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Apuntes de un viaje por los Balcanes

V. Bosnia, la triarquía imposible

Felipe Nieto 8/07/2015

<p>Mezquita en Mostar.</p>

Mezquita en Mostar.

F.N

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Bosnia est omnis divisa in partes tres, toda ella dividida en tres partes como la Galia de Julio César, si bien, siendo un territorio inmensamente menor, apenas sobrepasa los 50.000 km2. Su división es de otra naturaleza, por lo que parece difícil de resolver en la presente coyuntura.

Bosniocroatas, serbobosnios y bosnios a secas, para referirse a los autóctonos de tradición cultural musulmana (una parte de ellos, los que se definen por su práctica del Islam, serian los bosníacos), se reparten el territorio y comparten en un equilibrio exasperante todas las instituciones públicas de la república bajo la supervisión, inoperante con demasiada frecuencia, de instancias internacionales integradas por la UE, EEUU y Rusia, entre otras.

Una Administración tripartita

Todo se hace por partida triple en la gobernación de esta república, la presidencia federal, los ejecutivos, legislativos y judiciales, las leyes y las normas, siempre con el asentimiento de las tres unidades, los documentos en los tres idiomas y sus alfabetos correspondientes... Hasta la advertencia de que "fumar mata" de las cajetillas de tabaco debe estar impresa en las tres lenguas, me informa jocosamente el periodista italiano, André Rossini, por más que las tres lenguas se parezcan en alta medida y sus hablantes se entiendan perfectamente en cualquiera de ellas.

Es comprensible que este mecanismo burocrático tan complejo, por no llamarlo artificioso, suponga el colapso de las instituciones en algunos casos, y una toma de acuerdos y decisiones premiosa siempre en lo que afecta al conjunto de la República. Por lo que respecta al territorio bajo control de cada comunidad étnica, la Federación bosniocroata -51% del territorio- y la República Srpska Serbia -49%-, la capacidad de decisión de cada una de ellas es prácticamente soberana. Son los políticos profesionales, muy bien pagados y con prebendas a veces escandalosas, los que salen beneficiados de esta situación de impasse constitucional para la que resultan imprescindibles. Pero nunca se les hará responsables directos de la inoperatividad del sistema. Cuando se produzcan atascos u obstrucciones políticas su concurso será necesario. Al final la salida adoptada tendrá que asegurar que el estatus previo del territorio en cuestión y el de sus representantes no se han puesto en cuestión.

Estos políticos, asegura el profesor de Historia Antigua de la Universidad de Sarajevo y próximo candidato a diputado por el partido socialdemócrata bosnio Salmedin Mesihovč, se perpetúan en los cargos sin que ello cause extrañeza en el electorado. Un político puede cambiar hasta seis veces de partido en su poco ejemplar cursus honorum, es de suponer que a cambio de donaciones económicas, regalos en especie, como casas, o promesa de nuevos cargos.

La actividad política está determinada por la pertenencia a cada una de las tres etnias. El comportamiento de los ciudadanos, sean dirigentes o pueblo llano, como el voto, responde a criterios étnicos. Cada etnia elige a los suyos. "Estamos en una etnocracia", afirma Rossini.

En estas condiciones, hablar de paz y reconciliación entre las distintas comunidades resulta utópico. Atrincherado cada sujeto político en su propio nicho, ahora y en el pasado reciente, el reconocimiento de responsabilidades implicaría no tanto pérdida de legitimidad como de estatus. No se llegará a dar ese paso. Las heridas seguirán abiertas, como las muescas de los impactos de los disparos en numerosas fachadas de los edificios de Sarajevo. Ahí siguen para mostrar la culpabilidad... de los otros, y para reforzar la identidad propia de las víctimas y sus herederos. Sin estudio, sin comisiones de la verdad, sin que se pueda llegar a una historia compartida, como lo demuestra vivamente el hecho sorprendente, visto desde fuera, de que en la ciudad de Sarajevo el Museo Nacional de Bosnia esté cerrado desde 2006 y el Museo Histórico de la ciudad funcione al mínimo, a pesar de la oferta generosa de Austria, me comenta la profesora de lengua española Isabel Leal, para rehabilitar y abrir el primero en las debidas condiciones.

Con todo, lo mas grave, lo que tiene una trascendencia decisiva para el futuro, se produce en el campo de la educación. También aquí hay tres sistemas de enseñanza, cada uno a la medida de las etnias correspondientes, tres historias, tres literaturas, tres épicas, para consagrar y cimentar un pasado de división y enfrentamiento. La exhibición autoafirmativa pública de cada comunidad se ha dejado en manos de sus autoridades políticas y religiosas y de sus numerosos apoyos exteriores. Se hace mediante la erección en puntos bien visibles de las ciudades de símbolos identitarios propios, como minaretes, torres de iglesias, cruces coronando los montes cercanos o estatuas en los parques de héroes de ejemplaridad más que dudosa, o por otros mecanismos, como el refuerzo del alfabeto cirílico para los serbobosnios. Mientras tanto, las autoridades europeas, con escaso éxito hasta ahora, siguen empeñadas en apoyar el desarrollo de una cultura democrática plural, basada simplemente en el respeto de los derechos humanos.

Mostar y Sarajevo, espacios de coexistencia fragmentada

No es necesario buscar en las profundidades, está a flor de piel y la gente lo manifiesta abiertamente, provocadoramente se diría. La capital de Herzegovina, Mostar, al sudoeste de la República, presenta muestras inquietantes. Es ciudad de varios ríos con sus puentes correspondientes, algunos célebres como el Stari Most, el puente viejo que se eleva más de 20 metros sobre las frías aguas del Neretva, destruido por una bomba croata sin que constituyera objetivo militar, y reconstruido hace unos años con ayuda internacional. En Mostar los puentes unen físicamente zonas de la ciudad pero no comunican los barrios ni a sus vecinos entre sí. Cada comunidad, croata y musulmana en este caso, se mantiene en su zona. Como si todavía existieran los derechos de pontazgo medievales, son mayoría los que no cruzan esos puentes, o lo hacen para ir y volver a su zona. Mostar es una ciudad dividida, me dice sin tapujos un joven bosnio de la zona musulmana. Aquí está la frontera, dice señalando en mi plano una calle que lleva, según él, el nombre de un croata nazi. "Todos los croatas son nazis", remata. Me temo que esta es una impresión generalizada entre los suyos. No será difícil saber lo que piensa la otra comunidad.

Sarajevo, la capital de la República, la ciudad otrora símbolo de convivencia entre culturas y religiones -eso dice el mito de esta Toledo balcánica, aunque no se sabe si es más mito que realidad-, es hoy una ciudad dinámica, muy activa culturalmente, con una población que, como vengo observando en todo el territorio balcánico, dirige su mirada hacia adelante, con todas las energías volcadas en una recuperación económica difícil con tanta escasez de recursos y de fuentes productivas propias. Los paseos a lo largo del pequeño río Miljacka, este con numerosos y transitados puentes, de nombres propios relumbrantes -Eiffel, Renzo Piano, el Puente Latino (el del atentado de 1914), etc.-, conducen de sur a norte por los sucesivos barrios y permiten ir admirando la riqueza y diversidad urbana, las construcciones de la administración austríaca, las sinagogas hoy algo abandonadas, las numerosas mezquitas y el bullicioso barrio turco musulmán, herencia de una dilatada presencia. Pese al ominoso cerco sufrido durante la guerra más de tres años y el traqueteo cruel de los francotiradores serbios disparando y matando transeúntes por la gran avenida desde las colinas cercanas, Sarajevo no sufrió grandes destrucciones, excepción hecha de algunos edificios significativos, el de correos o el mercado y el de más impacto internacional, la Biblioteca Nacional, ejemplo de la voluntad exterminadora del rico legado histórico de un pueblo. Algo también inquietante alcanza al que pasea distraídamente por la ciudad al calor de los días de junio. Si bien es de todos conocida la costumbre en muchas ciudades musulmanas de dejar ver aquí y allá enterramientos diseminados por parques y jardines, a pie de calle, ahora en la ciudad de Sarajevo llama la atención la amplitud ganada por los cementerios de las faldas de las colinas, superficies nuevas abigarradas, en las que la piedra caliza blanca labrada recientemente brilla con luz propia como el resultado ignominioso de la última recolección bélica. Sin embargo, estos nuevos cementerios pueden quedarse pequeños. Falta por encontrar e identificar adecuadamente un gran número de desaparecidos. Los trabajos de búsqueda no se detienen. Los nuevos descubrimientos traen por fin paz a los suyos. Son también ocasión para acusar a los verdugos, por el crimen y por la ocultación. Las numerosas víctimas desaparecidas y su descubrimiento paulatino están impidiendo firmar la tregua definitiva. 

La Unión Europea y la comunidad internacional

Bosnia es hoy una suerte de protectorado sobre el que se ejerce una supervisión internacional, de su política y de su economía especialmente. La Unión Europea, que en Sarajevo tiene la mayor delegación de cuantas representan sus intereses en el mundo, (llegó a contar con 800 empleados, hoy serán poco mas de 100, me aseguran fuentes cercanas), es desde hace años el actor internacional principal para el conjunto de la República, si bien numerosos y poderosos gobiernos intervienen cerca de sus comunidades afines, casos de Rusia para la República Srpska o de Turquía y países árabes del Golfo Pérsico para las diferentes corrientes musulmanas.

Europa realiza inversiones cuantiosas porque Bosnia es una economía maltrecha con muy pocas posibilidades de salir adelante a sus expensas. A corto plazo Europa es la solución única para este país. Después de ser aceptada su candidatura al ingreso en la Unión, se ha trazado un duro programa de reformas estructurales que va a ser arduo de aceptar y llevar a cabo por las autoridades locales. Es previsible que se tomen un tiempo dilatado para empezar a aplicarlo. Ese es el obstáculo con que se topa una Europa que no quiere, ni tampoco puede, emplear otros medios para vencer resistencias, dilaciones o boicots a las propuestas de reformas.

Los acuerdos de Dayton de 1995 fueron buenos, dice Rossini, porque sirvieron para acabar las guerras, y dieron paso a negociaciones y acuerdos políticos. Pero ahora, vista la experiencia y el relativo poco avance, hay que ir más allá. Europa no puede contentarse con aportar fondos de cuya gestión última pierde el control, no puede considerar suficiente ese tipo de ayuda, diciéndose como coartada que es bastante "con tal de que no se maten entre ellos". Rossini cree que ahora es necesario "un Dayton político", una reforma de las instituciones actuales, en definitiva, un nuevo mecanismo de ayuda y reconstrucción verdaderamente efectivo.

La sociedad civil tendría que tomar la palabra de una vez. Pero también esta es una perspectiva difícil. Hubo protestas amplias en el invierno de 2014, con actos de violencia dirigidos contra determinadas sedes oficiales. Pero como nacieron se apagaron, como si determinados grupos hubieran estado interesados primero en hacer ver su fuerza y después en mostrar el control de la situación. En Bosnia, como en general en toda Yugoslavia, no hubo disidencia intelectual, ni primaveras reformistas durante el comunismo, ni mesas redondas en los momentos de la implosión final. Lo que es peor, sigue sin haber cabezas pensantes con influencia social reconocida. El desarrollo cultural aquí, apunta Mesihovč, es mucho más bajo que en otros países procedentes del bloque comunista. Por eso, dice, su confianza en la ciudadanía no es muy alta a los efectos de enderezar la situación actual. Tampoco le inspira mayor confianza la UE, ejemplo actual de desunión para encarar la crisis en general y la de Grecia en particular. Así que no descarta la posibilidad de que estallen nuevas guerras. Por fortuna, me digo, no todos lo ven así. La profesora de Filología hispánica Edina Spahic, que me ha acompañado en estas conversaciones, niega rotundamente tal perspectiva que suena, una vez más, a maldición.

Difícil saber hacia dónde se dirige Bosnia. La comunidad internacional, atenta a otros focos mas explosivos en estos tiempos, no considera esta región su preocupación prioritaria en estos momentos. El objetivo mínimo en juego consiste en que no se desaten de nuevo la violencia o la guerra. El resto, parece pensarse, es tarea propia de esta tierra y sus gentes. El destino inmediato de Bosnia, su reconstrucción, está en las manos de sus propios ciudadanos.

(Nota: para estos Apuntes he contado con informaciones de fuentes procedentes de distintas instituciones internacionales presentes en Sarajevo que piden respete su anonimato. Así lo hago, haciendo constar mi agradecimiento).

Autor >

Felipe Nieto

Es doctor en historia, autor de La aventura comunista de Jorge Semprún: exilio, clandestinidad y ruptura, (XXVI premio Comillas), Barcelona, Tusquets, 2014.

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