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Tribuna

La degradación de François Hollande

El presidente presentará en febrero ante la Asamblea Nacional la reforma constitucional que prevé retirar la condición de franceses a los nacidos en el país con doble nacionalidad que sean condenados por “atentados graves a la vida de la Nación"

Éric Fassin 28/12/2015

<p>François Hollande.</p>

François Hollande.

Luis Grañena.

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"Una persona nacida francesa en posesión de otra nacionalidad puede perder la nacionalidad francesa cuando se la condene por un crimen que constituya un atentado grave a la vida de la Nación". Constitucionalizar semejante medida no sólo es un crimen sino también un error.

Todo el mundo está de acuerdo en decir que es inútil: a los que, en nombre del Estado Islámico están dispuestos a morir en su guerra contra Francia no les disuadirá el miedo a perder el pasaporte francés. La amenaza puede, por el contrario, provocarles un ataque de risa. Pero ¡qué más da la eficacia! Para Ségolène Royal, número 2 del Gobierno, "con argumentos como este, no se va a ninguna parte..."

Una medida simbólica

El jurista Olivier Duhamel está de acuerdo: “Es cierto que es muy poco útil. Pero en una Constitución hay muchas disposiciones simbólicas. No vamos a suprimir la referencia a la "fraternidad" por el hecho de que su alcance sea fundamentalmente simbólico". La ironía inconsciente de este argumento es que la medida, al unir simbólicamente el terrorismo al origen, hace distinción entre dos clases de franceses: ¿no es, precisamente, lo contrario a la fraternidad? La medida es meramente simbólica; pero, para Manuel Valls, pasa a ser altamente simbólica; ¿se grabará, como el estado de emergencia, en el "mármol de la Constitución"?

Sin llegar a reducir el argumento al absurdo como hace ese constitucionalista ("hoy, el francés de nacimiento no puede ser privado de su nacionalidad, pero el que ha adquirido la nacionalidad francesa puede serlo. Desde este punto de vista, el proyecto de ley tiende a un mayor grado de igualdad"), siempre encontraremos consejeros de Estado que consideren que "al ampliar a las personas nacidas francesas la pena de la pérdida de la nacionalidad, ya prevista por el código civil para las personas que han adquirido la nacionalidad francesa, la disposición no crea una ruptura de igualdad entre esas dos categorías de personas".

Sin embargo, en 2010, cuando el entonces presidente Nicolas Sarkozy prometía en Grenoble privar de la nacionalidad francesa a los franceses naturalizados que fueran culpables de crímenes importantes, el propio Olivier Duhamel hacía un llamamiento, a través de Mediapart y en nombre de los derechos humanos, subrayando que "diferenciar a los franceses en función de su origen fue lo que hizo el régimen racista de Vichy". Yo, por mi parte, puse mi firma en otro llamamiento junto a la de... François Hollande, Manuel Valls y Christiane Taubira: "Por primera vez, en la más alta instancia del Estado, se afirma que existen 'franceses de pura cepa' y 'franceses por los papeles', como declara el Frente Nacional desde su fundación, y a riesgo de darle credibilidad".

En esa época muchos pensaban en las masivas pérdidas de nacionalidad decretadas por Vichy. La UMP, el partido de Sarkozy, terminó por dar marcha atrás. Recordar este episodio es pertinente en la medida en que el sucesor de Nicolas Sarkozy la toma contra los franceses de nacimiento, es decir, opone los binacionales a los "franceses de pura cepa", según la expresión de François Hollande ante el Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia el 23 de febrero de 2015. Nos dicen que es para "segar la hierba bajo los pies del Frente Nacional" pero permítannos dudarlo al ver el entusiasmo mostrado por Marine Le Pen: la presidenta del partido de extrema derecha ha celebrado en Twitter "la primera consecuencia de los 6,8 millones de votos del Frente Nacional en las elecciones regionales" y su vicepresidente Florian Phillipot va más allá y considera que el "Gobierno se está 'marinizando' un poco".

La estrategia del Titanic

¿Cómo comprender la opción del presidente? Thomas Piketty indica una vía: "A la incompetencia económica, el Gobierno añade la infamia". Sin embargo, prolongando su argumento, quizá no haya que añadir sino articular las dos vertientes de esta política, la derechización económica y la extremaderechización identitaria (desde la caza a los romaníes, nada más ganar las elecciones de 2012, hasta la constitucionalización de la pérdida de la nacionalidad, prometida para 2016). Da la impresión de que la política gubernamental hace todo tipo de concesiones en el segundo registro para no ceder ni un ápice en el primero. Porque los dirigentes socialistas parecen compartir con los del Frente Nacional una idea populista del pueblo: ambos lo consideran obligatoriamente xenófobo y racista. Y como no le da pan, el presidente de la República le ofrece el circo del resentimiento identitario.

Sin embargo, ese juego no benefició a Nicolas Sarkozy: la huida hacia adelante en las controversias, desde la de la identidad nacional a la del islam pasando por la de los romaníes, no frenó su caída en los sondeos, hasta la derrota final. Y en lo que a François Hollande se refiere, ha necesitado repetidos ataques terroristas para parar el hundimiento de su popularidad. Hace ya tiempo que se están apropiando de las preguntas del Frente Nacional; ahora, progresivamente se toman prestadas sus respuestas. Pero muy bien podría ocurrir que este partido fuera el único beneficiario. En efecto, cuando los socialistas imitan a la derecha, que imita a la extrema derecha, los electores prefieren el original a la copia, como siempre ha dicho Jean-Marie Le Pen.

En el mes de agosto de 2012 yo denuncié la "xenofobia normal" del nuevo presidente. Al año siguiente, analicé los peligros de la "apuesta autorrealizadora por la derechización" de François Hollande: "Podría muy bien pasar a la Historia como el presidente de "izquierda" entre comillas que permitió que accediera al poder en Francia la extrema derecha sin comillas". Hace unas semanas, en una carta abierta, interpelé al presidente de la República. No contento con hacer suyo el discurso de la derecha extrema sobre la desnaturalización, ¿se dispone ahora a legarle el marco jurídico y político del estado de emergencia? "La historia juzgará, señor presidente, el papel que usted ha desempeñado en la llegada al poder del régimen autoritario de la derecha junto a la extrema derecha".

Una medida como la pérdida de la nacionalidad no puede ser tachada de electoralismo desde el momento en que podría contribuir a la derrota de la mayoría en 2017. En este sentido, François Hollande parece llevar al Partido Socialista a un suicidio político. Como me confesaba en 2014 un joven secretario de sección del PS, poco después de la publicación de mi ensayo Gauche; L'avenir d'une désillusion: "Seguiremos a bordo del Titanic incluso cuando se haya hundido..." ¿Es posible que Francia no solo tenga la derecha más tonta sino también el Partido Socialista más estúpido del mundo? Desde hace treinta años, para dividir a la derecha, hace subir a la extrema derecha; y a base de debilitar a su izquierda, se hunde con ella.

Escila y Caribdis

Ante tanta ceguera, uno duda: ¿y si, contrariamente a lo que parece, el presidente de la República estuviera dando muestras de clarividencia? ¿Y si su cabezonería fuera determinación? En otras palabras, ¿podrían las elecciones desmentir los análisis precedentes y darle la razón? Desde hace 30 años se repite el mismo escenario. Resultado: el Partido Socialista y la ex UMP alternan en el poder, anulando cualquier otra alternativa. ¿Por qué no otros 30 años? Sin duda es debido a la abstención, pero también al "voto útil": para frenar a la derecha, los electores de izquierda terminan votando siempre socialista; y ya hemos visto en la segunda vuelta de las elecciones regionales como para bloquear el camino al Frente Nacional están dispuestos a votar a sus adversarios de derecha.

Hay que decidir, pues, qué escenario nos asusta menos. Según uno, a base de correr tras la extrema derecha, se le abren las puertas del poder. Según otro, la extrema derechización de los gobernantes socialistas sería lo que nos salvaría del Frente Nacional. Es evidente que nos aterroriza la posibilidad de verle mañana llegar al Gobierno, pero ¿tememos suficientemente lo que está pasando hoy, cuando los socialistas llevan las riendas del país?

Éstos presumen de ser más republicanos que sus competidores de extrema derecha, o de derecha. ¿Pero a qué precio democrático pagamos esta mascarada de República? Al menos, en el caso de una victoria del Frente Nacional, podríamos contar con una fuerte movilización contra todas las derivas --como ayer, contra las de Nicolas Sarkozy--. Sin embargo, cuando el Partido Socialista hace de las suyas la izquierda, por el contrario, se queda muda, y con ella la sociedad civil. Creíamos salvar a la República y descubrimos que ponemos en peligro la democracia.

El honor perdido de Christiane Taubira

Basta con pensar en la humillación de la ministra de Justicia, Chirstiane Taubira. Desde el primer día, la musa del "matrimonio para todos" era la coartada izquierda del Gobierno Valls: esa era su función. Pero con tal de permanecer, la ministra de Justicia parece dispuesta a apurar el cáliz hasta las heces: defenderá ante el Parlamento la medida que ha combatido. El primer ministro lo subraya con crueldad: "Es su papel en el seno del Gobierno". Y de hecho, su ministra no se contenta con obedecer: se siente obligada a justificarse: "La única vez que he hablado sobre la privación de nacionalidad, [...] no he dudado en decir que los que blanden sus armas contra sus compatriotas se excluyen a sí mismos de la comunidad nacional".

Esta es la táctica del poder actual: vincular a su infamia a quienes terminan cediendo ante él. Es lo que ha logrado cuando se ha aprobado la prolongación del estado de emergencia gracias al voto casi unánime de los diputados: helos aquí comprometidos. Con la reforma de la Constitución, François Hollande solo deja una opción a los parlamentarios. Si no quieren ser sus cómplices en la degradación, están condenados a desautorizar al Gobierno --es decir, a oponer un régimen parlamentario frente a la deriva presidencial--. Hoy, sólo ese golpe de Estado legal puede permitirles resistir a la política de transigencia cuyo emblema es Christiane Taubira, tras haber sido el icono de la izquierda.

Si, siguiendo el ejemplo de los seis diputados que se han negado a votar la prolongación del estado de emergencia, los parlamentarios de izquierda y aquellos que, a la derecha, quieren merecer el calificativo de "Republicanos", votan contra la reforma constitucional, el presidente de la República siempre podrá dedicarse a corromper al pueblo sometiendo la medida a un referéndum. Pero los refractarios que ampliarían el círculo de los rebeldes abrirían las puertas a una recomposición política. Sería el comienzo de algo.

Nadie puede ignorarlo: votar la reforma constitucional es alinearse con la extrema derecha. ¿Se aprobará, a pesar de todo, con los votos de la derecha y la extrema derecha? Puede ser. Negarse a votarla equivaldría a proclamar en voz alta: "¿Qué tengo en común con este Gobierno y con este presidente de la República?".

Ha llegado la hora de oponer a ese frente republicano, obnubilado por el Frente Nacional, un frente democrático. Mañana podremos contar los que se comprometen solemnemente a combatir la deriva del régimen. Y los otros podrán contar con el compromiso, no menos solemne, de los electores de izquierda a no votarles jamás --ni siquiera para que no gane el Frente Nacional--. En efecto, la loca estrategia de François Hollande ha hecho que la situación esté clara: el "voto útil" ha pasado a ser voto peligroso.

Traducción de María Cordón.

Este artículo se ha publicado el 24 de diciembre en Mediapart.

"Una persona nacida francesa en posesión de otra nacionalidad puede perder la nacionalidad francesa cuando se la condene por un crimen que constituya un atentado grave a la vida de la Nación". Constitucionalizar semejante medida no sólo es un crimen sino también un error.

Todo el mundo está de acuerdo en...

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Éric Fassin

Sociólogo y profesor en la Universidad de Paris-8. Ha publicado recientemente 'Populismo de izquierdas y neoliberalismo' (Herder, 2018)

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