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Tenis

La misión secreta de Donald Budge (I)

"Él es el hombre que necesitamos para recuperar la Copa Davis”. Tenía 20 años. Tres años más tarde, Don Budge sería el primer tenista en conseguir los cuatro grandes en una misma temporada

David R. Sánchez 6/01/2016

<p>Donald Budge, jugando un partido en el White City Stadium de Sidney en 1937</p>

Donald Budge, jugando un partido en el White City Stadium de Sidney en 1937

Wikipedia

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Fue en el transcurso de una cena cuando Lloyd, el mayor de los tres hijos de Jack y Pearl Budge, lanzó un reto que cambiaría la historia del tenis. Sabía del potencial de su hermano John Donald y aquella noche aseguró delante de toda la familia que, si no fuera tan vago, el pequeño 'Don' probablemente podría vencer en el campeonato estatal de California para menores de 15 años que se disputaba dos semanas después. Algo que no ocurriría jamás, dijo, porque no iba a entrenar en serio para ello. Lloyd obtuvo lo que quería: el pequeño de los Budge aceptó el desafío y le dio la razón ganando aquel torneo. Lo que no imaginaba es que aquella provocación alumbraría una fulgurante carrera tenística que alcanzó su apogeo ocho años después. En 1938 su hermano logró lo que hasta entonces nadie había siquiera soñado: ganar el Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos en una misma temporada.

Esta historia tiene su inicio en Bushrod Park, a escasas dos manzanas de distancia de la casa familiar de los Budge en Oakland. Con campos de béisbol y softball, canchas de baloncesto y pistas de tenis de tierra, aquellas instalaciones fueron el escenario ideal para que prendiera la pasión de Don Budge (Oakland, 13 de junio de 1915 – Scranton, 26 de enero de 2000) por el deporte, haciendo sus pinitos como alero en el equipo de baloncesto escolar. El tenis no estaba entre sus preferidos, pero la obsesión de Lloyd por el 'deporte blanco' arrastró inevitablemente a Don, que con trece años comenzó a aprender de su hermano mayor los rudimentos del tenis. En aquellas pistas, que con el tiempo acabarían llevando su nombre, aprendió a golpear la pelota con consistencia y dejó entrever su distinguido revés, su velocidad de pies y su determinación.

Con quince años, Budge arrasó en aquel primer campeonato estatal ataviado con unas zapatillas viejas, una camiseta blanca y unos pantalones de pana de color marrón claro, lo más parecido a la vestimenta blanca que exigía el tenis y que su madre pudo sacar del armario. Su aspecto campestre y desaliñado era poco convencional para el ambiente clasista del tenis --mucho más acentuado por entonces-- y fue tema recurrente en la prensa cuando años después Budge se codeaba con los mejores del mundo.

“Un parsimonioso y discreto joven, tan poco agraciado que incluso su madre sonrió cuando un amigo dijo que, si no el mejor tenista del mundo, su hijo era ciertamente el más feo. El joven Budge es simpático pero alguien corriente fuera de una pista de tenis”, aseguraba la revista Time en 1935. Frente a jugadores portentosos y elegantes de la talla de Bunny Austin, Fred Perry o Gottfried Von Cramm, The New York Times Magazine llegó a decir sin rubor sobre Budge que, “pese a sus muchos triunfos, aún entraba en una pista como el despistado abogado del pueblo que trata de enfrentar su modesto talento ante los brillantes abogados de la ciudad”.

La promesa del tenis estadounidense

Sin embargo, los orígenes de Budge nunca socavaron su ambición. Tras sobresalir como mejor tenista estatal, se confirmaría como promesa nacional en 1933. A sus dieciocho años, desconocido para la mayoría y sin ser cabeza de serie, se abrió camino sin apenas contratiempos hasta la final del Campeonato de Estados Unidos en categoría junior, donde le esperaba Gene Mako, el número uno nacional y ya viejo conocido de Don. Desde su primer encuentro un par de años antes habían entablado una gran amistad alimentada por su afición por la música jazz, y que resultaría en una laureada pareja de dobles que levantó cuatro Grand Slams y dos Copa Davis. Al entrar a la pista en su primer partido de dobles como compañeros, Mako señaló enérgicamente el lado derecho y espetó a Budge: “Tú juega ahí y no te preocupes de lo que haga yo, tan solo mete la bola”. Nacido en Budapest, con nacionalidad estadounidense una vez llegado al país tras la Gran Guerra, Mako era la gran esperanza nacional para coger el relevo de los intratables Bill Tilden y Elsworth Vines. El jugador húngaro había dominado en sus enfrentamientos con Donald, pero durante esos dos años Budge había conseguido progresar hasta alcanzar el nivel de su inseparable amigo y una agónica victoria en el quinto set de aquella final le convirtió en la esperanza del tenis patrio.

Ya en la primavera de 1934 el equipo de Copa Davis americano le convocó para su equipo auxiliar y durante el verano logró junto a Mako dos títulos de dobles y unos más que notables cuartos de final en los campeonatos nacionales. Hizo además su primera aparición en los individuales del Abierto de Estados Unidos, cayendo en cuarta ronda. Tenía 19 años. En aquella gira estival Budge y Mako viajaban hospedándose en casas particulares, pues la Federación estadounidense apenas facilitaba una partida semanal para cubrir algunos gastos. Eran los tiempos del amateurismo. Hasta la llegada de la Era Open en 1968 dos mundos paralelos, el amateur y el profesional, coexistieron en el panorama tenístico.

Aquellos que quisieran disputar los grandes torneos debían pertenecer al primero de ellos, privados de premios monetarios por sus victorias. Por contra, el circuito profesional era fuente de grandes ingresos. Célebres tenistas como Tilden, Vines o Fred Perry fueron seducidos por adinerados promotores, y tras temporadas de éxito en el circuito amateur emprendían giras por varios países enfrentándose entre ellos y llenando grandes escenarios como el Madison Square Garden. Algunas grandes empresas de la industria del tenis se encargaron de paliar el agravio comparativo y ofrecieron puestos de trabajo a los mejores amateurs. El propio Budge figuró durante varios años en la nómina de Wilson como secretario de la oficina de paquetería, un trabajo que teóricamente ejercía cuando no estaba disputando el circuito, además de recibir un suministro de raquetas cortesía de la marca.

Tras su consagración como promesa, una figura será fundamental en el futuro de Budge: el entrenador Tom Stow, un extenista universitario que trabajaba como entrenador de un club local, ofreció sus servicios al californiano tras su victoria en el campeonato nacional junior. Stow sabía que un tenista en ciernes como él no tendría dinero para pagarle, pero creyó que ante un tenista de sus hechuras la apuesta sería saldada con creces a largo plazo. Durante la pretemporada de 1935 trabajaron duramente la transformación de su derecha, incidiendo en un cambio de empuñadura más adecuada para el bote y alturas del juego sobre hierba, la superficie en la que se jugaban en aquella época los Grandes a excepción de Roland Garros.

Producido el cambio técnico, en el verano de aquel año Walter Pate, capitán del equipo estadounidense, asombró a los periodistas con unas sonoras declaraciones: “La derecha de Budge necesita trabajo, pero él es el hombre que necesitamos para recuperar la Copa Davis”. El californiano acababa de debutar oficialmente en mayo en el torneo por equipos, ante China y México. Aquella temporada conoció por primera vez Europa, donde viajó para disputar Wimbledon. Allí cosechó unas meritorias semifinales y cayó derrotado por Von Cramm, y una final de Copa Davis de la que él y sus compañeros salieron vapuleados por la Gran Bretaña de Perry.

De regreso a Estados Unidos arrasó en algunos torneos de hierba en la Costa Este y alcanzó los cuartos de final del Abierto de los Estados Unidos, eliminado por Bitsy Grant. Mostraba un nuevo aplomo, y el New Yorker no tenía dudas: “No pasará mucho tiempo antes de que este joven pelirrojo domine a sus rivales americanos del mismo modo que lo hizo Ellsworth Vines”. Budge cerró ese año como número dos americano y número seis mundial, e incluso la revista Time ilustró una de sus portadas con su figura, como pretexto para hablar del Grand Slam americano.

En aquella temporada, una victoria corroboró el salto de calidad del californiano. En la final interzonal de la Copa Davis, la ronda que antaño daba acceso a disputar la eliminatoria por el título frente al vigente campeón, se topó con la Alemania de Gottfried Von Cramm, el dos veces ganador de Roland Garros que terminaría encarcelado por su homosexualidad y oposición al régimen nazi. La eliminatoria, decidida para los americanos por 3-1, aguardaba un último enfrentamiento entre Budge y el que por entonces era número dos mundial. Un intrascendente partido a ojos de los espectadores, pero no del californiano. “Me había vencido de manera contundente en las semifinales de Wimbledon y no tenía ninguna esperanza de poder derrotarlo. Fue él quien abrió la puerta a mi esperanza, porque una vez has ganado a alguien, no importa en qué condiciones, es mucho más fácil lograrlo la próxima ocasión. Un partido puede ser insignificante en un contexto y muy significativo en otros”, apuntó el americano en sus memorias sobre aquella victoria ante Von Cramm.

Fue el salto de calidad que Don necesitaba. Su primer viaje a Europa le permitió enfrentarse por primera vez a las principales raquetas del tenis mundial (aunque no había una ránking como el actual, Fred Perry y Von Cramm eran respectivamente, sin que nadie dudara de ello, los números uno y dos mundiales). Había constatado que su nivel estaba cerca de el de las grandes estrellas, incluso ya había saboreado lo que era derrotar a un gran campeón como el alemán. Aquella joven promesa que se confirmó en el campeonato nacional junior estadounidense empezó a deslumbrar a aficionados y medios de comunicación, que vieron en él un serio aspirante a ocupar el trono mundial del tenis. Lo que difícilmente podrían imaginar era el abrumador dominio que ejerció sobre sus rivales en los siguientes años, gracias en parte a un par de sucesos en que durante la temporada de 1936 supusieron un punto de inflexión definitivo que le convirtieron en un tenista invencible. Fred Perry y su irregular dieta tendrían la culpa.

Fue en el transcurso de una cena cuando Lloyd, el mayor de los tres hijos de Jack y Pearl Budge, lanzó un reto que cambiaría la historia del tenis. Sabía del potencial de su hermano John Donald y aquella noche aseguró delante de toda la familia que, si no fuera tan vago, el pequeño 'Don' probablemente podría...

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Autor >

David R. Sánchez

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