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ANÁLISIS

Keynes en la era de la globalización

No disponer hoy de un pensamiento económico adecuado ha supuesto una gran limitación para salir de la crisis. La ‘Teoría general del empleo, el interés y el dinero’ cumple 80 años

Joaquín Estefanía 16/03/2016

<p>Firma de las leyes del<em> New Deal </em>norteamericano, parejo a los principios de Keynes.</p>

Firma de las leyes del New Deal norteamericano, parejo a los principios de Keynes.

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El 8 de enero de 2009, apenas cuatro meses después de la caída de Lehman Brothers, The Wall Street Journal, una de las biblias del liberalismo económico contemporáneo, dedicaba un reportaje a toda página a John Maynard Keynes. Comentándolo, el biógrafo canónico del genial economista británico, Robert Skidelsky, decía: "Keynes vuelve a estar de moda (…) La razón es evidente. La economía global está en recesión; los `paquetes de estímulo´ constituyen el último grito. Pero la importancia de Keynes no estriba en su condición de progenitor de las políticas de estímulo. Los gobiernos han sabido cómo `estimular´ economías enfermizas, por lo común mediante la guerra, suponiendo que hayan sabido hacer algo. La importancia de Keynes radica en el hecho de que tenía que proporcionar una `teoría general´ que explicase cómo caen las economías en estos agujeros, e indicar las políticas e instituciones necesarias para mantenernos fuera de ellos”.

Eso mismo era lo que pensaba Keynes, cuando en 1935, un año antes de publicar la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, dirige una misiva al Nobel de Literatura George Bernard Shaw: “Creo estar escribiendo un libro sobre teoría económica que revolucionará en gran medida –supongo que no enseguida, pero sí en el curso de los próximos 10 años-- el modo de pensar acerca de los problemas económicos”.

Lo revolucionó. El libro se publica en medio de la Gran Depresión y las soluciones que se dan a la misma, así como a las dificultades económicas durante el siguiente cuarto de siglo, serán producto directo de la revolución keynesiana. La cuestión es si ese pensamiento sigue vigente en un marco de referencia tan distinto del que fue hegemónico, como es la era de la globalización. Otro estudioso de la obras de Keynes, el economista Luis Ángel Rojo (que fue gobernador del Banco de España), escribió: “Si las ideas de Keynes alimentaron alguna vez la ilusión de que habíamos encontrado el camino para lograr una regulación cada vez más certera y precisa de las economías, hemos vivido el fin de esa ilusión. Sin embargo, sus análisis y propuestas estimularon la discusión de los problemas de su tiempo y han conducido a mejoras importantes en nuestro entendimiento de los mecanismos económicos (…) Su figura continúa atrayéndonos por su capacidad de generar ideas y estimular la discusión racional, y también por su coraje para afrontar los problemas de su tiempo y negarse a retroceder ante la adversidad”.

La respuesta a la cuestión de si Keynes sigue siendo actual ha de darse a la luz de las políticas económicas aplicadas por los diferentes gobiernos para sacar al planeta de la Gran Recesión de la primera década del siglo XXI. Hace ocho décadas que publicó su obra magna, la Teoría General. Skidelsky entiende que al menos hay dos aspectos de la misma que permanecen plenamente vigentes. En primer lugar, la invención de la macroeconomía como una teoría de la producción en su conjunto; denominó su libro Teoría general para distinguirla de la teoría prekeynesiana, que asumía un nivel único de producción: el pleno empleo. El segundo gran legado es la noción de que los gobiernos pueden y deben prevenir las depresiones. "La aceptación generalizada de este punto de vista", dice el biógrafo, "se puede ver en la diferencia en la fuerte respuesta en la forma de políticas al colapso ocurrido durante el periodo 2008-2009 y la reacción pasiva que se dio en la Gran Depresión de 1929-1932. Tal como el premio Nobel Robert Lucas, quien es contrario a Keynes, admitió en 2008: "Supongo que en la trinchera todo el mundo es keynesiano".

En 1936, cuando los primeros años de la Gran Depresión han pasado y EE.UU. está a punto de sufrir otra recaída, aparece la Teoría general, en la que demuestra que en economía es posible encontrar un punto de equilibrio con desempleo y con una infrautilización de la capacidad de producción de las empresas; lo que significa que las depresiones no son, por naturaleza, asuntos temporales que se corrigen automáticamente cuando cambia el ciclo económico. Para romper con ese equilibrio más bajo de la economía debe suplementarse la demanda existente con la inversión pública, con el objeto de incrementar la demanda global y, de paso, el empleo. Mantiene también que hay una parte de los ingresos que proviene de intereses, sueldos, rentas y beneficios que no puede ser gastada e invertida, sino ahorrada, guardada como un colchón de seguridad para los malos tiempos; el gobierno ha de tomar el equivalente a esos fondos no gastados, e invertirlos en estimular la demanda: "Debemos ahorrar cuando el gasto goza de buena salud, y debemos gastar cuando el ahorro goza de buena salud". El intervencionismo del Estado está limitado a una única circunstancia: asegurar un nivel de demanda para asegurar el pleno empleo.

Keynes es muy explícito en el fin último de la Teoría general, que dirige especialmente a sus colegas economistas, aunque espera que sea comprensible para quienes no lo son: "Su principal objeto es ocuparse de las difíciles cuestiones de la teoría, y sólo secundariamente de sus aplicaciones prácticas; porque si la economía ortodoxa está en desgracia, la razón debe buscarse no en la superestructura, que ha sido elaborada con gran cuidado por lo que respecta a su consistencia lógica, sino en la falta de claridad generalmente de sus premisas". Escribe que ha llamado a su obra magna Teoría general del empleo, el interés y el dinero, recalcando lo de "general", con el fin de que el título sirva para contrastar sus argumentos y conclusiones con los de la teoría clásica en la que se educó y que domina el pensamiento económico, tanto práctico como teórico, de los académicos y gobernantes de aquella generación, "igual que durante los últimos cien años". Dice: "Los economistas clásicos fueron una denominación inventada por Marx para referirse a Ricardo, James Mill y sus predecesores, es decir, para los fundadores de la teoría que culminó en Ricardo. Me he acostumbrado, quizá cometiendo un solecismo, a incluir en la escuela clásica a los continuadores de Ricardo, es decir, aquellos que adoptaron y perfeccionaron la teoría general ricardiana, incluyendo, por ejemplo, a John Stuart Mill, Marshall, Edgeworth y el profesor Pigou".

Sostiene Keynes que los postulados de la teoría clásica sólo son aplicables a un caso especial y no en general, porque las condiciones que supone son un caso extremo de todas las posiciones posibles de equilibrio. Más aún, las características del caso especial supuesto por la teoría clásica "no son las de la sociedad económica en que hoy vivimos, razón por la que sus enseñanzas engañan y son desastrosas si intentamos aplicarla a los hechos reales". La Teoría general fue, sobre todo, una teoría del empleo publicada en medio de la Gran Depresión y, por tanto, muy condicionada por ese entorno. Keynes estaba obsesionado por la tesis de que no había ninguna salida a la mayor crisis del capitalismo si no era activando el papel de la demanda mundial a través de la acción de los gobiernos. En sus Ensayos de persuasión se manifiesta la preocupación no sólo por los efectos directamente económicos de la depresión sino también por sus repercusiones políticas, en concreto, por la expansión de dos totalitarismos de signo opuesto, el comunismo y los fascismos. Demostró la posibilidad de un equilibrio con desempleo y ofreció un modo sistemático de pensar no sólo sobre el comportamiento de la economía sino sobre los obstáculos que se interponen en la búsqueda de un mayor bienestar en cualquier coyuntura. Sus estudiosos recuerdan que para el economista británico "la buena vida" era el único objetivo racional del esfuerzo económico; lo demás, el déficit, la deuda, la inflación y la deflación…, meras etapas intermedias e instrumentales.

La publicación de la Teoría general provocó una oleada de interés y una gran controversia. Los principales discípulos de Keynes (Joan Robinson,  Richard Kahn, Piero Sraffa, Nicholas Kaldor, John Hicks, James Meade,...) vieron el texto como una ruptura revolucionaria con la ortodoxia. Otros grandes economistas, como Joseph Schumpeter, la entendieron como "una regresión científica con su mezcla de ciencia y de política".

El pensamiento económico nunca volvió a ser el mismo después de la Teoría general. Marcó un antes y un después todavía no superados. El keynesianismo nació para corregir los excesos del liberalismo económico. Fue una especie de revolución pasiva siempre dentro del capitalismo, pues su objeto era paliar los aspectos más lacerantes del mismo: el empobrecimiento debido al desempleo. Pero, sobre todo, para mitigar los efectos de la recesiones, de modo que durante éstas los ciudadanos tuviesen al menos un flujo mínimo de ingresos con los que sobrevivir y consumir, y por tanto hacer un poco más segura su existencia. El keynesianismo limitaba la capacidad de indignación y de rebeldía de los individuos, de modo que evitasen las tentaciones de mirar más allá, hacia el socialismo, que abominaba. La obra de Keynes está marcada, casi en su conjunto, por sus reflexiones críticas sobre el laissez-faire, ya que estimaba que cuanto más problemática es una coyuntura, peor funciona aquel. La salud económica del mundo, de un país y sus habitantes, es demasiado importante para dejarse al arbitrio exclusivo de las fuerzas del mercado. La gestión de la economía debía convertirse en una parte de la teoría del Estado, y no de los intereses personales. No podía confiarse en el laissez-faire para restablecer el pleno empleo. Al desarrollar sus ideas en las décadas de los veinte y los treinta del siglo pasado que terminaron en guerra y depresión tras otra guerra y otra depresión, cayeron en terreno fértil ya que tales desastres debidos a la mano del hombre desacreditaron los principios de no interferencia con los que se habían gobernado los asuntos económicos hasta entonces, aquella creencia de que las economías proporcionarían empleo para aquellos que quisieran trabajar y prosperidad para todos si se las dejaba actuar libremente. Nunca juzgó que las depresiones fuesen un inevitable y justo castigo al espíritu especulativo del hombre, y se manifestó en contra de los economistas y los políticos ortodoxos que defendían que deben permitirse tales caídas en la actividad económica porque las mismas actúan como el aceite de ricino y depuran los excesos, independientemente de los sufrimientos que generan. Las depresiones no son el síntoma de que el capitalismo está enfermo sino de que éste es inestable por naturaleza. Las depresiones deben verse como catástrofes provocadas por la acción del hombre, no como una aparición de Dios o la naturaleza

Una de las paradojas más sobresalientes de la vida de Keynes es la de que sus ideas han sido utilizadas como bandera de la izquierda socialdemócrata, siendo él un liberal bastante alejado de esa izquierda y con ninguna simpatía por el comunismo o el mundo de los sindicatos. La plasmación política del keynesianismo se identifica, en términos generales, con la socialdemocracia, del mismo modo que el capitalismo de laissez-faire lo hace con los partidos conservadores y el marxismo con los partidos comunistas. Ni heredero de Marx (cuya obra despreciaba olímpicamente), ni partidario de la planificación central, ni monigote del laissez-faire y de los intereses de sus representantes, que tantas veces flageló. Sería un error enfocar la tercera vía keynesiana como un compromiso entre la izquierda y la derecha del pensamiento económico, ya que su obra incorpora muchas ideas que no estaban contempladas por ninguna de las dos grandes familias ideológicas, hasta el momento en que fueron teorizadas. Si acaso, se podría añadir que en su práctica profesional y política en el Reino Unido siempre buscó mucho más el diálogo con el laborismo que con los conservadores.

Su objetivo fue hacer más eficiente el capitalismo, no destruirlo. Fue una especie de bombero de ese sistema con el fin de que funcionase correctamente y no se autodestruyera por sus continuos abusos. Los principales enemigos del capitalismo eran los propios capitalistas, no sus oponentes ideológicos ni políticos. No pretendía derribarlo sino incrementar el poder adquisitivo de los ciudadanos. Aumentar los niveles medios de las realizaciones de un capitalismo que es "absolutamente irreligioso, sin unión interna, sin espíritu público a menudo aunque no siempre, una mera agregación de aquellos que poseen y aquellos que persiguen poseer. Tal sistema ha de ser inmensamente exitoso para sobrevivir". Para ello combatía la falacia de que lo que es virtuoso para un individuo es necesariamente beneficioso para la sociedad, que es lo que el capitalismo de laissez-faire ponía en su frontispicio. Esta desilusión con el liberalismo económico no llevó a Keynes, como a tantos otros intelectuales de la época, a Moscú (el comunismo) o a Berlín (el fascismo) sino a Washington. A partir de un momento, muchos de sus esfuerzos de persuasión se dirigieron a la Administración Roosevelt y a EE.UU., la mayor potencia capitalista del planeta. Escribe: "Aquí [en Washington] está, y no en Moscú, el laboratorio económico del mundo".

El pensamiento keynesiano supuso una revolución no violenta. No sólo en la teoría económica sino en todas aquellas disciplinas que estudian el papel de los gobiernos en las sociedades contemporáneas. Supuso una tendencia a mirar a las administraciones públicas como un agente susceptible de cambiar las coyunturas económica, compitiendo en ello --o confrontándose-- con los mercados y con el sector privado. Algo que hasta ese momento parecía una herejía y que hoy nos parece inconcebible que no pueda suceder.

Una de las grandes debilidades de la Gran Recesión que comenzó en 2007 es que el mundo no ha dispuesto de una teoría general como la que Keynes proporcionó para solucionar la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado. El elemento determinante de la Gran Crisis (como Martin Woolf, uno de los más influyentes comentaristas de The Financial Times denomina a lo que ha sucedido en el mundo en la última década) ha sido el económico. No se trata de una crisis estrictamente económica ya que ha promovido un gran cambio social, político y en las formas cotidianas de vivir y de pensar de la gente, pero su epicentro fue económico. Por ello, el principal choque de ideas de nuestro tiempo se produce hoy en ese terreno. ¿Cómo combatir la pobreza, la desigualdad, el paro?, ¿cómo promover un crecimiento equilibrado y sostenible?, ¿con austeridad a ultranza, gasto público, regulación, privatizaciones?, ¿con inversión pública para limitar el estancamiento secular o rigor a ultranza?, ¿la política monetaria debe ser restrictiva o laxa, y hasta dónde?, ¿que es mejor, la regulación o la autorregulación?, ¿reforma laboral o reforma empresarial?, ¿debe haber más Estado o más mercado?, ¿privatizaciones o servicios públicos?... Con motivo de todas estas cuestiones se han escuchado muchas veces durante estos años las repetidísimas palabras de Keynes acerca de la influencia del economista en el político, que aparecen en su Teoría general: "Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto si tienen razón como si están equivocados, son más poderosas de lo que se suele creer. De hecho, lo que mueve el mundo no es más que eso. Los hombres prácticos que creen estar a salvo de toda influencia intelectual suelen ser esclavos de algún economista del pasado. Algunos locos que ejercen el poder, y que creen oír voces dentro de su cabeza, deben sus locuras a algún escritor de hace unos cuantos años".

Mucho menos conocidas son estas otras frases del prefacio a la Teoría general, en las que Keynes comenta que su escritura había necesitado de un largo proceso de distanciamiento de "los modos habituales de pensamiento y expresión". Decía: "La dificultad no radica en las nuevas ideas sino en escapar de las viejas que, para quienes hemos recibido la formación más convencional, se ramifican hasta alcanzar cada esquina de nuestras mentes".

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Joaquín Estefanía ha editado los Ensayos de persuasión de Keynes, bajo el título de uno de ellos, ‘Las posibilidades económicas de nuestros nietos’ (Editorial Taurus).

Autor >

Joaquín Estefanía

Fue director de El País entre 1988 y 1993. Su último libro es Estos años bárbaros (Galaxia Gutenberg)

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