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Evidencias

Haikús Saint-Louiseños

Alain-Paul Mallard 21/06/2015

A.P.M

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¡Arre, calesa!

Se abre la flor violácea.

¡Plop! —la boñiga.

 

Vuelvo en calesa del populoso barrio de Ndar Toute, en la lengua de arena que divide las sosegadas aguas del río y las impetuosas aguas del mar. Un puente de concreto armado me separa de la isla de Saint-Louis, antigua capital del imperio colonial francés en África occidental.

L'île de Saint-Louis du Sénégal, contraparte y antípoda de su sofisticada tocaya parisina, es una isla ruinosa y sensual en la desembocadura de un río color ocre. (En la ribera opuesta, Mauritania, el desierto.) Es —y lo son para mí todas las tierras africanas— pródiga en visiones.

Estoy aquí de trabajo, por un par de semanas. Sin tiempo entre manos para redactar copiosas notas de viaje, el haikú se revela como la horma justa para decantar cierto tipo de iluminaciones. No requiere uno (al menos no en un primer momento) de pluma y papel. Cada modesta epifanía puede rotarse en la mente, enunciarse, dejarse decantar. Y mientras va uno de aquí para allá puede irle midiendo —como a la Cenicienta— el piececito.

 

Ojos cerrados

Sanguínea transparencia

del sol a plomo

 

Cinco sílabas / siete / cinco.

Ejercicios del contar y cantar, los Haikús Saint-Louiseños (hay quien dice haikúes, el purista dirá haïkaï, está quien usa, en plural, haikú) se divierten a expensas del género. Pero, juntos, piden también ser leídos cual si fueran un diario: tal y como exige Marco Polo al viajero, en ellos se presenta lo visto como visto y como escuchadas las cosas escuchadas.

 

Y sí, el presente diario comienza con la escucha… Me despierta un temible zumbido en la ventana del albergue.

 

Tras la cortina,

Un colibrí iracundo:

Flores bordadas.

 

En cuanto doy por terminado el diminuto poema, me apuro a compartirlo en una red social.

No tardan en alzarse un par de voces inconformes:

—El segundo verso, técnicamente hablando —me escribe un amigo—, es un tour de force con el heptasílabo, pero cuela…

—El heptasílabo es resilient —me defiendo—, aguanta mucho maltrato. ¡Peores esguinces le han infligido plumas mejores que la mía!

Por donde sí que hay abuso y rudeza es por el lado taxonómico: mi ornitólogo de cabecera, especializado en las aves del África occidental, me informa que insiste tras mi cristal un souimanga —que aunque también un irisado y furioso bebedor de néctar, no es un colibrí. Los colibríes sólo existen en América (uno zurdo fue, en el panteón azteca, el dios de la guerra.) De hecho, el pendenciero souimanga no viene a libar las flores del estampado, no: se trata de un macho en celo que confunde su reflejo en el vidrio con un posible rival...

¿Qué toca? ¿Corregir el tiro y escribir "un souimanga iracundo"?

La cuenta silábica es justa ¡incluso mejor! Pero, ¿habrá quien comprenda? Tomarme la licencia ornitológica ¿no me roba menos lectores?

 

África, lo he dicho antes y sin duda lo repetiré más adelante, es siempre un asalto a los sentidos. Hay menos mediaciones entre el yo y el mundo.

 

Barre la negra.

Su aroma condimenta

Mi desayuno

 

El insigne Marco Polo, santo patrón de los viajeros, debió también exigir que lo olido se presentara como olido —aunque las palabras resultan siempre pálidas ante la inmediatez animal del universo olfativo.

 

El trabajo me lleva todos los días a la Universidad.

El campus de la Université Gaston Berger es un paisaje del Sahel: arena y acacias espinosas. Deambulan por él —además de estudiantes, claro— niños mendigos (talibé), mulas, cabras, a veces mansos y soñolientos rebaños de bueyes.

Suelo comer en una mesa puesta a la sombra, un poco aparte de los bulliciosos profesores que intrigan, ríen y cacarean en sonoro wolof.

Es mi hora de pausa y consigno entonces sobre el papel los versos que he ido desgranando del día.

 

Sol insolente.

Negro vaivén de encajes

Bajo la acacia

 

En ocasiones, el tránsito de los curiosos habitantes del campus se acerca a perturbarme…

 

Coces, mordiscos

Pánico en la explanada

Asnos rivales

 

Un singular principio pedagógico educa a los pequeños talibé: salmodiar el Corán toda la noche y, de día, errar mendigando las sobras en sus botes de plástico. La mendicidad ritual forja, qué duda cabe, el carácter. Si logran sobrevivir a esa infancia brutal, podrán sin duda apañárselas en cualquier circunstancia.

 

Hueso de mango

que dos bocas comparten.

Niños mendigos.

 

Descalzos, tiñosos, harapientos, llenos de mugre, los talibé son, ultimadamente, invisibles. En las jaurías de pequeños mendigos todo se comparte.

Hay quien deja libres a sus animales para que se busquen el sustento. Libres, sí, pero que no se confunda la libertad con el libertinaje…

 

La mula avanza

con las patas atadas.

¿Un triste espejo?

 

Las visiones que el África prodiga, incluso en comarcas donde reina la concordia, son (the horror, the horror) a menudo terribles…

 

Besan las moscas

a su dios renegrido:

el pie llagado

 

U otra escena, en el colorido hormiguero que es la calzada frente al mercado de Sor:

 

La calle, en vilo...

Cruza el hombre-cangrejo

A ras de suelo

 

Pueden también ser crueles —¿injusticia poética?— como el siguiente tableau, presenciado ante la vitrina de una tienda de electrodomésticos:

 

La misma imagen.

Quince televisores.

Y el niño tuerto.

 

Rendido, vuelvo a mi albergue. Anticipo un muy necesitado descanso. Pero un accidente doméstico presagia funestas consecuencias nocturnas…

 

La rasgadura,

no del velo de Maya

¡del mosquitero!

 

La cautela —acaso exagerada— ante la malaria exige que se batalle contra el Anopheles funestus por otros medios.

 

Brasa en la noche.

Lenta espiral de insomnio,

El raidolito™.

 

El calor, la comezón, el estridente altavoz del muecín llamando a la plegaria, el colchón de hule espuma, todo conspira para que las horas nocturnas se arrastren, morosas. No queda más que dejar la cama e irse a asomar, en busca de frescor, a la ventana.

 

Aún es de noche.

En la flor de plumeria

¡Ya ha amanecido!

 

Al fin llega el alba. Salgo al fragante y fresco patio.

 

Cuelgan del árbol

murciélagos dormidos

¡Mis calzoncillos!

 

La senegalesa es una sociedad profundamente religiosa. La rige el islam negro —un islam tropical— que aunque obstaculiza el surgimiento de un pensamiento crítico y torna a la gente fatalista, imprime el estricto código de conducta que hace, de la senegalesa, una sociedad pacífica.

La plegaria organiza el día…

 

Ora el conserje.

Un culo alzado apunta

¡hacia mi patria!

 

Tan profundo misticismo nos resulta, a los ateos inveterados, singularmente opaco.

 

Letra sagrada.

El ojo infiel la mira:

Patas de mosca

 

Mi propio sentimiento de alteridad sin cesar me recuerda que estoy en morada de hombres y he de respetar a sus dioses.

Y hay, ¡claro!, como en toda el África, otro dios, esférico.

 

¡Gol! Convulsiones

Del hincha tartamudo.

Copa del mundo

 

Amén de la plegaria, y los partidos televisados, un ritual ritma la jornada: el té. Vasitos minúsculos —letales para el diabético— de concentradísimo Gunpowder Green Tea, repetidamente hervido con azúcar y menta.

 

Fondo del vaso.

—¡Dulce ha sido tu muerte,

avispa ahogada!

 

Escenas de mercado (in Technicolor, por supuesto). Pasa una negra escultural, magnífica, con su carga equilibrada en la cabeza…

 

Su palangana.

Su verticalidad.

¡Su contoneo!

 

La lodosa calle de súbito se anima.

 

Fieras encías

Pleito de pescaderas

Pringue de escamas

 

Reconozco, en un canasto, ¡un perfumado fruto de mi tierra!

 

Chicozapote

también por estas costas.

Pequeño, el Mundo.

 

(Una somera investigación posterior me ilustra. El Manilkara zapota es, efectivamente, oriundo de México. Alguien —¿quién, cuándo?— trajo y tiró por ahí sus lustrosas semillas negras. Prendieron y el árbol se aclimató por estas costas. Sólo se da en Saint-Louis. Un privilegio, proponer al paladar de mis estudiantes venidos de distintos puntos del continente un placer inédito.)

 

Sábado.

Con algo de tiempo libre y cuando ya el sol lo permite, parto a respirar aire marino en una playa retirada: el no man’s land que separa Senegal de Mauritania. No hay casas, y hay por tanto mucha menos basura. Tampoco acostan ahí las lanchas pesqueras. Los correosos muchachos juegan al fútbol; las risueñas muchachas, sin descubrirse la cabeza, corretean y salpican azuzando al oleaje…

 

Medias de arena.

Garota de Ipanema

de ébano vivo.

 

Si —islam obliga— las espectaculares negras muestran poco o nada, ocurre que alguien muestre bastante más…

 

Deja las olas

el triste viejo enjuto…

¡Verga de burro!

 

Mi velada del sábado por la noche termina en La Chaumière - Dancing & Night-Club

 

Pétalos de luz

salpican de sonrisas

la pista en sombra

 

Salida dominical.

Una carretera apenas transitada. Con toda certeza, al final de la curva un camión con exceso de carga —¡hay que ver aquí cómo los cargan!— se ha salido del camino. Fue retirado ya, pero en el candente asfalto quedó tremenda cicatriz. Al borde del camino, el cargamento entero, desparramado. Siempre habrá quien se regocije de la desgracia ajena…

 

¡La volcadura!

Gran fermento de mangos.

Festín de monos.

 

Pido al chofer que se detenga y desciendo del taxi. El olor me pone a girar la cabeza. Me acerco a tomar una foto.

¡Me acerqué demasiado! La cauta familia de cuadrúmanos ebrios (Erythrocebus patas patas) se pone, presta, a salvo entre los matorrales.

 

La brisa atlántica refresca siempre la isla. Pero hay días como el de ayer en que, tierra adentro, los sistemas de fuerzas se invierten y todo lo empaña, soplando por el norte desde el candente Sahara, el harmattan

 

Un cielo malva

¡Todo el día amaneciendo!

Viento y arena

 

El desierto y sus polvos, el mar y sus óxidos, todo lo engullen, todo lo desmoronan, todo lo carcomen. Aun así, grises y toscas, las nuevas construcciones se empecinan en brotar.

 

Mil tabicones...

Bíceps de ébano erigen

futuras ruinas

 

En Bopp-Thior, isla de nopaleras, arena, moscas, sol, hay un escuálido caserío casi deshabitado. Es una isla sin agua potable —en su desembocadura, el río Senegal lleva aguas saladas salvo en temporada de lluvias. Hice el viaje en piragua para visitar los vestigios de una ladrillera y un cementerio musulmán, abandonado…

 

Tumba de arena

La calavera asoma

¡Ya no soy negro!

 

En un mal lance, mis gafas se hacen añicos. Me sé en aprietos. Un mauritano piadoso me conduce por las desdibujadas calles de Saint-Louis hasta un curioso almacén. Hay polvosos cajones de viejos anteojos, más o menos clasificados. No queda sino probármelos todos...

 

Rotas, mis gafas.

Miro correr el río

¡con las de un muerto!

 

Tiene Senegal graves problemas de suministro eléctrico. Sus centrales dependen, para funcionar, de combustible importado. Ocurre que el estado pague con retraso a sus proveedores. Barcos cargados de diésel fondean frente al puerto de Dakar, negándose a abastecer hasta que les salden las cuentas atrasadas.

Los frecuentes apagones son fuente de graves problemas para los comerciantes que tienen productos refrigerados, para a los artesanos —torneros, soldadores, etc.— que dependen de la electricidad para su trabajo.

A uno, forastero que nada más está de paso y tiene menos en juego, la coupure de courant lo sorprende en los momentos más imprevistos, si de noche, hundiéndolo todo en la negrura más negra. Y uno, forastero, se descubre nuevamente vulnerable:

 

¡Záz!, apagón…

Y ciego ¿cómo pelo

mis camarones?

 

Resulta cruel que en un país de sol ardiente, en el que celdas fotovoltaicas y acumuladores podrían resolver el abasto de electricidad, no se invierta aún en el desarrollo sustentable. ¿No se supone que el sol sale para todos?

 

Dos visiones aisladas que, juntas, conforman un díptico arbóreo:

 

Cuatro bomberos

Lavan con la manguera

¡la alta palmera!

 

         •

 

El otro incendio

—de ardientes flamboyanes—

¡no hay quien lo apague!

 

La vida es ardua, aquí.

—No hay trabajo. No hay plata. No hay perspectivas —se quejan todos.

Pero ante la adversidad, el buen talante; la sonrisa pulida con una varita hasta que resplandece.

 

No cejes nunca.

El baobab echa flores

aun abatido

¡Arre, calesa!

Se abre la flor violácea.

¡Plop! —la boñiga.

 

Vuelvo en calesa del populoso barrio de Ndar Toute, en la lengua de arena que divide las sosegadas aguas del río y las impetuosas aguas del mar. Un puente de concreto armado me separa de la...

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Autor >

Alain-Paul Mallard

Escritor, coleccionista, fotógrafo, viajero, cineasta, dibujante, Alain-Paul Mallard (México, 1970) es autor de 'Evocación de Matthias Stimmberg', 'Nahui versus Atl', 'Altiplano: tumbos y tropiezos'. Vive en Barcelona.

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