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El drama continúa en la isla de Kos

Aunque el ritmo ha bajado, las embarcaciones siguen llegando cada noche. "Nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo", afirma una voluntaria sueca chilena que atiende a los refugiados cuando desembarcan

Ofer Laszewicki Rubin Kos (Grecia) , 14/10/2015

<p>Campamento improvisado de refugiados en el paseo marítimo de Kos.</p>

Campamento improvisado de refugiados en el paseo marítimo de Kos.

Georgina Noy

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Se acercan las 12 de la noche. Un grupo de voluntarios, mayoritariamente escandinavos, hace guardia en el punto de ayuda que ha montado en el paseo marítimo, frente a la comisaría de la policía local. De pronto, un veterano griego aparece en la escena en moto. Está tenso. "Acaba de llegar un grupo, vienen con niños y bebés", alerta. Dos fornidos rubios se ponen en marcha con la furgoneta que han alquilado para rescatar a los recién llegados. El motorista griego regresa a los pocos minutos, con un niño de apenas tres años a cuestas, con el pijama puesto y en estado de shock. Tiene la mirada perdida, no entiende nada. Una joven holandesa lo arropa en sus brazos, mientras otro chico cura a su padre, con heridas en un pie. Intentan hacer comer al pequeño, pero apenas puede abrir la boca, está demasiado débil.

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que en 2015 murieron 102 personas en aguas griegas y cerca de 3.000 en todo el Mediterráneo. Aún así, muchos de los que naufragan quedan fuera de las estadísticas. El pasado 5 de octubre fueron hallados cinco cuerpos más en la costa de Kos. Dos de ellos eran bebés.

Escenas como esta se repiten a diario en el paseo marítimo de la localidad de Kos, una de las islas fronterizas con Turquía que ha vivido más intensamente la crisis de los refugiados que estalló a principios de verano. Las cifras publicadas por ACNUR el pasado 2 de octubre son estremecedoras. Hasta la fecha, ya son casi 400.000 los refugiados que han desembarcado en las costas de Grecia, principal país receptor de los que buscan asilo y refugio. En total, se estima que unas 530.000 personas han arriesgado sus vidas cruzando las aguas del Mediterráneo. Solo este septiembre, 153.000 llegaron a Grecia, una cifra que triplica las del mismo mes en 2014. El 97% proceden de los 10 países del mundo con más refugiados, encabezados por Siria (70%), Afganistán (18%) e Irak (4%).

La llegada de los que arriesgan su vida cruzando el estrecho de 25 kilómetros se ha convertido en una rutina. La cronología de los hechos suele repetirse: al anochecer empiezan a llegar las barcas a la costa de la isla griega, normalmente en las cercanías de la ciudad; ya en tierra, los refugiados reciben mantas, comida y agua del improvisado puesto que establecen cada noche los voluntarios; a continuación se dirigen a la caseta de la Cruz Roja en el muelle, donde les hacen un primer registro; y por último, los que se lo pueden permitir son alojados en un hotel, y los que no van en busca de una esquina donde poder montar su campamento. Ninguno de ellos sabe cuánto tiempo pasará en la isla: todo depende de lo que tarden en lograr los certificados y de los dólares que lleven en el bolsillo.

Ninguno de ellos sabe cuánto tiempo pasará en la isla: todo depende de lo que tarden en lograr los certificados y de los dólares que lleven en el bolsillo

Pese a que todos los refugiados y migrantes llegan por vía marítima, existen grandes diferencias entre ellos. Existen dos grandes grupos: los sirios, que huyen de la masacre de la guerra y suelen venir en familia (si siguen vivos); y los afganos, paquistaníes y bangladesíes, en su mayoría hombres jóvenes que ponen rumbo a Europa por razones económicas, pero también por la violencia que azota sus países. Generalmente, los sirios cuentan con más recursos económicos y recorren el estrecho en embarcaciones más estables. Tras llegar con su bebé en brazos, una mujer siria se sorprendía al ver las barcazas de plástico pinchadas en la playa, que suele ser el medio utilizado por la mayoría. Mientras la familia era llevada a un hotel por un voluntario local, los recién llegados y sonrientes paquistaníes se montaban su "habitación". Estaban pletóricos: creían que lo peor ya había pasado. Ahora estaban en suelo europeo, donde esperan ser tratados dignamente. Desconocen que varios países que pretenden cruzar para alcanzar tierras nórdicas están ya sellados y blindados por vallas, concertinas, puestos de control y policías antidisturbios listos para ahuyentarlos.

Los recién llegados a Kos dependen totalmente de la ayuda humanitaria, que está dividida en dos bloques. La ayuda de las ONG "oficiales" corre a cargo de Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras y ACNUR. Ante el diminuto barracón blanco de la Cruz Roja se forman largas hileras por las noches, ya que todos deben pasar por ahí obligatoriamente. Intentamos acercarnos para seguir los acontecimientos, pero los policías portuarios, con rostro enojado, nos denegaron el acceso en dos ocasiones sin dar explicaciones al ver la cámara fotográfica. El puesto tan solo abre de 12 a 5 de la madrugada, y los agentes dan empujones a los desesperados que llegan cada noche, que no reciben información. Justo delante, las tiendas y esterillas que se reparten quedan abandonadas y no se aprovechan.

La delegación de ACNUR está en el hotel Trinton, a pie de mar, donde han montado una espaciosa oficina para coordinar su misión. Desde este despacho gestionan la actuación de sus enviados a las islas de Kos, Leros y Kalimnos. Según estima la organización, a lo largo del verano se han registrado más de 40.000 personas en Kos. En el sofá de la sede aguarda Marco Procaccini, responsable de la sede griega. "La misión fue complicada hace tres semanas. Los desembarcos nocturnos eran masivos --llegaron a 900-- y todavía no teníamos centro de recepción. Ahora, parece que la situación ha mejorado, ya que llegan muchos menos, pero queda mucho trabajo por hacer", cuenta Procaccini, que no deja de recibir llamadas en otra mañana de ajetreo. La llegada del invierno y las malas condiciones del mar ahuyentan a muchos de la arriesgada travesía. La creciente presión policial en las costas turcas también ha contribuido a disminuir el número de llegadas.

Los trabajadores de esta organización internacional coordinan, por ahora, el reparto de esterillas, medicamentos, jabón, kits para bebés con pañales y cremas y toallas desde la comisaría de la policía local. Además, colaboran en las tareas de registro, recolocación en hoteles e información básica. Sobre todo, vigilan a los menores que llegan solos, para alertar a las autoridades griegas y lograr un cobijo seguro, si es que lo hay.

El puesto de la Cruz Roja tan solo abre de 12 a 5 de la madrugada, y los agentes dan empujones a los desesperados que llegan cada noche, que no reciben información

Sobre el terreno, el peso del reparto de ayudas recae, esencialmente, sobre improvisados grupos de voluntarios llegados de distintos puntos de Europa. Al amanecer, parte de un grupo de dieciocho suecos, que coordinaron un grupo de ayuda en Facebook, cargaban los paquetes de agua, mantas, chancletas y galletas en una furgoneta alquilada. La noche ha sido muy dura. Ana María Suazo, sueca de origen chileno, cuenta que "llegó una familia siria, que tuvo que tapar la boca al bebé para evitar hacer ruido y ser descubiertos. Más tarde, apareció un solitario joven paquistaní que, como no tenía dinero, cruzó el mar con flotador. Tardó 24 horas y llegó malherido y traumatizado". Agotada, Ana María asegura que muchos alcanzan Suecia, donde "la sociedad los recibe con los brazos abiertos".

Pese a la admirable entrega de los europeos que llegan para prestar auxilio, lo cierto es que la coordinación de las ayudas es anárquica. Los grupos de europeos, que suelen reunirse a la hora de cenar, coordinan la estrategia, que suele ser distinta cada jornada. Los momentos de más tensión son durante el reparto de alimentos, normalmente por la tarde. Las masas de hambrientos refugiados se abalanzan sobre ellos, e intentan frustradamente poner orden entre el descontrol. Por desgracia, son muchos los que se quedan sin recibir un bocadillo, un plátano o una ración de pasta o arroz. Deberán esperar otro día con los estómagos vacíos y tener suerte. Otros voluntarios se encargan de prestar primeros auxilios, y recorren incansablemente las hileras de tiendas de campaña poniendo vendajes y repartiendo medicinas.

Restos de las barcas con las que los refugiados cruzan el Mediterráneo.

Restos de las barcas con las que los refugiados cruzan el Mediterráneo.

El apoyo crucial corre a cargo de los pocos lugareños que se han volcado en una admirable muestra de solidaridad. Alis, que regenta dos bares y un hotel en la isla, lleva recorriendo todas las noches el litoral con su ciclomotor, avistando las embarcaciones que llegan y avisando a los conductores de furgonetas poder socorrer a los refugiados. "Agosto fue el caos absoluto. Llegaban 30 o 40 barcos al día, la situación era insostenible. Miles se amontonaban en las esquinas, parques y callejones", afirma con voz serena. El empresario trae consigo raciones de patatas fritas calientes, y guarda dos habitaciones de su hotel para que los recién llegados puedan ducharse y relajarse. No obstante, muchos autóctonos son reacios a los desembarcos masivos en su costa, ya que, como cuenta una propietaria de un puesto de alquiler de motos, dan mala imagen y ahuyentan el turismo, una industria vital para los isleños. Otros aprovechan la desesperación para lucrarse, alquilando habitaciones a precios desorbitados. Hace unas semanas se registraron enfrentamientos entre jóvenes griegos y refugiados. En las pasadas elecciones generales griegas, el partido neonazi Amanecer Dorado fue la cuarta fuerza en Kos, con más de 7.000 votos.

Tras la llegada de las primeras embarcaciones, los voluntarios griegos establecieron la red de ayuda, Kos Solidarity. Marie-Pierre Amalvy, fotógrafa francesa residente en Kos, explica que los inicios fueron durísimos. "Los primeros días fueron los peores. Los refugiados tardaban una o dos semanas en lograr el certificado para poder seguir a Atenas, y apenas había voluntarios", cuenta mientras toma fotografías, que guarda para el archivo de la organización. "Logramos presionar para que el Banco del Pireo cediera un hotel vacío para alojar a los que llegaban, pero no dábamos abasto. En julio había más de mil personas, sin electricidad, y solo estábamos cuatro repartiendo comida. Médicos Sin Fronteras se encargaba de la ayuda médica", explica. Ahora respira más tranquila, porque el flujo de llegada es mucho menor y cuentan con más recursos. El 25 de septiembre, el grupo de ayuda colgó en su perfil de Facebook un mensaje para la esperanza, anunciando que en sus almacenes ya no cabían más paquetes de ayuda y que hasta octubre no era necesaria la llegada de más voluntarios extranjeros. Además del auxilio que prestan los europeos, también se acercan varios inmigrantes de origen sirio, egipcio o sudanés llegados hace años. Sus palabras y experiencias animan a los que llegan para que no pierdan la esperanza.

La llegada del invierno y las malas condiciones del mar ahuyentan a muchos de la arriesgada travesía. La creciente presión policial en las costas turcas también ha contribuido a disminuir el número de llegadas

Mientras el drama continúa, las autoridades locales siguen sin mover ficha. Los policías locales observan la tragedia desde la distancia, y los centenares de militares griegos con base en la isla ni se asoman al litoral. En el paseo y la costa, la basura se amontona, las barcas pinchadas siguen sobre la arena y los chalecos salvavidas siguen esparcidos por la playa y los aledaños. No obstante, la tragedia se acentúa del otro lado del estrecho. Según un informe publicado por Amnistía Internacional, los guardacostas turcos están disparando a las embarcaciones. Muchos mueren ahogados, y los que sobreviven son redirigidos a la zona central del país o devueltos a Siria. Rezaul Karim, de Bangladesh, afirma que la primera vez que intentó cruzar el estrecho, su patera fue tiroteada por la policía. Tras pagar de nuevo 1.000 dólares a la mafia --el trayecto puede llegar a costar 2.000-- alcanzó territorio griego, pero perdió su móvil y la cartera en el mar. Ha venido a Europa porque su salario en Turquía ya no le permitía mandar dinero a su familia.

El paisaje en Kos se divide en dos mundos totalmente alejados y ajenos, pero a la vez unidos por escasos metros de distancia. Por un lado, los refugiados aguardan en el paseo, esperando en sus tiendas y esterillas que alguien les dé agua, comida y la posibilidad de seguir su travesía; por otro, hordas de turistas occidentales pasean a pie, en bici y en moto disfrutando de las maravillas de la isla y del excelente trato que reciben. Unos llegan en frágiles barcas de plástico pagando precios desorbitados, mientras los otros pueden cruzar a Turquía en un cómodo ferry por tan solo diez euros. Algunos ricos disfrutan de su ostentosa vida en enormes yates, disfrutando de sus lujos sin girar la vista a la tragedia que viven centenares de personas frente a ellos.

El hotel de tres estrellas Oscar se ha volcado en la atención de los que llegan a su costa. En el vestíbulo del inmueble se ha improvisado una base de operaciones, que sirve de punto de encuentro para voluntarios y refugiados. Se coordina su hospedaje y se trata de facilitarles la estancia. Hamsa Ashkasem y Abed Najad, dos jóvenes sirios de la mediterránea ciudad de Latakia, aguardan en un sofá con sus maletas. Han logrado un billete hacia Atenas, y están pletóricos. Han escapado de los bombardeos y sienten que aquí podrán seguir adelante. Hamsa es futbolista, y muestra orgulloso fotos en su smartphone vestido con la camiseta del equipo local. Es fan del Barça y le encanta Neymar. Su colega bromea y dice que se parecen por el moderno peinado que luce y su desparpajo. De camino al puerto, aprovechan para hacerse los últimos selfies.

Cada tarde se forman largas colas ante la comisaría de la Policía Local, encargada de expedir los certificados para viajar a Atenas. En el mismo punto, ACNUR reparte ayuda. Muchos esperan en la fila más de ocho horas, sin comer ni beber, y sin saber qué deben hacer. La mayoría no habla inglés y se sienten perdidos. A cuenta gotas, van entrando a la garita. La policía local ahuyenta a los que toman fotografías de las colas. Al salir, sonríen: tienen un papel con su foto y un sello, así como una caja de víveres para poder aguantar unas cuantas horas más. Refugiados y lugareños son conscientes de que este drama solo acaba de empezar, y esperan pacientes una solución que parece demasiado lejana. Mientras la comunidad internacional sigue reuniéndose para tomar tardías decisiones para intentar frenar el baño de sangre sirio, muchos ciudadanos anónimos se les adelantan para intentar mitigar el sufrimiento. Como afirmó la voluntaria sueca Ana Maria, "Nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo".

Autor >

Ofer Laszewicki Rubin

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