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El arte de la guerra (contra el terrorismo)

Tras dar a conocer al mundo a Edward Snowden con la oscarizada ‘Citizenfour’, la cineasta Laura Poitras debuta como artista de museo; lo hace con una obra estremecedora sobre el espionaje y la violencia preventiva de la CIA y el Pentágono tras el 11-S

Álvaro Guzmán Bastida Nueva York , 12/03/2016

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A los pocos minutos de empezar su exposición en el Museo Whitney, en Nueva York, Laura Poitras propone un aparente descanso al espectador. Se agradece. La muestra ha empezado fuerte, con imágenes de la consternación tras el 11-S y de torturas a presos en la guerra contra el terrorismo.

La segunda instalación, titulada Bed Down Location (algo así como ‘lugar en el que acostarse’), consiste precisamente en eso: una enorme tarima negra, de unos 15 metros cuadrados, elevada hasta la altura de la cintura y recubierta de una alfombra mullida para invitar a los visitantes a que se tumben sobre ella y miren al techo. En éste se proyectan en grandes dimensiones imágenes de cielos estrellados en Yemen, Somalia y Paquistán. Los vídeos aparecen encadenados, proyectados sobre un espacio en penumbra, y sin ningún cartel que indique de dónde ni de cuándo provienen. No los acompaña otro sonido que el de la respiración de los asistentes y algún que otro aullido de prisionero torturado que se filtra de la sala contigua.  Vistos así, sin contexto y entrelazados, producen una sensación embriagadora. Sólo un pequeño orificio de unos tres centímetros de diámetro situado en el centro del techo sobre el que se proyectan las imágenes parece romper el hechizo. ¿Cuál será su función? ¿Un conducto de ventilación? ¿O quizá se trate de un aspersor automático, de los que saltan cuando se detecta un incendio en los rascacielos? En cualquier caso, resulta inquietante.

Astro Noise (‘Ruido astral’), la exposición que estará en el Whitney hasta el 1 de mayo, supone el debut de Poitras en un museo. Hasta ahora, se había dedicado a hacer documentales. Y no le había ido nada mal: en 2014, formó parte del equipo de The Guardian que ganó el Premio Pulitzer por la investigación sobre el espionaje masivo del gobierno estadounidense. Al año siguiente, en 2015, presentó al mundo al protagonista de aquella historia, el joven informático de la NSA Edward Snowden, con la película Citizenfour. El filme, el último de una trilogía que Poitras dedicó a la guerra contra el terrorismo y sus consecuencias en EE.UU. y Oriente Medio, ganó el Oscar a mejor documental.

Cuando uno ha logrado las dos distinciones más importantes en su disciplina –Oscar y Pulitzer-- en dos años consecutivos, la tentación de rentabilizar el trabajo pasado y convertirlo en éxito comercial o, peor, de repetir la fórmula, debe ser casi irresistible. Y, sin embargo, con Astro Noise, Poitras hace todo lo contrario: da una vuelta de tuerca a la misma historia que ya contó en Citizenfour, My Country, My Country (sobre la ocupación estadounidense de Iraq) y The Oath (sobre Guantánamo). Y lo hace, además, innovando en el formato. Astro Noise, el título de la exposición del Whitney, es también el nombre que puso el prófugo Snowden al archivo encriptado que contenía las pruebas del programa de espionaje que filtró a Poitras, y hace referencia a la pequeña huella térmica que dejó tras de sí el Big Bang en el origen del universo. Casi nada.

En la sala que abre la muestra --y que precede a la de la proyección con el misterioso orificio en el techo-- Poitras golpea al espectador con una metáfora visual del origen de la degradación moral de la política exterior estadounidense. En una pantalla gigante, situada en el centro de una sala de techos altos, circulan los primeros planos de rostros desencajados, desorientados, asustados, enrabietados. Son imágenes grabadas por la propia Poitras entre septiembre y octubre de 2001 en diversos lugares públicos de una Nueva York todavía consternada por los atentados que derribaron las Torres Gemelas. De fondo, una leve música clásica difícil de clasificar dota a la escena de un aire inquietante.  

Lo verdaderamente tétrico se encuentra al cruzar el umbral de la pantalla, en una proyección que se emite en paralelo para la otra mitad de la sala sobre el reverso de la misma pantalla. Se trata del vídeo casero del interrogatorio de dos hombres barbudos en algún zulo de Afganistán pocos meses después de los atentados de Nueva York. El sonido de los interrogatorios, en pastún y árabe, apenas se escucha, y aparece entremezclado con la música clásica. Pero los videos están subtitulados. En un instante, uno de los prisioneros, atado con cadenas de hierro y con una capucha, lloriquea mientras dice que “no sabe” de qué le hablan. El otro reo, interrogado de noche, se desmorona mientras los militares le hablan de su mujer y su hija, Fátima, y le dicen que irán “por ellas” si no confiesa su pertenencia a Al Qaeda. Un breve texto sobre fondo negro aclara que los interrogados, un marroquí y un paquistaní, terminaron presos en Guantánamo, la cloaca de la guerra contra el terrorismo.

Astro Noise es una obra interdisciplinar, que combina filmaciones con documentos gubernamentales, cartas entre espías, imágenes de satélite, grabaciones de audio e informes secretos obtenidos por Poitras en sus investigaciones periodísticas. Obliga al espectador no sólo a tumbarse, sino a agacharse, sentarse o ponerse de puntillas para ver la obra, que no parece tener principio ni fin. La muestra termina siendo más impactante y cercana que sus películas, a menudo algo frías. Al reinventarse, Poitras se mejora, al tiempo que acerca al espectador a un mundo diseñado para ser impenetrable, lleno de secretos, algoritmos y lenguaje en clave.

En la instalación que sigue a la del misterioso hoyo en el techo, Poitras despliega una aparentemente inconexa colección de documentos que sirven de archivo de las miserias de la América post-11-S. Lo hace a través de una veintena de agujeros estrechos e inundados de luz dispuestos a diferentes alturas sobre las paredes gris oscuro, como los miradores de una muralla medieval desde la que uno puede disparar sin ponerse en riesgo. Así, el espectador se agacha para ver el memorando en el que John Brennan, exdirector de la CIA, autoriza la ‘guerra cibernética’, que viene seguido de un monitor que dibuja las coordenadas de las comunicaciones interceptadas por la NSA en todo el planeta; y, a escasos metros, tras otro orificio situado más arriba, una comunicación interna en la que los espías estadounidenses reconocen haberse “equivocado” al confeccionar las listas de ‘sospechosos’ a los que se les prohíbe volar. Casi todo el material despliega una frialdad lúgubre, sobre todo cuando uno la yuxtapone a lo que ha visto –o, peor, imaginado-- en los vídeos de los presos en Afganistán. El documento más escalofriante es, sin embargo, un simple vídeo lleno de emoción: durante unos segundos, se puede ver a una serie de familias en algún lugar de Afganistán bailando a ritmo de música folclórica, con los ojos llenos de alegría. De repente, la imagen se torna negra, y se abre un plano en el que aparece el mismo pueblo, devastado por el ataque de un dron. Una vez más, Poitras logra estremecer con lo que no muestra.  

Poitras proviene de la tradición del cinéma vérité, que aboga por capturar escenas con la menor adulteración posible, prefiriendo los diálogos y la observación a las entrevistas a bustos parlantes. En My Country, My Country convenció a un taxista afgano que había sido guardaespaldas de Bin Laden para que instalase una cámara en el salpicadero de su taxi y se grabarse a sí mismo con los pasajeros o pensando en voz alta mientras conducía. En Citizenfour, Poitras se vio ante una difícil tesitura: ¿Podría romper el dogma de la vérité y mostrarse a sí misma en la película? Al fin y al cabo, formaba parte de la historia desde que Snowden se puso en contacto con ella –usando el seudónimo Citizenfour-- para filtrarle los datos del programa de espionaje. Poitras optó por una solución intermedia: no aparece en pantalla, pero hace una suerte de prólogo narrado, en la primera secuencia de la película, en la que cuenta el origen de su relación con Snowden.

En la exposición del Whitney, Poitras resuelve un dilema parecido con más pericia:  en un momento de la muestra aparece una voz en off –la suya-- narrando un texto que está además inscrito en un gran panel bañado de luz, como para que no pase desapercibido. En él, Poitras se abre en canal y cuenta que lo sucedido en los quince años posteriores al 11-S es, para ella, algo muy personal:

En mayo de 2004 viajé a Bagdad para hacer una película sobre la ocupación de Iraq por parte de los Estados Unidos.

Me ‘empotré’ con el Ejército estadounidense y viví dentro de la ‘zona verde’ de Bagdad. También filmé a una familia iraquí con la que me alojé.

El 19 de noviembre soldados iraquíes y estadounidenses hicieron una redada en la mezquita del barrio en el que vivía la familia. Cuatro civiles resultaron muertos.

A la mañana siguiente me desperté por el ruido de los disparos en la calle. La batalla duró todo el día. Un soldado estadounidense murió y hubo otros que resultaron heridos.

En un momento dado la familia subió al tejado para ver lo que sucedía. Les seguí con mi cámara y grabé ocho minutos y dieciséis segundos de vídeo.

Esos ocho minutos me cambiaron la vida pero en aquel momento no lo supe.

Después de regresar a los Estados Unidos fui puesta en una lista de sospechosos del Gobierno y, cada vez que cruzaba la frontera de los EE.UU., se me detenía y se revisaban mis pertenencias.  

Tardé diez años en averiguar por qué. En 2015 presenté una demanda contra el Gobierno para obtener los archivos que tuvieran de mí. Los documentos revelan que fui objeto de una investigación secreta para la seguridad nacional, llevada a cabo por el FBI y otras agencias de inteligencia que desconozco.

El Gobierno nunca se interesó por ver el material que filmé aquel día.

Esta grabación no está editada.

Frente al panel, y con la voz en off de Poitras leyendo esas líneas una y otra vez, aparece un monitor en el que se ven sus ocho minutos grabación. No tienen nada de especial.  Quizá esa es la lección del trabajo de Poitras: que una vez puesta en marcha, la maquinaria de seguridad de un Estado tan poderoso como el norteamericano es imparable y puede arrasar con todo, incluso con ciudadanos inocentes, sin lógica aparente.

Antes de salir de la exposición el espectador se topa con una última pantalla: un televisor de plasma muestra en color azul un plano cenital de la sala con las proyecciones sobre el techo… filmada desde el techo. El misterioso orificio no era otra cosa que una suerte de mirilla con un sensor para detectar el movimiento. En la imagen los cuerpos tumbados sobre la alfombra aparecen coloreados en rojo, con mayor intensidad cuanto más tiempo pasan sobre la tarima. Si se levantan, sus siluetas se van difuminando en naranja hasta desaparecer. El aparente respiro al que les había invitado Poitras no era más que una trampa. No es difícil imaginarse a un dron descargando un explosivo que fulmine a quienes miran absortos el cielo de Somalia, Yemen o Pakistán, como sucede cada semana. Lo llaman daños colaterales.

A los pocos minutos de empezar su exposición en el Museo Whitney, en Nueva York, Laura Poitras propone un aparente descanso al espectador. Se agradece. La muestra ha empezado fuerte, con imágenes de la consternación tras el 11-S y de torturas a presos en la guerra contra el terrorismo.

La segunda...

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Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

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1 comentario(s)

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  1. Cristina

    Buenísimo. Gracias

    Hace 5 años 8 meses

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