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Tradición oral

La leyenda del Negre Yoma

La historia del norteamericano afincado en Alicante tras un naufragio muestra el poder de los imaginarios. ¿Reposa su cuerpo bajo la lápida que recuerda a José Antonio Primo de Rivera?

Miguel Barrero 18/11/2015

<p>Un viejo barco abandonado, encallado en una bahía.</p>

Un viejo barco abandonado, encallado en una bahía.

Polyakov Evgeny

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¿Cómo llegó a la costa levantina el Negre Yoma? La teoría más extendida afirma que trabajaba como ayudante de cocina en el petrolero Tiflis y que naufragó con sus compañeros a orillas de Alicante cuando, allá por 1914, el barco sufrió un incendio junto a las dársenas del puerto. Otras versiones sostienen que formaba parte de la tripulación de alguno de los buques que por esas mismas fechas —asolaba Europa la I Guerra Mundial— padecían sabotajes y bombardeos en aguas mediterráneas. Sea como fuere, lo cierto es que desembarcó por accidente en España y algo debió de encontrar en la pequeña capital alicantina, porque en vez de echarse al mar de nuevo o emprender viaje en pos de horizontes desconocidos el Negre Yoma instaló su cuartel en ella y no tardó mucho en convertirse en parte del paisaje.

Lo innegable es que el Negre Yoma —que se llamaba en realidad John Moore y que recibió ese apodo por la fonética de su patronímico y por ser, en efecto, negro como el carbón— llamó la atención desde un principio por dos rasgos ineludibles: el color de su piel y su estatura casi homérica. Para su desgracia, en seguida empezó a destacar, además, por su peculiar modus vivendi. David García, en un artículo publicado en 2006 en la revista del Hércules Club de Fútbol, recuerda cómo aquel exótico individuo pisaba las calles alicantinas “silencioso, con lento caminar, vistiendo las ropas que le ofrecían y comiendo de la caridad ciudadana”. Aunque todo el mundo le presuponía alguna habilidad, y más o menos se daba por hecho que en algo debía de haber trabajado en su tierra natal, nunca hubo ocasión de comprobar tal extremo.

Si algo definía al Negre Yoma era su proverbial pereza: no sólo no se molestó jamás en buscar algún trabajo estable con el que ganarse honradamente el pan, sino que tampoco era partidario de encomendarse a la mendicidad. Quienes compartieron con él tiempo y lugar aseguraban que sólo tomaba las limosnas que los transeúntes le ofrecían por su propia voluntad y que, en el caso de que alguna moneda resbalara de sus amplias manos, ni siquiera acometía el esfuerzo de agacharse para recogerla. “Es un hombre con talento”, se valoraba en un artículo publicado en 1928 en el semanario satírico El Tío Cuc: “No trabaja por más que le pinchen”. Caminaba descalzo y llevaba los zapatos, atados entre sí por sus cordones, colgados del hombro izquierdo. Dicen que las madres del lugar solían reprender a sus chiquillos, cuando volvían a casa embarrados tras los juegos de las tardes, con una admonición que hizo fortuna: “Llevas encima más mierda que el Negre Yoma”.

Eso cuenta, a grandes rasgos, la tradición popular, pero hay quienes aseguran que la rutina del Negre Yoma no era, ni mucho menos, tan bucólica. La primera noticia de su existencia nos llega en el otoño de 1914, cuando la prensa local informa de la detención de un negro, que dice llamarse Chou Maré, que cometía “actos inmorales”. Dos años después, los agentes del orden volverían a arrestar a un hombre de tez oscura en las dársenas del muelle, acusado en esta ocasión de arrojar a un niño al agua. Cabe, pues, la hipótesis de que el Negre Yoma fuese en realidad un marinero para el que Alicante constituía, más que una residencia fija, un puerto de amarre.

Volvemos a tener noticias de su existencia en 1923, cuando dos guardias municipales intentaron detenerlo por un caso de escándalo público y se vieron reducidos y humillados por su presa. Un año más tarde, en 1924, los periódicos del lugar se referirán a él como un acosador sexual. Por aquel entonces ya gobernaba en España el general Miguel Primo de Rivera, y desde el principio de su dictadura el Negre Yoma fue padeciendo una rueda de detenciones y torturas que, curiosamente, nunca le indujeron a abandonar una ciudad que tan pronto le toleraba como hacía cruel escarnio de su figura y sus andanzas.

Tras la llegada de la Segunda República, el Negre Yoma pudo pasear tranquilo por las calles de Alicante. 

Las detenciones y los cargos se fueron sucediendo en los años siguientes. Según se consigna en Alacant Obrera, en septiembre de 1927 le arrestaron por acosar a una mujer, en julio de 1928 fue acusado de insultar a un desconocido, en febrero de 1929 le apresaron por desobedecer a la autoridad y en 1931, unas pocas semanas antes de que se proclamara la Segunda República, fue denunciado por faltar a la moral. La marcha de los Borbones y la instauración del nuevo régimen supusieron un balón de oxígeno, y durante un tiempo el Negre Yoma pudo pasear tranquilamente por las calles de Alicante sin que nadie intentara meterle entre rejas.

La felicidad, sin embargo, no fue eterna. En diciembre de 1933 volvió a dormir en el calabozo tras agredir a un vendedor ambulante, y en septiembre de 1934 los vecinos empezaron a protestar porque su presencia en las calles resultaba molesta. En su libro Alicante, siempre (Industrias Gráficas Cirilo, 1982), Fernando Sánchez Gil cuenta que Yoma solía hacer el truco de la antorcha humana para divertir a los niños. Otros aseguran que lo que hacían éstos era incurrir en burlas de carácter xenófobo cada vez que se encontraban al peculiar personaje, en esta época ya maduro y desgastado, en alguno de sus paseos.         

La versión romántica de su biografía asevera que ésta concluyó en la segunda quincena de noviembre, a causa del frío, en un portal. Los papeles oficiales, por el contrario, aseguran que el Negre Yoma murió en el Hospital Civil el 31 de octubre de 1936 y que fue el alcoholismo crónico lo que hizo que concluyera su rutinario andar por este mundo a la edad de 46 años. En el certificado de defunción no consta su nombre auténtico, sino el de Juan Mallol, una versión castellanizada con la que acaso se quiso afianzar el vínculo del antiguo tripulante del Tiflis con la tierra que le acogió. Su cadáver terminó recibiendo sepultura en la fosa común del cementerio de Alicante. No consta que nadie llevara flores al entierro.

La Historia es caprichosa y sigue, a menudo, los meros designios de la casualidad. Pese a sus costumbres desastradas, al Negre Yoma le dio tiempo a asistir al desarrollo y al final de una Gran Guerra, la ida y el readvenimiento de una monarquía y la instauración de una república. Con las fechas en la mano, es posible que no llegara a ser muy consciente del levantamiento militar del 18 de julio de 1936: tal vez a esas alturas de su vida las jornadas discurrían para él en una nebulosa tamizada por los efluvios etílicos, y como nunca llegó a aprender el castellano tampoco pudo prestar atención a los comentarios ni leer los titulares de la prensa acerca del levantamiento del ejército en Marruecos.

El cuerpo de José Antonio se depositó en la fosa común del cementerio. El mismo lugar donde, desde veinte días atrás, yacían los huesos del Negre Yoma.

Ni siquiera se llegó a dar por enterado de que en la primavera se había instalado en Alicante, como huésped de la cárcel provincial, el mismísimo José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, hijo de aquel dictador que tan malos ratos había deparado a nuestro protagonista y futuro mártir de una causa que, según las malas lenguas, sólo le aceptaba a regañadientes. A José Antonio le habían detenido en marzo acusándole de conspirar contra la República, lo que era rigurosamente cierto, y el 5 de junio fue trasladado desde su celda de Madrid al presidio alicantino. Fue fusilado el 20 de noviembre de 1936, curiosa fecha, y su cuerpo se depositó en la fosa común del cementerio. El mismo lugar donde, desde veinte días atrás, yacían los huesos del Negre Yoma.

Es aquí donde la Historia, o la crónica, se apartan levemente a un lado para dejar que se abra paso la leyenda. El estudioso Raúl Álvarez Antón ha llegado a señalar que, si bien el falangista y el negro ocuparon la fila 9 de la fosa común, cada uno de ellos estuvo en celdas distintas, ubicándose el primero en la número 5 y el segundo en la 4. No ha sido suficiente para acallar las voces que cuentan cómo, una vez finalizada la contienda, se produjo en dicho enterramiento un malentendido colosal. Habían concluido las hostilidades, estaban a punto de iniciarse los tristes años cuarenta y ya a Franco le rondaba la cabeza levantar allá por la sierra de Madrid algo grande con lo que perpetuar el recuerdo de su hazaña.

Como primera medida, el Caudillo tuvo a bien enviar unos emisarios al cementerio municipal de Alicante para que exhumaran el cadáver de José Antonio y lo trasladaran después, con toda pompa y circunstancia, hasta el monasterio de El Escorial, de donde sólo habría de salir para inaugurar las cavidades sepulcrales de lo que años más tarde sería la flamante basílica de Cuelgamuros. En realidad, fueron los enterradores municipales de Alicante, bajo la supervisión de altas autoridades falangistas, quienes se encargaron de excavar en la fosa común del camposanto hasta localizar los restos. Se habría dado así, sin querer, una de esas situaciones que demuestran el enorme poder que poseen los imaginarios y su capacidad innata para superponerse a la realidad.

Ninguno de los falangistas presentes había tratado personalmente a José Antonio, por lo que malamente iban a ser capaces de reconocer al montón de huesos que una vez habían llevado su piel y su cara. Sin embargo, todos los allí reunidos tenían claro que la alta estatura histórica y moral del personaje debía tener su consabida correspondencia en el plano físico, y por eso cuando vieron cómo los dos sepultureros rescataban de la tierra el esqueleto de un hombre que en vida debió de haber medido dos metros, como poco, no tuvieron la más mínima duda: ése tenía que ser. Se comenta que los dos enterradores se miraron acongojados por lo que se les podía venir encima y que uno de ellos, sin mucha fe en que le escuchasen, intentó explicar que aquél a quien habían tomado por el cabecilla de Falange no era sino el Negre Yoma, un fenomenal negrazo venido de la América del Norte que hasta unos años atrás había paseado su figura desgarbada por la calle Mayor o la plaza de Elche, y que cualquier vecino que le hubiese conocido podría corroborar tal extremo con sólo ver aquella gigantesca percha post mortem.

A su paso por las calles de Alicante, algunos vecinos reían por lo bajini. Se llevaban al Negre Yoma y no a José Antonio.

No hubo manera: los falangistas, bien porque prefirieron no escucharles o bien porque estaban arrogantemente convencidos de sus propias razones, hicieron caso omiso y los trabajadores del ayuntamiento prefirieron replegar velas, enclaustrarse en el silencio y dar por bueno aquello que no podía serlo. Los falangistas, pues, tomaron con mimo lo que quedaba del cuerpo del Negre Yoma, lo introdujeron en un ataúd pleno de galones y empezaron a preparar la fastuosa comitiva que habría de terminar con la triunfal llegada del cadáver a Madrid. Hay fotos que atestiguan el éxito de tan macabro desfile. Cuentan que, a su paso por las calles de Alicante, algunos vecinos conocedores del secreto reían por lo bajini. Lo demás ya está en los libros.

¿Reposa realmente el Negre Yoma bajo la lápida que en Cuelgamuros recuerda a José Antonio Primo de Rivera? Es posible que nunca lo sepamos con certeza, pero parece seguro que todo lo expuesto se circunscribe al ámbito de las habladurías. Lo que sí es cierto es que la memoria del Negre Yoma ha trascendido lo suficiente como para mantener cierta presencia en nuestros días. Hay quien asegura que es su efigie la que corona el escudo del Hércules —en realidad cosa harto difícil, porque el equipo de fútbol copió su escudo del que ya usaba el Club Natación Alicante en la década de 1930, y hay quien explica que la negritud de la efigie se debe a que su autor quiso imitar el estilo con que los antiguos griegos decoraban sus ánforas—, y son muchos los artistas locales que recrean su corpulenta figura en los ninots que se esculpen con ocasión de las hogueras de San Juan. Queda, no obstante, un mínimo resquicio para la duda.

De alguna manera, el Negre Yoma fue siempre un vagabundo, y no es descabellado pensar que una vez muerto, y situado por lo tanto al margen de lo humano y lo divino, hubiera tomado la decisión de darse un último garbeo. Lo decía, quién sabe con qué fundamento, el diario El Luchador en la necrológica con la que lloró su muerte: “Distinguió a Alicante con su afecto; aunque pasaba temporadas fuera de ella, siempre al final regresaba y decía que no había ciudad como la nuestra”. No estamos en condiciones de afirmar con total seguridad que su cuerpo continúe allí. Tampoco de que acierten los rumores heterodoxos que narran cómo, desde hace mucho tiempo, hay un polizón en el Valle de los Caídos. 

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Miguel Barrero

Asturiano de Oviedo, 1980. Ha escrito Espejo (KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012) y Camposanto en Collioure (Trea, 2015). Ha colaborado en obras colectivas como la antología Náufragos en San Borondón (Baile del Sol, 2012) o Tripulantes (Eclipsados, 2007).

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