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El hombre que veía hadas en las noches

Marcos Pereda 24/02/2016

<p>Louis Zamperini (dorsal 751), durante la final de 5.000 metros lisos en los Juegos Olímpicos de Berlín. Zamperini acabó octavo esa final</p>

Louis Zamperini (dorsal 751), durante la final de 5.000 metros lisos en los Juegos Olímpicos de Berlín. Zamperini acabó octavo esa final

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“Señor, señor…disculpe. ¿Sería tan amable de llevarse mi cámara y hacerle una fotografía a Hitler? Yo no puedo llegar allí”. Los ojos fríos, gélidos, le observan detenidamente. Esos ojos que el mundo acabará por conocer, por temer. Los que dibujan mapas en las ondas de toda Alemania. Los que escriben parte del destino de Europa. De arriba abajo, lo estudia como estudia a todos los hombres. Él, el chico estadounidense sonríe y hace un gesto con la mano. Joseph Goebbels se da la vuelta y camina hacia el Führer. Cuando vuelva donde Joe Zamperini solo le dirá dos palabras: “Quiere verte”. Y el yanqui, el chico aún sudoroso, sube unos pocos escalones, con el corazón palpitando en su pecho. “Así que tú eres ese muchacho que ha corrido tan rápido en la última vuelta, ¿eh?”. El viejo cabo austríaco curva los labios, pero no llega a formar una sonrisa, o, al menos, piensa Zamperini, no logra formar nada que sea reconfortante. Mirar intenso. “Buen chico. Enhorabuena”. Y se da la vuelta. Zamperini queda mudo. Años después recordará mucho este encuentro. Con cierta ironía, claro. Lo contará una y mil veces en mitad del océano. A veces con dos oyentes, al final solo con uno. Lo contará. Pero no nos adelantemos.

La vida de Louie Zamperini pudo haber sido como la de muchos otros jóvenes de su generación, pero el Destino se puso caprichoso con él. Hijo de inmigrantes europeos, una grave neumonía hizo que sus padres viajaran desde el noreste de los Estados Unidos en busca de la soleada California. Eran los primeros años veinte, y la Costa Oeste parecía un lugar de sueños y oportunidades, el estado de los atardeceres dorados y el aire con olor a dinero. Pero, al final, no fue así para todos, y el joven Zamperini se vio robando como un vulgar ratero para llevarse algo a la boca. Hasta que un día su padre, cansado de que el joven se saltase la ley, lo llevó a la pista de atletismo de su colegio, donde estaba entrenando el equipo. “Quédate aquí”, le dijo. “Y usted”, añadió, señalando al entrenador, “haga lo posible por enderezarlo”. Acaba aquel día destrozado, con todo el cuerpo molido. Comenzaba la segunda vida de Zamperini. Tendría muchas, muchas más.

Resulta que el zagal es bueno, y pronto consigue victorias. Y marcas, marcas estratosféricas para su edad, algunas de las cuales permanecerán durante años en los libros de récords. Es fondista, uno de esos que aumentan su rendimiento a medida que pasan los metros. Alguien de los que “cuanto peor, mejor”. Y evoluciona. Tanto que le seleccionan para que represente a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos. Los de 1936. En Berlín.

Eran los Juegos de Hitler, los que se organizaron a mayor gloria del nazismo. Los que inmortalizará Leni Riefenstahl, los de Goebbels moviendo los hilos en la sombra. También los de Jesse Owens. Seguramente uno de los momentos más impactantemente simbólicos del deporte en el siglo XX.

Allí Zamperini no cumple sus propias expectativas, quedando octavo en los 5000 metros después de un portentoso final que sorprenderá incluso al Führer, el mismo que lo reconocerá más tarde cuando Goebbels le lleve a su presencia. Quizá la explicación a este rendimiento sea que Louis llegó algo pasado de peso a la cita: el buffet libre durante el largo viaje en barco hasta Europa parece que tuvo la culpa… Otros tiempos, sin duda. Como otro mundo le pareció a Zamperini Alemania. Quedó encantado con la educación de la gente, con la limpieza de las calles, con el trato exquisito que recibieron los atletas. Años más tarde se justificaba diciendo que apenas tenía conciencia política, que no sabía realmente lo que estaba pasando allí, lo que el fuego olímpico (fue la primera vez en los Juegos modernos en que se encendió este reducto de paganismo que tanto agradó al Partido Nacional-Socialista) contribuía a dejar en las sombras…

Cuando retorna a Estados Unidos Louis Zamperini es casi, casi una celebridad local. Entrena con más fuerza que nunca. Mejorará sus marcas, se cuidará más que nunca, y los de 1940 serán sus Juegos Olímpicos. Ganará medalla. ¿Louis Zamperini campeón olímpico? Suena bien. Pondrá todo de su parte para que ocurra.

Pero la historia, de nuevo, se obstina. Y donde pudo haber gloria se desencadena el infierno. En Europa las cunetas empiezan a llenarse de sangre. Las pistas de atletismo se convierten en campos de concentración. América contiene la respiración. Se mantiene a la expectativa. Pero Zamperini no. Zamperini lee más periódicos que antes, Zamperini entiende la situación. Sabe que Estados Unidos acabará entrando en la contienda. Y siente que su país le llama. Se alista en las Fuerzas Aéreas en septiembre de 1941. Menos de tres meses después, el 7 de diciembre de 1941, Japón bombardea la base de Pearl Harbor. Estados Unidos está en guerra, y a Zamperini lo desplazan al Pacífico, a la base de Funafuti.

Su vida ha cambiado. Le asignan un puesto en el Super Man, un enorme B-24 con una tripulación de once hombres que se dedicaba a lanzar varios miles de kilos en bombas en cada una de sus salidas. Alto riesgo, pues, como pudo comprobar en el último vuelo del avión, una expedición sobre las Islas Elice de la que volvió tan deteriorado que debió quedarse en tierra para que lo reparasen. Los hombres que habían sobrevivido a esa experiencia fueron reasignados a otro B-24. El Green Hornet. El Abejorro Verde, un máquina vieja y achacosa que era temida en todo el ejército estadounidense por sus continúas averías. Pero era la guerra, y nada sobraba…

Lo siguiente es agua. Agua por todos los sitios, agua donde mirases, como en la Rima de Coleridge. El fuselaje del Abejorro es apenas una sombra que se hunde con rapidez en las oscuras aguas del Pacífico. Zamperini y sus compañeros han viajado hasta las cercanías del atolón Palmira en búsqueda de otro avión americano que había sido derribado allí. Y los motores empiezan a fallar, se pierde altura, el choque con el océano es brutal. De los once tripulantes fallecerán todos salvo tres: Zamperini, Rusell Phillips y Francis McNamara. Están en una balsa en mitad de la nada, con Louis vomitando por la borda una mezcla negruzca de sangre, agua salada y carburante. Entonces el mar se agita, se vuelve corpóreo, salta e intenta morder al antiguo atleta. Tiburones, a cientos, rodeándolos. Los tres se tumban. En silencio. Están en mitad de la nada. Están, claro, muertos.

Y, más tarde, vivos. Zamperini empieza a hablar, a contar historias. Es un fabulador genial, es un narrador nato. Mantengámonos con vida, pensará, para que la muerte no nos alcance. Cuenta a sus compañeros que cuando ellos se duermen aparecen un montón de hadas entre las olas, hadas brillantes y saltarinas. Ellos acaban siempre por sonreír. Pasan las jornadas. Pescan peces, cazan albatros. Comen carne cruda, beben su sangre. Un día, cuando llevan 27 jornadas a la deriva, ven un avión acercándose. Hacen señas, lanzan bengalas. Y el avión les ataca, les dispara. Es una máquina del ejército imperial japonés. Dará vueltas a su alrededor durante un tiempo que parecerá eterno, hasta que se canse. La esperanza se les agota, qué pueden esperar, solo declinar lentamente. McNamara fallece a los 33 días. Incluso Zamperini se envuelve en el mutismo. No luchan, no cazan. Ahora, sí, son fantasmas. El día 47 la corriente lleva la balsa hasta una playa paradisíaca. Zamperini y Phillips apenas se dan cuenta. Cuando se arrastran sobre la arena, exhaustos, escuchan voces. Voces en un idioma que no es el suyo. Voces en tono agresivo. Alzan sus cabezas, ven fusiles apuntándoles. Han caído en terreno controlado por los japoneses…

Son botín de guerra, y como tal se les trata. Arrojan a los dos americanos al campo de prisioneros de Kwajalein, y más tarde al de Ofuma. Y allí Zamperini vuelve a ver cara a cara al mal. Primero es un médico japonés, uno de esos científicos “locos” que encontraron en la guerra su campo de trabajo, un Mengele imperial que hace todo tipo de experimentos con él. Agujas inyectando líquidos que jamás sabrá lo que son, experiencias de resistencia al dolor, días enteros sin dormir sometido a impulsos sonoros… es una pesadilla sin final. Y luego está él. Mutshuhiro Watanabe.

En 1998 los Juegos Olímpicos de Invierno se celebran en Nagano. El Gobierno japonés invitará a varios antiguos prisioneros de guerra para que porten la antorcha olímpica en suelo nipón como muestra de fraternidad, de superación del pasado. Uno de esos es Louis Zamperini. Aprovechando esto un periódico intentará reunir a Zamperini con este Watanabe del que hablamos más arriba. Fue imposible, el japonés se negó. “Lo traté como lo que era: un enemigo del Japón. Y recibió el trato que se merecía”.

Watanabe la toma con Zamperini en el campo de prisioneros de Ofuma y le somete a todo tipo de vejaciones físicas y mentales. Golpes, torturas de refinadísima crueldad, sangre. Watanabe será uno de los cuarenta criminales de guerra más buscados del régimen imperial japonés. Y se cebará con Louis, que quedará para siempre marcado por esa experiencia. Cuando los japoneses pierdan la guerra y Zamperini vuelva a Estados Unidos buena parte de sí mismo se habrá quedado en el Pacífico. Poco queda del animoso muchacho que conseguía pasarse horas y horas contando historietas en mitad del océano para elevar la moral de sus dos compañeros. Ese murió, lo mató Watanabe. El que vuelve es alguien triste, gris, que cae en las garras del alcoholismo durante años, que encuentra en su familia y en la religión las fuerzas para salir de allí. Alguien que cerraba los ojos y veía el pasado. Una inmensa mancha azul llena de tiburones. Y, años después, consigue sonreír. Porque aún se podían ver, allá a lo lejos, las hadas.

“Señor, señor…disculpe. ¿Sería tan amable de llevarse mi cámara y hacerle una fotografía a Hitler? Yo no puedo llegar allí”. Los ojos fríos, gélidos, le observan detenidamente. Esos ojos que el mundo acabará por conocer, por temer. Los que dibujan mapas en las ondas de toda Alemania. Los que escriben parte del...

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Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981), profesor y escritor, ha publicado obras sobre Derecho, Historia, Filosofía y Deporte. Le gustan los relatos donde nada es lo que parece, los maillots de los años 70 y la literatura francesa. Si tienes que buscarlo seguro que lo encuentras entre las páginas de un libro. Es autor de Arriva Italia. Gloria y Miseria de la Nación que soñó ciclismo y de "Periquismo: crónica de una pasión" (Punto de Vista).

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