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El caos organizado de Vassily Kandinsky

Gloria Crespo MacLennan 28/10/2015

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El hallazgo tuvo lugar una tarde de 1911 cuando, a la vuelta de un paseo vespertino, Vassily Kandinsky observó en su taller un cuadro de “extraordinaria belleza, encendida por su brillo interno”. Se trataba, simplemente, de una de sus obras vuelta boca abajo. Aquella visión cambió el rumbo de su pintura. Había constatado la fuerza expresiva de las formas coloreadas, independientes del mundo de los objetos. Ese día decidió desterrar los objetos de sus obras. Su camino sería la abstracción.

No fue esta la primera vez que la vida del artista ruso (Moscú, 1866 – París, 1944) se había visto alterada por el mundo de las sensaciones. La visita a una exposición sobre el impresionismo tuvo un efecto determinante en el entonces profesor adjunto de la Universidad de Derecho de Moscú, que decidió abandonar las leyes para dedicarse de lleno a la pintura. Su incapacidad para poder reconocer a primera vista uno de los pajares de Monet, debido a su factura casi abstracta, unida a la representación de la ópera Lohengrin de Richard Wagner, le revelaron la fuerza pictórica de los sonidos y el poder del arte para crear imágenes internas. Comenzaba así, con treinta años, su andadura artística en Múnich.

Podría parecer que en el carácter de este pintor predominaba el impulso y la improvisación. Pero si hay algo que le caracterizó en su quehacer artístico fue su tendencia a fundamentarse en lo teórico,  y así lo avalaban sus publicaciones escritas, De lo espiritual en el arte y Punto y linea sobre plano, entre otras. El caos siempre fue algo organizado para Kandinsky. Para este místico que vivió tres guerras, tuvo tres mujeres y disfruto de tres nacionalidades. Quien siempre tuvo como lema que “el artista debe no solo adiestrar el ojo, sino también el espíritu”. La intensidad de una vida rica tanto en vivencias como en creencias, queda reflejada en cerca de un centenar de obras, pertenecientes al Centre Pompidou, que componen Kandinsky, una retrospectiva, que se exhibe hasta el día 28 de febrero en las salas del CentroCentro Cibeles de Madrid. Comisariada por Angela Lampe, la exposición tiene una orientación cronológica, algo que no es habitual en los últimos tiempos, y cuyo objetivo ha sido mostrar el lado más intimista y desconocido del artista. Casi todas las obras fueron conservadas por el artista. Nunca quiso desprenderse de ellas, a veces incluso volvió a comprar las que ya había tenido que vender en su día. Fueron sus creaciones más queridas, cargadas de historias personales. Se trata de “una retrospectiva íntima”, según palabras de historiadora.

El artista no debe solo adiestrar el ojo, sino también el espíritu.

Vassily Kandinsky tenía ya 46 años y era un componente del Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), grupo de clara influencia fauvista y expresionista, formado por Franz Marc, Paul Klee y August Macke, cuando pintó su primera obra “no objetiva”. Sus viajes a París le habían puesto al corriente de una vanguardia que no dejaba de cuestionar las convenciones de lo que debía ser el arte; el fauvismo había exaltado el uso del color, el futurismo se deleitaba en la representación del movimiento, el cubismo destartalaba la perspectiva. Faltaba un paso más para liberar por completo a la pintura de sus viejos corsés cuando llegó Kandinsky con su baile de formas y colores destinado a suscitar una sinfonía de emociones en una obra donde no existía ningún objeto reconocible.

Fue también en 1912 cuando publicó su polémica De lo espiritual en el arte, obra que ha sido calificada de confusa por varios historiadores, entre ellos, Ernst Gombrich. En ella desarrolló una teoría del color, inspirado en Goethe. Cada color adquiría un significado y una vibración, de manera que el rojo podría tener sobre nosotros el mismo efecto que el toque de un clarín. La música era para este artista la forma de expresión más pura y un camino directo hacía la abstracción. Kandinsky ansiaba “despertar la capacidad de experimentar lo espiritual en las cosas materiales y abstractas”.

El compositor Arnold Schöenberg, el filósofo Vladimir Solovyov y los teósofos Helena Blavatsky y Rudolf Steiner constituyeron su armadura filosófica en su infatigable búsqueda de la espiritualidad y en su crítica hacia una época, la suya, que renegaba del espíritu. ¿Qué hubiera pensado el artista de la nuestra? “La pesadilla del materialismo, que ha convertido la vida del universo en un mal juego inútil, aún no ha pasado, sino que tiene el alma despierta aún en sus garras”, escribía el pintor. “El papel del artista es separar lo espiritual de lo material”, añadía.

El estallido de la Primera Guerra Mundial forzó el regreso de Kandinsky a su tierra natal. Allí donde se iba a encontrar con una revolución en la que perdió todas sus pertenencias y tuvo que empezar de nuevo. La vanguardia rusa tuvo su efecto en su obra dándole un toque más frío y aplanando sus formas, en respuesta a un movimiento que tenía un planteamiento mucho mas racional, objetivo y científico que el suyo. Fueron muchos sus desacuerdos con los constructivistas progresistas, bajo el liderazgo de Rodchenko, quienes le tildaron de expresionista obsoleto, demasiado “subjetivo” e “intuitivo”.

En 1921 aceptó la invitación de Walter Gropius de enseñar en la Bauhaus de Weimar. Regresaría así de nuevo a Alemania donde se distanció ya por completo del expresionismo y acentuó el carácter intelectual que había comenzado a tomar su obra. Es este su periodo más frío, cuando su abstracción se hace más geométrica y uno de los más prolíficos que vería su fin por causas ajenas a sí mismo. La llegada de los nazis al poder echó el cierre a la mítica escuela bajo la sospecha de ser un centro de comunistas intelectuales.

El papel del artista es separar lo espiritual de lo material.

París fue el destino final para este artista, un destino marcado por la soledad y nuevamente la incomprensión de un sector del mundo del arte. Instalado con su esposa Nina en un moderno apartamento con vistas al Sena, en Neuilly-sur-Seine, recomendado por Duchamp, el maestro retomaba su camino: “París, con su maravillosa luz (sedosa e intensa), ha suavizado mi paleta: hay otros colores, otras formas completamente nuevas y algunas que no había utilizado en años”, escribía en 1936  a Alfred Barr, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Pero su recibimiento dentro del escenario artístico no fue el merecido. Dominado en su mayoría por el surrealismo, muchos de los grandes maestros de la vanguardia se negaron a recibirle, despreciando su maestría. No obstante, el ruso también marcó sus distancias alejándose de todo lo asociado con el cubismo, al que consideraba simplemente como un momento de transición hacia una abstracción mayor y más pura. Y negándose a exponer con los surrealistas.

Fue el español Joan Miró el artista que más cercano estuvo de Kandinsky en este su último periodo. Compartieron afinidades estéticas y vitales, así como rivalizaban en elegancia, aunque el ruso superó al español: dicen que Kandinsky no abandonaba su traje de chaqueta ni para pintar. “Recuerdo sus pequeñas exposiciones en la Galerie Zack y en la Galerie Jeanne Bucher, en el Boulevard  du Montparnasse. Sus gouaches me llegaban al fondo del corazón, se podía, al fin, escuchar música al mismo tiempo y leer un bello poema. Eso era algo mucho más ambicioso y profundo que el frío cálculo de Sectión d’Or”, recordaba Miró.

“El Gran Príncipe del Espíritu”, como a él se refirió el artista español, falleció el 13 de diciembre de 1944. Tan solo una exposición póstuma organizada por René Drouin, en 1945, le rindió el reconocimiento que se merecía. Hubo que esperar hasta 1963 para que que una exposición itinerante en el Museo Solomon R. Guggenheim le concediera el reconocimiento digno de su talento.

El hallazgo tuvo lugar una tarde de 1911 cuando, a la vuelta de un paseo vespertino, Vassily Kandinsky observó en su taller un cuadro de “extraordinaria belleza, encendida por su brillo interno”. Se trataba, simplemente, de una de sus obras vuelta boca abajo. Aquella visión cambió el rumbo de su...

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