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Bienal de los Países Bajos

Flamenco neerlandés

Silvia Cruz Ámsterdam , 12/02/2015

Conchita Boon y La Kika , en Viajeros, iniciativa de la bienal y de La Nina.
Conchita Boon y La Kika , en Viajeros, iniciativa de la bienal y de La Nina. Annemiek Rooymans

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Se llama Janine, pero la llaman La Nina. Es rubia y tiene los ojos zarcos, que no castaños. Su carne es clara, casi pálida, un tono muy alejado en la paleta del bronce, el aceituna o el tostado. Baila flamenco, lo enseña a otros y vive de él en Holanda. Cuenta que ella no sabía nada de lo ‘jondo’ cuando en 1987 vio la Carmen de Antonio Gades y Cristina Hoyos en el Teatro Carré de Ámsterdam. Tenía 21 años y, después de aquello, se arrancó a bailar. Su iniciación coincide con la llegada a su país de los primeros maestros. Sólo dos años antes de que a La Nina se le despertara el ritmo, el Codarts de Rotterdam nombró al ‘tocaor’ cordobés Paco Peña director de la Cátedra de Guitarra Flamenca, convirtiéndose en el primer conservatorio del mundo en abrirle las puertas a lo ‘jondo’.

El Codarts es hoy una Universidad de las Artes a la que acuden cada año jóvenes de todo el mundo. A Ricardo Mendeville, actual director de la cátedra, no le extraña que el flamenco tuviera su primer hueco en la enseñanza superior fuera de España, ni datos como que la Cátedra de Flamencología de la Universidad de Córdoba se estrenara en 1987, dos años después del nombramiento de Paco Peña en Holanda. "Es llamativo pero pasa frecuentemente con las músicas autóctonas. Los que legislan no le dan el estatus que se merecen, ni un lugar donde poder estudiarlas".

Tampoco al musicólogo Faustino Núñez le sorprende que a más de 2.500 kilómetros de Cádiz o Sevilla se haga tal despliegue formativo y cultural dedicado al flamenco. "Desde los orígenes del género los mejores escenarios se han cedido fuera de la frontera natural de los territorios del flamenco". Lo cuenta un hombre que dio la vuelta al mundo acompañando a Antonio Gades, que lleva años yendo a Holanda a impartir clases magistrales y al que le gusta decir con una sorna que revela cabreo que "el flamenco es esa música que tanto gusta a los extranjeros". En Rotterdam sin embargo, no hay tiempo para el lamento: el Codart ya piensa en ofrecer cursos para enseñar a tocar otros instrumentos y cante. En esto último sí se les adelantó España ya que desde 2007 es posible aprender a ayear como Chacón, Mairena o Pavón en centros de enseñanza musical superior.

‘Neder-flamenco’

Mendeville es chileno pero lleva cuarenta años en Holanda y ha vivido de cerca el idilio de los Países Bajos con el flamenco. Explica que el interés empezó en los ochenta pero que el auge ocurrió en la década de los noventa cuando empezaron a proliferar las academias de baile. Muchos holandeses se aficionaron y viajaron a España para conocer la cuna y algunos, al volver, montaron sus escuelas o negocios relacionados con el flamenco. En Holanda no es extraño encontrar restaurantes de comida española donde reina el aceite de oliva y no se ve mantequilla ni en las tostadas y, sobre todo en Ámsterdam, hay bastantes bares que ofrecen actuaciones que no están pensadas para el turista ocasional, sino más bien para el aficionado de casa. En algunos, como el Pata Negra o el Café Duende, es donde se pueden ver y escuchar a artistas holandeses que se han tomado muy en serio el arte ‘jondo’. Son los artífices del ‘neder-flamenco’. 

Edsart Udo de Haes, “Edu”, es uno de ellos. Él, que aprendió a tocar la guitarra entre su tierra y España y ha acompañado a bailaores como Joaquín Grilo, asegura que el ‘neder-flamenco’ no es más que el flamenco que se hace en Holanda y que su peculiaridad radica en los músicos que lo practican. Cree que un guitarrista holandés no puede sonar como uno de Jerez y que, aunque en Holanda hay afición, no existe una tradición todavía. "Por eso tenemos que aportar algo nuestro y aquí lo que tenemos son músicos con formación muy sólida, grandes conocedores del jazz, de la música antigua y de la clásica". 

El percusionista Paquito González, que acompaña a Miguel Poveda o Vicente Amigo, comparte esa idea. "Son músicos que se adaptan a cualquier ritmo y conocen gran cantidad de estilos musicales de India, Bulgaria o Persia, países donde se encuentran ritmos muy complejos". Él y sus compañeros de la formación Ultra High Flamenco lo comprobaron en las actuaciones que ofrecieron en la última Bienal de Países Bajos con Oene van Geel, Maarten Ornstein y Tony Roe, todos reputados músicos de jazz. Con ellos se marcaron unas Cantiñas de Utrecht que hicieron las delicias del público anfitrión. Y las de los españoles que había en las salas.

La denominación ‘neder-flamenco’ fue acuñada por periodistas del diario De Volkskrant, con motivo de la celebración de la Bienal de Flamenco de Países Bajos de 2011, por analogía con el ‘neder-pop’, variante del género hecho por grupos del país y que tiene ya una larga historia en Holanda. Con el flamenco cuesta un poco más, pero la consolidación de la Bienal consiguió que aficionados y músicos subieran un nivel al pasar de ver el género como algo exótico y puntual a incorporarlo a sus intereses, como espectadores en el primer caso y como creadores en el segundo.

La Bienal como punto de inflexión

Ernestina Van de Noort, directora del evento, tenía claro su objetivo cuando se lanzó a organizar la Bienal hace más de diez años. Quería sacarle el ritmo a los holandeses, como a ella le gusta decir, pero también dar a conocer un arte que ella conoce por su afición y que le llevó a grabar el documental El cante bueno duele, centrado en la saga de guitarristas jerezanos de los Morao. Una de sus obsesiones es que se mezclen flamencos y no flamencos y establecer un diálogo entre culturas. Fruto de esas conversaciones son algunas producciones propias del festival, como Qasida, el espectáculo de Rosario La Tremendita con Mohammad Motamedi que lleva de gira más de dos años. Pero también hace una apuesta por el flamenco local, que cuenta con una sección propia en el festival. "Es la manera de que se vayan profesionalizando, dándoles un sitio propio a veces y otras, poniéndolos de teloneros de flamencos consagrados", cuenta Van de Noort. 

Para hacer todo esto posible, hace falta dinero. La Bienal holandesa, que finalizó el 3 de febrero,  ha contado para esta edición con un presupuesto de casi un millón de euros para organizar un festival que dura 19 días. La cifra está muy próxima al 1,4 millón de euros que administró la Bienal de Flamenco de Sevilla en 2014, que duró 24 días y es, posiblemente, el evento flamenco más importante del mundo. Esas son las cifras, unas cifras que se comparan solas y que dan más sentido a la sorna de Faustino Núñez. 

Sin embargo, la directora se queja, no sólo porque este año no ha contado con la subvención del Instituto Andaluz del Flamenco, que destina una partida a festivales internacionales con el objetivo de promocionar el género fuera de España. Se queja también por los recortes en cultura del Gobierno holandés, que según la Federación Internacional de Consejos de Arte y Agencias Culturales (IFACCA, en sus siglas en inglés) han cercenado 200 millones de euros a un presupuesto de 900. La Bienal ha tenido su ayuda, pero no muchos de los teatros con los que colabora y que en Países Bajos, pagan una parte del caché de los artistas que acogen. 

Un público con posibles

Darse una vuelta por teatros, bares y museos en Holanda, es comprobar que el público juega un papel importante en la escena cultural del país. En la mayoría de los espectáculos organizados en la Bienal, los teatros, salas e incluso una iglesia estuvieron prácticamente llenos. La gente pagó entre 20 y 25 euros por ver artistas que conocía y en otros casos, para conocerlos por primera vez. "Es muy característico de este pueblo el ser atrevido, se lanzan, no tienen prejuicios. Salen al mundo a mirar y se quedan con lo que les gusta", observa Mendeville.

Pagar para probar es un lujo que hoy se da poco en España. Pero el Gobierno holandés, al que también se le critican duramente las políticas de austeridad, demostró reflejos cuando en 2013, al comprobar que la subida del IVA cultural estaba dejando las salas tiritando de frío, decidió revocar la subida y bajarlo del 21% a 6%. Productores, artistas y periodistas aseguran que fue la manera de que muchas salas pudieran quitarle el polvo al cartel de "no hay entradas". 

Los precios de los conciertos también son muy parecidos a los que se pagan en España. Con una diferencia de bulto: el salario mínimo interprofesional holandés para 2015 es de 1.502 euros mensuales. Pero no es fijo, pues varía según la edad. Quizás por eso costó ver espectadores de menos de 30 años "probando" lo jondo en la última Bienal.

Mentes abiertas

Pero, ¿qué le gusta al público holandés? Una primera aproximación a las creaciones de la Bienal puede hacer pensar que lo que buscan es la experimentación. Pero entonces, llegan El Pele y Farruquito al teatro más grande de Ámsterdam, el Royal Carré, y consiguen sentar a 1.400 personas en un patio de butacas con 1.500 asientos. Y no es que ninguno de los dos represente precisamente a la vanguardia flamenca.

Para Faustino Núñez, lo que sucede es que aquí están abiertos a propuestas más arriesgadas. "La cercanía de los holandeses a la Escuela Mudra de Maurice Béjart en Bruselas y al arte contemporáneo en general los hace especialmente receptivos a los montajes de Israel Galván, Rocío Molina o Andrés Marín. Pero no desatienden el flamenco más clásico".

Una buena muestra de ese gusto es la elección del artista residente de la recién acabada Bienal: Renaud García-Fons, el genio del doble contrabajo, que igual toca una seguiriya, que se acompaña de un kamanché para evocar melodías turcas o ejecuta una pieza clásica con virtuosismo. Todo eso hace pensar que lo que se hace y gusta en Holanda son palos de ida y vuelta pero siguiendo otra ruta: en lugar de España-América y viceversa, el de allí parte de Holanda y enlaza con cualquier lado. Y con cualquier otro género.

Un camino propio, sin imitación

Para algunos cabales, cada vez menos, sólo pueden ser y sonar flamenco los gitanos. Los menos restrictivos consideran que sólo los andaluces. Y los más jóvenes ya saben que el flamenco se puede cocer en cualquier parte. A cualquiera que le guste el flamenco conoce la pasión desaforada de algunos extranjeros. El caso de los japoneses es bien conocido. Cualquier profesional nipón conoce al dedillo los palos, el repertorio de virguerías que ejecutan con sus cuerpos los "farrucos" o tienen en la cabeza hasta la última falseta de que inventó Paco de Lucía. Y aunque hay algunos creadores rompedores, como es el caso del bailaor Shoji Kojima, lo cierto es que, al observarlos, no es extraño tener la sensación de estar viendo una imitación. En Holanda puede suceder, también en España, pero no es lo habitual. “Lo que se creaba aquí en los años ochenta se parecía mucho a lo de España porque allí aprendían. Pero aquí los artistas empezaron pronto a tomar su propio camino, a darle su aire”, apunta Van de Noort. 

En las letras de algunos palos, se oye hablar de "sábanas de Holanda". Federico García Lorca las citaba en su "Romance sonámbulo" y su querida Niña de los Peines, sin ir más lejos, cantaba una letra por bamberas que las incluía así: 

Entre sábanas de Holanda
y colcha de carmesí,
está mi amante durmiendo
que parece un serafín.

Esos tejidos se incluían en pocas dotes y ajuares porque era un artículo de lujo que costaba cinco veces más que el mejor de los arados. No se oye ya hablar de esas delicadas telas hechas de la mejor hebra como algo de lo que presumen en Países Bajos. De lo que empiezan a alardear es de hilo musical, de uno hondo, con el que no tejen sábanas pero que aún está por ver a cuántos acabará por cubrir.

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