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La memoria viva de Armenia

Se cumplen 100 años del genocidio armenio, que causó más de un millón de muertos y que Turquía todavía niega. España, también.

Última Fila 9/04/2015

Niña armenia muerta en un campo de Alepo.
Niña armenia muerta en un campo de Alepo. NEAR EAST RELIEF.

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Shushanik Martikian tenía nueve años cuando la expulsaron de su hogar en la región de Vaspuragán, en la frontera entre la actual Turquía y Armenia. Era 1918 y el éxodo la llevó hasta Irán. Allí, en 1965, puso palabras a su memoria. Recordó el “comienzo del camino del martirio”. Glenda Adjemiantz, su bisnieta, lo cuenta ahora desde Madrid entre café, fresas y té. “Quizá transcurran 56 años más, pero toda la gente de Vaspuragán confía en que un hermoso día sus nietos o bisnietos volverán a ver nuestra patria (que fue) arrasada y con su trabajo creador florecerá nuevamente nuestro paraíso Van”, escribió la “abuela Shushanik” en un diario que se convertiría en libro.  

Medio siglo después, es su descendiente quien sigue luchando por la memoria. La de su bisabuela y la de su país. La de más de un millón de armenios que murieron desde 1915 en el que se considera el primer genocidio del siglo XX. Cien años después, Armenia se prepara para conmemorar la tragedia que marcó el devenir de este pueblo. Cien años después, recordarán a la comunidad internacional un genocidio olvidado para que el país heredero del Imperio Otomano, Turquía, reconozca aquellas matanzas.  

El 24 de abril de 1915, el Gobierno de los Jóvenes Turcos ordenó el inicio de deportaciones masivas de población armenia hacia la actual Siria. Este día, en el que los armenios recuerdan oficialmente el genocidio, actúa no obstante como una simple ancla de recuerdos. Las persecuciones a esta minoría se remontan incluso a los últimos años del siglo XIX. Más adelante, The New York Times informaba en 1909 de que 30.000 armenios fueron asesinados en la Masacre de Adana.

A partir de 1915, mientras la I Guerra Mundial desangraba a las potencias europeas, cientos de miles de armenios fueron expulsados de sus casas y obligados a caminar hasta la extenuación por los desérticos paisajes de Anatolia. Más de un año después del inicio de las deportaciones, el mismo diario estadounidense reflejó las investigaciones del diplomático británico Lord Bryce: “La política turca desde el comienzo de la guerra europea equivale a un intento de exterminar a una nación entera y, asegura Lord Bryce, no tiene precedente en la historia del mundo”.

(I)

Armenia no puede entenderse sin la marca de su diáspora en el siglo XX. Con algo menos de 30.000 kilómetros cuadrados de superficie, más pequeña que la extensión de Cataluña, Armenia es una antigua república soviética encajada entre Oriente y Occidente, entre Irán y el Cáucaso, entre Turquía y Azerbaiyán. En ese territorio montañoso con capital en Ereván viven tres millones de personas, pero se estima que fuera del país hay, al menos, siete millones de armenios más en todo el mundo.

Importantes comunidades de ciudadanos armenios han conservado su identidad, sus raíces y su cultura en países como Argentina, Francia o Estados Unidos. Muchas de esas familias perdieron sus apellidos y pocos reconocerían en Cherilyn Sarkisian a la cantante Cher o en Andre Kirk Agassian al tenista Andre Agassi. Otros, en cambio, no dejaron de reivindicar su origen y su identidad armenia. El legendario Charles Aznavour, de padres armenios, dedicó su canción Ils sont tombés a las víctimas del genocidio, mientras que el grupo de metal System of a Down hizo lo propio con la combativa P.L.U.C.K.

El embajador de Armenia en España, Avet Adonts, reconoce que preservar la identidad nacional fuera del país “requiere muchos recursos”. “Cada armenio que se establece en un lugar distinto trata de convertirse en un ciudadano ejemplar y a la vez intenta conservar su identidad y evitar que la comunidad armenia se convierta en un gueto. En todos los países donde hay armenios están muy integrados. Participan en la vida social, económica, y en muchos casos incluso en la política”.

Es el caso, por ejemplo, de Loussik Roumian, quien abre la puerta de su casa junto a dos integrantes más del Consejo Nacional Armenio en España, una asociación que trabaja en diferentes países por el reconocimiento internacional del genocidio. Su historia es la de tantos otros descendientes de la diáspora. Su abuelo escapa de Turquía y llega a Rusia. Allí empieza una nueva vida. “Le pidieron documentación. No tenía nada y se inventó el apellido. Iba a ser Uroumian [Urmía en castellano], como el lago, pero le quitó la “u” para hacerlo más fácil”. El camino siguió hasta Irán, donde nació Roumian, quien sintetiza el ser armenio como la necesidad de pertenecer a un lugar en el que no se pudo vivir.

“El concepto de ser armenio y la reivindicación yo la he tenido siempre. Todos los 24 de abril lo celebrábamos en el estadio armenio. Mi abuelo no hablaba de lo que ocurrió, pero en mi casa siempre se hablaba del genocidio”, recuerda con intensidad Roumian, quien se siente tan asturiana como armenia. “No contaba su historia personal, pero… yo no podría ni decirte cuándo me enteré del genocidio. Es algo que ha existido siempre”.

Ella y sus coetáneos habían dejado de pertenecer a Armenia. El genocidio y la diáspora eran sus coordenadas. Para Glenda Adjemiantz, a quien la emigración forzosa de sus ascendientes la llevó a nacer en Argentina, es el trauma lo que les ha unido durante tantos años: “En ese éxodo siempre han sido un grupo y dentro del grupo sobrevive el idioma, la comida, las costumbres, la forma de pensar y también quién es el enemigo y quién nos ha llevado a esa situación de nacer y morir cada uno en un país distinto”.

También Ezequiel Vartian. El acento argentino desvela la última etapa de su diáspora genealógica. Cuenta que vino a España, donde la comunidad apenas tiene presencia, y eso le alejó de “la causa”. Volvió a abrazarla con fuerza tras visitar Armenia. Allí se encontró con sus símbolos, con su memoria. No es el único. Roumian cuenta cómo un sobrino suyo, criado en España y de madre inglesa, ahora vive en Armenia. “Salió de él. Fue de voluntario y allí se quedó. Dice que en España era inglés, en Inglaterra español y allí… allí es armenio”.

“Es un tema que marca tan profundamente a tantas generaciones”, suma Vartian. “Es una herida abierta, algo que no se termina de cerrar, algo de lo que no se puede hacer un duelo real porque sigue ahí y encima existe una corriente negacionista”.

 

(II)

Resulta complicado imaginar a Rocío Jurado o a Isabel Pantoja como profesoras, pero Gurgen Mikayelyan, un treintañero amable y moderno que ama su vida en el barrio madrileño de Malasaña, cuenta sonriente que aprendió castellano escuchando coplas. Junto a unos socios, tiene un local de comida griega donde también se pueden encontrar vino y confituras armenias. Aunque viaja una vez al año para ver a su familia, no le duele la nostalgia. Es feliz en España y no se plantea volver a un país donde, dice, hay mucha pobreza y corrupción. Pero su identidad armenia es intocable: el día anterior a la entrevista se tatuó en el brazo una granada, la fruta nacional del país.

Este emprendedor de Malasaña es un ejemplo de la comunidad armenia en España. Joven y pequeña, 11.866 personas en 2014 según datos del INE, la mayoría en la costa mediterránea (sólo en Barcelona hay 3.438). No son fruto de una diáspora centenaria, sino de movimientos mucho más recientes, unos diez o quince años, en busca de una mejora económica (en 1998 el INE sólo recoge 424 ciudadanos armenios). Para los protagonistas de este nuevo éxodo lo fundamental es mejorar su vida, asegurar el pan y legalizar su situación; pero sin olvidar el genocidio.

En todas las generaciones armenias subyace una identidad construida a partir del símbolo y la negación. Da igual si se trata de Francia, Argentina, Estados Unidos, Uruguay o la misma Armenia. En cada uno de los asentamientos surgidos, todo armenio busca el Monte Ararat, un pico de más de 5.000 metros, sagrado para este pueblo, que irónicamente se encuentra ahora dentro de las fronteras turcas. Es fácil identificar esta devoción al pasear por las calles de la capital. Su imagen se repite en cada esquina, todo lleva su nombre. ¿Una cerveza en algún bar? De marca Ararat, por supuesto. Todo conduce hacia esta montaña, donde dice la Biblia que encalló el Arca de Noé y que se puede contemplar desde la Cascada de Ereván, una escalera gigante que roza los 120 metros de altura. En las afueras de la capital espera el Tsitsernakaberd, el monumento nacional para conmemorar el genocidio construido hace cincuenta años. En cierto modo, todas las personas parecen sentirse hijas del genocidio.

El cristianismo es otro de los valores identitarios armenios. En la iglesia de los Carmelitas Descalzos de la calle Arturo Soria, en Madrid, dos vistosas palmas adornan el pasillo en el Domingo de Ramos. El sacerdote oficia de espaldas a sus fieles y eleva las escrituras al cielo entre espirales de salmos en armenio. Después, se acerca a los bancos balanceando el incienso donde unas cincuenta personas se santiguan a su paso. La mayoría son mujeres y todas llevan sobre la cabeza un velo blanco, fino, casi transparente. A miles de kilómetros de su tierra, la Iglesia Apostólica armenia también lucha por sus esencias.

Para el embajador armenio esta fue y sigue siendo un punto de unión esencial para sus compatriotas: “(Mantener la identidad) es una tradición que tiene unas raíces muy profundas, como el hecho de ser cristianos, que se ha convertido para cada comunidad en un atributo necesario”. Armenia fue el primer Estado en adoptar el cristianismo como religión oficial, en el 301 d.c.. La profunda espiritualidad del pueblo armenio todavía se percibe hoy en los antiguos monasterios, como los que se encuentran en torno a la ciudad de Alaverdi, y en los miles de ‘khachkars’, las cruces de piedra que se reparten a lo largo de su territorio.

 

(III)

Han pasado cien años de la masacre, pero la comunidad internacional en su mayoría sigue sin reconocer oficialmente el genocidio armenio. El primer país en reconocerlo fue Uruguay, en 1965, y después le siguieron otros como Argentina, Rusia, Italia, Suecia, Suiza o Francia. De hecho, en el país galo, que ya había reconocido el genocidio en 1998, se vivió en 2012 una fuerte polémica con Ankara cuando el Parlamento francés aprobó una ley que castigaba su negación. No obstante, la justicia francesa declaró anticonstitucional esta ley, por considerar que violaba el principio de libertad de expresión.

En España, ni el Congreso de los Diputados ni el Senado han reconocido oficialmente el genocidio armenio, un paso adelante que sí han dado País Vasco, Cataluña, Navarra e Islas Baleares, así como los municipios de Pinto (Madrid) y Mislata y Burjassot (Valencia).

“Aquí lo más importante es la posición del Gobierno de Turquía”. El embajador Adonts es tajante al señalar cuál es el verdadero desafío hoy en día en el proceso internacional. “El reconocimiento y que pida perdón por lo sucedido es el paso que hace falta para que sea efectivo”. El diplomático es optimista. Está seguro de que, “ya sea por presión del exterior o por un cambio de mentalidad del Gobierno turco”, el Gobierno de Ankara finalmente reconocerá el genocidio.

Que Turquía admita al fin las masacres es el principal objetivo. Pero no solo del Gobierno armenio, sino también del Parlamento Europeo, que instó a Turquía a reconocer el genocidio en 2005, poco antes de iniciar las negociaciones de adhesión a la UE. Sin embargo, no parece que este paso se vaya a dar pronto. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, declaró en marzo que “como en todas las eras de la historia, hubo dolor y la tragedia durante los años de la Gran Guerra” y que “los armenios no fueron el único pueblo afectado por ellos”. En cualquier caso, Estambul no niega las deportaciones, pero rechaza considerarlas genocidio.

Hablar del genocidio armenio no es nada fácil en Turquía. En 2005, el escritor Orhan Pamuk, que luego sería Nobel de Literatura, fue juzgado por asegurar en público que un millón de armenios fueron asesinados en el genocidio. Peor suerte corrió el periodista armenio-turco Hrant Dink, conocido por su activismo y que fue asesinado en Estambul en 2007. Recientemente, la película The cut, del director turco-alemán Fatih Akin, cuestionó una vez más la postura negacionista de las autoridades turcas.

También en España, las iniciativas individuales ayudan a que este episodio de la historia armenia se conozca. Arthur Ghukasian es un periodista armenio afincado en Valencia que habla con auténtica pasión de su país y de la “energía única” y el optimismo que le da cuando pierde toda esperanza. “La distancia no me hace sentir que estoy lejos porque en cada instante Armenia está en mi alma”, asegura.

Para Ghukasian, el genocidio fue un acto para borrar la identidad armenia y por ello ha dedicado una gran parte de su trabajo a luchar contra el olvido. “La memoria de la tragedia siempre nos recuerda nuestras raíces”, afirma Ghukasian, quien está preparando para el centenario un sitio web que reúna a intelectuales del mundo hispano comprometidos con la causa armenia.

Desde su local en Malasaña, Gurgen Mikayelyan opina que las nuevas generaciones armenias “tienen la mente más abierta”. Recuerda que desde su casa en Gyumri se veía la frontera turca y cómo las personas mayores le amenazaban con que algún día los turcos “volverían”. Pero él es de otra generación. Tiene amigos turcos, algo que no toleraría su abuela, y opina que un acercamiento sería positivo para los dos países. Pero el primer paso debe ser el reconocimiento, dice firme Mikayelyan, porque el genocidio es “memoria viva” del pueblo armenio.

Shushanik Martikian tenía nueve años cuando la expulsaron de su hogar en la región de Vaspuragán, en la frontera entre la actual Turquía y Armenia. Era 1918 y el éxodo la llevó hasta Irán. Allí, en 1965, puso palabras a su memoria. Recordó el “comienzo del camino del martirio”. Glenda Adjemiantz, su...

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