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Pobre soldado americano

El estreno de la película `American Sniper´reaviva el debate sobre el difícil retorno a casa de los combatientes. Cada día se suicidan 22 militares en Estados Unidos

Diego E. Barros chicago , 19/02/2015

Bradley Cooper en una escena de la película dirigida por Clint Eastwood, El francotirador.
Bradley Cooper en una escena de la película dirigida por Clint Eastwood, El francotirador. Keith Bernstein

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La historia de Chris Kyle es una metáfora de la América de nuestros días. Un punto de épica, una gran dosis de patriotismo, una pizca de redención y, también, un final trágico. De los que hacen que al espectador se le ponga un nudo en la garganta. La controvertida película de Clint Eastwood, American Sniper, (El Francotirador) basada en la autobiografía homónima de Kyle, publicada en 2012, y que se estrena esta misma semana en España, no ha hecho otra cosa que ponerle la puntilla.

El filme ha llegado rodeado de polémica, no tanto por su calidad, fuera de toda duda (pese a contener el mayor número de bebés falsos en tan pocos planos de la historia del cine), como por el significado que algunos quieren darle. Ha vuelto a colocar en primera línea la discusión entre las llamadas dos Américas. Por un lado, la patriótica y ultramontana, amante de un esencialismo defendido con cartucheras al cinto; por el otro, la más liberal, la que abomina del autorretrato de un país que insiste en identificarse en su lado más salvaje. Y sin embargo, la película de Eastwood, es mucho más compleja. El biopic de Kyle emerge como un documento que, con bisturí de cirujano, disecciona las heridas que las últimas y fallidas aventuras bélicas de EE.UU. han dejado, no solo en el país, sino especialmente en aquellos que son llamados a defenderlo. Si importan los motivos por los que ir a la guerra, también importan las personas que en ella combaten. Y el resultado es siempre el mismo: la guerra, aun siendo en ocasiones inevitable, solo produce víctimas. De ahí que el alegato antibelicista, explícito en varios momentos del filme, se acabe imponiendo sobre todas las ambigüedades. Incluso sobre el propio debate en torno al papel de los francotiradores, cuyo trabajo es exclusivamente el de matar desde la distancia. Es quizá por eso que David Denvy, uno de los críticos de cine de The New Yorker, haya descrito la cinta como «una devastadora película pro-bélica y una devastadora película contra la guerra, una celebración tenue de la habilidad de un guerrero y un lamento triste sobre su alienación y miseria».

Pero esto no va de la película que ha rodado Clint Eastwood.

Esto va de los protagonistas de una historia que duele. Va del Navy Seal Chris Kyle, y de su asesino, el ex marine Eddie Ray Routh. Porque si la historia de Kyle es una metáfora de América, también lo es la de su asesino. Por esa razón, esta historia va sobre todo de los miles de veteranos estadounidenses que, una vez lejos de los campos de batalla, continúan luchando en casa. Puede que hayan dejado atrás la guerra, pero la guerra les ha seguido a ellos.

Eddie Ray Routh, de 27 años, se enfrenta a cadena perpetua sin posibilidad de revisión si el jurado del tribunal de Stephenville, una pequeña ciudad de Texas, le encuentra culpable de asesinar el 3 de febrero de 2013 a Kyle, de 38 años, y a un amigo de éste, también ex militar, Chad Littlefield, de 35 años. El juicio comenzó el pasado miércoles 11 de febrero y, como era de esperar, es ya el acontecimiento más importante de la historia de Stephenville, una pequeña localidad ganadera situada en el corazón del estado de Texas, a unas 108 millas de Dallas y de apenas 18.500 habitantes.

En realidad, el juicio tiene algo de formalismo. La autoría del crimen no está puesta en duda ya que Routh sí asesinó a Kyle y a Littlefield. Aquel día en Rough Creek Lodge, un rancho deportivo situado en la localidad de Glen Rose, los tres iban a disfrutar de una jornada de tiro. Sin embargo, poco después de las tres de la tarde, el acusado descerrajó varios disparos contra sus acompañantes. Kyle recibió varios impactos en la espalda y en la cabeza. Littlefield en el pecho. Las investigaciones policiales han determinado que en el momento de su muerte, ambas víctimas estaban armadas pero nunca llegaron a desenfundar sus pistolas. Esa no es pues la cuestión principal. Lo es si Routh, un veterano con un historial clínico de desórdenes mentales del tamaño de Texas, era o no responsable de sus actos en el momento de cometer los asesinatos. Routh había sido diagnosticado de PTSD, (síndrome de estrés post-traumático, en sus siglas en inglés) y, según algunos especialistas, mostraba síntomas de esquizofrenia paranoide. Contaba con un largo historial de avisos, comportamientos erráticos y episodios violentos incluidos que, junto al abuso del alcohol y las drogas, resultaron una combinación fatal. Su familia pidió ayuda a la Administración de Veteranos pero, como en tantas otras ocasiones, sus peticiones, si fueron escuchadas, no fueron tomadas en serio o las respuestas no llegaron a tiempo. Kyle, su víctima, era la última esperanza para los atormentados padres de Routh, cuya madre había pedido ayuda al hombre convertido ya en héroe, no solo por sus méritos en el campo de batalla sino por su trabajo con los combatientes al volver de él. Kyle dijo sí.

El héroe

«Por cierto, no tienes que llamarme señor», le dijo Conan O´Brian a Chris Kyle en 2012, mientras le entrevistaba en su show televisivo de la TBS poco después de la publicación de su autobiografía, convertida en un bestseller pocas semanas después de su lanzamiento. «Yo solo soy un presentador de televisión… Tú estás aquí y yo aquí», le mostró el showman a su invitado en un gráfico movimiento de manos. Para entonces, la figura de Chris Kyle, nacido en la localidad texana de Odessa en 1974 había sido ya elevada a la categoría de mito. Kyle encarnaba el prototipo de vaquero texano. De joven deambuló por rodeos de mala muerte hasta que una lesión en la espalda puso fin a su incipiente carrera. A principios de los noventa trató de estudiar algo relacionado con la agricultura pero pronto dejó los libros y tras una primera intentona fallida en 1998, consiguió entrar al año siguiente en los Navy Seal, el cuerpo de élite de la Marina estadounidense, los más duros entre los duros, la flor y nata de las Black Ops. Acabó de francotirador en el denominado Team Three ―el Team Six fue, por ejemplo, el encargado de matar a Osama Bin Laden. Y resultó ser el mejor. Al finalizar su carrera, su expediente de servicio contabilizaba más de 160 objetivos. Eso oficialmente, ya que otras fuentes y el propio Kyle señalarían que la cifra real bien podía doblar la que figuraba en los registros. En cualquier caso, Kyle, el francotirador más letal de la historia militar estadounidense, era un ángel de la guarda para sus compañeros de armas ―«lo único que lamento es no haber podido salvar a más chicos», le llegó a decir a uno de sus psicólogos, en una escena que se recoge casi literalmente en el filme―; y el «Diablo de Ramadi» para los terroristas que llegaron a poner precio a su cabeza.

Tras cuatro turnos en Iraq y, empujado por su esposa Taya, Kyle dijo basta en 2009. Era hora de volver a casa y comenzaba para él una nueva guerra, esa que los expertos denominan «el periodo de descompresión». Como muchos otros combatientes debía convertirse de nuevo en civil. Floyd Shad Meshad, fundador y presidente de la National Veterans Foundation, una de las asociaciones de ayuda al veterano más importantes de EE.UU. explica este proceso de forma simple: «cuando estás en el Ejército todo es, por así decirlo, muy sencillo, y se reduce a una disciplina, a seguir unas órdenes, a hacer lo que se te ha encomendado y para lo que has sido entrenado. El problema surge cuanto toda esa rutina desaparece y el día vuelve a tener 24 horas que hay que llenar y eres tú el único que puede hacerlo». El propio Kyle luchó contra esos días interminables y llenos de fantasmas provocados por un «estrés por combate», tal y como figura en sus registros médicos. La manera que encontró para hacerlo fue ayudar a otros excombatientes a los que el Ejército «programa para matar pero no para dejar de hacerlo y volver a la vida diaria», explica Meshad, uno de los pioneros en el estudio de los trastornos mentales asociados a los supervivientes y veteranos de conflictos armados.

Tras dejar el ejército, Kyle fundó una compañía que proporcionaba servicios de seguridad, Craft International. Más tarde, se puso en contacto con Jason Kos, responsable de FITCO, una firma de equipamiento deportivo, y le propuso crear un programa por el que su firma donaría viejas máquinas de musculación a los centros de veteranos. A Kos le gustó la idea y en 2011 echó a andar la FITCO Cares Foundation. Paralelamente, junto a otros inversores y viejos compañeros de armas, Kyle comenzó a organizar partidas de caza y sesiones de tiro en las que participaban veteranos. El razonamiento era sencillo: reincorporados a la vida civil, los exmilitares echan en falta lo que han perdido, la camaradería entre hermanos de armas y las cacerías organizadas y las sesiones de tiro, bien podrían suplir esa ausencia.

La mañana del 25 de enero de 2013, tras dejar a sus hijos en el colegio, una mujer se acercó a Kyle. Su nombre era Jodi Routh. Había oído hablar del programa de FITCO Cares y del trabajo de Kyle con veteranos aquejados de heridas físicas y psicológicas. Le habló de su hijo, Eddie Ray, ex marine al que los médicos habían diagnosticado PTSD, pero al que ni la medicación ni la poca ayuda profesional que estaba recibiendo parecían hacerle efecto. Kyle le dijo que entendía por lo que estaba pasando y prometió ayudarle, al menos salir y charlar con el joven en los días siguientes. La cita llegó finalmente el 2 de febrero, día en que Kyle se despidió por última vez de su esposa. Esta vez para siempre.

El 12 de febrero de 2013, una procesión de diez millas acompañó el vehículo que transportaba los restos mortales de Kyle desde Midlothian, su lugar de residencia, hasta Austin. En una mañana fría y lluviosa, la comitiva fúnebre recorrió unas 200 millas flanqueada en todo momento por miles de personas que querían mostrar sus respetos al que ya era el último gran héroe americano.

El asesino

«Cuando acabó con sus vidas, [Routh] era presa de un brote psicótico tan severo que no le permitía ser consciente de lo que acababa de hacer, ni siquiera que estaba mal». Es el principal argumento que Tim Moore, abogado de la familia Routh, expuso al tribunal en la primera semana del juicio. Dejaba clara la estrategia para el proceso: probar que la locura de su cliente fue el verdadero desencadenante de la tragedia.

Eddie Ray Routh ingresó en el cuerpo de Marines de los EE.UU. en 2006. El Ejército lo entrenó como especialista en armamento. Las armas no eran un objeto extraño para él y se le daban bien. Tras graduarse, en septiembre de 2007 su unidad fue desplegada en Irak, en la base aérea de Balad, situada a 55 millas al norte de Bagdad. La mayor parte del tiempo realizó funciones de carcelero y en más de una ocasión, según el relato que sus familiares han ofrecido en sus testimonios recogidos en prensa, se quejó a su padre de que no se encontraba cómodo con lo que veía. Según publicó The New York Times en 2009, Balad escondía al menos una de las conocidas como «cárceles secretas».

Routh regresó de Iraq en marzo de 2009. Su familia relata que algo había cambiado en él. Se había vuelto más hosco e irritable, no hablaba mucho y menos de Iraq, pero cada vez bebía más, en ocasiones hasta perder el conocimiento. En enero de 2010, su unidad fue destinada a Haití. Un terremoto de siete puntos en la escala de Richter había provocado más de 350.000 muertos, otros tantos heridos y más de un millón de damnificados. Routh se pasó varias semanas junto a sus compañeros sacando cadáveres de los escombros y apilándolos en fosas comunes antes de que se los comieran los perros. En junio de 2010, después de cuatro años de servicio, dejó el Ejército y comenzó su propio periodo de descompresión. Según el relato que tanto su abogado como sus familiares han ofrecido estos días en el tribunal de Stephenville, llegaron las pesadillas y los flashbacks. Los momentos de aislamiento absoluto se mezclaron con brotes violentos y episodios persecutorios o ataques de pánico. Y de nuevo con alcohol y drogas. En julio visitó por primera vez el Veterans Affairs Medical Center de Dallas. Le llevó su hermana. Tras varios días en observación, fue dado de alta. Semanas después del primer ingreso, y tras una fuerte discusión con su padre, a Routh le diagnosticaron PTSD.

Hasta que fue tipificado como desorden metal en 1980, a los veteranos de la Guerra del Vietnam que se quejaban de flashbacks violentos y recurrentes le diagnosticaban esquizofrenia paranoide. El PTSD comparte muchos de los síntomas pertenecientes a otras dolencias ―insomnio, depresión, ataques de pánico―, y los especialistas siguen sin encontrar todavía un test definitivo que permita determinar que un paciente lo sufre, más allá de señalar la existencia de un desorden bipolar. Shad Meshad, con décadas de experiencia tratando enfermos de PTSD señala que «es fácil tratar las dolencias físicas pero cuando se trata de las de raíz mental, la cosa se complica mucho más ya que es algo que no se ve y solo siente de manera muy directa quien se ve afectado por ello». En conversación telefónica desde Los Ángeles, sede de la organización que él mismo, veterano de Vietnam, fundó en 1985, Meshad indica que es difícil saber el número exacto de veteranos que lo sufren o lo han sufrido en algún momento. En 2008, un estudio realizado por la Rand Corporation estimaba que hasta el 40% de los veteranos de Iraq y Afganistán sufrían PTSD. Otros estudios indican que la probabilidad de padecerlo se ve incrementada de manera exponencial con cada entrada en combate.

Es ésta precisamente una de las diferencias que existe entre los veteranos de las guerras más recientes, y los combatientes norteamericanos en otros conflictos. «A diferencia de Vietnam, donde los soldados iban porque su nombre había salido en un reclutamiento por sorteo (draft), ahora, los soldados son profesionales, voluntarios que pueden llegar a protagonizar varios turnos de combate (cuatro en el caso de Kyle). En mi época ibas, y si sobrevivías para contarlo, no volvías», afirma.

Los médicos pusieron a Routh bajo tratamiento. Pero no hubo progresos. En enero de 2012 fue detenido por conducir bajo los efectos del alcohol. En el juicio, el juez determinó una fianza de 1.500 dólares si quería evitar la cárcel. Incapaz de pagarla, pasó treinta días en prisión. Al salir conoció a una chica y, a los periodos de calma, le sucedían episodios que acababan de nuevo en el hospital de Veteranos de Dallas, conocido por ser el peor centro médico de un país acostumbrado a llenarse la boca con su apoyo a los chicos que se juegan la vida en la batalla, pero que no suele hablar mucho del trato que les dispensa cuando estos regresan a casa. Esta circunstancia tiene mucho que ver con el estado del propio Departamento de Veteranos, una institución presa de una esclerosis crónica que acaban sufriendo los ex combatientes y sus familias.

«En las guerras actuales no existe un enemigo claro al que derrotar, las armas son más sofisticadas y por eso también mucho más destructivas», explica Meshad cuya asociación ha tratado a más de 400.000 personas. Muchas de las organizaciones de ayuda a veteranos ocupan el espacio que la administración no puede, no sabe o no quiere llenar. «Actualmente, las principales demandas tienen que ver con el trabajo: veteranos muy jóvenes, en los veinte, que una vez desligados del Ejército no saben qué hacer de sus vidas y ni siquiera son capaces de encontrar empleos con los que mantenerlas ocupadas», señala este especialista. La cifra de desempleo entre los veteranos de guerra posteriores al 11-S se sitúa un punto y medio por encima de la media nacional. Pero sobre todo están los problemas burocráticos derivados del desenganche. Heridos que tienen que hacer frente a condiciones de salud desfavorables de por vida y que esperan años hasta que la administración reconoce sus derechos a compensaciones y beneficios, una circunstancia habitual en EE.UU. que tiene que ver con los costosísimos seguros médicos.

El largo y complicado proceso desespera a muchos. Pese a que no existe un cómputo oficial centralizado, organizaciones como la Iraq and Afganistan Veterans of America estima que cada día se suicidan 22 ex combatientes en EE.UU. Una cifra alarmante que, sin embargo, pocos conocen y que ha llevado al presidente Barack Obama a firmar el pasado 2 de febrero la primera Ley de Prevención del Suicidio de Veteranos, conocida como la Ley Clay Hunt, en memoria precisamente de un joven ex marine que se suicidó en 2011. La ley, introducida el año pasado en el Congreso por el senador por Montana John Walsh (D) ―primer veterano de Iraq en el Senado de EE.UU.―, incluye una amplia reforma en el acceso de los ex combatientes a la asistencia médica y la extensión de cinco a quince años del periodo que otorga el derecho a recibir una ayuda. Entre otras cosa, la normativa pretende también ampliar los fondos destinados a la contratación de psiquiatras que se comprometan a tratar a ex soldados durante largo plazo.

En una de sus visitas psiquiátricas, Routh confesó al especialista que a veces pensaba en acabar con su vida. Otras veces decía que se sentía perseguido y que tenía que estar alerta para proteger a su familia. En reiteradas ocasiones, sus padres pidieron el ingreso de su hijo. El 30 de enero de 2013, Jodi Routh acompañó a su hijo a una consulta rutinaria de nuevo en el hospital de Dallas. Con asombro, escuchó al médico decir que a su hijo solo le habían prescrito la mitad de la dosis necesaria en casos de PTSD como el que se le había diagnosticado. Dobló la dosis y dijo que la nueva medicación le sería enviada a casa en un par de días. Jodi pidió al psiquiatra que inscribiera a su hijo en un programa especial para enfermos de PTSD desarrollado en la localidad de Waco. El facultativo dijo que Routh no estaba lo suficientemente estable. Dicho tratamiento solo funcionaba en veteranos que no presentaban peligro para ellos mismos ni para los de su alrededor.

Para entonces, Jodi Routh ya había solicitado ayuda a Chris Kyle. La cita debía ser el sábado 2 de enero. La tarde anterior, Routh le había propuesto matrimonio a su novia, Jennifer Weed, y ella había aceptado. Kyle y Littlefield recogieron a Routh en casa de sus padres, en Lancaster, hacia el mediodía. Alrededor de las tres de la tarde, los ex militares llegaron al rancho de Rough Creek. Tras registrarse, se adentraron en una propiedad que se extiende por una superficie de casi 45 hectáreas. Poco antes de las cinco de la tarde, un empleado del rancho encontró los cuerpos sin vida de Kyle y Littlefield. La imponente camioneta Ford F-350 de Kyle había desaparecido.  

El juicio

Otra de las diferencias fundamentales entre las guerras pasadas y los conflictos más recientes es la respuesta de la opinión pública. Los veteranos que regresaban de Vietnam se encontraban con un país en contra. La misma sociedad en cuyo nombre habían ido a «defender libertad y la democracia» era, una vez de vuelta a casa, quien los trataba como apestados. Eso no ocurre ahora y la opinión pública estadounidense respalda por completo a sus tropas. Más allá del debate político sobre la conveniencia o no de entrar en guerra no existe ningún tipo de crítica hacia los militares. Ni tan siquiera en los peores momentos de la guerra de Iraq, como lo fueron las revelaciones de las torturas en Abu Ghraib, se escuchó una sola voz crítica hacia los soldados.

Los americanos admiran a los militares como a ninguna otra institución. La confianza en el Ejército se disparó después del 11-S. En una encuesta realizada por Gallup el pasado verano, tres de cada cuatro estadounidenses manifestaban tener «bastante» o «mucha» confianza en el Ejército. Esta opinión contrasta con la mala imagen, por ejemplo, que dos de cada tres tienen del sistema sanitario. O nueve de cada diez del Congreso. No importan los gastos aun en mitad de una crisis económica del nivel de la que se ha vivido en los últimos años. Aunque no hay cifras oficiales al respecto, se estima que la década de guerras en Afganistán, Iraq y países colindantes ha costado a los contribuyentes al menos 1,5 billones de dólares. Un reciente estudio de la Harvard Kennedy School señalaba que incluso el monto total puede multiplicar por tres o por cuatro dicha cantidad. Y eso en un periodo en que, tanto Gobierno federal como ejecutivos estatales, han recortado en todo lo demás, incluidos los presupuestos destinados al departamento de veteranos. Lo peor es que, tras una década de conflictos y 4.500 soldados estadounidenses muertos solo en Iraq, no está claro que EE.UU haya ganado esas guerras. Por eso el juicio contra Routh tiene una carga todavía más simbólica. Los conflictos de Iraq y Afganistán se siguen cobrando víctimas también en casa.

En las primeras dos semanas del proceso la estrategia de la defensa de Routh ha sido ampliamente atacada por la acusación y, por supuesto, la familia de las víctimas, quienes alegan que el asesino sabía en todo momento lo que hacía. «Él mismo admitió que había cometido los asesinatos, que había consumido drogas y alcohol aquella mañana y por lo tanto sabía lo que estaba haciendo», argumentó en su exposición inicial el pasado miércoles Alan Nash, fiscal encargado del caso. «Las pruebas mostrarán que las enfermedades mentales, incluso aquellas que el acusado pueda o no tener, no impiden a la gente comportarse como buenos ciudadanos, diferenciar el bien del mal», añadía ante un jurado compuesto por diez mujeres y dos hombres seleccionados entre 800 candidatos y que debe decidir ahora sobre la vida de Routh. Quién sabe si para hacer justicia o agrandar todavía la que es ya una tragedia americana.

La imagen de Routh en la actualidad contrasta con la del joven chupado que mató a Kyle y Littlefield hace un año. Ha ganado peso y tiene el pelo rapado. Mantiene la mirada baja y apenas pronuncia palabra. Cuando Taya Kyle se sentó en el estrado el pasado miércoles fue incapaz incluso de levantar los ojos de la mesa detrás de la que se sienta. La viuda de Kyle es una mujer atractiva que lucha por mantener viva la memoria de su marido en sus numerosas apariciones públicas. Se ha convertido en una especie de celebridad y ha prestado su imagen a varias campañas de la Asociación Nacional del Rifle. En su testimonio recordó los acontecimientos de aquella mañana, dijo que su marido disfrutaba «ayudando a los veteranos».

Con gesto serio, Routh ha asistido a la reconstrucción de los hechos que los oficiales de policía que lo detuvieron la noche de autos han realizado para los miembros del tribunal. En ella, desplegaron fotografías e incluso un vídeo del momento de la detención del acusado. «Nos dijo que había quitado la vida a un par de almas y que todavía tenía que llevarse por delante alguna más», declaró el teniente Michael Smith, miembro del Departamento de Policía de Lancaster. Aseguró también que en el momento de la detención, temió que el acusado fuera a abrir fuego contra los oficiales que lo detuvieron.

También se ha proyectado el video de la confesión de Routh. El acusado, ora desafiante ora visiblemente desorientado, contesta a las preguntas del oficial Danny Briley. En un momento dado, éste le pregunta por qué disparó a Kyle y Routh contesta:

―Sabía que si yo no me llevaba su alma, él iba a llevarse la mía… O uno de sus compañeros iba a llevarse una de mis almas.

Previamente, Routh había calificado a Kyle y a Littlefield de «caza cabezas».

La hermana del acusado se sentó en el estrado el miércoles 18 de febrero y volvió a relatar lo que ya se sabe. Tras asesinar a Kyle y a su compañero, Routh se dirigió en la camioneta a su domicilio. Ésta le notó nervioso, «presa del delirio», y le preguntó de dónde había sacado un vehículo que sabía que no le pertenecía. «Él me dijo que lo había cambiado por su alma. También que había tomado sus almas antes de que ellos se hicieran con la suya. Yo le pregunté qué quería decir y él me contestó que ellos iban a por él».

La última semana de febrero se prevé crucial para el desarrollo del juicio pues se esperan las declaraciones de los especialistas psiquiátricos que trataron a Routh antes y después de los asesinatos.

El jurado encargado del veredicto se enfrenta a tres opciones: declarar a Routh culpable de pena capital, no culpable o no culpable a causa de su locura. Dado que los fiscales han renunciado a pedir la pena de muerte, si es condenado, Routh pasará el resto de su vida en la cárcel. Incluso, de ser absuelto, podría permanecer bajo custodia. La legislación criminal de Texas estipula que en casos que implican crímenes violentos en los que los acusados son declarados no culpables a causa de su locura probada, el tribunal puede dictaminar un proceso civil que implique su internamiento. 

El ruido

Gran parte del problema en el juicio de Routh es el ruido que lo rodea. El gigantesco mito de Kyle se ha multiplicado exponencialmente tras la película de Clint Eastwood. «A causa del éxito de la película, mucha gente adora a Chris Kyle, que se ha convertido en una especie de santo, y el hecho de que hubiera muerto asesinado precisamente tratando de ayudar a su asesino hace que vaya a ser muy difícil que alguien intente escuchar y entender qué es en realidad el PTSD», admite Meshad. No hay pieza que sea emitida por televisión que no combien fotografías de Kyle con su mujer y compañeros mezcladas con imágenes del juicio y fotogramas de la película.

Por esta razón, muchos se pregunten si en realidad Routh tiene posibilidades siquiera de enfrentar un juicio justo una vez que el jurado está completamente mediatizado por el éxito de un filme que glorifica la memoria de Kyle. La defensa pidió en reiteradas ocasiones un traslado pero la petición fue denegada.

Tal y como alegó el padre del acusado, Raymond Routh, a las puertas del tribunal, «aquel día perdimos a tres personas ¿cómo explico que yo también quiero justicia para mi hijo?».

«Hasta cierto punto, es normal que los jurados se dejen llevar por las emociones y es difícil que estos no conozcan la historia del caso redibujado ahora por la película», se teme Meshad, que recuerda que la cinta opta este mismo domingo a seis Oscar de la Academia, incluyendo Mejor Película y Mejor Actor a un Bradley Cooper inmenso que consigue emocionar al espectador en la piel de Chris Kyle. El filme ha recaudado solo en EE.UU. más de 300 millones de dólares. Para darse cuenta de su poder de seducción baste una anécdota: ha sido la primera vez que me he levantado de la butaca de un cine después de ver una película mientras la sala se vaciaba completamente en silencio. Un silencio sobrecogedor animado por el montaje final que incluye imágenes reales del funeral de Kyle.

«Al final», concluye Meshad, «lo que tenemos es a un tipo que mató al héroe del que todos se han enamorado». En su opinión, la defensa tiene la oportunidad de lograr «un gran triunfo» si consigue que el jurado acepte la locura como eximente. El fundador de National Veterans Foundation sabe de lo que habla. No es muy común que un jurado acepte la demencia como argumento en juicios de tal magnitud. De hecho, solo se conoce un caso en el que un veterano diagnosticado con PTSD fue sentenciado a internamiento psiquiátrico en lugar de a una pena de cárcel. Ocurrió en 2009 en el estado de Oregón. Jessie Bratcher, ex combatiente en Iraq, asesinó a un hombre que supuestamente había violado y dejado embarazada a su prometida. Su abogado, Markku Sario, alegó enfermedad mental y convenció al jurado de que su defendido reaccionó de manera letal precisamente porque el Ejército le había entrenado para eliminar cualquier amenaza, pero nunca lo había hecho para que pudiera volver a insertarse en la vida civil. Shad Meshad participó en aquel caso como uno de los especialistas consultados por la defensa.

Sobra decir que el argumento de la enajenación mental causada por el PTSD enciende los ánimos entre los familiares y los seguidores de la memoria de Kyle, comenzando por su viuda quien, a principios de este mismo mes, declaró en una entrevista al diario LA Times: «Intentar e incluso buscar una excusa es repugnante. Conozco a gente con PTSD, es algo real y muy duro. Pero eso no cambia el fondo de tu carácter».   

El debate en torno a la responsabilidad del PTSD en el caso del asesinato de Kyle ha golpeado incluso a la comunidad de veteranos. La Warfighter Foundation, otra organización de apoyo a ex combatientes, se ha mostrado radicalmente contraria incluso a aceptar que el acusado sufriera PTSD. En una reciente investigación acerca del pasado de Routh publicada en su web, Spencer Walker, uno de los responsables de la organización, insiste en que el ex marine podría ser víctima de «esquizofrenia paranoide» pero no de PTSD. Su informe, que incluye entrevistas con personas que reclutaron y sirvieron con Routh tanto en Iraq como en Haití, viene a decirste no pudo haber desarrollado PTSD porque, según ellos, nunca llegó a entrar en combate, ni tan siquiera «estuvo expuesto a experiencias traumáticas», algo que echaría por tierra directamente toda la base de la defensa.

Sea cual sea el camino que tomen los acontecimientos en las próximas semanas, el veredicto que reciba Routh no dejará indiferente a nadie. En este caso, la realidad se impone mucho más compleja que un simple juego de blancos y negros, de héroes y villanos tradicionalmente del gusto de la factoría de Hollywood. Y esta realidad, una vez más, deja al descubierto los fallos de un sistema que supuestamente debería de haber velado por la seguridad de Routh y, por extensión, de la de los propios Chris Kyle y Chad Littlefield. Pobres soldados americanos.   

La historia de Chris Kyle es una metáfora de la América de nuestros días. Un punto de épica, una gran dosis de patriotismo, una pizca de redención y, también, un final trágico. De los que hacen que al espectador se le ponga un nudo en la garganta. La controvertida película de Clint Eastwood, American...

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Autor >

Diego E. Barros

Estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Vive en Chicago y es profesor universitario. Escribe donde le dejan y, en ocasiones, hasta le pagan.

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