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"Si me marcho de Irán, pierdo mi fuente de inspiración"

EVA MURGUI 3/02/2016

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Irán está de moda. Para hacer negocios, de momento. Ya es el destino turístico nº1 para este 2016 según National Geographic. El presidente iraní, Hassan Rouhani, visita Italia y Francia estos días en su primer viaje a Europa desde el levantamiento de las sanciones contra su país. Pero la primera república islámica de Oriente Medio es un país que aún hoy condena a latigazos. En septiembre de 2014, siete jóvenes fueron sentenciados a 91 latigazos por bailar la canción Happy en un videoclip, y el año pasado, la actriz Leila Hatami fue condenada a 50 por no rechazar el beso en la mejilla que le dio el director del Festival de Cannes. Ahora otro joven, el cineasta kurdo-iraní Keywan Karimi, se enfrenta a seis años de prisión y 223 latigazos por “insultar al islam” en su último documental.

El día que conocí a Keywan Karimi (1985) era fin de año, aunque nada en las calles de Teherán parecía indicarlo. Fuimos a cenar a un restaurante llamado “Khoone, hogar” en farsi. El camarero nos recitó unos versos de Lorca y contó que era amante de Buñuel, mientras una chica, a la que unas mechas de pelo azul le asomaban por debajo de su hijab, nos sonreía. El optimismo con el que cuenta Karimi sus próximos proyectos hace que te olvides de su dura condena. Así que, aparte de cine, hablamos también de la subcultura que existe en Irán y de la situación de los jóvenes iraníes.

“Irán es una jaula”, me han comentado varios chicos, en referencia al sistema. ¿Usted también siente que quiere irse?

No creo que toda la gente joven que no cree en la ley islámica quiera marcharse de Irán. Depende de la educación que hayan recibido y de muchos otros motivos. En mi caso, quiero quedarme aunque las condiciones de vida sean duras, porque es nuestro deber cambiar el sistema. Mi origen kurdo me hace creer en la idea de poder mejorar la vida de mi gente o, al menos, la de mi familia.

Keywan Karimi fue arrestado el 14 de diciembre de 2013 en su piso de Teherán por la Guardia Revolucionaria. Lo llevaron a la prisión Evin, donde estuvo confinado 12 días. Sólo pudo hacer una breve llamada a su familia una semana después, pero no pudo contarles donde había estado. Desde entonces, ha tenido que declarar hasta ocho veces delante del tribunal, en un proceso lleno de irregularidades.

Pero no es el único joven iraní que ha sido arrestado. Mohsen y Navid trabajan en una tienda de ropa moderna en el barrio armenio de Esfahan. “La policía viene de vez en cuando para comprobar cómo llevo el pelo ese día”, asegura Mohsen, de 21 años, entre risas. Suena a broma pero estuvo detenido por ello, por llevar un peinado afro y pantalones rotos. Navid, de 34, también ha sido arrestado tres veces por motivos absurdos: “Ser rebeldes con nuestra forma de vestir es de momento nuestra tímida aportación a cambiar las cosas”. Son muchos los jóvenes iraníes que no se consideran religiosos, se ríen de sus líderes y burlan la ley islámica, organizando por ejemplo fiestas privadas.

“Todo era mejor antes de la revolución islámica”, también he oído. Lo que sorprende es que ninguno de esos jóvenes ha vivido esa etapa.

Es lo que algunos estamos acostumbrados a oír en nuestras casas. Antes de la revolución de 1979, se podría decir que éramos más occidentales. Mi madre no llevaba velo, pero vivíamos bajo una dictadura igual. Yo creo en la revolución porque fue la gente trabajadora la que la impulsó, y con mis películas intento mostrar el verdadero estilo de vida iraní. Creo realmente que el futuro será mejor, pero estoy preocupado por la radicalización del liberalismo, que está agravando la brecha social entre clases en el país.

¿Estuvieron cerca del cambio real con la Revolución Verde de 2009?

Los que la vivimos creemos que sí. Yo me involucré desde el inicio en las primeras protestas, cuando trabajaba como profesor adjunto de Comunicación en la universidad. Denunciábamos el absoluto fraude electoral que hizo ganar de nuevo a Ahmadineyad. Fue un momento bonito, lo recuerdo con cariño, aunque me echaran de ese trabajo. Supongo que algo similar vivísteis en España con el movimiento 15M. 

¿Ha seguido participando en algún movimiento?

Me considero totalmente antisistema, no creo en los gobiernos ni en el Estado, nunca he ido a votar. Mi familia es de origen kurdo y también comunista. De hecho, mi tío fue asesinado durante la revolución del 79. Las personas de izquierdas fueron los verdaderos artífices del levantamiento contra el Sha. Creo en la revolución desde abajo.

¿Fue justo después de la revolución del 79 cuando empezó a gestarse una cultura underground en Irán?

Sí, porque la sociedad se partió en dos, lo público y lo privado. Aquí puedes encontrar de todo (alcohol, fiesta, baile) pero casi siempre en las casas. Si quieres ir a un concierto, por ejemplo, lo máximo que encontrarás será uno de algún pianista clásico, tipo Richard Clayderman (ríe). Por eso, a mí me apasiona todo lo ilegal, lo prohibido. Soy fan de los artistas urbanos, los músicos de la calle, los grafiteros… Somos los urban guerrilla makers.

Hablando de grafitis, ¿cómo Writing on the City, el documental por el que le acusan, puede irritar tanto a las autoridades iraníes?

La película pretende retratar la historia reciente de Irán a través de los grafitis de Teherán. Los que se apoderaron de la revolución del 79 no fueron los que se dejaron la piel o la vida por cambiar el país. Y eso reflejan los mensajes que puedes ver en paredes de toda la ciudad. También expresan lo que pasó durante la Revolución Verde, hace 6 años. Representan el subconsciente de una ciudad. Pero insisto: yo no he pintado esos grafitis, sólo los he grabado.

Todos nos preguntamos, ¿cómo una película puede merecer 223 latigazos?

Eso se lo deberíamos preguntar a la Corte iraní. Obviamente a mí me parece absurdo un solo latigazo. Cuando mi abogado me lo comunicó por teléfono, no pude creerlo. Sabía que me caería una condena ejemplar, pero como mucho de seis meses.

¿Cree que le condenan por otros motivos?

Está claro que una condena de ese tipo no responde únicamente al contenido de este documental, por muy ofensivo que les parezca. Cuando la Guardia Revolucionaria entró en mi casa, se llevaron todos mis discos duros y aparte encontraron alcohol, por ejemplo. Digamos que no soy un chico ejemplar para el Estado.  

Tener origen kurdo y ser suní en un país de mayoría chií tampoco habrá ayudado…

Está claro que no. Mis padres viven en el norte de Irán y son suníes, y yo también me considero, pero no soy religioso. La situación de los kurdos en Irán ha evolucionado durante los últimos 30 años. Mucha gente nos ve aún como violentos o independentistas, pero lo que hemos hecho ha sido formarnos en las universidades y luchar por un futuro mejor, para poder tener más representación en los poderes económicos y políticos.

Conocí a un estudiante de 16 años al que le gustaba su líder, Ali Jameini, porque “habla claro” y se sentía orgulloso por no seguir el juego a EE.UU. ¿Cree que a partir de ahora se abre un nuevo periodo para la sociedad iraní?

Parece que Irán quiere empezar a mantener una relación respetuosa con el resto del mundo y creo que debemos darle tiempo al presidente Rohani. El Gobierno iraní se ha posicionado durante 30 años como antiimperialista y enemigo de EE.UU., por lo que ahora será duro recomponer el mapa de “amistades” o intereses. Cuando miro a nuestro alrededor y la situación de Irak, Siria o Afganistán, sólo puedo pensar que la diplomacia a base de bombas es una vía sin éxito.

Su corto The Adventure of a Married Couple habla del fracaso de la comunicación de una pareja. ¿Las mujeres iraníes tienen hoy la misma libertad que los hombres?

Yo creo que sí. Ya lo habrás comprobado, en las calles se ven muchas mujeres paseando solas o con amigas, comprando, conduciendo…Eso es sólo una insignificante muestra, pero algo está cambiando. Lo verdaderamente importante es que cada vez son más conscientes de sus derechos. Por ejemplo, muchas ya no llegan vírgenes al matrimonio, porque se sienten libres de decidir qué quieren hacer con su cuerpo, aunque sus familias les impongan la tradición islámica.

¿Podría hablarnos de alguna cineasta iraní?

Me gusta Forugh Frakhozad, por su documental This hope is black.

El pasado 23 de diciembre, el Tribunal estudió la apelación de Keywan. Cineastas de todo el mundo han unido sus voces en defensa de Keywan y el Festival de San Sebastián ha mostrado también su “rotundo rechazo” a la sentencia impuesta por el Tribunal Revolucionario iraní. Amnistía Internacional exige que sea liberado. Lo habitual en casos en los que hay revuelo internacional es demorar la aplicación de la sentencia.

¿De qué manera le ha ayudado la repercusión mediática?

El deber de los medios de comunicación es promover los derechos humanos, pero sabemos cómo influyen en ellos los poderes políticos. En mi caso, ningún medio iraní ha cubierto la noticia, tampoco ninguno estadounidense. Soy director de cine y estoy acusado por mis películas, pero muchos medios intentan sacar otras motivaciones políticas. Lucho diariamente para reconstruir mi imagen mediática.  

¿Es difícil vivir del cine en Irán?

Es muy complicado encontrar financiamiento, tienes que invertir mucho tiempo y esfuerzo. Cuando mi cortometraje The Adventure of a Married Couple fue seleccionado en el Encuentro Internacional de Estudiantes de Cine de San Sebastián, me preguntaron cuánto me había costado hacerlo. Y les contesté: “Sólo 10 dólares”. Y es que no creo en el cine low cost sino en el cine no-cost, es decir, sin presupuesto. Trato de hacer películas con actores que están empezando o gente de la calle, compañeros me prestan su material y mis amigos forman el equipo. Les prometo a cambio que el proyecto se hará más grande y tendremos éxito juntos.

¿En qué está trabajando ahora?

La Guardia Revolucionaria me borró mucho material de archivo que había recopilado durante mucho tiempo, y ahora lo estoy recuperando poco a poco. También perdí muchas fotografías personales, de mi infancia… Imagínate cómo me sentí. Tampoco he podido distribuir mi documental en festivales, ni asistir a los que me han invitado. Todo esto ha impactado en mi vida y en mi trabajo. Si finalmente soy absuelto, seguiré trabajando en mi próxima película, un largometraje de ficción, con la misma estética y estructura que The Adventure of Married Couple y con el mínimo presupuesto.

Y…¿si no le absuelven?

No hay que perder la esperanza, ¿no? Después de diversas apelaciones, espero al menos que me rebajen de 6 a 3 años y que sea arresto domiciliario. Desde hace tres años, mi vida no ha sido fácil, pero no he dejado de trabajar. Siento que cada día lucho contra todo en Irán, pero quiero quedarme porque mi cine retrata mi sociedad. Si dejo mi país, pierdo mi fuente de inspiración. Además de cineasta, me considero activista. Así que para mí reconstruir mi país a través del cine es lo más importante. Ya he comprobado que es muy duro, y seguro me desilusionaré muchas veces más, pero tengo que intentarlo. Sigo levantándome y tirando adelante. Y espero que mi país haga lo mismo.

A Keywan Karimi le gusta ser el perfecto anfitrión, un papel que ejerce la mayoría de iraníes. En su apartamento de Teherán, mientras bebíamos vino hecho por su madre, nos enseñó emocionado los pósteres promocionales de Writing on the city, que iba a enviar al festival Punto de Vista, donde se estrena mundialmente. Eran láminas personalizadas con dibujos de niños refugiados en la frontera Irán-Irak.   

Keywan rodó su primera película a los 18 años y estudió cine en India, Tailandia y Alemania.  Ya está pensando en viajar seis meses por Sudamérica. “¿Has estado en Bagdad?”, pregunta. “Es un lugar increíble, lástima por la información que los medios os hacen llegar a Occidente”, opina, “todo se reduce a eso”. Fue el único iraní que no me preguntó sobre la imagen que tenemos de Irán en Europa.

Mi estancia en Irán se vio marcada por las protestas en la Embajada saudí de Teherán, a causa de la ejecución de Nimr al Nimr, un prominente clérigo chií. “Quise acercarme a la embajada y simplemente esperar y grabar lo que ocurriera”, cuenta Keywan Karimi, que nunca se separa de su cámara. Una motivación que recuerda mucho a la de Ryszard Kapuscinski --que él mismo relata en su libro El sha o la desmesura del poder-- cuando en la fría Nochevieja de 1979, mientras 66 americanos permanecían secuestrados en la Embajada de EE.UU. en Teherán, se dirigió allí sin pensarlo, porque creyó que esa noche debía estar en ese lugar, aunque nada ocurriera. Testimonios pacientes ante la realidad de un país tradicionalmente revolucionario.  

Autor >

EVA MURGUI

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