas de noticias pero especialmente en Fox News, escenario de sus primeros enfrentamientos y, últimamente, de todas las justificaciones y defensa a ultranza del magnate. El televidente sabe que ante un micrófono, Trump no defraudará. Quizá el mayor peligro para Trump esté en que, conseguida la nominación, se vuelva “convencional”.

Hasta la propia Megyn Kelly, presentadora estrella del canal conservador, ha acabado por participar del circo. El martes entrevistó al magnate y no en la cadena de cable, sino en el canal de Fox en abierto. Entrevistar es un decir, he visto masajes más ásperos que el encuentro entre los otrora archienemigos. Todo sea por la audiencia. Quid pro quo, todos ganan. Todo sea por la presidencia.

Hemos hablado de partidos y medios y obviado una circunstancia clave, algo que es general a casi todos los países desarrollados. Trump ha llegado donde está porque ha sido el más votado. Y lo repite constantemente. Es cierto que ha arrasado en la gran mayoría de los Estados despertando una movilización de seguidores sin precedentes. Es también cierto que es ya imposible definir su masa de votantes convertida en transversal. Poco ha importado que en el proceso haya roto todas las reglas del juego electoral, se haya ganado enemigos en todos los rincones a la vez que cosechaba índices de impopularidad históricos (ahí ahí con Clinton).

Trump ha conseguido que no sea una vergüenza escupir racismo, superioridad blanca u odio hacia homosexuales y transexuales

He aquí lo único que Sanders y Trump comparten, aunque desde extremos totalmente opuestos: ambos son la respuesta a las plegarias de un cada vez mayor número de personas cansadas de cómo funcionan las cosas. Se ha hablado de una “revolución Sanders” y si esta existe también hay una “revolución Trump”.

Ahora que estos días recuerdan en España el 15M deben tener clara una cosa: en cierta forma, Trump es el 15M de EE.UU. Me explico.

Tras las grandes movilizaciones de los años sesenta a favor de los Derechos Civiles y con la guerra de Vietnam como telón de fondo, EE.UU. (su sistema) cortó de raíz toda posibilidad de contestación social a futuro. El cortocircuito, como siempre en la historia de este país, fue de repente y acabó teñido de sangre. Tuvo lugar el 4 de mayo de 1970 en el campus de la Universidad de Kent en Ohio, donde en el transcurso de una protesta universitaria contra la guerra de Vietnam, la Guardia Nacional abrió fuego contra los estudiantes. Asesinaron a cuatro de ellos y en el imaginario americano, aquel se conoce como “El día en que murieron los sesenta”.

Cierto es que ha habido protestas desde entonces pero casi siempre han tenido que ver con cuestiones raciales (los disturbios de Los Ángeles en 1992 o los de Ferguson, Musuri, el verano pasado). Olvídense del anecdótico y festivo para los cuatro hipsters neoyorquinos que fue el llamado Occupy Wall Street (2011). Desde lo sucedido en Kent, la sociedad estadounidense ve toda contestación social con desconfianza, no digamos ya una movilización callejera donde casi siempre hay más policías que manifestantes. Siempre que hay problemas, los medios automáticamente pasan de las causas y se centran en lo único que interesa mostrar: alborotadores y violencia. Pasó en Ferguson, donde lo que motivó el estallido quedó supeditado a las imágenes en bucle de las columnas de humo de establecimientos supuestamente saqueados por unas masas violentas que, para colmo, eran afroamericanas (el miedo atávico de la América blanca).

El ejemplo del nerviosismo estadounidense ante cualquier tipo de protesta se ha visto precisamente en esta campaña. En Chicago, Trump canceló su mitin y emergió como víctima. Los medios conservadores cargaron tintas contra Sanders pues muchos de sus seguidores participaron de la protesta. Aquella noche yo estaba en los alrededores del pabellón de la UIC y, sorprendido, fui testigo de cómo en las redes sociales y, más tarde, en las televisiones el titular era “Caos en Chicago”.  Una circunstancia que para nada se ajustaba a la realidad pues como mínimo era mentira y como máximo una grandísima exageración.

Si estos mismos medios asistieran a una carga en España o Francia hablarían de “guerra civil”.  

Lo que ha hecho Trump ha sido canalizar la rabia de muchos. Rabia que antes se mantenía en la intimidad del hogar, la iglesia o la comunidad pero que el magnate, con su cantinela de luchar contra la “corrección política”, ha conseguido verbalizar de manera que no sea una vergüenza escupir racismo, superioridad blanca, odio hacia homosexuales y transexuales (un tema sobre el que Trump, inteligente, se mantiene alejado) y todo tipo de discursos que esconden algo esencial: el empeoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora estadounidense y blanca en las últimas décadas.

Es un hecho irrefutable. Trump (y aquí coincide con Sanders) centra su discurso económico en una globalización causante de todos los males del trabajador manufacturero estadounidense y lo hace, curiosamente, desde la atalaya ultraliberal: precisamente la misma que la puso en marcha esa globalización. Un disparo al centro del establishment.

Es por eso que Trump (al igual que Sanders, repito, el paralelismo es estrictamente formal, nada que ver en contenido) haya arrasado precisamente en aquellos sitios de mayoría blanca y trabajadora, el mismo sector de la población cuyas fuentes de ingresos han sido, valga la redundancia, arrasadas por la combinación de políticas neoliberales y las ventajas de la globalización. Dense una vuelta por el llamado Rust Belt del Medio Oeste y su industria metalúrgica convertida en recuerdo. Por Detroit y aledaños con sus esqueletos del gran sector de la automoción o por las comarcas mineras, todo ello muy bien documentado en El desmoronamiento, el estupendo libro de George Packer.

Si creen que un país como España soporta bolsas de pobreza escandalosas deberían darse un paseo por ciertas zonas de EE.UU.. Desde el Chicago segregado en el que vivo, hasta condados como el de McDowell en West Virginia, con la esperanza de vida más corta del país. En el que un tercio de su población (unas 22.000 personas) vive por debajo del umbral de la pobreza y una quinta parte de los hogares ingresa menos de 10.000 dólares al año (unos 8.700 euros). En lugares como McDowell, en barrios del Sur de Chicago, ya no solo es difícil encontrar un empleo. Es prácticamente imposible cubrir necesidades básicas de un país desarrollado: un médico, un supermercado donde comprar comestibles.

La diferencia es que mientras Sanders carga tinta contra Wall Street y las políticas neoliberales que han puesto empresas por encima de las personas, Trump lo hace contra Washington (el enemigo eterno del tradicional individualismo estadounidense) y la globalización encarnada en los países emergentes y en los trabajadores inmigrantes que llegan a EE.UU. de manera ilegal para “quedarse con los trabajos de los americanos”. Lo que nunca hace es cargar contra las compañías que pagan sueldos de miseria (se metió en el tema del aumento del salario mínimo y a las pocas horas se echó atrás) o que simple y llanamente levantan el chiringuito para irse a otro país en busca de mejores beneficios. En este caso, la culpa es también del Gobierno, que las fríe a impuestos y por eso él las hará volver comenzando por Apple. Steve Jobs se ríe desde la tumba.

Sin embargo, harían mal en pensar que los que votan a Trump responden a un perfil mayoritario de hombre blanco trabajador, ultraconservador y algo racista. Porque blancos y trabajadores, amén de jóvenes, son también votantes de Sanders quien tampoco juega bien con las minorías. Un dato: los afroamericanos representan menos del 8% del censo en todos los Estados que ha ganado el de Vermont salvo en Arizona, y más del 8% en todos los que ha perdido salvo en Michigan. Sin embargo, Trump sí ha ganado Estados con alta población afroamericana (el Sur) y mayoría de blancos de clase media alta (Massachusetts).

El fallido mitin de Chicago estaba lleno de blancos de clase media procedente de los suburbios. Profesionales liberales de camisa azul y pantalones caquis que sienten que “EE.UU. ha perdido su lugar en el mundo por lo que necesitamos un nuevo liderazgo”, como me confesó uno de ellos en la barra de un bar con un aforo al cincuenta por ciento entre pro-Trump y anti-Trump. El mismo tipo que desearía un enfrentamiento entre el magnate y Sanders porque, en su opinión, “no están tan lejos (sic) y por lo menos van contra el establishment”.

También están los que se aferran al mito fundacional de un país que adora el dinero. Los que dicen, “oh, es un empresario de éxito, sabe hacer las cosas”. A decir verdad, ese es el argumento más repetido por el propio Trump: apártense y dejen a los profesionales como yo.

Dicho todo esto, ¿puede Trump ganar las elecciones? Es difícil, mucho, pero no imposible. Es cierto también que tiene problemas, y serios, entre minorías (solo lo apoya un 23% de latinos frente al 62% que se decanta por Clinton) y mujeres (solo un 21% tiene una visión favorable del magnate), argumentos a los que se agarran los entendidos para señalar que es imposible que se pueda hacer con la presidencia sin un alto porcentaje de votos (al menos un 40% de hispanos) de ambos segmentos. Aunque hay analistas como Larry Sabato que dicen que los latinos puede que no sean tan necesarios si apuntala a su base, hombres blancos y trabajadores (solo el 26% de estos ve con buenos ojos a Clinton).

Así las cosas, mal harían los demócratas con Hillary a la cabeza en confiarse pues estamos ante la elección con los dos candidatos más detestados de la historia. Una vez más, bienvenidos a la idiocracia, donde lo imprevisible es la norma.


Nota: Tomo prestado para este texto el título de la película Idiocracy (Mike Judge, 2006) por razones obvias. Disculpen los ofendidos.

Nadie supo verlo. Mienten los que hoy dicen yo ya lo avisé, como bellacos. Un reputado articulista de The Washington Post

Autor >

Diego E. Barros

Estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Vive en Chicago y es profesor universitario. Escribe donde le dejan y, en ocasiones, hasta le pagan.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

2 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. manolo

    Este artículo no tiene ni pies ni cabeza. Obama hizo todo lo contrario de lo que había prometido, llevo la guerra a todo el Medio Oriente y completó cum laude lo que le faltaba a GW Bush por hacer, los homosexuales y transexuales ya tenían derecho civiles, apoyó la expansión de la OTAN, no sacó las trops de Iraq, según algunas fuentes las incrementó, se cargó Libia, Yemen, Sudán, Wall Street sigue mejor que nunca, la supuesta sanidad universal es un regalo a las compañías aseguradoras y esto es sólo de lo que me acuerdo ahora a bola pie. Cómo se explica que después de haberse llevado las primeras elecciones de calle sea uno de los presidentes con menor aprobación de la historia de los EEUU? dónde está toda la gente que lo votó? Están todos debajo de una piedra porque hizo todo lo contrario de lo que prometió, por eso perdió la mayoría Demócrata en el congreso y el senado en las elecciones Mid-Term. El por qué la gente apoya a Trump, perdone que le diga, pero está usted más perdido que un pulpo en un garaje. Vaya decepción de artículo, me lo voy a pensar muy mucho antes de volver por aquí.

    Hace 5 años 4 meses

  2. SBMontero

    Don Diego, hablamos de un país que tuvo como presidente a George Bush Junior, vamos, no ya Trump, Charles Mason podría ganar unos caicus, eh.

    Hace 5 años 4 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí