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Televisión

Series políticas: ¿‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’ o ‘House of Cards’?

En la era de Occupy Wall Street, el 15M y los Indignados, era de esperar que la televisión buscara la empatía del cabreo y creara personajes que alimenten esa visión asentada sobre los culpables de la crisis

Antonio García Maldonado 14/10/2015

<p>Robin Wright y Kevin Spacey en una imagen de la serie <em>House of Cards.</em></p>

Robin Wright y Kevin Spacey en una imagen de la serie House of Cards.

Netflix

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La idea de que existe una minoría que usa artimañas políticas y cuenta con el apoyo del gran capital para enriquecerse a costa de la gente, “los de abajo”, es un convencimiento muy extendido que ha tenido su reflejo en el auge de las series políticas y, sobre todo, en el enfoque de las mismas. También en el cine. No es que en los años anteriores a la crisis no hubiera películas o series de este tipo, pero eran menos y con intenciones muy distintas. Lo más parecido a esta eclosión en la pequeña pantalla es el éxito del cine político de los años setenta, con algunas de las películas de Sidney Pollack, Alan J. Pakula o Costa Gavras.

El Ala Oeste de la Casa Blanca y House of Cards, series elogiadas y premiadas por la crítica y con éxito de audiencia, muestran hasta qué punto el momento político influye en la industria del entretenimiento.

El Ala Oeste de la Casa Blanca, escrita por Aaron Sorkin y John Wells, se emitió entre 1999 y 2006 y tenía a Martin Sheen en el papel del presidente demócrata Josiah Bartlet. Aunque la mayoría de sus temporadas coincide con la presidencia de Bush Jr., es una serie abiertamente inspirada en los “felices años” de Bill Clinton (1992-2000). Los 156 capítulos muestran la rutina del presidente y de su equipo de colaboradores más cercanos. El retrato que hace del funcionamiento del Gobierno estadounidense ha sido generosamente elogiado por los politólogos. Está todo: las primarias, las elecciones parciales, la difícil relación con el vicepresidente, el peso de la opinión pública, las negociaciones con una oposición mayoritaria en las Cámaras, la reelección. Pero es sobre todo un retrato humano de quienes toman las decisiones: se muestran las dudas que han de enfrentar, los traumas que arrastran, los problemas familiares que conllevan sus exigentes carreras. Son personas como nosotros, incluso mejores que nosotros, puesto que sus cargos los ponen ante dilemas morales complejos que asumen en nuestro nombre y con cuyas consecuencias cargan.

La cosmovisión política y humana de El Ala Oeste queda reflejada en la discusión entre el presidente y su jefe de Gabinete, Leo McGarry, a propósito de la respuesta que deben dar a los ataques de un grupo terrorista en el exterior. Bartlet se desahoga ante McGarry, grita que será implacable y pone como ejemplo el Imperio romano: “¿Sabías que hace 2.000 años un ciudadano romano podía andar tranquilamente por el mundo sin miedo a que le molestasen?”, le espeta. El jefe de Gabinete, que ha escuchado impertérrito, responde enérgico: “Puede conquistar el mundo, como Carlomagno, pero más vale que esté dispuesto a matar a todo el mundo. ¡Y más vale que empiece por mí, porque yo mismo reuniré un ejército para luchar contra usted y le venceré!”. El presidente duda, responde, vuelve a preguntar. Se pelea con su consejero. Consulta con su esposa. Sufre. Acaba por dar una respuesta contenida pese al exabrupto inicial.

Por el contrario, en House of Cards no hay dilemas ni corsés morales. En las tres temporadas emitidas hasta ahora hay ambición malsana, y cualquier medio lícito o ilícito es válido para el demócrata Francis Underwood (Kevin Spacey) y su esposa Claire (Robin Wright) si les ayuda a conseguir sus propósitos.

La serie está basada en un libro de Michael Doobs, un excolaborador cercano de Margaret Thatcher, que fue llevado con éxito a la televisión por la BBC en 1990, annus horribilis de la Dama de Hierro. Según ha revelado el propio Spacey en una entrevista reciente en Gotham Magazine, el propio Bill Clinton, que ya había elogiado El Ala Oeste, le dijo que “el 99% es real, y el 1% que no lo es se refiere a la rapidez con que consigues la beca para estudiar”.

Complejidad o entretenimiento

El primer capítulo, dirigido por David Fincher, presenta en los cinco minutos iniciales al protagonista, un malo malísimo de trazo grueso: el Partido Demócrata acaba de ganar las elecciones, y mientras el congresista Underwood espera una llamada para ser nombrado secretario de Estado, algo que finalmente no sucede, escucha cómo un coche atropella a un perro en su vecindario. Sale de la casa y, ante el animal, se da cuenta de que se trata de la mascota de sus vecinos. Mira a la cámara, y con el mismo gesto de sarcasmo que mantiene desde la película American Beauty (Sam Mendes, 1999) dice, poco antes de sacrificar con sus manos al animal, que el suyo “es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo”. Acto seguido les dice a sus desolados dueños que el animal murió en el acto.

A partir de ahí, el congresista comienza a urdir la venganza por no haber sido nombrado secretario, con objeto de llegar a la presidencia. Aquí no hay persuasión genuina: si hay muestras de afecto hacia una familia que acaba de perder a su hijo, es solo pose electoral. Si aparece hiperactivo, es para tapar un escándalo que le pueda perjudicar, nunca por sentido del deber o mera caridad. Underwood y su ambiciosa mujer (que se estrena en la serie despidiendo sin misericordia a varios de sus empleados, entre ellos, a su secretaria de siempre), son autómatas al servicio de su objetivo, y por supuesto apoyados por el gran capital, con el que mantienen una actitud de vasallaje.

Si El Ala Oeste era una serie sobre la complejidad de la política y de las limitaciones y los perjuicios que asumen quienes la ejercen, House of Cards es un producto de entretenimiento político basado en una idea redentora para una mayoría que se siente agraviada, con motivo o no. Su tono es su gran coartada: es una sátira, una sublimación de lo peor de la política, pero no un retrato veraz de esta. Sin embargo, las declaraciones del expresidente Clinton dan idea de la literalidad con la que el público interpreta esta serie. El presidente Obama también se ha declarado admirador, hasta el punto de pedir en Twitter que no le revelaran el final de la temporada.

Cada enfoque es producto de su tiempo político y económico, y por tanto, en la era del Occupy Wall Street, el 15M y los Indignados, era de esperar que las series buscaran la empatía del cabreo y crearan personajes que alimentaran esa visión asentada sobre los culpables de la crisis. De la misma forma que en la era de exuberancia económica se tendía a ser más misericordioso con los personajes que representaban a la clase política. La gran diferencia entre una y otra parecen ser dos guerras y una recesión económica de por medio. Paradójicamente, el hecho de que tanto Bill Clinton como Barack Obama se hayan declarado admiradores de la serie, lejos de legitimar cualquier realismo, se lo quita: nadie elogiaría como veraz un papel que lo denigra, que es lo que hace Underwood con el puesto presidencial que ocuparon ambos. El gran orador que es Obama lo definió con un lamento sarcástico: “Consigue sacar muchos asuntos adelante, pero ojalá las cosas fueran tan despiadadamente eficaces”.

La idea de que existe una minoría que usa artimañas políticas y cuenta con el apoyo del gran capital para enriquecerse a costa de la gente, “los de abajo”, es un convencimiento muy extendido que ha tenido su reflejo en el auge de las series políticas y, sobre todo, en el enfoque de las mismas. También...

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