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Matteo Renzi en todos los frentes

El primer ministro italiano encara un proceso reformador muy profundo que instaura, sin declararlo, un fuerte régimen semipresidencial “de hecho” en el esqueleto de una República parlamentaria

Ettore Siniscalchi Roma , 14/10/2015

<p>Matteo Renzi.</p>

Matteo Renzi.

Luis Grañena

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Matteo Renzi tiene muchos frentes abiertos, pero el primer punto de su agenda es la reforma del Senado. Esta ocupa el escenario interno, la meta parece cercana y las cuestiones internacionales son menos controlables.

El tema de los refugiados está en la ciénaga de la ausente estrategia común de la UE, pero la temporada de los desembarcos está a punto de terminar y eso disminuirá la presión sobre Italia. Más allá de las fronteras de la fortaleza europea se sigue muriendo y se sigue intentado salvar la vida. El Estado Islámico presiona en Oriente Próximo, Siria es primordial, pero el tablero internacional excluye a Italia. Y lo mismo pasa con Libia, a pesar de los lazos históricos con la región. El Gobierno se muestra sereno pero en los periódicos se filtra el enfado de Renzi con Federica Mogherini, Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea.

En la confusión, el ministro de Exteriores, Paolo Gentiloni, filtra al Corriere Della Sera, el pasado martes, que las normas de alistamiento han cambiado y que los aviones Tornado bombardearán Irak, lo que motivó que el gabinete de prensa del ministerio tuviera que hacer sucesivas declaraciones para aclarar que es el Parlamento el que tiene que aprobar las operaciones militares. Por ahora, Europa y el mundo reservan para Italia buenas palabras, pero ni una concesión a su papel en las cuestiones más importantes. Para Renzi, incluso las reformas son un asunto internacional.

El primer ministro necesita resultados para demostrar que está cambiando el país. El fin del bicameralismo perfecto (la absoluta paridad entre las dos Cámaras que prevé la doble aprobación de las leyes) es la tarjeta de visita de la acción reformadora del Gobierno de Renzi, un paso simbólicamente importante, incluso para señalar un momento de cambio, y para consolidar una estrategia de gobierno encaminada a renovar Italia.

El fin del bicameralismo perfecto (la absoluta paridad entre las dos Cámaras que prevé la doble aprobación de las leyes) es la tarjeta de visita de la acción reformadora del Gobierno de Renzi

Después de haber conquistado el Partido Democrático (PD), en diciembre de 2013, Renzi se dedicó a consolidar su liderazgo y a dar el golpe de mano que, solo dos meses después, defenestró al vicesecretario de su partido y jefe del Gobierno, Enrico Letta. Tras el nacimiento de su Gobierno, justificado por el inmovilismo de Letta, Renzi tuvo que reafirmarse en su perfil de reformador radical. No se anduvo con sutilezas y ratificó el Pacto del Nazareno, el acuerdo sobre las reformas pactado con Silvio Berlusconi.  El diálogo con el enemigo le permitió allanar cualquier tipo de duda con la fuerza de los números y poner en marcha el proceso reformador. Pero el Pacto decayó por la dificultad de superar la única dinámica que ni la voluntad de Renzi ni la de Berlusconi podían controlar: la elección del presidente de la República. Era necesaria una figura garante,  no una contrafigura del jefe de Gobierno y de sus acuerdos, y la elección de Mattarella puso fin al acuerdo con Berlusconi sobre las reformas.

El Gobierno ha afrontado diversas modificaciones legislativas y reformas que, con frecuencia, le han creado un conflicto con las bases sociales del PD. La reforma de las provincias tiene ambición sistémica pero es imperfecta. Estas han sido eliminadas pero siguen existiendo, la única diferencia es que ya no son los ciudadanos los que las eligen, y están aún inmersas en el caos con respecto a la subdivisión de competencias y al personal de los municipios y regiones. La reforma del trabajo, denominada, quién sabe por qué en inglés, Jobs Act, ha supuesto un enfrentamiento con los sindicatos que ha culminado en una huelga general. La fractura con los votantes de izquierda ha sido aún más profunda a causa de la Buona scuola, la minirreforma de la educación que ha provocado la sublevación de profesores y estudiantes. Y por último, la ley electoral (con una cláusula que debería hacerla operativa solo en 2018). El conflicto en el PD es profundo, cultural. Renzi tiene que confrontarse, en primer lugar, con las oposiciones existentes en el seno de su propia formación, pero eso lo hace muy bien. Insinuándose en sus contradicciones, consigue que las minorías sean cada vez menos influyentes, al mismo tiempo que aumenta su control sobre el partido.

Ahora es el momento del Senado. Renzi lo enuncia así: “Hace veinte años que se habla de ello y ahora se hace”. Es verdad que Italia ha conocido procesos reformadores fallidos –la reforma bicameral presidida por Massimo D’Alema en 1997 era el tercer intento semejante desde 1983–, pero es falso que no se hayan hecho reformas. La Carta constitucional ha sido ampliamente modificada, se han derogado cinco artículos y se han modificado otros treinta mediante las trece leyes de revisión constitucional sancionadas desde 1989. Una reforma del Gobierno de Berlusconi fue rechazada en el referéndum confirmativo. Un ímpetu reformador que induce al jurista Michele Ainis, constitucionalista y comentarista, a declarar: “Si el sistema, a pesar de las medicinas, no se cura, significa que el tratamiento era equivocado. Es decir, las reformas erróneas  causan más perjuicio que el vacío de reformas”.

La Carta constitucional ha sido ampliamente modificada, se han derogado cinco artículos y se han modificado otros treinta mediante las trece leyes de revisión constitucional sancionadas desde 1989

Renzi, sin embargo, quiere sacar ventaja del resultado. “Los números no son un problema”, dice y hace que digan una y otra vez. Mientras tanto, Denis Verdini, discutido político florentino,con diversas causas judiciales pendientes, y representante de Berlusconi en la trama del Pacto del Nazareno, está tendiendo un puente hacia la mayoría para los senadores y diputados que huyen del berlusconismo en descomposición. Una jugada que refuerza al Gobierno, desencadenando a la vez la ira de las minorías internas, y que acelera un cambio de mayoría que, aunque no se ha formalizado, puede ser que ya esté presente en el voto para la reforma del Senado.

El primer ministro tiene que lograr todo esto, manteniendo unido el partido. La minoría del PD, que se había recluido en el fortín de la elegibilidad de los senadores, parece que está dispuesta a coger al vuelo una honrosa escapatoria. Superado el voto parlamentario, será el momento del referéndum confirmativo de la reforma. Es posible que en esa cita se haga patente el rechazo a las reformas y a Renzi, razón por la cual el partido tiene que mantenerse compacto para afrontar las urnas. Este es, en efecto, el verdadero obstáculo en el camino de Renzi. Un rechazo de la reforma por parte de los votantes haría descarrilar ese tren que ahora parece imparable.

En la futura Italia, por consiguiente, el Senado tendrá funciones legislativas solo en lo que compete al ordenamiento estatal, las instituciones territoriales y la UE. Desempeñará una no bien definida “función de enlace legislativo” entre Estado, regiones y UE. Estará compuesto por cien miembros: 74 elegidos por los consejos regionales (pero indicados por los ciudadanos durante las elecciones regionales) y  21 síndicos, uno por cada región, además de por cinco senadores que podrán ser nombrados por el presidente de la República por sus “elevados méritos”. Estos son los criterios que, según el Gobierno, formalizan la nunca realizada orientación constitucional del Senado como Cámara de representación de las regiones. Para muchos es un mecanismo que no va a funcionar y que aumentará la conflictividad ante el Tribunal Constitucional. Sin entrar en el mérito, sería necesario hacer, por lo menos, un análisis somero de conjunto para saber si hay un proyecto estratégico reformador.

Y lo que se vislumbra es un proceso reformador muy profundo que instaura, sin declararlo nunca, un fuerte régimen semipresidencial “de hecho” en el esqueleto de una República parlamentaria. Con la ley de mayoría absoluta del Italicum se crea un sistema en el que el partido hegemónico, fuertemente controlado por su secretario que también guía el Gobierno, dispone en el Parlamento de una mayoría de diputados que, en la práctica, han sido todos nombrados por él, así como de unos mecanismos tales que le consienten el control de todos los nombramientos institucionales y el de los órganos garantes. Un líder cuyo partido haya obtenido menos de un tercio de los consensos puede gobernar solo, legislar a voluntad, modificar la Constitución, decidir el nombramiento de las máximas autoridades de los órganos garantes, de las de la radiotelevisión, de los jueces constitucionales y del presidente de la República. Y ratificar el fin de la era de la mediación social (partidos, sindicatos, sociedad civil) y del equilibrio de poderes, a favor de la relación directa elector - jefe del Gobierno.

Con la ley de mayoría absoluta del 'Italicum'se crea un sistema en el que el partido hegemónico, fuertemente controlado por su secretario que también guía el Gobierno, dispone en el Parlamento de una mayoría de diputados que, en la práctica, han sido todos nombrados por él

Un sistema que, en el fondo, satisface a todos. A los del Movimento 5 Stelle y a las derechas de la Liga y de Fratelli d’Italia, porque son poco sensibles a los equilibrios de la democracia y porque esperan aprovechar la contingencia, atraídos también ellos por la posibilidad de ganar a la banca en unas elecciones propicias y así poder gobernar.           

Por consecuencia, las oposiciones trabajan con objetivos a medio plazo. La próxima cita electoral concierne las ciudades. Las elecciones municipales se celebrarán en la primavera de 2016. Milán, Turín, Nápoles renovarán las administraciones. Forza Italia se sitúa alrededor del 11% y pierde votos con respecto a los demás, desde los 5 Stelle a la extrema derecha. La Liga Norte de Salvini se ha convertido en un partido de derechas nacional y ha dejado de ser una expresión territorial –no ha dicho ni una palabra sobre las elecciones catalanas–, pero no logra construir una derecha de gobierno y, a pesar de su omnipresencia mediática, no supera el 15%, según los sondeos. 5 Stelle sigue siendo el segundo partido (con el 25%, por detrás del 34% del PD). El Movimento está compacto en las manos del dúo Grillo y Casaleggio, pero las realidades sociales que lo crearon, los meet-up, se han debilitado en casi todos los lugares. Entre sus parlamentarios crecen posibles líderes, como el vicepresidente de la Cámara baja, Luigi Di Maio. Sobre temas como los refugiados se inclinan a la derecha. De los territorios administrados llegan pocas noticias buenas y algunos episodios incómodos (errores políticos, luchas entre facciones, distribuciones discutibles de cargos públicos), pero el voto a los grillini sigue siendo muy resistente. El proyecto tiene como objetivo las elecciones nacionales, pero en Nápoles, Turín y otras ciudades podrían obtener buenos resultados. Los mejores sondeos son los de la capital.

En Roma las elecciones también eran en 2016, pero una imprevista aceleración ha llevado a la dimisión de su alcalde, Ignazio Marin, quien ha estado siempre solo. Renzi y los renzianos no lo han amado nunca.  El Gobierno ha esperado hasta el 28 de agosto para dar vía libre a los planes para el Jubileo que comienza en diciembre. El PD romano, hundido por el caso de Mafia Capital y controlado por el presidente nacional del partido, Matteo Orfini, es terreno de bandas que se pelean entre sí, tanto en la asamblea municipal como en el gobierno de los municipios, en los que está dividida la gran área administrativa de la ciudad. Toda la prensa ha llevado a cabo una campaña de deslegitimación del alcalde mediante medias verdades, omisiones e instrumentalizaciones, que han superado con creces la normal referencia a sus (tantos) puntos débiles.

Con todos sus límites (tantos: falta de experiencia política y administrativa, arrogancia, egotismo), Marino ha representado la única posible ruptura con el sistema asociacionista que rige la ciudad desde hace veinte años, una ciudad que estaba distraída mientras se creaban las condiciones para el nacimiento de la Mafia Capital. La reciente polémica con Bergoglio, además de demostrar el nivel al que había llegado la caza a Marino por parte de la prensa (se preguntó al Papa sobre una invitación vaticana de la que Marino no habló nunca), permitió al Papa aprovechar la ocasión para desaprobar el excesivo afán de presencia pública del alcalde y, quizás, la institución de los registros de las uniones homosexuales y del testamento vital. El ser una figura de ruptura de cualquier equilibrio, así como sus límites, fue lo que le convirtió en el blanco de todos, de todos sin excepción, desde el establishment hasta los órganos de poder de la capital (mediáticos, económicos, administrativos y políticos), que han asestado el golpe final para eliminar al alcalde y conseguir que se vote también en Roma, sin esperar que acabe el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, casi con seguridad en mayo.

Se votará, sin embargo, en Milán, la experiencia de “izquierda ampliada” más lograda, que con el alcalde Giuliano Pisapia, que se impuso en las primarias al candidato del PD. Este ha obtenido en cuatro años un pequeño “renacimiento” de la capital lombarda. Pisapia ha conseguido movilizar a la burguesía milanesa progresista y a la moderada,  recoger los votos de los jóvenes, de la izquierda dispersa y de los barrios populares,  y, además, administrar de forma adecuada la res pública, transformando Milán en una ciudad más acogedora. Ahora todos tratan de convencerle para que se presente a las elecciones de nuevo, a pesar de sus objeciones por edad y familiares, y algunos ya están pensando en un modelo exportable a escala nacional. Entre tanto, la situación en Milán es, sin él, incierta, a pesar de que la derecha no se muestre todavía capaz de unirse en torno a un candidato potente.

Una vez que se haya superado la reforma del Senado y se haya ganado el referéndum confirmativo, Renzi tendrá que encarar el cambio innegable de su mayoría. Blindado el Gobierno, proseguirá con la construcción de un PD que se desplaza no al centro de una realidad política que ya no existe, sino hacia un “Partido hegemónico”, llegando a hablarse de un “Partido de la Nación”, un lugar de acogida transversal para la distribución de poder, local y nacional. Solo entonces, una vez remodelados los equilibrios institucionales para instaurar un presidencialismo fáctico a la italiana, podrá afrontar por vez primera el voto de los ciudadanos para el gobierno del país.    


Traducción: Valentina Valverde.

Matteo Renzi tiene muchos frentes abiertos, pero el primer punto de su agenda es la reforma del Senado. Esta ocupa el escenario interno, la meta parece cercana y las cuestiones internacionales son menos controlables.

El tema de los refugiados está en la ciénaga de la ausente estrategia común de...

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Ettore Siniscalchi

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