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Cine documental

Los Goya olvidan al Schindler español

La Academia no selecciona el documental ‘La encrucijada de Ángel Sanz Briz’, la historia del diplomático que salvó a 5.500 judíos del terror nazi en Budapest haciéndolos pasar por sefardíes

Eduardo Bayona 30/12/2015

<p>Fotograma de <em>La encrucijada de Ángel Sanz Briz</em>. Cientos de zapatos clavados junto al Danubio recuerdan a las víctimas del nazismo.</p>

Fotograma de La encrucijada de Ángel Sanz Briz. Cientos de zapatos clavados junto al Danubio recuerdan a las víctimas del nazismo.

ENCRUCIJADA FILMS

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Budapest tiene un monumento tan curioso como estremecedor: varios cientos de zapatos de metal clavados en el suelo junto a una escalinata a orillas del Danubio recuerdan la infamia de los Nylas, los nazis húngaros, y el sufrimiento de los judíos durante los trágicos diez meses de matanzas que, en 1944, perpetraron aquellos en ese escenario: los maniataban por parejas y descerrajaban un tiro en la cabeza al más cercano al agua, el cual, al caer, arrastraba hacia la muerte a su compañero. Paralela a ese río bañado en sangre —así fueron asesinadas 10.000 personas— corre la avenida Ángel Sanz Briz, que es, junto con un monolito con la levítica cita “No te quedes quieto cuando derraman la sangre de tu prójimo”, uno de los escasos puntos de recuerdo y homenaje a la figura del diplomático español que, ese invierno, se jugó el pellejo y los cuartos para salvar la vida de más de 5.000 judíos.

El diplomático Ángel Sanz Briz (Zaragoza, 1910; Roma, 1980), cuya biografía inspiró un libro de Diego Carcedo (Un español frente al holocausto) y otro de Arcadi Espada (En nombre de Franco), y cuya epopeya eclipsa otras como la oscarizada de Oskar Schindler y su lista, es un personaje de película. Aunque tampoco demasiado. O al menos, y pese a que salvó el quíntuple de vidas, no de tanto relumbrón como el empresario alemán: El ángel de Budapest llegó a obtener algunos premios, como un Ondas en 2012, mientras que La encrucijada no lograba hace unas semanas pasar el corte que convierte a los candidatos a los Goya en nominados. Quizá la discreción que caracterizó a la persona persiga ahora al personaje.

De hecho, el diplomático no llegó a recoger la condecoración como “justo entre las naciones” que el Gobierno de Israel —es la de mayor rango que da— le otorgó en 1968, cuando estaba destinado en Nueva York, para reconocerle como uno de los no hebreos que desinteresadamente colaboró a la salvación de estos. “El Ministerio de Asuntos Exteriores le recomendó que no la recogiera para no enturbiar las relaciones con los países árabes productores de petróleo, con los que España cuidaba las relaciones que había comenzado a abrir tras el Plan Marshall, a partir de 1947”, explica José Alejandro García Baztán, director de La encrucijada de Ángel Sanz Briz, que recuerda que “él, que era diplomático de carrera y un convencido de su trabajo, declinó recibirla”.

El nuncio que organizó unas catacumbas

La condecoración fue entregada en 1982, dos años después de su muerte y cuando la gesta de El ángel de Budapest llevaba otros 14 en el olvido. Fue uno de los primeros jalones del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre España e Israel tras la caída de la UCD y el final oficial del tardofranquismo. Los reconocimientos llegaron con los últimos ministros de Exteriores, especialmente con Miguel Ángel  Moratinos y José Manuel García-Margallo, diplomáticos de carrera como él.

Sanz Briz llega a la Embajada de Budapest como encargado de negocios en 1943, aproximadamente un año antes de que, tras la ocupación alemana de marzo de 1944, la ciudad viviera los trágicos diez meses transcurridos entre la llegada al Gobierno de los Nylas y la entrada de los soviéticos. Algo no le cuadraba. Y el nuncio del Vaticano, Nino Rota, despejó sus dudas tras una misa dominical. “Le invitó a ver los sótanos de la nunciatura convertidos en catacumbas modernas en las que se refugiaban los judíos” para evitar caer en manos de los Nylas y los nazis, explica González Baztán, que durante la preparación del documental consultó documentación de la época y se entrevistó con varios de los niños que salvaron su vida gracias al diplomático aragonés.

Este informó a Madrid de lo que estaba ocurriendo: deportaciones, reclusiones en los guetos, dificultades para el abastecimiento como solo permitir a los judíos salir de casa dos horas, de una a tres de la tarde, cuando las tiendas cerraban. Pidió instrucciones, pero solo obtuvo evasivas del Gobierno de Madrid, que en aquella época basculaba entre sus simpatías —y deudas— con la Alemania nazi y las presiones de EE.UU. y los lobbies hebreos.

El decreto de Primo de Rivera sobre los sefardíes

“Siempre buscaba un resquicio legal para hacer las cosas”, señala el director del documental. Y lo que se le ocurrió fue agarrarse a un decreto de Primo de Rivera que permitía reconocer la nacionalidad española a los sefardíes, los descendientes de los judíos expulsados de la península en 1492 por los Reyes Católicos: eran solo 45 en Budapest, pero él se las arregló para documentar vínculos familiares gracias a los que alrededor de 5.500 personas pudieron cobijarse bajo ese paraguas legal para salvar la vida. El franquismo no se pudo negar.

Sin embargo, su misión no terminó con los papeles. Ese otoño, los Nylas dan 48 horas a los judíos para dejar el gueto y Sanz Briz logra alojarlos en ocho edificios que alquila con dinero de su bolsillo. Para entonces, el tráfico de valijas con Madrid estaba interrumpido. “Hace poco hemos sabido que contó con la ayuda de un constructor”, anota el realizador.

La numerosa colonia de sefardíes ficticios pasó el crudo invierno de 1944, en el que llegó a helarse el Danubio, hacinada en esas casas, en las que “podían vivir 50 personas en un piso de cuatro habitaciones”, explica González Baztán. Sobrevivieron sin luz ni agua en edificios sin ventanas, vestidos con harapos en la mayoría de las ocasiones, descalzos en muchos casos y casi siempre desnutridos pese a los esfuerzos del diplomático por conseguir comida en el mercado negro. La alternativa era el gueto internacional de Budapest, donde las razias de los Nylas se compaginaban con los hasta seis bombardeos diarios que los aliados llegaban a descargar sobre la ciudad.

Siete décadas en segundo plano

Los carteles que señalaban a esos edificios como “anejo a la embajada” y la bandera española, que los convertían en territorio diplomático, no impidieron que los nazis húngaros llegaran a llevarse de ellos a algunos grupos de refugiados, a varios de los cuales Sanz Briz logró rescatar con vida de la orilla del Danubio.

“Aprovechaba la posición que le suponía representar a un país con el que Hungría quería establecer relaciones”, apunta el realizador, que destaca la “valentía y la decisión con las que actuó: o intervenía en ese momento, o esas personas iban a terminar en Auschwitz”. La mayoría de los 5.500 sefardíes ficticios siguieron viviendo tras la Segunda Guerra Mundial en Hungría, donde hasta mediados de los años 60 sufrirían una nueva represión, en este caso más bien económica y social, a manos de los soviéticos.

“Se pueden contar con los dedos de la mano los supervivientes”, señala González Baztán, que ha localizado a varios de los ancianos que fueran los niños de aquella época. Entre ellos se encuentran los hermanos Vandor, que sobrevivieron gracias a la intervención de Sanz Briz y que, finalizada la guerra, pudieron viajar con su madre hasta Barcelona, donde había emigrado su padre al principio de la contienda con la intención de reunir a su familia en esa ciudad. De eso hace ya setenta años. Siete décadas en las que la figura del Ángel de Budapest ha permanecido en un plano tan discreto como el que su protagonista ocupó en vida.

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    Hace 5 años 4 meses

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