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Tribuna

El laborismo, entre la ambición y la nostalgia

El tiempo dirá si la apuesta por el desaliñado y heterodoxo líder laborista es una manera de obligar al conjunto de la izquierda europea a pensar más allá de la mera victoria electoral, a hacer un esfuerzo por recuperar la visión de futuro y la ambición t

Juan Antonio Cordero 23/09/2015

<p>Jeremy Corbyn.</p>

Jeremy Corbyn.

Luis Grañena

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Ganó Corbyn. Por mucho, sin discusión. Los sectores centristas (o modernizadores, en su terminología) del laborismo llevaban tiempo advirtiendo de que con su discurso, con sus eslóganes, con sus causas y con sus credenciales no se ganan elecciones: demasiada nostalgia setentera, demasiado Old Labour, demasiada distancia respecto a los lugares comunes (la centralidad política, en la jerga al uso) de la Gran Bretaña de hoy. Puede que tengan razón. No es que Corbyn y sus partidarios dedicaran demasiadas energías a rebatir estas advertencias. No les hizo falta para conseguir una victoria aplastante. Sin duda, ayudó el discreto perfil de sus contendientes. Pero sería injusto reducir el éxito de Corbyn a la mediocridad de sus rivales.

Como era de esperar, se han sucedido las valoraciones desde todos los flancos. El guión empieza a ser conocido. La derecha tory saludó a Corbyn con una agresividad muy poco british, tachándolo de “amenaza contra la seguridad nacional” antes de que pudiera tomar posesión efectiva de su nuevo cargo. Las fuerzas populistas de izquierdas (según la terminología de Pablo Iglesias), así como algunas de la derecha euroescéptica, tampoco han tardado en apropiarse de Corbyn y su victoria, arrimando el ascua a sus respectivas sardinas, ahora que Tsipras –que acaba de revalidar su mandato tras negociar y firmar el tercer rescate a Grecia-- palidece como referente rupturista. En clave menos interesada, algunos analistas han empezado a examinar la larga trayectoria pública de Corbyn, sus causas y sus simpatías, sus aliados y sus amistades políticas; el ejercicio arroja claroscuros, sobre todo en materia de política internacional y multiculturalismo. El grupo parlamentario laborista, por su parte, ha recibido a su nuevo líder con prevención y cautela: no en vano, la candidatura de Corbyn tan sólo fue apoyada por 14 de los 232 diputados del Labour elegidos en las pasadas elecciones de mayo. Algo que plantea una tensión interesante, porque bajo el sistema electoral británico (y a diferencia del español), los diputados tienen una conexión directa con los electores (progresistas) y responden ante ellos; una posible colisión entre el Parlamentary Labour Party (PLP, la estructura que agrupa a los parlamentarios laboristas) y el aparato orgánico que empieza a comandar Corbyn vendría a reflejar un conflicto de difícil resolución entre la voluntad de las bases laboristas y las preferencias del electorado progresista.

 Irak es un nombre que vuelve en bucle. Los laboristas de hoy no quieren otro Blair, aunque fuera capaz de repetir su milagro de 1997

Es pronto para estimar cómo será el laborismo bajo Corbyn. Los primeros pasos (elección del shadow cabinet, preguntas al primer ministro, primeros posicionamientos) han sido vacilantes, parcialmente contradictorios y denotan un cierto amateurismo, como por otra parte cabría esperarse. Y puede ser tentador interpretar en un primer tiempo la victoria de Corbyn como un cierto derecho al pataleo de una izquierda que acaba de sufrir un inesperado descalabro en las elecciones; como una recaída en la vieja afición del laborismo por las “cartas de suicidio más largas jamás escritas”; por escorarse, como hiciera en 1983, fuera del cauce desde el que es posible aspirar a aglutinar una mayoría social y política ganadora. Pero es pronto para concluir que el laborismo ha renunciado a ser una fuerza de gobierno. Dados los reiterados avisos de los pesos pesados del partido durante la campaña de las primarias, sí parece que las bases laboristas están menos preocupadas que el blairismo por ganar las próximas elecciones. Al menos, si es al precio de jugar en los terrenos en que se ha desenvuelto el Labour en las últimas décadas, de hacer las concesiones que han hecho para ganarlas, juzgadas –con razón o sin ella— excesivas, insatisfactorias o vergonzantes: Irak es un nombre que vuelve en bucle. Los laboristas de hoy no quieren otro Blair, aunque fuera capaz de repetir su milagro de 1997. Y la elección de la perfecta antítesis que es Corbyn es la segunda humillación que recibe el antiguo premier británico.

Es llamativa la persistente inquina de las bases laboristas contra un líder que rescató a la socialdemocracia británica de la oposición en la que había vegetado durante 18 años, y que desapareció de escena en 2007. Pero la ruptura que ha presidido esta elección es de mayor calado que la estrictamente doméstica, y afecta a la naturaleza y la función de un partido como el laborista en el proyecto socialdemócrata. Un partido sirve para ganar elecciones. ¿Y para qué sirve ganar elecciones? La izquierda institucional lleva tiempo rehuyendo esta pregunta, o refugiándose en tautologías del estilo “ganar para gobernar” (o viceversa), “ganar para cambiar” o “ganar para que no gane la derecha”: el desolador “si tú no vas, ellos vuelven” que popularizó el PSC en una de sus últimas campañas exitosas. Como mucho, se añade a la explicación un balbuceo desganado y confuso, desarticulado, sobre el progreso, los derechos, las mejoras, la diversidad, la esperanza. Que cada vez suena menos convincente, en Gran Bretaña y en otras partes de Europa.

Ya no basta. Y es un alivio, aunque el panorama que se abre tras esta constatación no tiene nada de tranquilizador. La conversión de los partidos (de sus aparatos) en maquinarias que solo reaccionan ante la perspectiva de ganar unas elecciones o de gobernar tras ellas es una patología perceptible en toda Europa, no sólo en Reino Unido. Y no es un vicio privativo de la socialdemocracia. Está instalado en el corazón mismo de la democracia electoral, pero es en la izquierda donde causa mayores estragos. Y es por los estragos que causa en la principal familia política de la izquierda por lo que supone un desafío mayor para el sistema democrático, para su estabilidad y para su pervivencia. Lo intuía ya Rosa Luxemburgo cuando advertía de que es la suerte de la izquierda la que sella la de la democracia, y no al revés.

No hay izquierda sin la ambición de transformar, que va más allá de la de administrar, aliviar, limar las aristas más agresivas de una dinámica desigualitaria. Y tiene sentido ganar elecciones cuando ello sirve para transformar esa dinámica en otra, no per se. Esta jerarquía, central en la articulación política y sindical del movimiento obrero se ha ido difuminando en las últimas décadas, pero nunca como antes se había echado tanto de menos. La demolición del New Labour británico, que en su momento encarnó el ala más dinámica, liberal y market-friendly del socialismo europeo frente a las reticencias francesas, es todo un símbolo del complicado equilibrio entre adaptación y neutralización, modernización y absorción, reformismo y gestionalismo, en que se mueve la familia socialdemócrata.

Transformar –y no sólo gobernar-- requiere, además de una técnica electoral depurada para ganar elecciones, contar con un diagnóstico y con un programa realista. La izquierda institucional, corriendo exclusivamente detrás de la siguiente convocatoria electoral, ha dejado de tenerlo; se contenta con fingir que lo conserva durante el tiempo exacto de la campaña. Tampoco parecen tenerlo, por cierto, las nuevas fuerzas que emergen en los márgenes de la izquierda, al calor de una crisis social y económica que sigue golpeando: así lo muestra la frustrante experiencia de la primera Syriza y, más cerca, también el exagerado oportunismo del que hace gala Podemos.

Existe el riesgo de que él o su equipo opten por refugiarse en la gesticulación estéril o en la reedición de viejas fórmulas diseñadas para un mundo que no existe

¿Lo tiene Jeremy Corbyn, MP? Es posible que no, pese a que muchas de las propuestas económicas que ha realizado suenan plausibles, en fase con el reformismo de izquierdas y, sobre todo, deseables. Es posible que no, aunque la voluntad no le falle: se engañan quienes reducen la crisis de la izquierda a una simple falta de ella o a una sucesión inacabable de traiciones, conversiones y abducciones ideológicas de sus dirigentes. Y existe el riesgo, real, de que careciendo de soluciones adaptadas a la realidad globalizada a la que se enfrenta, él o su equipo opten por refugiarse en la gesticulación estéril o en la reedición de viejas fórmulas diseñadas para un mundo que no existe. Es una tentación a la que no son inmunes las “nuevas fuerzas emergentes” que desembarcan en las instituciones, como hemos podido observar en algunas ciudades españolas. Pero no está escrito que haya que sucumbir a ella.

Sigue pendiente construir las soluciones, pero para que ello sea posible es inaplazable volver a poner el foco sobre las preguntas. Sobre todas las preguntas que definen el ideario de la izquierda; y no sólo las que atañen a la próxima campaña. De momento, la elección de Corbyn muestra que para la militancia laborista (la clásica y la que recién se ha incorporado, ilusionada por su candidatura), la victoria electoral está dejando de ser el fin último de su acción colectiva. El tiempo dirá si la apuesta por el desaliñado y heterodoxo caballero de Islington es una manera de obligar al laborismo (y con él, al conjunto de la izquierda europea) a pensar más allá de la mera victoria electoral, a hacer un esfuerzo por recuperar la visión de futuro y la ambición transformadora del socialismo democrático. Si consigue sacar al laborismo de su dinámica autorreferencial, tan parecida a la de otros grandes partidos socialdemócratas, y ponerlo a la escucha de una realidad y unas expectativas sociales en mutación. O si, por el contrario, es el gesto exhausto de resignación de una vieja izquierda que prefiere dormirse definitivamente al son arrullador de viejas canciones y ajadas retóricas, tan hermosas como obsoletas, perdida la esperanza de influir en un mundo que no se entiende, y –peor aún-- que en el fondo se da por perdido. En el primer caso, el outsider puede liderar la reconstrucción intelectual del laborismo incluso aunque, tal y como predicen ya sus críticos más feroces, no alcance nunca el número 10 de Downing Street. En el segundo, el repliegue del laborismo a sus cuarteles de invierno ideológicos sólo contribuirá a ensanchar aún más la hegemonía neoliberal al otro lado del canal de la Mancha. Aunque por el camino deje a muchos militantes reconfortados en su radicalidad reencontrada.

Autor >

Juan Antonio Cordero

Juan Antonio Cordero (Barcelona, 1984) es licenciado en Matemáticas, ingeniero de Telecomunicaciones (UPC) y Doctor en Telemática de la École Polytechnique (Francia). Ha investigado y dado clases en École Polytechnique (Francia), la Universidad de Lovaina (UCL, Bélgica) y actualmente es investigador en la Universidad Politécnica de Hong Kong (PolyU). Es autor del libro 'Socialdemocracia republicana' (Montesinos, 2008).

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