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'Nightcrawler': Todos somos una empresa

Alberto J. Ribes 23/04/2015

Jake Gyllenhaal, en el papel de Lou Bloom, en una escena de Nightcrawler.
Jake Gyllenhaal, en el papel de Lou Bloom, en una escena de Nightcrawler.

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“Y, sin embargo, esas gentes nacen, viven y mueren. Viven bien o mal. En lo cotidiano ganan o no ganan su vida, en un doble sentido: no sobrevivir o sobrevivir, sobrevivir tan sólo o vivir plenamente. Donde se goza o se sufre es en lo cotidiano. Aquí. Y ahora.”

H. Lefebvre

 

Hay un espacio en el que confluyen la competencia salvaje y la búsqueda de beneficios, los procesos de individualización y la retórica de la gestión de las relaciones comerciales y de los recursos humanos. Ese punto es Lou Bloom, el protagonista de la película Nightcrawler, escrita y dirigida por Dan Gilroy [Guión completo en inglés]. Ese punto es, también, como probablemente habrán anticipado, la figura del emprendedor. Porque Bloom es la quintaesencia del emprendedor. Pero también es, como consecuencia de esa confluencia de narrativas, lógicas del medio capitalista y estructura social, un perfecto psicópata.

 

Lou Bloom es la encarnación del canon de actitudes propuesto por el capitalismo tardío. Es un emprendedor que se abre paso trabajando duramente en el ámbito de los videoperiodistas de sucesos, en el que aterriza un poco por casualidad. Como buen emprendedor, encuentra un nicho de mercado y lo explota sin escrúpulos. Ofrece lo que se demanda, una vez que va comprendiendo las reglas del juego. No se trata, por tanto, de una película exclusivamente sobre periodismo amarillo o sobre periodistas de dudosa ética profesional; Nightcrawler es, sobre todo, un retrato de las consecuencias que tiene interiorizar el discurso del capitalismo tardío. Bloom podría haberse dedicado a la gestión política, sanitaria o educativa, o quizá al sector textil o al financiero, por poner algunos ejemplos, y el resultado sería el mismo. Su formación (extraída de internet) es un compendio de recetas neoliberales, manuales de autoayuda para emprendedores y empresarios, recomendaciones de la ortodoxia económica contemporánea, y demás palabrería habitual en gestión y en recursos humanos que ha ido impregnando en las últimas décadas el tejido social. Su historia es la historia del éxito dentro de la narrativa mágica que da comienzo en un individuo y sus capacidades, armado de indicaciones sobre cómo gestionar las relaciones con los clientes y con los empleados, y finaliza en la creación de una empresa. El único criterio, por supuesto, que guía sus acciones es la obtención de beneficios y el crecimiento de la marca (personal, inicialmente; empresarial, cuando las circunstancias y su posición en el mercado así lo permiten). La interiorización de estos discursos y el medio social atomizado en el que habita Bloom hacen posible que su forma de proceder y de actuar durante todo el tiempo y ante cualquier persona sea motivada por estos principios. No existe en su vida una distinción entre el tiempo de trabajo y las relaciones personales, las relaciones profesionales y el tiempo de ocio; no hay un afuera más allá del trabajo y de las relaciones profesionales. Bloom es todo el tiempo un emprendedor, cuyas relaciones con los demás (conocidos, empleados, clientes, y con las personas a las que graba en vídeo) son claramente instrumentales, lo que le aleja, evidentemente, de la capacidad de alcanzar la empatía, por no hablar de la posibilidad de construir vínculos sociales significativos.

No existe en su vida una distinción entre el tiempo de trabajo y las relaciones personales, las relaciones profesionales y el tiempo de ocio; no hay un afuera más allá del trabajo y de las relaciones profesionales

Nightcrawler recuerda aquel documental The corporation (Achbar y Abbott, 2004) en el que se trataba de establecer, con más o menos éxito, un paralelismo entre las grandes corporaciones y los psicópatas. El documental concluía que los principales rasgos de personalidad destacados en el DSM [Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders] como característicos de la psicopatía eran coincidentes con las formas de proceder de las grandes corporaciones. Sin embargo, y como corresponde, en Nightcrawler ya no son las grandes organizaciones las que están en el foco, sino que es el emprendedor – o, por decirlo en la narrativa mágica del emprendimiento contemporáneo, es el emprendedor en tanto que semilla que dará lugar a la gran corporación. Y Dan Gilroy (director y guionista) muestra explícitamente, exagerando sin duda algunos rasgos del personaje hasta hacerlo parecer extremo, las consecuencias de la interiorización de estos discursos en los espacios micro de la vida cotidiana. Las relaciones de Bloom con su primer empleado, Rick, son claramente reveladoras y muestran esta lógica. La entrevista de trabajo, que tiene lugar en una cafetería, es un hallazgo cinematográfico genial. Sin empresa, sin sede ni oficinas, sin empleados, solamente un ambicioso y poco escrupuloso Bloom, por un lado, y un desaliñado Rick, por el otro; los dos fuera de contexto, llevan a cabo una entrevista de trabajo que se ajusta perfectamente – al menos en cuanto a la posición y el discurso que despliega Bloom – a la lógica de las entrevistas de trabajo ortodoxas. “Me gustaría que me hablaras sobre tus trabajos anteriores y que me dijeras, en tus propias palabras, lo que has aprendido en cada uno de ellos”, le dice a Rick. Y continúa: “¿Cuáles son las razones por las que tendríamos que contratarte?” Las respuestas de Rick (que ha trabajado esporádicamente en empleos que no guardan ninguna relación con el puesto ofertado, y carece de carrera profesional, estudios, e incluso de residencia habitual) tienen más que ver con el contexto de la cafetería y del encuentro casual que con la rígida lógica empresarial que pretende aplicar Bloom.

La entrevista de trabajo, que tiene lugar en una cafetería, es un hallazgo cinematográfico genial

Bloom se comporta como una gran corporación o como una empresa medianamente consolidada y le ofrece una beca sin remuneración, inicialmente, junto con la promesa futura de labrarse una carrera en su todavía inexistente empresa periodística (cuando discuten más adelante sobre un incremento de sueldo, Bloom recalca la importancia de las recompensas no materiales a la hora de desarrollar un trabajo; “tu recompensa es una carrera”, concluye Bloom para negar el aumento). En sus frases nunca abandona el discurso del esfuerzo, de la profesionalidad y del trabajo bien hecho, y se adapta fielmente a la retórica de los recursos humanos, como se muestra en el balance que realiza sobre el trabajo de Rick: “Ante problemas complejos, estás desarrollando la capacidad de desarrollar soluciones precisas. También soy consciente del incremento de tu entusiasmo (...) Espero que sigas inspirándonos en los próximos años con tu pensamiento innovador”.

La explotación a la que someten a otros los explotados es un tema que, por poner dos ejemplos, abordaron Ken Loach en su película En un mundo libre (2008), y, más recientemente, Dardenne en Dos días, una noche (2014). Salvando las distancias de todo tipo, en ambas películas se planteaba un conflicto moral, y había, por decirlo así, cierto drama. En Nightcrawler no hay drama ni conflicto moral, dado que el discurso de la gestión de recursos humanos elimina la mera posibilidad de pensar la explotación. De ese modo, el despido se convierte en asesinato, las alianzas comerciales se convierten en extorsiones, el trabajo bien hecho se convierte en la fabricación de escenarios, la manipulación y la falta de escrúpulos. Pero no hay drama, ni conflicto. Hay, en cambio, negociaciones (en las que se dirime el grado de explotación, por ejemplo), objetivos, oportunidades de negocio y de expansión. El propio Bloom tampoco se considera explotado en ningún momento, pues acepta acríticamente que todo es posible si trabajas duramente y eres capaz de identificar las necesidades del mercado.

Bloom es un don Quijote al revés, por decirlo así, y es también una actualización descarnada del paseante moderno retratado por Simmel y Baudelaire. En lugar de libros de caballerías, y en lugar de la búsqueda de hacer el bien y desfacer los entuertos, su cabeza está llena de libros y artículos sobre el ámbito de las empresas y la gestión de recursos humanos, y su único objetivo es obtener beneficios y el crecimiento de su empresa. Su odisea es el viaje a los sucesos sangrientos que tienen lugar en las noches de Los Ángeles. Su retórica no deja de ser cómica e incluso ridícula, no tanto porque el mundo desde el que habla ya no existe o no existe en la realidad, sino más bien porque ese mundo está claramente ahí aunque él todavía no ocupa la posición (CEO) ni dispone del escenario (oficina, sede, empleados) adecuados. La comicidad agridulce de buena parte de sus diálogos responden al desajuste entre su posición real y la rigidez del discurso del mánager que sigue a pies juntillas. Las palabras de Bloom en boca de un director de una empresa cualquiera no generarían asombro en los espectadores, demasiado acostumbrados quizá a escucharlas una y otra vez. La locura de Bloom es claramente adaptativa a su medio. La promesa del capitalismo tardío consiste, según se desprende de esta magnífica película, en convertirnos a todos en psicópatas/emprendedores, algunos de los cuales tendrán la magnífica suerte de convertirse en psicópatas/CEOs.

“Y, sin embargo, esas gentes nacen, viven y mueren. Viven bien o mal. En lo cotidiano ganan o no ganan su vida, en un doble sentido: no sobrevivir o sobrevivir, sobrevivir tan sólo o vivir plenamente. Donde se goza o se sufre es en lo cotidiano. Aquí. Y ahora.”

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Alberto J. Ribes

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