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La agonía del mediapunta

Galgos o podencos

La polvareda se ha acercado tan peligrosamente como cuando se puso de moda el “ya caerán”. No cayó entonces y pinta tiene de que ahora tampoco

Emilio Muñoz 6/01/2016

<p>Thomas celebra junto a Correa el gol conseguido por el primero frente al Rayo Vallecano (0-2)</p>

Thomas celebra junto a Correa el gol conseguido por el primero frente al Rayo Vallecano (0-2)

Ángel Gutiérrez / Club Atlético de Madrid

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Sentados en sus irreales poltronas, los conejos no tienen tiempo ni ánimo siquiera para discutir si el Atleti es un galgo o un podenco. Andan muy atareados retozando en sus propias miserias --no conocen otras, todo sea dicho--. No contribuyen tampoco a poner nombre a la amenaza la cohorte de corifeos acostumbrados, siempre dispuestos a ordeñar hasta el esperpento la ubre seca de lo que ellos llaman información. Mientras tanto, la polvareda se ha acercado tan peligrosamente como hace un par de años, cuando se pudo de moda aquella canción del “ya caerán”. No cayó entonces y pinta tiene de que va a ser que ahora tampoco. No se trata solamente de un deseo ni de un sobrevenido poder adivinatorio que se me haya revelado entre turrones. Se trata de un ejercicio de observación y análisis pausado que paso a argumentar en el siguiente párrafo, que éste anda ya muy lleno.

Mirando la clasificación uno repara en dos cosas. La primera es que ésta no va a ser una liga de récord de puntos salvo segunda vuelta para el recuerdo de alguno de los aspirantes. En este escenario de mayor igualdad, en el que robar al descuido puntos a los grandes ha dejado de ser una utopía, mayores son las posibilidades del equipo de Simeone. Mucho más complicado sería para los rojiblancos aguantar el envite en una competición como aquellas programadas para dirimirse a doble partido en los clásicos, dada la imposibilidad de arañar resultado alguno por parte de los otros dieciocho equipos, chuchos sin raza todos, cuando los conejos asoman por los calendarios. La segunda es que el Atleti está en lo más alto, partido menos, partido más, se sobreentiende, a pesar de los pesares.

Los pesares se llaman falta endémica de gol y, puestos a afinar mucho, ciertas fases de los partidos sazonadas con un juego que podríamos calificar de anodino. Aduce el Cholo –-palabra de Dios-– que la falta de gol en sí no es tan preocupante cuando se crean ocasiones. Estando de acuerdo en el diagnóstico, uno cree entrever nostalgia en la mirada del técnico. Nostalgia de aquel Falcao, ahogado ahora nadando entre billetes, que tornaba en redes cualquier balón que tocara. Nostalgia de ese Diego Costa indómito que perforaba porterías potencia pura mediante, aunque fuera trastabillado tras chocar con tres adversarios que yacían caídos a su estela. Nostalgia incluso, quién lo iba a decir, por aquel Mandzukic aguerrido y tosco, adalid del simplismo aplicado al hecho diferencial del goleador. Justo esta temporada, cuando más delanteros se arremolinan alrededor de Simeone en cada entrenamiento, cuando mayor es el abanico de posibilidades, van los goleadores y se ponen a fumar, lo mismo que la abuela.

El gol en el Atleti desde mediados de la pasada campaña tiene acento francés. Solo Griezmann ha respondido a las expectativas numéricas y solo ello hace que se le perdonen esos episodios de ausencia durante los partidos que harían las delicias de cualquier neurólogo balompédico. Seguidamente las miradas se dirigen a los dos delanteros más puros que hay en la plantilla: Jackson y Torres. La prevista batalla por la titularidad entre ellos se ha tornado en un duelo de diversas ansiedades que debieran ser ponderadas de manera diferente. El colombiano anda a la búsqueda de su sitio, tanto en el campo como de cara al gol, pero su cruzada deja en ocasiones tufo a indolencia. Fernando, mientras tanto, pelea y lucha, se embolica por el camino y trasiega peleado con un gol redondo. Nunca fue el de Fuenlabrada un delantero de cifras, pese a poder presumir de ellas, y ahora no debería centrarse en las matemáticas. El uno por el otro dejan la casa del delantero centro por barrer y eso ha hecho que el técnico haya probado con resultado desigual con Vietto haciendo de nueve impostado en varios encuentros. Ni a esa llamada acudieron los goles. Completan el bodegón Correa, Carrasco y los centrocampistas que quieran sumarse a la fiesta goleadora sabiendo que toda ayuda es buena aunque la responsabilidad de marcar no recaiga en sus hombros. La cifra goleadora se antoja algo enclenque, cierto, pero suficiente si se apoya en la proverbial capacidad defensiva, joya de la corona, marca de la casa admirada allende los mares.

Puestos a señalar como pesar al juego desplegado por nuestro equipo, permítanme antes declararme en rebeldía de nuevo ante cualquier debate centrado en lo puramente estético que se pueda echar uno a la cara. El problema de juego, si es que lo hubiera, nace de una puntual falta de verticalidad o de episodios de desconexión con la delantera --otra vez el gol, traidoramente esquivo--, nunca de militar en posiciones alejadas del preciosismo tiquitaquero –los dioses nos libren de semejante lacra--. Si de pulcritud en las maneras para con el balón hablamos, es menester acordarse de Tiago. La sombra de la ausencia del portugués es alargada. Su falta ha retrasado a Gabi, cumplidor en el posicionamiento y en la brega, deficitario en la salida del cuero. Tampoco Saúl ha acabado de convencer a la hora de suplir al luso: más desorden táctico y pérdidas comprometedoras han alejado al canterano del círculo central, tal vez para definitivamente quedar unido al puesto de interior. Además, Koke, dueño y señor de la patente del último pase en los últimos tiempos, se ve obligado a un mayor despliegue físico que acusa en fase de ataque y a Óliver parece deprimirle la cercanía de la cal de la banda y estar pendiente de cerrar el carril que le toca. No todo son noticias regulares. El vacío de Tiago ha rescatado a Thomas de lo más profundo de un banquillo con perspectivas de cesión. El ghanés ha estallado en el medio campo y en nuestros corazones como una bomba de hidrógeno. Su despliegue físico, su fe y su llegada al gol nos han enamorado como a adolescentes y hemos vuelto a creer en cosas en las que se deja de creer cuando uno firma una hipoteca. Aun así, hablamos de otro interior, no --todavía-- de un cinco de los de toda la vida.

El mercado de invierno, otrora zoco persa del que salíamos escaldados baratija tras baratija, nos trae como añadido dos apuestas casi seguras. Kranevitter, el cinco más cinco que Argentina ha fabricado en varios años y Augusto Fernández, otro todocampista metido a mediocentro, también de la patria del tango pero con nombre y planta de cantante de rancheras. La suma de ambos junto con la maduración y asentamiento de los mimbres que ya hay en la plantilla, debería ser suficiente para suplir, que nunca olvidar, al añorado Tiago. La competencia y la presencia de tantas alternativas juegan a nuestro favor, solamente el tiempo necesario para ensamblar las flamantes piezas y asumir los nuevos roles de cada uno pesan en nuestra contra. La polvareda ya está cerca y los conejos siguen discutiendo de sus cosas.

Sin querer parecer demasiado optimista, lo lógico es que todo vaya a mejor. Delanteros que encuentren la confianza perdida con goles, aunque sean con la espinilla y en semifallo, aunque haya dudas de si hay que atribuírselos a ellos porque antes rebotaron en el trasero de un central lleno de tatuajes y flequillo a lo Bryan Ferry. Un centro del campo cómodo tanto en la brega como en el manejo del tiralíneas que sirva, además, de coartada firme desde la que despejar cualquier sospecha de cansancio por la carga de partidos. Una defensa y un portero que se ciñan al guión que llevan bordando desde el inicio del rodaje. Llega el momento de utilizar el tan cacareado fondo de armario y llega con el equipo en una posición envidiable, impensable hace tan solo un lustro.

Los conejos y sus rapsodas oficiales, incapaces de ver lo que se les viene encima, debatirán hasta el mismo momento de recibir la primera dentellada si este Atleti es una amenaza. Si los pesares a solventar por los de rojo y blanco son suficiente motivo para seguir adorando tranquilamente su propio ombligo, ¿son galgos o son podencos? Tal vez, ni cuando ya sea demasiado tarde repararan los roedores en lo que se les viene encima. Ojalá.

Sentados en sus irreales poltronas, los conejos no tienen tiempo ni ánimo siquiera para discutir si el Atleti es un galgo o un podenco. Andan muy atareados retozando en sus propias miserias --no conocen otras, todo sea dicho--. No contribuyen tampoco a poner nombre a la amenaza la cohorte de corifeos...

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Autor >

Emilio Muñoz

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