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Melilla, la silenciosa frontera sur

En cuestión de meses, la ruta magrebí de refugiados ha quedado vacía: sólo un centenar de sirios vive hoy en el CETI de Melilla. Las ONG advierten de que el tratado UE- Turquía puede cambiar la situación

Cristina S. Barbarroja / Itziar Vergara Melilla , 6/04/2016

<p>Dos mujeres en la valla exterior del CETI de Melilla.</p>

Dos mujeres en la valla exterior del CETI de Melilla.

I.V.

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Salen corriendo del hotel El Habib, una pensión de 15 euros la noche pegada a la ruidosa estación de autobuses de Nador. No suman ocho años. Despeinadas, sonrientes, decididas, se agarran de la mano para cruzar, casi sin mirar, el bullicioso bulevar Sakia el Hamra hasta el ultramarinos en el que está comprando pan y chucherías su hermano mayor. “Somos sirios, sí… pero no queremos hablar”, se disculpa el adolescente que, protector, se lleva a las niñas de vuelta a su habitación a esperar el regreso de sus padres. Ellos pasan el día, un día más, a doce kilómetros de allí, en la valla que separa a la familia de Europa, en la frontera de Beni Enzar, donde depende de la voluntad de la policía marroquí que puedan dar doce pasos más: los que les apartan de la oficina de asilo abierta en Melilla por el Gobierno español.

Hace apenas seis meses, mientras a los 28 les costaba repartirse 120.000 refugiados, eran miles los que hacían el camino marroquí. Era fácil encontrarse con ellos en los hoteles y en los restaurantes de Nador. “El mío estaba completo. Todos eran sirios, buena gente que siempre pagaba puntualmente. Hoy solo tenemos dos familias”, cuenta el propietario de El Habib. Al otro lado de la valla, el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla estaba saturado. “Hace un año estábamos en 2.200 personas. En octubre había alrededor de 1.800 y en noviembre la cifra cayó a mil. De ellas, el ochenta por ciento procedían de Siria. Pero a principios de enero dejaron de llegar”, explica Teresa Vázquez, abogada de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) que gestiona las instalaciones.

Sin apenas atención mediática, mientras la UE pactaba con Turquía la expulsión de los miles de hacinados en Grecia, quedaba vacía la frontera sur. “Ahora mismo estamos por debajo de nuestra capacidad y apenas contamos con un centenar de sirios”, continua Vázquez. ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido para que, en cuestión de semanas, no haya víctimas del conflicto sirio en Beni Enzar, la puerta sur de Europa?

“Están entrando con cuentagotas”, denunció en octubre el diputado de Amaiur Jon Iñarritu que, tras una visita a Melilla y Nador, registraba esta pregunta parlamentaria en el Congreso: "¿Existe un acuerdo entre el Reino de España y el Reino de Marruecos para impedir el acceso de sirios a la Oficina de Asilo de Melilla?”. Sin respuesta a la cuestión, desde Prodein, organización que trabaja sobre el terreno, José Palazón denunciaba entonces las cuotas aplicadas por Marruecos que no permitían la entrada de más de 30 sirios por día. Hoy son menos los que acceden a la ciudad autónoma y la explicación del director de la ONG apunta al último eslabón de la cadena: los funcionarios de fronteras.

“Se ha endurecido mucho la posibilidad de entrar en Melilla. No solo por el rechazo de la policía marroquí, sino también porque hay que pagar más a los intermediarios”, explica Palazón. Y lo de “intermediarios” es eufemismo para “las mafias parapoliciales” que, según el activista, han encarecido no sólo el acceso a Melilla, sino el cruce de la frontera entre Argelia y Marruecos, cerrada desde hace más de veinte años. Hay que conseguir pasaportes falsos o alquilar verdaderos, pagar a los facilitadores y sobornar a guardias de frontera. “El precio fluctúa según los días, pero a principios de año pasar de suelo argelino a marroquí estaba en unos cuatrocientos o quinientos euros por persona. Y para atravesar Beni Enzar pedían otros mil euros por adulto y casi el doble por niño, porque saben que no van a dejar atrás a sus hijos”, dice Vázquez.

Seis están criando en el CETI Walid Al Soliman y su mujer. El pequeño, un bebe rubio, no ha cumplido un año. Diez tiene la mayor, una simpática morena que ya chapurrea algo de español. Sin perder la sonrisa, el cabeza de familia insiste en que se conozca el calvario fronterizo que sufrieron durante cuatro meses. “Fuimos sistemáticamente rechazados en Beni Enzar. En Farhana –paso fronterizo para residentes en Melilla y ciudades del antiguo protectorado-- las mafias nos dejaron desnudos: nos quitaron todo a punta de cuchillo: pasaporte, teléfono móvil, dinero… ¡Y la policía solo miraba. A nadie le importa. Nadie hizo nada!”.

Su huida es ejemplo de otras de las causas del vaciamiento de la frontera sur: la insolidaridad de los países del Magreb. Según Vázquez, los primeros sirios que entraron por la ruta norteafricana tenían un poder adquisitivo alto o medio alto. Llegaban en avión a Argelia e iniciaban el camino por tierra hasta Melilla. Pero hace un año, el Gobierno de Argel les impuso un visado de tránsito que cortó de facto esta vía de escape. Ahora hay que cruzar más fronteras de forma ilegal, el recorrido se ha vuelto más peligroso. De ahí que casi todos los refugiados que han entrado en España desde enero sean personas que ya estaban en Argelia o en Marruecos antes de 2015 y que llegan en una situación muy precaria después de tanto tiempo fuera de su país.   

Es el caso de Noor Aldeen Alfahel. Tenía 17 años cuando, tras dos de guerra, decidió abandonar su Latakia natal. No pensaba en Europa. Fue probando suerte en Egipto, Argelia y, finalmente, Marruecos. Tres años de viaje y de búsqueda insistente de trabajo que no llegó. Antes de recalar en el CETI conoció a quien ahora es su mujer, también siria. Hoy ella ya está en el continente europeo, mientras él aguarda a que autoricen su traslado a la península. “Tengo suerte porque mi padre, que está en Alemania, puede ayudarme”, dice esperanzado en una pronta acogida germana.  

La presión de las organizaciones civiles ha conseguido que el tiempo de espera en el Centro se reduzca de los seis meses de hace algo más de un año hasta los veinte días o mes y medio de ahora. Ramez Omar está a punto de cumplir cuatro semanas esperando a reunirse con su familia, repartida por toda Europa. Solo su padre resiste en Homs, “en el barrio de Al Waer, rodeado de miembros del Frente Al-Nusra --considerado una facción de Al Qaeda-- y el Ejército Libre Sirio --grupo rebelde que combate contra el presidente Bashar Al Assad-- aunque está bien”, respira aliviado.  Trabajaba en una empresa de canalización de gas argelina cuando estalló la guerra. Y allí le pilló la negativa de renovación de visado para los sirios. “No podía trabajar legalmente y mi situación económica era realmente mala. Solo tenía dos opciones: volver a Siria o elegir este camino. Y eso es lo que hice”. Igual que Hassan Kallah: veintisiete años y con un bebé de días nacido en el CETI. “Sin permiso de trabajo no tenía ningún futuro en Argelia”, cuenta mientras su mujer, de nacionalidad argelina, asiente a su lado.

“Nos estamos encontrando casos complicados. A algunos no les renovaron el visado y a otros, al parecer, les pedían dinero. En Marruecos se hizo una regularización pero parece que no ha cubierto a todo el mundo. Muchos son sirios que llevaban tiempo en el país, casados con marroquíes y con niños y, sin embargo, al marido no le han renovado el permiso de residencia pero tampoco le dan una orden de expulsión”, relata Vázquez. De nuevo, como la familia de Walid, quien llevaba 15 años trabajando como pocero en Rabat. Ahora espera los resultados de las pruebas de ADN que les han practicado en el CETI para poder cruzar el Mediterráneo. Él no entiende el porqué de los análisis que –cree-- les han hecho para retrasar su salida del centro.

La abogada de CEAR defiende, sin embargo, esta medida que busca impedir cualquier intento de tráfico infantil: “Se implantó para evitar lo que ha sucedido en otras partes de Europa, donde los niños pasaban sin que se les identificara correctamente y por eso ahora Europol estima que 10.000 menores habrían desaparecido. De Melilla no sale ningún niño sin saber a ciencia cierta quién es y con quién está afiliado”. Hasta ahora todas las pruebas de ADN han sido positivas, pero hasta que llegan los resultados pasa un mínimo de dos meses, un tiempo que en el CETI discurre mucho más lento de lo normal.

Y por allí pasan casi todos los refugiados que han entrado en Europa por la ruta marroquí. En lo que llevamos de año han sido poco más de 600, una cifra muy baja si se compara con el mismo periodo de 2015, año en el que se batió el récord de peticiones de asilo en nuestro país, y, sobre todo, con los casi 165.000 que lo han intentado a través de Italia y Grecia, según datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Pero, a pesar de estas cifras, Vázquez advierte de la posibilidad de que la llegada masiva se pueda reactivar con las expulsiones a Turquía desde Grecia, fruto del acuerdo con los 28. Para ellos el último mensaje de Ramez: “Entendemos que esté siendo muy duro para los europeos, estamos haciendo demasiada presión. Pero lo tienen que comprender: los sirios están en una pésima situación. Europa es su única salida”, concluye generoso y en tercera persona. Como si el sufrimiento no fuera con él.   

Salen corriendo del hotel El Habib, una pensión de 15 euros la noche pegada a la ruidosa estación de autobuses de Nador. No suman ocho años. Despeinadas, sonrientes, decididas, se agarran de la mano para cruzar, casi sin mirar, el bullicioso bulevar Sakia el Hamra hasta el ultramarinos en el que está comprando...

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Itziar Vergara

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