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Estaréis todos muertos, menos yo

Si ENCE continúa en las Rías Baixas hasta 2073, ninguno de los pontevedreses que ha visto nacer la fábrica de pasta de papel estará para verla morir. Rajoy, con el Gobierno en funciones, ha prorrogado la concesión 60 años

Rodrigo Cota (Luzes) Pontevedra , 11/05/2016

<p>La papelera Ence, en las Rías Baixas.</p>

La papelera Ence, en las Rías Baixas.

Felipe Carnotto

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Alfonso Pérez Nieva fue cronista, poeta, novelista y ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes entre 1923 y 1925. Poco antes, en 1920, publicaba Por las Rías Bajas: (notas de viaje por Galicia), obra cuyo título hace innecesaria una descripción. Allí se refiere a la Isla de Tambo: "¡Lástima que la mole de la Isla de Tambo corte la visual y destruya lo que de otra suerte resultaría una bahía magnífica! Yo no sé si semejante monte aportará a la rada ventajas, abrigándola en ciertos sitios, pero a los ojos les roba la perspectiva de la costa de enfrente. ¡Y véase lo que son las cosas! La naturaleza ha hecho de ese cerro indiscreto e importuno un estorbo…".

Tres años antes de ser nombrado ministro de Bellas Artes, a Pérez Nieva le estorbaba la Isla de Tambo. La naturaleza, creía el hombre, había cometido un error negándole ese espacio al mar. Todos estaremos de acuerdo, sin mayor problema, en que la opinión de Gómez Nieva es una colosal estupidez. La isla se sitúa a tiro de piedra de Pontevedra, de Poio y de Marín. Y ahí, en el lugar de Praceres (Placeres), justo en el centro de los tres municipios, se construyó la factoría de Celulosas, hoy ENCE, dedicada a la producción de pasta de papel. Y no se hizo en la costa, lo que ya sería un crimen: se hizo en un territorio robado al mar. Si hay algún lugar donde poner tierra en el mar carece de todo sentido es en una ría gallega. La naturaleza de la que tanto se quejaba el ministro Pérez Nieva dotó a Galicia del equilibrio perfecto entre mar y tierra. Aquí, en las Rías Baixas, mar y tierra conviven y se reparten los espacios de un modo tan equitativo que sobre un plano no se sabe si es el mar el que entra en la tierra o la tierra la que entra en el mar. 

Quitar espacio al mar para poner una autovía o montar una fábrica (las dos cosas se hicieron en Lourizán) es tan absurdo como quitar de ahí la Isla de Tambo para entregársela al mar. Es el mayor error que se ha cometido en Pontevedra desde que, allá por 1397, nuestro vecino Gómez Domao salió a batallar contra Pere Niño, conde de Buelda, y el conde le dividió el cráneo en dos mitades. Hoy, incluso los más firmes defensores de la permanencia de la factoría reconocen públicamente que la localización es nefasta. La pregunta es obvia: si la localización es nefasta, ¿por qué se amplía la prórroga durante otras seis décadas? Nadie lo tiene demasiado claro. Sabemos el cómo, el cuándo, el dónde y el quién, pero el porqué hai que roelo (grito de guerra del Pontevedra Club de Fútbol).

La lista de agravios de los vecinos de los alrededores es interminable. La empresa, pública en un principio, fue construida a finales de los cincuenta e inaugurada por Franco en 1963. La concesión de los terrenos tenía vigencia hasta 2018. A finales de los 90 se privatizó el 49% y en 2001 el otro 51%. A precio de ganga, precisamente porque la fábrica de Pontevedra tenía fecha de caducidad. Los nuevos accionistas hicieron el negocio de su vida. Y los vecinos “solamente” teníamos que esperar hasta 2018 para vernos al fin libres de esa porcallada invasora, arrogante, maloliente, contaminante y antiestética. O contaminante, invasora, antiestética, maloliente y arrogante. Póngalo usted en el orden que prefiera, que tanto tiene.

En los casi 60 años que llevamos soportando ese enjendro, ENCE no le ha devuelto a Pontevedra ni un céntimo de todo lo que le ha arrebatado. El complejo industrial, que incluye a Elnosa, una fábrica de cloro, tiene un pasado a la altura del rechazo que generó. Por décadas llenó la ría de mercurio y de muchos otros productos asquerosos y ni siquiera dio las gracias. Y ahora, con otros 60 años por delante, promete inversiones que apenas alcanzan los beneficios obtenidos en 2015. Inversiones como esa que llaman “el nuevo ciclo del agua”, con el que ahorrarán en agua; y una central de biomasa, con la que ahorrarán energía. Es decir, que invertirán en reducir costes para aumentar sus beneficios. A continuación dedicarán una parte pequeña a lo que llaman “integración paisajística”. Lo de la integración paisajística es una estupidez con la que pretenden que ENCE sea hermosa, como si eso fuera posible. Es decir, que pase usted por ahí y diga: “Dios mío, qué fábrica tan primorosa! Una pena no tener una junto a mi casa! Yo ya propuse una vez el único método posible para que ENCE se integre en el paisaje: cambiar el paisaje para integrarlo en ENCE. Cubrir la ría de hormigón y llenarla de fábricas. No hay otro modo. 

Después está el olor. Se ha reducido, es verdad. Antes apestaba en kilómetros a la redonda todos los días y a menudo. Hoy la pestilencia se aprecia siempre en las proximidades de la fábrica y en Pontevedra según lo decida el viento.  No hay otra ciudad en el mundo donde cada uno de los vecinos sean capaces de saber adónde va el viento sin salir de casa. Uno está tranquilamente siguiendo un debate de 13TV, sin meterse con nadie, y sabe si el viento viene hacia aquí o hacia Marín.  "Que se jodan los de Marín", pensamos los pontevedreses cuando el humo va hacia allí, que es exactamente lo mismo que piensan de nosotros los de Marín cuando el viento los utiliza como diana. 

En Salcedo, en un lugar que limita con la parroquia de Lourizán, encontró el Padre Sarmiento el primer miliario de los varios que aparecieron en Pontevedra, a escasos metros del actual complejo de ENCE. Por allí se encontraron los vestigios de los que fue un enclave romano, probablemente una villa. Ahí se encuentra buena parte de los orígenes de la ciudad de Pontevedra y de nuestros antepasados, que ya vivían entonces de lo que siempre vivimos los gallegos: del campo y del mar, dos sectores que nunca habían competido hasta el surgimiento de ENCE, casi veinte siglos después. Hoy nos quieren hacer creer que la solución al futuro de la comarca es ENCE. Pues no, meus reises. La ría de Pontevedra ya estaba allí. Llevaba ahí toda la vida, y seguirá ahí hasta el final de los tiempos. La ría no depende de ENCE, pero si la prórroga se consuma, ENCE estará en Pontevedra durante más de un siglo. Eso no es demasiado relevante en términos históricos, ni mucho menos en términos geológicos. Lo es para todas las generaciones de pontevedreses que aguantamos la presencia de la fábrica. Si la empresa continúa ahí hasta 2073, ninguno de los pontevedreses que ha visto nacer a ENCE estará para verla morir. Eso es grave. Vamos enterrando a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nuestros suegros, a nuestras parejas. Nos duele. Incluso lamentamos el entierro de algún cuñado, pero moriremos todos nosotros, con mi única excepción, y ENCE seguirá allí.  

Los defensores de ENCE sólo tienen un argumento: los puestos de trabajo, algo más de 300 empleos directos. Incluso ese argumento es falso. Ni siquiera es necesario entrar en el eterno debate sobre los empleos que la presencia del mamotreto destruye en otros sectores como el marisquero o el turístico. Basta con echar cuentas en la propia ENCE. En los años setenta y ochenta el número de trabajadores superaba los 900. Desde entonces se perdieron unos 600 puestos de trabajo. Es la diferencia entre crear empleo y destruirlo. 

Hace unos años se hablaba de traslado entre los defensores de la fábrica: una opción que parecía razonable. Si el principal problema es la localización, decían, pongámosla en otro sitio. Fue una ingenuidad. ENCE estuvo en eso del traslado.  La razón es que un traslado no es como la mudanza de una casa. Significa construir otra fábrica en otro sitio, y eso no es rentable, dijeron. La factoría sólo es rentable donde está, dijeron. Es decir, invertir en una nueva fábrica requeriría una inversión tan alta que no valdría la pena, dijeron. O sea, dijeron que ENCE sólo vale la pena donde está, lo que significa que en Galicia no compensa montar una fábrica de pasta de papel. Esto último lo digo yo. Lo que compensa es mantener la que tenemos. Una carallada de negocio. Si una compañía que genera unos beneficios de 50 millones al año no puede pagarse una fábrica nueva tras 60 años ocupando unos terrenos gratuitos, que cierre de una vez. Lo que yo creo, lo que creemos decenas de miles de personas, es que hay algo que no cuadra y que es la voracidad de sus accionistas la que hizo imposible el traslado. 

En aquella época, una persona muy próxima a los dirigentes me hizo una confesión terrible: "Si de verdad cierran ENCE y hay que hacer una fábrica nueva, ¿por qué se tendría que hacer en los alrededores de Pontevedra? Los accionistas acordarían ponerla en Brasil, en Polonia o en cualquier otro sitio donde regalen terrenos y la mano de obra sea mucho más barata". Esa es la filosofía: ENCE no le debe nada a Pontevedra ni a sus trabajadores. 

En estos últimos quince años, o poco más, la ciudad de Pontevedra emprendió una reforma urbanística premiada en Bruselas, en Dubái, en Nueva York o en Beijing. El modelo de ciudad de Pontevedra es estudiado hoy en ciudades de todo el mundo que lo quieren copiar. Se ha eliminado casi todo el tráfico rodado para quitar espacio a los coches y devolvérselo a los peatones. Hemos conseguido liberarnos de bocinazos, de motores y de vecinos esperando su turno para cruzar una calle cuando los señores coches lo tuvieran a bien. Hoy, los niños van solos al colegio y juegan en la calle. La mayor parte del centro urbano es peatonal. Fue un trabajo en el que se implicaron casi todos los sectores de la ciudad. Si nunca merecimos tener al lado esa fábrica, hoy menos que nunca, porque hicimos un gran esfuerzo para convertir Pontevedra en un lugar ejemplar y porque se nos dijo que nuestra paciencia debía durar hasta 2018. Después nos veríamos libres de ENCE para siempre. 

El anuncio de la prórroga hasta 2073 dolió, por todo lo dicho anteriormente y por mucho más. El hecho fue humillante para los pontevedreses. Cuando Rajoy llegó al poder muchos pensaron que, como pontevedrés de adopción, haría algo para nosotros. Después, mientras pasaba el tiempo y comprendiendo que eso no iba a suceder, incluso sus incondicionales empezaron a rezar para que por lo menos nos dejase como estábamos. Ese deseo parecía a punto de cumplirse después de las últimas elecciones. Como presidente en funciones ya no podía hacer nada por Pontevedra, ni bueno ni malo, y eso era bueno. Pero no. Rajoy conoce el problema desde que pisó por primera vez la ciudad en 1970, cuando ENCE tenía 12 años y él 15, y creció con ENCE como cualquier otro vecino. Por tanto, se le imaginaba una opinión, ya sea a favor o en contra. Pese a ello, y ahí está lo grave, o lo heroico, Rajoy jamás había intervenido en el eterno debate ENCE-sí, ENCE-no hasta que su gobierno en funciones acordó ampliar la concesión hasta 2073.  Nadie en Pontevedra escuchó jamás a Mariano Rajoy en sus cuatro décadas de actividad política hablar de ENCE. Hizo campañas para ser concejal, para ser diputado autonómico y estatal y hasta para presidir el Gobierno de España. Fue presidente de la Diputación de Pontevedra y vicepresidente de la Xunta, fue ministro de casi todo, presumió de pontevedrés y durante todos esos cargos y todos esos años se las apañó para no decir “ENCE”, algo que solamente consiguió él de entre todos los políticos que pasaron por aquí. Y de repente, cuando ya estábamos convencidos de que el tema le importaba un carallo, lo que ya era grave, nos demostró que sí que le interesaba. Tanto que, ante la perspectiva de abandonar la presidencia, acordó prestar un primer y último servicio a su ciudad: dejarnos ahí la fábrica, y no durante diez o quince años. Un pontevedrés que esté hoy por la veintena tendrá ochenta años en 2073. En mi caso, pasaré del siglo de vida, o esa es mi intención. No pienso morir hasta que esta prórroga termine y llegue la siguiente. Voy a sobrevivir a dos prórrogas, acaso a tres o cuatro.  En cuanto a usted, compañero o compañera, estará muerto o muerta si Dios así lo decide. En sesenta años le da tiempo a morir a mucha gente. De todos los pontevedreses que hoy estamos vivos apenas quedaremos los justos para montar un partido de veteranos agonizantes.  

Este texto se ha publicado en el revista Luzes.

Autor >

Rodrigo Cota (Luzes)

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1 comentario(s)

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  1. CarmenK

    No hay nada mas absurdo que echarle tierra al mar en las Rías Bajas gallegas. Nada mas cierto y sin embargo no para de hacerse desde hace décadas, al menos en lo que yo conozco, en Vilagarcía. Los "pecheos" (rellenos) son un escandalo que mosquea a todo dios, pero no dejan de hacerse porque se ve que ganarle terreno al mar es un buen negocio. El litoral de esta ciudad se ha destrozado a conciencia y la playa de La Concha /Compostela es, paradógicamente, un verdadero terrario. Donde antes los jardines lindaban con el mar ahora éste lo han llevado a mas ver (con prismáticos) pecheo tras pecheo. Un desastre, esta pulsión de empujar el mar como si no se le pudiera ni ver, vamos como si se le tuviera tirria o algo parecido.

    Hace 4 años 11 meses

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