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Bahar, Sherina, Shadia..., supervivientes yazidíes del horror

En 2014 comenzó el genocidio contra los yazidíes. De las 5.000 mujeres capturadas en Sinjar, 3.000 permanecen aún en manos de Daesh. Los niños de 13 a 17 años han sido reclutados como combatientes. Poco o nada se sabe de los hombres y de las ancianas

Roger Calabuig Duhok (Iraq) , 3/02/2016

<p>Bahar.</p>

Bahar.

R.C.

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Bahar

A Bahar le robaron el alma a golpes. Tras un año y cuatro meses de cautiverio, ella y sus tres hijos supervivientes por fin llegaron a la casa de su hermano en  el Kurdistán iraquí. Bahar, con la mirada vacía y constantes pérdidas de conocimiento. Los niños, con trastornos de sueño y pesadillas. Bahar parece impasible, como si nada más pudiera afectarla; pero cuando se desmaya, grita y llora de una manera desgarradora. Aun así, quiere contar su historia para que  el mundo sepa lo que le han hecho.

El 5 de agosto del 2014, cuando Daesh tomó la ciudad de Sinjar, la capital histórica de los yazidíes, en el norte de Irak, también cayó en sus manos el pueblo en el que vivía Bahar. Los miembros del autodenominado Estado Islámico sacaron a Bahar y a su familia de su casa. No fueron los únicos. Lo mismo hicieron  con otras 5.000  familias pertenecientes a esta comunidad religiosa. Una vez fuera de su hogar, separaron a los hombres de las mujeres y los niños, los pusieron de rodillas y les aseguraron que si querían vivir debían convertirse al islam. Aceptaron, pero Bahar estaba embarazada. Le dijeron que no podía tener ese niño. Era el hijo de un infiel. Allí mismo, delante de sus hijos y su marido, a patadas, puñetazos y culatazos de kalashnikov, la golpearon en la barriga hasta que estuvieron seguros de que lo había perdido.

Esa noche fueron llevados por la fuerza a Ninive, ciudad controlada por Daesh cerca de Mosul. Allí recibieron diez días de adoctrinamiento. Después Bahar y su familia fueron llevados a Kasser El Mehrab, donde asignaron una casa a cada familia y repartieron las tareas. El marido de Bahar y el hijo mayor, de dieciséis años, debían trabajar en el campo. Y las mujeres en casa. De vez en cuando los soldados de Daesh venían y se llevaban a los más pequeños para enseñarles el Corán. Regresaban maltratados, golpeados y asustados, pero vivos. Así permanecieron cuatro meses. Al cabo de este tiempo los llevaron a Mosul. En la proclamada capital del autodenominado Estado Islámico vivieron con otras quinientas personas en el salón de un edificio que Daesh utilizaba como cuartel general. Quizá no lo supieran pero esas quinientas familias actuaron como escudos humanos. Allí la crueldad se hizo mayor. Les golpeaban cada día sin razón alguna. Les sometían a registros frecuentes, en cualquier momento, a cualquier hora. Durante la noche disparaban al aire cada cierto tiempo para que nadie pudiera dormir. Apenas los alimentaban y a veces incluso les daban comida putrefacta. Los niños, muertos de hambre y de miedo, lloraban constantemente. Permanecieron así dos meses. Tras este tiempo, los llevaron a un pueblo de los alrededores de Mosul, a una casa con otras familias. Les tocó encargarse de las ovejas y durante los siguientes meses su vida fue más o menos estable. Después todo cambió de nuevo. A peor, a mucho peor.

 

Bahar con sus hijos.

Bahar con sus hijos.

De vuelta a su pueblo, al lugar donde los capturaron. Les metieron en la escuela, junto con otras muchas familias y de nuevo separaron a los hombres de las mujeres y los niños. Vendaron los ojos de los hombres y se los llevaron. Desde entonces, Bahar no ha vuelto a ver ni a su marido ni a su hijo mayor. Las mujeres fueron divididas en grupos: las guapas y jóvenes, las casadas sin hijos, las ancianas y las mujeres con hijos. A los niños los metieron en una habitación. Durante siete días se repitieron las violaciones. Varias veces al día, distintos hombres cada vez. Después de estos siete días las metieron en autobuses de camino a Siria. A todas menos a las ancianas, que permanecen en paradero desconocido. Las llevaron a Raqqa, donde las encerraron en un sótano sin luz durante cuarenta días. No era una cárcel, sino un mercado de mujeres. Las fueron vendiendo hasta que solo quedaron las mujeres con hijos. Entonces los rusos comenzaron sus ataques contra esta ciudad y se las llevaron a Irzor, pero no a todas. A Bahar le tocó en un grupo de veinticinco mujeres con hijos. Del resto no ha vuelto a saber nada.

Una vez en Irzor, las mujeres y sus hijos fueron puestos en fila y cada miembro de Daesh se llevó a quien quiso. Bahar y sus hijos fueron trasladados a la ciudad de Hasaka. A partir de este momento, los acontecimientos se precipitaron. Bahar y sus tres hijos fueron vendidos siete veces más. En Hassaka pasaron solo una noche porque los niños estaban muy asustados y no dejaron de llorar. Al día siguiente su nuevo dueño se libró de ellos. Pero el hombre que los compró adquirió otra familia yazidí y a ella la volvieron a vender enseguida. En la siguiente casa estuvo un día y medio. De nuevo los niños no pararon de llorar y esta vez, en lugar de venderlos, los llevaron a un salón donde los hombres de Daesh se reunían. Allí había otra mujer con niños, otra familia que nadie quería. Después de una semana, un tunecino los compró. Permanecieron con él seis días. El siguiente en adquirirlos fue un tal Abu Ibrahim, cuyo parecido, según Bahar, con Abubaker Al Bagdadi, el jefe de Daesh, era notable.  Los compró para que limpiaran un salón donde había habido un banquete. Al día siguiente les vendieron de nuevo. Esa misma noche, cuando Bahar abandonó la casa, ésta fue bombardeada por los rusos y Abu Ibrahim murió. Bahar y sus hijos pasaron a ser propiedad de Abu Hatar, quien fue especialmente sádico con ellos. Se llevó a los niños y no dejó que su madre los viera. Los golpeaba y los obligaba a trabajar. Apenas los alimentaba. En la casa de Abu Hatar estuvieron quince días. Después, por miedo a los bombardeos, se trasladaron a otro sitio. Y allí apareció un intermediario. Los compró y los llevó a una casa cerca de la frontera con Turquía, donde les dejó solos.  Antes les había explicado que iban a ser liberados. Debían esperar allí sin salir de la casa. Llegó la noche y otro hombre que los volvió a cambiar de casa. Al día siguiente apareció un tercero que les ayudó a cruzar la frontera. De nuevo en Irak, supieron que su familia había reunido cerca de 20.000 dólares y había comprado su libertad.  

Sherina

Tiene 24 años, permaneció más un año en cautiverio y fue vendida en seis ocasiones. A Sherina la capturaron también en Sinjar. La separaron de su familia y la llevaron a Raqqa, al mercado de esclavas. Su primer dueño la llevó de vuelta a Irak, a Mosul. Allí, en una plaza pública, Sherina vio a seis hombres decapitados. Abed Al Hakim, el hombre que la compró, le obligó a verlo y le aseguró que les habían cortado la cabeza por no obedecer.

Sherina.

Sherina.

Sherina no era la única esclava de este miembro de Daech. Tenía más, encerradas en una habitación minúscula. Cuando Al Hakim trató de violarla, Sherina se resistió. Le imploró, le dijo que estaba prometida y que si hacía eso la rechazarían para siempre. Pero él  siguió intentándolo y ella continuó negándose. Con un cuchillo le cortó en los muslos, en los brazos, en los pies, dejándola cicatrices por todas partes, pero ella continuó negándose. Hasta que su dueño le hizo saber que conocía el paradero de sus dos hermanos y que si no se dejaba les cortaría la cabeza. Y se dejó.  Después fue vendida cinco veces más. Un día aprovechó un descuido y escapó. Su madre también pudo huir de sus captores, pero su padre y sus hermanos continúan en paradero desconocido.  

Shadia

Está aprendiendo a hacer artesanía y demuestra un gran talento. A sus 15 años, cuenta orgullosa que solo estuvo cautiva un mes y medio. Con tan solo 14 años fue extremadamente valiente. La separaron de su familia y la vendieron enseguida. El hombre que la compró solía emborracharse, en contra de lo que el islam obliga. Un día, cuando su dueño estaba  borracho, le preparó un té, pero en lugar de azúcar le echó sal. Cuando vomitaba, tras bebérselo, Shadia le pegó en la cabeza con la botella de vino. Cogió las llaves y huyó. Fue corriendo hasta una casa vecina pero los vecinos la entregaron de nuevo a los hombres de Daesh. A otros distintos.

Shadia

Shadia

En esta nueva casa tampoco duró mucho. Estaba llena de gente, pero ella simplemente corrió cuando nadie la veía. No la intimidó que la casa estuviese fuertemente vigilada por cámaras de seguridad. Corrió y se escondió en el campo. Al día siguiente entró en una casa a pedir ayuda y tuvo suerte. La llevaron en coche a una zona controlada por las milicias kurdas de los peshmergas, quienes  la trasladaron a un lugar seguro.

Elham

A esta mujer de treinta años la capturaron  junto con sus padres, su marido y otros miembros de su familia, algunos de los cuales fueron asesinados delante de ella. Sus padres pudieron escapar, pero su marido continúa en paradero desconocido.  

Elham.

Elham.

Durante sus 13 meses de cautiverio fue vendida cuatro veces y llevada de un sitio a otro hasta que su familia pagó el rescate. Sus captores  le permitían llamarles de vez en cuando para decirles que estaba bien. Así se aseguraban de que sus familiares siguieran intentando liberarla. Los hombres de Daesh negociaron con el hermano de Elham mediante un intermediario, dedicado a facilitar las liberaciones. Es él quien realiza los pagos. La familia de Elham consiguió recaudar 10.800 dólares gracias a la contribución de muchos. Tras el pago, fue liberada.

Inass

Solo tiene 12 años. Permaneció cautiva nueve meses, junto con su madre, su padre, una hermana y un hermano, en una zona rural, donde otras muchas familias yazidíes eran también esclavas. Distribuidos en distintas casas, próximas entre sí, todos estaban obligados a trabajar en el campo. Inass y los suyos estaban encargados de un rebaño de ovejas.

Inass.

Inass.

Una persona, otro cautivo, organizó la fuga. Se las había apañado para hacer una llamada a un hermano suyo y fijar un lugar en el que los recogerían a todos. Un buen día, a las once de la mañana, mientras estaban en el campo con las ovejas, treinta y tres personas echaron a correr y no dejaron de hacerlo durante varios días. Por el día se escondían y por la noche caminaban, hasta que llegaron al lugar indicado. Allí, los montaron en una furgoneta y se los llevaron a un lugar seguro. Ahora, Inass ha podido regresar a la escuela e intenta superar lo vivido.

Bahar, Sherina, Shadia, Elham, Inass son solo cinco de las 5.000 mujeres yazidíes capturadas en Sinjar. Unas 3.000 permanecen aún en manos de Daesh. El resto ha escapado o ha muerto. Poco o nada se sabe de los hombres que fueron capturados. Los niños de entre 13 y 17 años han sido reclutados como combatientes. La mayor parte de las ancianas sigue en paradero desconocido y multitud de fosas comunes comienzan a aparecer en el norte de Siria. El 3 de agosto de 2014, en Sinjar comenzó un genocidio contra los yazidíes. Su persecución continúa.

Bahar y su hijos están ahora en uno de los programas de apoyo de la ONG germano-iraquí; Wadi. Sherina, Shadia, Elham e Inass también han sido o son algunas de las mujeres a las que esta organización intenta ayudar a recuperarse del horror vivido. Fundada en 1992, y con personal voluntario, esta asociación trabaja en el Kurdistán iraquí para proteger los derechos humanos, en especial de las mujeres y los niños. Entre otros proyectos, da asistencia a mujeres supervivientes de Daesh. Además de unidades móviles, poseen tres centros donde proveen de apoyo psicológico, ropa, comida. También imparten talleres de artesanía y capacitaciones para que las mujeres puedan generar ingresos y reanudar sus vidas.

 

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Bahar

A Bahar le robaron el alma a golpes. Tras un año y cuatro meses de cautiverio, ella y sus tres hijos supervivientes por fin llegaron a la casa de su hermano en  el Kurdistán iraquí. Bahar, con la mirada vacía y constantes pérdidas de conocimiento. Los niños, con...

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