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Memorias de la España rica

Aguirre o el sombrero de plato

Recuerdos de una entrevista con Esperanza Aguirre, de una falda levantada y de una blusa transparente con pezones king-size

Guillem Martínez 19/03/2015

<p>Esperanza Aguirre</p>

Esperanza Aguirre

Luis Grañena

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Lo que aquí sigue es un perfil. De hecho, describo a una persona que, durante un buen rato de la descripción, está a mi lado, sentada, de perfil. Luego se levantó y adquirió volumen y movilidad variable. Como sucede, ahora que lo pienso, en cualquier perfil. Anyway. Esta historia empieza hace mil años, cuando me llaman, piticlín-piticlín, de una revista en la que colaboraba, para pedirme que le hiciera una entrevista a Esperanza Aguirre. Este género de entrevistas –entrevistas aquí-te-pillo-aquí-te-mato- eran muy frecuentes en la Federación Galáctica Hispana de entre siglos. Respondían, creo entender, a la siguiente lógica. Siguiente Lógica: una entrevista no valía un pito, es decir, era un ejercicio de poder. De quien graciosamente la otorgaba y del medio del que la recibía, que podía exhibir en sus páginas al poder/al entrevistado. Su foto y algunas palabras en las que, básicamente, no decía nada. Una entrevista era, así, un premio. Se otorgaba al medio que se portaba bien. Y se negaba al que no cumplía sus expectativas. Acostumbraban a vertebrar poca información y poco control sobre el entrevistado. Eso sería portarse mal, y perder otra entrevista in the time. La entrevista, en fin, sólo tenía un valor: conseguir otra, más adelante. Con este carrerón, la entrevista llegó a ser un género tan menor y con tan poco trayecto que, en la tele, se llegó a inventar un subgénero que, por sí solo, explica hasta qué punto el género fue desguazado: tres, cuatro o cinco tías con taconazo, que en el trance de entrevistar a un tipo o una tipa importante le hacían freír un huevo. Y se reían con la boca llena de dientes. Bueno. Me llamaron, lo dicho, de la revista en la que colaboraba. Esperanza Aguirre, que hacía la tira que no les concedía una entrevista, les concedía una. La haría yo. Al día siguiente. No había tiempo de preparar mucho la cosa. Se esperaba que le hiciera freír un huevo, etc. 

Les explico lo que recuerdo de aquel huevo frito. La cosa fue en su despacho. Hay dos tipos de despacho de cargo electo. El despacho ordenado, inmaculado, de quien no da un palo al agua. Y el despacho con papeles. Ambos dos despachos poseen atributos de la vida anterior de su ocupante, que explican su trayectoria y sus mitos. Es decir, cosas que no desean explicar los ocupantes de ese tipo de despachos. Verbigracias: el despacho de Rajoy en Génova, en aquella época, tenía una foto de sus hijos, pero no de su esposa. El de Aznar, también en Génova, tenía por entonces, en un rincón, el escaño que utilizó Aznar en su primera legislatura. Lo había comprado. Uno sólo compra lo que cree suyo. Bueno. Aquel despacho en el que realizaría la entrevista era de un tercer tipo: de alguien que no va al despacho. Aquel despacho, en fin, no tenía ningún signo de estar habitado. La entrevistada, definitivamente, no vivía ahí. Orienté la entrevista intentando que de ella surgiera una cosmovisión de la derecha española. Salió sin esfuerzo. A la entrevistada le importaba un higo disimular esa cosmovisión. Por el mismo precio, también salió el sign of the times del momento: el vocabulario de la época. El que en la década anterior, en los 90’s, el PP, vía FAES, había importado de los think tanks del Republican Party. Un lenguaje sustentado en la libertad, un lenguaje casi libertario.

La mezcla de ese lenguaje con los clásicos del nacional-catolicismo crispaban, como recordarán, hasta a un muerto. Es más, en un momento dado la entrevistada defendió que el abanico de la prensa madrileña dibujaba más y mejor libertad que el de la barcelonesa, porque atendía ideologías que en Barcelona eran despreciadas, de manera antidemocrática. Transcribo de memoria. “¿Me está diciendo que en Madrid hay una libertad de prensa mayor porque existen, al contrario que en Barcelona, periodistas y medios de la ultra-derecha?”. Respuesta: “Sí”. La entrevistada, de hecho, tiró por el enfrentamiento  entre Barcelona y Madrid lo que pudo. Es un enfrentamiento, por lo demás, ritualizado y tabulado en todo su periplo. Me he encontrado con él en la tira de entrevistas. La cosa consiste en que el entrevistado interpreta que está asistiendo a una entrevista rara no porque eres raro, sino porque eres catalán, por lo que empieza a hablar de Catalunya. Zzzzzzz. La catalanidad no es la negresse de los poetas francófonos africanos –esa piel negra que delimita un alma atormentada, que impide al europeo ver ese tormento-. Es, más bien, un traje. Un traje ridículo, como de la Guardia Suiza, que llevas puesto aunque jamás te lo hayas puesto, y que mientras hablas hace que tu interlocutor solo escuche unicoooornio.

Bueno. No recuerdo nada más. Ah. Sí. Recuerdo que le pregunté por el significado plástico-político de haber ido, unas semanas atrás, al rodaje de un spot electoral con varias maletas Louis Vuitton. Me lo chivó, por cierto, mi hermano, que fue el productor de ese spot. Un hermano jamás miente a un hermano. Desde el Génesis y el momento de sinceridad brutal entre Caín y Abel, hasta el Apocalipsis/los hermanos Pujol. La entrevistada me dijo que jamás había tenido una maleta Louis etc., con un par y sin pestañear. Porque le parecía hortera. O algo así. Meditaciones: a) si esa mujer algún día es sometida al polígrafo, el polígrafo tendrá que haber sido diseñado por la NASA, o será una tarde perdida. Y b), todo el mundo puede mentir ante determinada presión y temperatura, claro, pero lo llamativo es que en esa sala no había presión ni temperatura. O sí. Y mucha. Pero de otra especie, que no tenía nada que ver conmigo o con la entrevista. De hecho, estas líneas las he empezado a escribir no para explicarles lo que les he explicado, sino para explicarme a mí algo que, en aquel momento, no me expliqué del todo. Ahí va.

En esa sala sucedía algo extraño. Estaba cargada de una extraña energía. Sexual. La conozco muy bien, pues crecí en un barrio cuyo único suministro energético que nunca se cortaba era ese. Y era evidente en la sala. Es una energía fácil de detectar. Venimos equipados de serie con el detector. Todo el  mundo la detecta, o está perdido y las tardes de sus domingos son eternas. La energía se verbalizó en cuanto entró en la sala la entrevistada y su acompañante. No recuerdo quién era –su jefa de gabinete o de prensa; no me esforcé mucho por retener su nombre; jamás la volvería a ver-. Lo que recuerdo es que llevaba una blusa estampada transparente, bajo la que se veían unos pezones descomunales y extrovertidos, del tamaño de la Medalla al Mérito Minero. El vestuario no casaba con su edad ni con su cargo. En una institución, como todos ustedes saben, no suele haber transparencia. Y, mucho menos, transparencias. Sí, es común la ropa sexy. En una institución hay pasta, poder y ganas de exhibir ambas cosas. También hay una sensación vital de aventura y tensión, que se suelen canalizar en tensión sexual no resuelta. Pero nadie llega a las manos. O a las transparencias. A su vez, a la entrevistada, al sentarse a mi lado –lo dicho, de perfil-, se le levantó, la falda. Accidentalmente. Durante más de una hora. Como en las pelis de Alvaro Vitali. Eso, que es tan divertido y breve cuando sucede en el tren o en un restaurant, no lo era. Era extraño. Las dos mujeres, a su vez, permanecieron todo el rato ejerciendo una carnalidad discreta pero evidente. Era un juego, ante el cual me hice, obviamente, el sueco, mientras la carnalidad seguía explotando a través de gestos y risas. Contradiciendo todo lo que creía y para lo que había sido sólidamente educado, no observé una pierna o unos senos desnudos. No era, desde luego, un juego entre iguales. Ni en mi honor –yo iba, recuerden, vestido de Guardia Suiza-. En aquella construcción de exhibicionismo, mi único papel posible era el de testigo. Por lo que fue fácil rechazarlo, a pesar de lo difícil que es dejar de mirar el fuego, el mar, a un bebé o a alguien, por muy feo que sea, construyendo carnalidad. Otra facilidad vino del hecho de ver que aquella carnalidad no lo era. Bueno, sí, lo era. Como un pino. Pero no obedecía a sus reglas universales. Lo que exhibían no era ese objeto perplejo que exhiben los adultos en el trance de emitir carnalidad. Cuando un adulto emite carnalidad, emite algo serio y valiente, que debe de ser cuidado. Emite algo frágil, que debe de ser respetado. Pero lo que exhibían era algo que no tenía que ver con el cuerpo. El cuerpo era, simplemente, el conductor. Lo que exhibían era poder. El poder. Es decir, lo contrario a un cuerpo, si exceptuamos el Benemérito Cuerpo, que tan poco ha hecho por el imperio de la carnalidad.

Recuerdo que la entrevista acabó como el rosario de la aurora. Recuerdo que luego hicimos un breve paripé, sobre la proclamación de la II República en ese edificio. Recuerdo que la exentrevistada me abrió el balcón del despacho, y que salí yo solo al balcón en el que se hizo la proclamación. Recuerdo que pensé en Maura, el pijo chulo que convenció a Azaña y al reducido grupo de republicanos que vino a pelo hasta aquí y proclamó la República. Me imaginé a Maura envalentonado, carnal, con una blusa transparente, marcando pezones king-size y enseñando una pierna. Recuerdo que donde se proclamó la República yo me fumé un pito. Recuerdo que recordé una foto de Azaña, en este balcón, cagado de miedo, fumándose también un pito, en Julio del 36. Recuerdo que recordé un fragmento de los Diarios de la Guerra de Azaña, en los que apuntaba que un español cambia cuando le das una gorra de plato. Recuerdo que pensé que hay minifaldas que son como una gorra de plato. Que hay incluso piernas y pezones que son todo lo contrario a piernas y pezones, es decir, gorras de plato. Recuerdo que pensé en la exentrevistada, y en su partido/pack, y en que si han conseguido sustituir su carnalidad por el poder, su cuerpo por su cargo, es que nunca les sacaremos del poder y de su cargo. Ni con agua caliente. Su cargo es su cuerpo. Ya no necesitan el cuerpo. Recuerdo que volví a entrar en el despacho, que di la patita a las dos amiguitas y que luego me fui. 

Lo que aquí sigue es un perfil. De hecho, describo a una persona que, durante un buen rato de la descripción, está a mi lado, sentada, de perfil. Luego se levantó y adquirió volumen y movilidad variable. Como sucede, ahora que lo pienso, en cualquier perfil. Anyway. Esta historia empieza hace...

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Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección. Su último libro es 'Los Domingos', una selección de sus artículos dominicales (Anagrama).

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