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Folletín. Milton y Gismonti

16. De vuelta a casa

Roberto Andrade 25/11/2015

Sandra Rein

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Si alguien le hubiera preguntado de qué había estado hablando toda la noche con Ana, Gismonti no habría sabido qué contestar. Desde que llegó a aquel bar con Milton, las cosas fluyeron sin traba alguna, como si todo hubiera estado escrito desde antes. Kelvin estaba ya allí con Ana y con algunos que recordaba de la otra fiesta, de los que decían que procedían del Alemán. Y había una pareja muy agradable, ella llevaba un vestido corto que era una especie de tablero de ajedrez en blanco y negro y se había pintado los ojos de forma muy marcada y llevaba los cabellos como dispuestos en pinchos, y él simplemente parecía un semáforo: el pantalón verde, la camisa amarilla y la corbata roja, impecable de arriba abajo. Ella estaba contando en ese instante lo que le había pasado durante el día y les comentaba que el plan estuvo varias veces a punto de estropeársele pero finalmente había salvado cada escollo y allí estaba, decía, menos mal, no podía perdérselo. El semáforo, mucho más alto que ella, bajaba su atención desde las alturas para hacerse cargo, sonreía para la galería medio a desgana, era guapo, y no decía ni una palabra. Aquí Milton y Gismonti, dijo Kelvin; ellos son del Liceo.

La música no estaba todavía muy alta, el local empezaba a llenarse, de camino Gismonti había visto que las calles estaban repletas, como un hormiguero, grupos de jóvenes que avanzaban, parejas que se besuqueaban, solitarios y solitarias que se proyectaban resueltos y resueltas a abandonar su condición y a sumarse a la batidora. Porque eso era lo que exactamente ocurría, que el ambiente se cargaba y que, de un momento a otro, las aspas iban a dispararse para mezclarlo todo, juntarlo, volverlo un revoltijo. Uno, dos, tres. Subió el volumen. El tipo del Alemán, el de la ráfaga blanca en el pelo, levantó la vista hasta encontrarse con los ojos lánguidos del semáforo y le hizo un ademán para pedirle prestada a la novia: llevaba un pantalón de cuero gris y una corbata negra delgadísima que brillaba contra una impoluta camisa blanca, así que su atuendo pegaba con la chica. Igual se pusieron a bailar más que por afinidades rítmicas por afinidades cromáticas, pero el caso es que entre el tablero de ajedrez y los pelos dispuestos en pincho y la flaca corbata en plena agitación, y los largos tacones de la dama y los zapatos en punta del caballero, aquello terminó como si fuera un espectáculo futurista. Los cuadrados se convirtieron en círculos sacudidos por la tromba de la música y luego estallaron como disparos de una ametralladora desquiciada. El porvenir se instaló súbitamente en el centro de Madrid siguiendo el compás de aquella pareja improvisada. El semáforo movía la cabeza, Milton y Gismonti se dejaban arrastrar al baile con aquellos amigotes, con Ana y las otras chicas y Mariana, que se incorporó más tarde. La noche no había hecho más que empezar.

Se movían a merced de la música. Los ojos de Gismonti se pusieron a buscar los de Ana y los encontró enseguida, así que se fueron dejando llevar por el ritmo pero ya estaban conectados por una línea invisible cargada de electricidad. El local tenía como dos zonas, una más cerca de la barra y luego la otra, más allá, con un poco más de espacio, ahí se bailaba. Pero no era exactamente una discoteca, así que se agitaban un poco los cuerpos, una canción o dos, no mucho más, pero luego volvía la normalidad y las canciones que los altavoces vaciaban se cubrían de murmullos y de risas.   

“Mira a esos dos”, le sugirió Milton a Kelvin cuando subieron de colocarse en el cuarto de baño, habían arañado un poco de material de los paquetes que le endosaron a Gismonti, e iban ya aceleradísimos. Están tortolines, añadió, y era verdad: Gismonti irradiaba y Ana irradiaba y los dos iban derramándose por cada esquina, pero conservando siempre las formas. Gismonti bajaba un poco la cabeza para escuchar lo que Ana le decía, y casi siempre sonreía después. Luego le hablaba él, y ella levantaba un poco los ojos y celebraba el comentario. Estaban un rato sentados y otros ratos de pie, y se les acercaba la gente y se separaban uno del otro y se perdían, pero luego acudían de nuevo como llamados por una voz, bailoteaban, bebían de sus vasos. Al tipo al que se le  hubiera pedido que filmara aquello, seguro que los seguía por esa especie de aura que desprendían, pero no tendría mucho más para reflejar que el imán de esos dos cuerpos que se atraían hasta el mismo borde pero no llegaban a ir más lejos. Eran dos cuerpos esbeltos, ella llevaba el pelo suelto, eran hermosos.

¿De qué hablaron? Ana le contó, por ejemplo, que su padre tuvo  hace no mucho un ataque fulminante que lo había dejado medio paralítico, arrumbado a una silla de ruedas, pero que de pronto aquello lo había dulcificado y le había quitado toda severidad. Me guiña un ojo, y Ana lo imitaba, como concediéndome una confianza que antes nunca me había dado. Tiene unos grandes bigotes, le contaba, y unas cejas espesas y ahora dirige el mundo, su mundo, solo cerrando de vez en cuando un ojo y dibujando una imperceptible sonrisa en un margen de la boca que solo veo yo, le explicaba Ana. Y Gismonti le contestaba que sus padres se habían muerto hace unos meses y que ya no sabía si por eso mismo él se había perdido: ya no queda ningún testigo, le decía, nadie que conserve ni siquiera un rastro siquiera del niño que fui. Por eso hago estas gansadas, y Gismonti aprovechaba entonces para mover un poco el esqueleto y conectarlo con la música. Y aquel discurso que se le podía haber torcido hacia la solemnidad se evaporaba, y se ponían a hablar de otra cosa, dando saltos, sin dirección precisa.

Vamos a irnos sin que nadie se entere, le dijo Ana cuando eran más o menos las tres de la mañana y la batidora seguía impertérrita moviendo la noche madrileña a un ritmo enloquecido. Gismonti levantó disimuladamente el cuello para localizar a Milton y hacerle una señal de que partía, temía que su amigo pudiera echarlo en falta, pero no lo vio por ninguna parte. De acuerdo, le contestó, y salieron a la calle.

El silencio les cayó como una bendición. No había en ese instante nadie en los alrededores y empezaron a caminar callados, sin fijarse hacia dónde iban, miraban el suelo mojado, debían haberlo regado hace poco y corría algo de fresco. Fueron andando, soltaban de vez en cuando algún comentario sobre la noche, estaban a punto de desembocar en una avenida, casi se frenaron. Gismonti no sabía muy bien qué tocaba. Coger un taxi para que se fuera a casa, despedirse hasta la próxima. La miró de reojo, deberían haberse quedado todavía un rato.

¿Vamos a tu casa?, le preguntó entonces Ana. Gismonti contestó que claro, pero lo hizo siguiendo una corriente, sin darse cuenta. Empezó a caminar un poco más rápido. ¿Vamos a ir andando?, le preguntó Ana. No, mejor no, es un poco lejos.

Así que cogieron un taxi. Pasó uno de inmediato, como si el ayudante de producción lo tuviera dispuesto para ese momento. Gismonti dijo la dirección. Y no hablaron ni una sola palabra durante todo el trayecto.

Siguieron callados cuando se abrió el ascensor, tampoco dijeron nada mientras subía hasta el tercero, no se miraron siquiera y el trayecto se hizo larguísimo. En silencio abrió Gismonti la puerta de su casa. No encontraron la manera de articular palabra cuando encendió la luz del recibidor, ni cuando fueron hacia el salón, ni cuando se sentaron en el sofá uno al lado del otro, un poco separados. Ana le cogió la mano. Luego la acercó hacia su pierna. Los dos seguían en ese momento mirando de frente, la luz llegaba de lejos, estaban en penumbra. Ana volvió la cabeza y lo miró. Gismonti hizo lo mismo. Se acercaron un poco. Se besaron.

Un rato después fueron a la habitación. Iban ya medio desnudos, riéndose y diciéndose tontadas. Gismonti apartó de un manotazo los dos paquetes que estaban sobre la cama, y cayeron al suelo.    

Autor >

Roberto Andrade

Nació y creció en Tangerang, un pueblo de Indonesia, leyendo todo lo que caía en sus manos, de prospectos de medicamentos a novela rosa, y cultivando secretamente su pasión, la polka. A los 33 años se fue a vivir al extrarradio de París, donde trabaja como carterista, y desde donde lanza sus 'Encíclicas para nadie' en forma de postales y telegramas que escribe a personas de forma aleatoria, dejando caer un dedo sobre el listín telefónico, y tiene un bulldog (francés) que se llama Ricky.

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