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Land of Lincoln

La semana más dulce de Hillary

A la espera que Biden deshoje la margarita, Clinton refuerza su posición de cara a la elección demócrata

Diego E. Barros Chicago , 16/10/2015

<p>La ex secretaria de estado, Hillary Clinton en una imagen de archivo de 2014.</p>

La ex secretaria de estado, Hillary Clinton en una imagen de archivo de 2014.

Steve Jurvetson

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Tras el primer debate entre los candidatos a las primarias del Partido Demócrata el resultado fue el esperado: Hillary Clinton salió muy bien parada después de unas semanas a la baja. La exsenadora y exsecretaria de Estado sigue siendo la gran presidenciable y, salvo catastrófico error por su parte o entrada de un nuevo candidato ―todos los ojos están puestos en el vicepresidente Joe Biden y el jueves 15 de octubre volvió a evadir dar una contestación definitiva―, se hará con la nominación casi con toda seguridad. Bernie Sanders, el hombre revelación, mantuvo el tipo, se desenvolvió bien y convenció a los suyos, mientras que Martin O’Malley, exgobernador de Maryland, aprovechó a medias su oportunidad pero sigue estando muy lejos.

Había dos contrincantes más sobre el escenario acondicionado en Las Vegas, Nevada: el exsenador por Virginia, Jim Web, y el exgobernador de Rhode Island, Lincoln Chafee. Pero poco o nada importaba lo que pudieran decir cada uno de ellos y, de hecho, fueron los que menos intervinieron en las casi tres horas que duró el debate. Colocados en los extremos, prácticamente fueron ignorados. Por el moderador, Anderson Cooper, y los dos principales espadas.

Desde los primeros momentos quedó muy claro que el espectáculo (poco) era entre dos, Clinton y Sanders. Cooper tocó todos los temas y no evitó ninguna pregunta espinosa a los contendientes. Puso contra las cuerdas al senador de Vermont al dirigirse directamente a su punto débil ante el electorado medio estadounidense: su condición de autodenominado “socialista”, un estigma ante la opinión pública estadounidense. Salió bien Sanders, cuya campaña está sorprendiendo a propios y extraños pero analizada en conjunto tiene pocas posibilidades de llegar a buen puerto. “Soy un socialista demócrata y eso quiere decir que me parece inmoral que el 1% de los millonarios de este país mantenga en sus manos una riqueza semejante a la del 90% restante”, contestó con su característica voz ronca quien ha hecho de la desigualdad el eje central de su campaña.

Poco importa. En realidad, el hecho de repetir a nivel nacional y no solo en sus multitudinarios mítines la frase “soy un socialista demócrata” le deja sin posibilidad alguna de llegar a la Casa Blanca. No obstante, su función como candidato quedó el martes justificada: traer al campo de debate demócrata asuntos que brillan por su ausencia en el republicano como el poder adquisitivo, la educación universitaria, la desigualdad e incluso la expansión de derechos como los programas del Medicaid o las bajas maternales pagadas. Lo realmente curioso, y esto es extrapolable a lo que sucede en otras latitudes, es que Sanders, quien carga con el estigma de “buscar una revolución”, ser un “radical” o un “populista”, no está pidiendo en esta campaña nada que no desentonara en cualquier político socialdemócrata hace una década: derechos, salarios dignos y oportunidades, en fin, una sociedad más justa.  

Cooper trató de poner contra las cuerdas a Hillary en dos ocasiones. La primera trayendo a colación el escándalo provocado por su decisión de usar un servidor de Internet desde su casa para enviar e-mails, en lugar de los sistemas del Departamento de Estado, mientras desempeñaba su cargo como secretaria de Estado de la Administración Obama. El asunto ha reactivado todas las suspicacias sobre la fiabilidad de la candidata, porque un servidor privado puede ser pirateado mucho más fácilmente que uno del Gobierno. Clinton, presa de su mayor enemigo, su amor propio, tardó meses en admitir su error y, cuando finalmente lo hizo, además de ser demasiado tarde ―había cambiado su versión tantas veces que su credibilidad en ese asunto estaba por los suelos―, la disculpa tuvo poca apariencia de disculpa. Al igual que el martes, la candidata insistió en tachar el asunto de “partidista” pues solo interesa a los republicanos como arma contra su persona. Partidista o no, hay una investigación del FBI en curso.

Lo que quedó claro el martes es que el Partido Demócrata está lejos de sufrir la guerra civil en la que está inmerso su contrincante; ninguno de los candidatos presentes en Las Vegas quería hacer sangre

Inesperadamente Sanders salió a echarle un capote: “Basta ya del asunto de los e-mails” ―dijo―, “el pueblo americano está harto y cansado de oír hablar de los malditos e-mails”, provocando que la candidata le diera la mano a su rival con un sonoro “gracias, Bernie”.

El segundo sapo que se tragó Hillary fue ser acusada de pertenecer “a ese 1%” de multimillonarios. Muy profesional y segura en todo momento, la exsenadora apeló a su historial progresista. También tuvo que hacer frente la candidata a las sospechas sobre su actuación en la guerra de Libia y concretamente en todo lo que rodeó la muerte del embajador de EEUU en Bengasi el 11 de septiembre de 2012. En un confuso ataque armado que ha sido investigado cinco veces por los republicanos del Congreso, que quisieron ver algún tipo de encubrimiento por parte de Clinton (lo cierto es que la Administración solo reconoció que había sido un ataque organizado después de las elecciones de 2012).

Pese a todo, lo que quedó claro el martes es que el Partido Demócrata está lejos de sufrir la guerra civil en la que está inmerso su contrincante; ninguno de los candidatos presentes en Las Vegas quería hacer sangre.

Si alguno de los otros tres candidatos pretendió hacerse un hueco, fracasó. Lo suyo, a decir verdad, es un imposible. Ninguno de los tres supera el 1% en las encuestas con lo que, si no sucede un milagro, es más que probable que tras la primera primaria en Iowa (1 de febrero del año que viene), todos arrojen la toalla, si no lo hacen antes. Hay que reconocerles mérito, especialmente a dos de ellos, Webb y Chafee quienes, además de ser muy poco conocidos, cuentan en su historial con el logro de haber vestido la otra camiseta. Webb, que el martes se dedicó a glosar su historial como héroe de guerra y a presentar a su familia (está casado con una refugiada vietnamita), sirvió bajo la Administración de Reagan. Chafee ha sido republicano, independiente y, como senador, ha votado una cosa y la contraria sin despeinarse.

Sin estar presentes sobre el escenario, hubo otros dos protagonistas. El primero fue el presidente Obama, de cuyas políticas ninguno de los candidatos quiso separarse. Ni siquiera Clinton  quien, en  la respuesta de si una eventual presidencia suya sería un “tercer mandato Obama”, comenzó alabando el trabajo hecho por el actual inquilino e insistió en su intención de impulsarlo “con sus propias ideas”. A decir verdad, esto ha sido la norma en lo que llevamos de campaña.

El problema de Hillary sigue siendo Hillary: su soberbia y su falta de empatía. Tampoco ayuda su hiperexposición mediática

El segundo protagonista fue el vicepresidente Joe Biden. Ante las suspicacias que despierta Clinton tanto en propios como extraños, hay quien en el campo demócrata sueña con que Biden dé el paso y entre en la carrera. Aun sin ser candidato, las encuestas le dan un 17,4% de apoyo frente al 43,3% de Clinton, o el 25,1% de Sanders. Durante el debate, muchos se preguntaban en Twitter dónde estaría el vicepresidente e incluso la incógnita dio pie a numerosos e hilarantes chistes. Incluso hay encuestas que, en un hipotético enfrentamiento presidencial, señalan que Biden vencería a los principales candidatos republicanos, cosa que no haría Clinton.

Los demócratas tienen programados otros cinco debates. Nadie sabe si acabarán produciéndose. Biden aparte, Hillary jugó bien sus cartas y ha salido muy reforzada. Apareció en todo momento como la candidata “presidenciable”. Apeló a su experiencia (la tiene) y dejó claro que es la única que cuenta con un bagaje en política exterior, prácticamente la única potestad absoluta del presidente en un país cuyas leyes y presupuestos emanan del Congreso.

El problema de Hillary sigue siendo Hillary: su soberbia y su falta de empatía. Tampoco ayuda su hiperexposición mediática. Como resumió el presentador de HBO y humorista Bill Maher la semana pasada, “¿estamos listos para Hillary? Sí. ¿Estamos emocionados con Hillary? La respuesta es no”. Y, por último, está la desconfianza que genera y que ella misma se empeña en fomentar. Como secretaria de Estado fue una de las principales impulsoras del Tratado de Libre Comercio Asia-Pacífico (TPP según sus siglas en inglés); sin embargo, esta misma semana, para ganarse el apoyo de los sindicatos, se manifestó contraria. El martes le preguntaron por su postura sobre la legalización de la marihuana y su respuesta fue la esperada: no tenía una postura. Clinton es una experta en evitar cualquier posicionamiento claro ante cualquier tema espinoso antes de tiempo y conocer la dirección hacia dónde sopla el viento.

Tanto el debate como las primarias demócratas están lejos de despertar el interés de los encontronazos republicanos. A estas alturas en 2007 ya se habían celebrado seis debates demócratas. Esta vez serán sólo seis en total. Y a la dirección del partido le llueven las críticas. Pero hay razones sencillas que avalan la ausencia de más debates. Por un lado, todos los candidatos se mantienen en posturas más o menos semejantes en casi todas las cuestiones: mayor control sobre la posesión de armas ―“Es el momento de que el país se levante contra el poder de la NRA”, dijo Clinton quien encontró un filón en este tema para atacar a Sanders ya que, procedente de un Estado rural, en el pasado, se ha mostrado dubitativo sobre la materia―; cambio climático, expansión de derechos, poder adquisitivo de los trabajadores… Además, los demócratas son este año, por lo general, bastante aburridos y faltos de carisma (Biden no tiene tampoco mucho pero es bastante simpático lo que lo convierte en atractivo para el gran público).

El año que viene no habrá en la papeleta un joven senador afroamericano con una oratoria divina. Solo Sanders está animando la carrera, llenando auditorios y atrayendo fundamentalmente la atención de los votantes más jóvenes

El año que viene no habrá en la papeleta un joven senador afroamericano con una oratoria divina. Solo Sanders está animando la carrera, llenando auditorios y atrayendo fundamentalmente la atención de los votantes más jóvenes. Su gran problema es el votante latino o afroamericano con quien no acaba de conectar. Todos los candidatos apuestan por facilitar la vida a los 11 millones de indocumentados que hay en el país, favorecer una reforma migratoria y extender los beneficios a los dreamers. Tanto el voto latino como el afroamericano parecen estar asegurados en el campo demócrata ―y ambos en manos de Clinton de forma mayoritaria―, habida cuenta de que el Partido Republicano ha optado por suicidarse en esos campos.

No hay ningún Trump ―“Ese charlatán de feria”, lo denominó el martes O’Malley― que quiera construir un muro en la frontera con México, un Cruz que quiera “matar terroristas” a todas horas, o un Carson que compare el Obamacare con la esclavitud. Pero tampoco un Jeb Bush sugiriendo que la comunidad afroamericana solo respondía ante el ofrecimiento de “cosas gratis”.   

De hecho, durante el debate hubo muy pocas referencias a los republicanos, solo el mencionado Trump y Carly Fiorina, a quien se dirigió directamente Clinton para criticar que, como mujer, se oponga a las bajas de maternidad pagadas bajo la excusa de que haría que las empresas “desistan de contratar a mujeres”: “Me sorprende que diga eso cuando en  California ha habido baja remunerada durante años... y no ha tenido los efectos nocivos que los republicanos siempre están diciendo que tendrá”, dijo.

Con el horizonte de las votaciones aún lejano, la situación sigue como estaba pero con Clinton reforzada. La exsenadora lidera las encuestas en Iowa, mientras que va diez puntos por detrás de Sanders en New Hampshire, Estado mucho más liberal y con menos peso que el primero.

Más allá de gustos, lo cierto es que la ex secretaria de Estado es una candidata descomunal; si perdió la nominación en 2008 fue porque en frente tenía a un político excepcional, Barack Obama.

Autor >

Diego E. Barros

Estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Vive en Chicago y es profesor universitario. Escribe donde le dejan y, en ocasiones, hasta le pagan.

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