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Homenaje

El ronco del Albaicín

El humor, la personalidad y la sabiduría de Morente, a través de una selección de conversaciones

Miguel Mora 2/02/2015

<p>Enrique Morente.</p>

Enrique Morente.

Guillermo Sanz

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Comencemos por lo obvio: Morente fue uno de los más geniales creadores de la historia del arte flamenco y de la música contemporánea europea. Según su hija mediana, Soleá, fue también “el cantaor más punk que ha existido”. Sirva esto como resumen de una obra inmensa y como panegírico del artista, y pasemos al hombre: uno de los tipos más simpáticos, inquietos e inteligentes de su tiempo. Y ahora dejemos los maximalismos, volvamos a la tierra —“estamos vivos de milagro”, o, como cantaba el maestro por cabales de Silverio, “ábrase la tierra, que pa vivir así, como yo estoy viviendo, prefiero morir”—, y detengámonos un momento en el personaje. En la persona Enrique Morente. 

Recuerdo sobre todo su inimitable manera de relacionarse, de hablar y de reír; aquella forma tan peculiar y morentiana de afrontar la pesada carga de los días y las noches, y de convertirla en gozo y experimento tejiendo por el camino una inmensa red social de amigos y devotos unidos por el fervor, el arte, la ironía, la noche, la música, el surrealismo, el aje. Casi todos eran habitantes de los Candelas —su bar favorito— que en el mundo han sido, amantes de esos refugios fugaces del buen perdedor donde se practicaba la bohemia noctívaga del vividor que bebe, o del bebedor que vive. Como solía decir Morente, “los flamencos, con comer una vez al día y beber el resto tenemos bastante”. Y como cantaba por alegrías: “El agua no la aminoro. Yo voy a la fuente y bebo. Y lo que hago es aumentarla con las lágrimas que lloro”.

Lo siguiente que hay que decir es que este texto se inspira en la veintena de citas que el autor mantuvo con Morente a lo largo de los años. Y es preciso recordar su sarcasmo de fuego cuando alguien se apropiaba de una figura más grande que él mismo para presumir. Una vez que un artista editó un disco dedicado a Picasso y se hizo una foto con el pintor —él lo sacaría también después, pero sin foto y sin ronear—, Morente lo resumió así: “Yo y Picasso”.

Lo cierto es que aquí no hay nada de lo que presumir: nuestros encuentros obedecieron casi siempre a motivos profesionales. Yo era periodista de Cultura en El País, me gustaba mucho el flamenco desde pequeño —mi padre lo ponía a todo trapo en el tocadiscos para acallar la ausencia de mi madre—, y Enrique Morente era ya el mejor cantaor vivo sin discusión (yo entré en el periódico el año que murió Camarón). Así que nos vimos a menudo para hacer entrevistas, en presentaciones de discos, en premios, en funerales y bodas y en conciertos.

Cabe añadir que esas obligaciones laborales, casi siempre vespertinas, acababan a menudo convertidas en otra cosa: charlas de madrugá, juergas caseras o callejeras, disparates en general. Releyendo la decena larga de charlas que mantuvimos, veo ahora que todas fueron tan anárquicas como coherentes con una manera similar de ver el mundo —“ya no sabemos lo que somos ni lo que comemos”—, lo que quizá confirma que, igual que los novelistas siempre escriben la misma novela, los periodistas escriben siempre la misma entrevista. Sobre todo si se la hacen a Morente.

Lo importante es que aquellos encuentros, unos breves y otros de varios días, fueron una caudalosa fuente de inspiración, aprendizaje y divertimento. El humor, la inteligencia y la simpatía de Morente eran sus grandes armas de seducción natural. Tenía un sentido del humor surrealista, hecho de fogonazos como cuchillos, que compensaba con una risilla breve, casi lacónica. Se reía sobre todo de sí mismo, con una libertad y una saña dignas de peor causa. Y esto le permitía reírse de todo lo demás y desmitificar casi todo. Lo hacía poniendo casi siempre una cara muy seria -excepto en los ojos pequeños y astutos-, que recordaba a los autores de La Codorniz, aquella revista donde, según contaba Joaquín Vidal, a nadie se le ocurría hacer un chiste sin poner cara de estar asistiendo a su propio entierro.

Creo que la primera vez que hablé cara a cara con el Ronco del Albaicín -así se rebautizó él mismo cuando le cambió la voz y se le puso, según decía, “como a mi perro”- fue en 1995. La cita se produjo en un húmedo sótano de la calle Atocha. Morente estaba ensayando con Gerardo Núñez para su primer y memorable recital del Teatro de la Zarzuela, que festejaba su Premio Nacional de Música 1994. Juan Verdú organizó la entrevista y me acompañó al local. Venía también mi amigo Javier Palacios, que le hizo unas fotos espléndidas. Yo entonces era un reportero casi imberbe y un pasable jugador de póquer, pero había escuchado 200 veces sus discos, sobre todo el de Sabicas, y para romper el hielo le saludé diciendo: 

- Hola, maestro. 

A lo que él respondió: 

- Sí, claro, ¡maestro Ciruelo!

 Morente había ensayado dos semanas para aquel concierto, lo que prueba otra de sus virtudes como artista: la profesionalidad. Durante aquel tiempo, los amigos ni le conocían: apenas trasnochó —“bueno, alguna nochecica..."—, fumó poco —"un poco menos"—, y sólo salía al frío madrileño con el cuello de la cazadora sobre las orejas. "El concierto va a ser duro", contaba. "Mis amigos, los que han creído en mí, esperan mucho y, aunque da gusto jugarse el pellejo por ellos, podemos pinchar, y entonces dirán: ‘probetico’, metimos la pata, no valía ”. 

El debut en La Zarzuela fue también el estreno en Madrid del Allegro Soleá. "Como dice Juan Verdú, está bien torear en Aranjuez, pero alguna vez hay que venir a Las Ventas”, contaba. “El Allegro ha sufrido la incomprensión y la chufla de los músicos y los directores nacionales. Tenían miedo al desconocimiento del flamenco, y pasamos muchas fatigas para estrenarla. Llegué a pensar que tendríamos que ir a Rusia o a Alemania para hacerla. Yo les decía a los músicos: '¿Pero será posible que siendo usted y yo de dos pueblos que están al lao vaya yo a tener que irme a Moscú a cantar esto?’".

El final de aquella charla fue un espejo de un alma libre y humilde. "Si salgo vivo, que no sé, habrá que  tomarse algo, y luego ya les he pedido a los de la Sala Revólver que me pongan un par de concierticos, a ver si me apeo pronto del pedestal éste". Se reía, pero... "Si es que yo prefiero los sitios con humo y sin luz, son más acogedores".

A partir de ahí, tras el flechazo, todo fueron risas, bromas y amistad, copas, pitillos y gambas a la plancha, Candelas y Muermulias (el bar de Graná llamado La Tertulia). Pero repasando el archivo, resulta que la primera noche que nos vimos fue unos meses antes de aquella primera vez. Fue en noviembre de 1994, a las tres y media de la madrugada. El Candela parecía a esas horas casi el único local abierto en la excapital de la movida. Estaba hasta los topes. Pollito de California andaba ya enrojecido. El impávido habitual fumaba sus chicharras mientras paseaba por el local arriba y abajo. Varias gitanas -las Negri- de quitarse el sombrero se turnaban un abrigo (de visón) a cada rato para recatar sus trajes negros. Un par de Carmonas, guapos pa reventar, tendían redes sonrientes hacia la zona turística del bar. Y la francesa picaba…

Por fin, Morente llega y atraviesa el pasillo de los campeones. Sonrisa, o media, de dos orejas en Las Ventas. Gestos de admiración, amor a manojitos. El maestro besa y pide un cigarrillo. La cuadrilla lo rodea: "Has acabao con el cuadro"; "Cumbre, inmenso, enorme". "Sólo por verte mover las manos merece la pena oírte...". Uno, de melena camaronera, en el WC: "Cuando canta Enriquito se acaba el mundo".

Eso también formaba parte del personaje: los morentianos, la sociedad semisecreta de entregados admiradores que le seguía a todas partes, le adulaban y le esquilmaban (nunca recuerdo haber pagado una copa si él estaba en el local). Enrique, a diferencia de muchos de sus maestros, siempre ayudó a los jóvenes artistas y les dio sitio. Apadrinó a La Barbería del Sur, protegió y mimó a los Carbonell y los Habichuela, cuidó de Rafael Riqueni en la salud y los malos tiempos, siempre acudió a homenajes y citas benéficas, descubrió y compartió escenario con docenas de jóvenes guitarristas y trabó amistad con músicos —y camareros— de todas partes. Su generosidad no conocía límites: contrató a un bailaor cojo para su montaje del Quijote y, según contaba Aurora, su mujer, invitó a la boda a todo el que encontró y le pidió a un mendigo que fuera su testigo. 

Recuerdo también dos estancias maravillosas en Nueva York —gritando por los pasillos del Carnegie Hall “me han robao el traje, me han robao el traje” (olvidó que se lo había llevado la planchadora), y caminando disfrazado con una gorra de orejeras— y en Buenos Aires, y algunas visitas a su casa de Granada. La tónica habitual era hablar, dar largos paseos sin rumbo, seguir hablando, y perder cinco o seis aviones de vuelta para poder hablar un poco más.

Fueron muchas charlas —demasiadas— sin grabadora ni bolígrafo, y mucho esfuerzo posterior, baldío —o al menos a mí me lo parecía así—, por recordar y reflejar fielmente en el papel su maravillosa gramática flamenca, su sentimiento escéptico y sencillo de la vida, su paradójica visión del cosmos.  

Sobre la veta surrealista de su humor recuerdo especialmente una noche de fiesta en Granada. Estábamos con Pachi Gallardo, un amigo pintor de Torrox, Laura García Lorca y Aurora Carbonell —“ la granaína del Rastro de Madrid, esa que habla mejor granaíno que los de Graná”-. Fuimos, no sé por qué, a una discoteca convencional. Mientras Enrique y yo pedíamos una copa en la barra, Aurora se dio un paseo y se paró junto a una columna a saludar a alguien. Cuando volvió, Enrique le dijo:

— Pelota, te he visto.

— ¿Eh?

— Estabas ligando con esa columna de allí. 

La juerga duró hasta el alba. Enrique le cantó a Aurora, que bailó. Y Aurora le cantó a Enrique, que se dio una patadita con un compás y una gracia... 

La entrevista más larga que mantuvimos duró cuatro días con sus noches. La hicimos el fotógrafo Jordi Socías y yo para El País Semanal, dentro de un especial sobre flamenco que dedicó su portada a Morente en 1996. La visita a Granada fue un culmen de flamencura morentiana: visitamos varios solares del Albaicín porque estaba buscando casa nueva, conocimos a la familia, a vecinos y grupis, y al profesor de matemáticas de Estrella. Enrique nos ofreció un “bohío” para pasar la noche en su casa, fuimos a ver debutar a la primogénita en las fiestas de un barrio… Toda una inmersión en el universo Morente. 

La conversación terminó así:

— ¿Ha terminado ya el aprendizaje?

— No. Empiezo ahora otra vez, con el nuevo disco. Si termina el aprendizaje, se termina todo.

— ¿Y por qué nunca han actuado juntos Morente y Paco de Lucía?

— Siempre se ha hablado algo, pero debe ser que él siempre está de gira y yo siempre estoy en el Candela.

Un par de años después, nos vimos en Madrid para otra entrevista. Fue un almuerzo mano a mano antes de un concierto en el Albéniz. Nos pusimos ciegos de vino y marisco —quién dijo crisis-. El titular era este: “La piratería es un mal menor. Pero si no se resuelve me veo vendiendo mantas".

Su reflexión sobre el asunto denotaba su sabiduría: “Afecta más a los músicos que a nadie. La industria tendrá que inventar otro sistema, pero mientras tanto la cuerda se romperá por el sitio más débil. De otro lado, aceptar que los inmigrantes vendan en mantas es absurdo. Mejor darles trabajo y que vendan en tiendas. Pero es la pescadilla que se muerde la cola. Las compañías han inventado los cacharros que sirven para grabar. ¡A ver si ahora vamos a querer que los cacharros no funcionen, que se rompan al grabar un CD y la gente tenga que comprarse diez aparatos al mes! ¿Y así lo que pierden con la música lo ganan en tornillos?”.

Y proseguía: “Pedir al público que no compre y al vendedor que no venda... Eso no se le ocurre ni al que asó la manteca. Luego hay otra cosa. En una época, grabar un disco de flamenco era una odisea, un milagro. Mucha gente de generaciones anteriores se quedó sin grabar. Ahora te lo puedes hacer en casa. Así que la piratería es un mal, pero un mal menor. Seguramente hay problemas más serios que resolver, como el que tiene Palestina con ese bárbaro del gorrillo (Ariel Sharon), que demuestra una vez más que estamos vivos de milagro. Aunque es verdad que si lo de la piratería no se resuelve, yo me veo en el Rastro con mi manta. O vendiendo mantas a los de la manta”.

Morente era un falso tímido. Le costaba cantar. Pero como buen seguidor de Paula, Romero y Vázquez, sólo le daba miedo la mediocridad, nunca el fracaso, que también los hubo, y gordos: “La creación es difícil. Sobre todo si sale mediocre. Yo prefiero que salga un desastre a que salga mediocre. Si sale ni fu ni fa me quedo deprimido. Mejor que el toro se te vaya vivo que te despidan con un silencio”.

“Los poetas son la gente que más quiero”, me dijo otra vez. Adoraba a Pedro Garfias y a César Vallejo, pero había conocido a Alberti y a Octavio Paz y no les tenía simpatía. También admiraba a los traductores: “Un amigo me habló de un poema que cuenta cómo se sufre traduciendo un poema”, me contó. “Para mí, eso es la esencia del arte: una continua traducción, y bastante angustiosa por cierto. Se trata de traducir tus sentimientos, de plasmar los sentimientos de la tradición, los caminos transitados antes por otros, en tu propio idioma. ¿Cómo canto yo una soleá que le escucho a otro? Quizá traducir es lo único que he hecho hasta ahora. Los traductores son gente muy especial. Habrá tíos que han traducido a Dostoievski, la Biblia o el Corán y no los conocen ni en su casa”.

Hubo muchas otras charlas similares a estas. Y una última muy especial, porque luego ya no le volví a ver más a solas. Obsesionado con plasmar en el papel la cultura ágrafa del flamenco, en 2007 me puse a escribir el libro La voz de los flamencos (Editorial Siruela, 2008). Morente tenía que ser el centro del libro. Le propuse hacer un diccionario de autor, y aceptó con su amabilidad habitual. La víspera de Navidad me presenté en su casa de Granada a las tres de la tarde. Esta vez con grabadora. Durante doce horas, contestó con una guitarra en la mano a la entrevista soñada: preguntas de una sola palabra. La cita duró hasta las tres de la mañana. Su diccionario se completó, por teléfono, en largas conversaciones Lisboa-Granada. Lo pasamos de cine matizando suavidades y añadiendo pequeñas maldades.

Rojo impenitente, era demasiado listo para dejarse engañar por los socialistas andaluces, empeñados en apropiarse del flamenco para hacer negocio con él. Y cuando le pregunté por Andalucía, respondió esto: “El tópico me gusta: Andalucía gitana y mora. Suena bien. Hay varias y me gustan todas. La cuna del flamenco, sí. Pero hoy ya no es sólo de Andalucía. Es de muchos sitios, y cuantos más sean, mejor. ¿El Estatuto de Autonomía dice que el flamenco es nuestro? Eso me recuerda a mi maestro Pepe de la Matrona, que en la posguerra fue a buscar el carné de artista al sindicato vertical, a la Falange. Un jurado te examinaba de muchos géneros. ‘¿Quién me examina?’, preguntó Matrona. ‘El Canario de Madrid’. Pues dígale que está aquí Matrona y le va a pegar una patada a la jaula y va a salir el pájaro volando. ¿Vamos a examinar los andaluces a un flamenco de Extremadura? ¿A decidir si la rumba de El Pollito se atiene a los cánones?”.

Aunque a veces se le entendía mal lo que decía porque hablaba muy bajito y con un fuerte acento granaíno, Morente era un narrador oral muy fino, de admirable precisión. Esto es lo que me contó de Ava Gardner: “La conocí en Zambra. Un día, junto al mostrador de la entrada, por donde salíamos al escenario, en un saloncito precioso. Llegué y había allí una mujer con vaqueros y camisa blanca. Buenas noches, buenas noches. Pensé: ¿Y esta tía tan guapa? Cuando salí me di cuenta. Así que volví y allí estaban El Gallina y Pericón: me la presentaron. No llevaba una gota de pintura, era una maravilla. Con El Gallina, Varea y Pericón simpatizó mucho. Ha quedado una imagen injusta y frívola de ella; o fue mal contada por los flamencos, mal descrita, o mal escuchada. Le gustaba mucho el cante bueno. Para ir de fiesta con artistas como aquéllos te tenía que gustar mucho el cante. La impresión de que todos se acostaron con ella es mentira. En aquella época el Sacromonte también estaba lleno de artistas americanos que venían a oír flamenco. Anthony Quinn, Ingrid Bergman... Entonces era distinto. Decían que el flamenco para turistas iba a acabar con el flamenco; pero en los tablaos era más peligroso el turismo interior que el exterior”.

Como vanguardista de corazón, le habría gustado vivir en los años veinte y treinta. Y recordaba como si la hubiera conocido La Edad de Plata: “La época de gloria: ¡haber conocido a Belmonte y a Joselito escuchando a Chacón! También a Manuel Torre, que era íntimo de Chacón aunque los flamencólogos se encargaron de separarlos. Siempre que podían se llamaban para escucharse. En realidad, Chacón fue un gran promotor de Manuel Torre”.

Admiraba a muchos compañeros de oficio y, aunque bromeaba diciendo que la hermandad de los flamencos era un concepto inexistente, nunca le oí hablar mal de ninguno. La muerte prematura de Camarón, que le dejó solo como cabeza de cartel, le afectó profundamente: “Hizo pasar momentos muy dolorosos con su desaparición”, decía. “Se fue demasiado pronto. En la garganta tenía el almíbar gitano, lo dulce y lo rancio. Era un gran músico natural, con una intuición asombrosa. Tenía muchos fuertes: el color de la voz, un sentido rítmico extraordinario, un conocimiento del flamenco espléndido. Todo lo que hacía estaba siempre bien colocado, perfectamente cuadrado, y además con inspiración y con duende. No se podía pedir más. Una maravilla. El mundo entero, cuando enfermó, intuyó que se perdía a alguien fuera de lo normal. Y ahí empezó la angustia de la gente y se empezó a mostrar más atención hacia el flamenco. Cuando murió, muchos creyeron que iba a pasar como uno más, pero no fue así: su música no ha hecho más que crecer, cada vez va a más. El equipo era imbatible. Paco fue un inmenso productor, y el padre de Paco les animó a cantar la antología entera. Murió sin herederos y dejó una maravilla que no se puede imitar”.

En aquella entrevista interminable me di cuenta, además, de que era un flamencólogo extraordinario. Ésta es su definición de la voz compás: “La forma, la técnica de medir el ritmo. Unos lo entienden de una manera, otros de otra, pero es una de las riquezas del flamenco, una forma de medir que no existe en otras músicas, sobre todo cuando hablamos de soleás, bulerías, seguiriyas o tientos. La medida del fandango es más universal, está en la jota aragonesa por ejemplo, pero si la aceleras y le cambias un poco el carácter, te descuidas y te sale una bulería. Ese tipo de juego rítmico existe mucho en el flamenco. El compás es para escribirlo y el tiempo para sentirlo”.

Y ésta, más concisa, de duende: “Una palabra inventada, una invención romántica para no decir pellizco, pero es lo mismo: la inspiración, el corazón, la transmisión”.

Como historiador, era un gran conocedor de la microhistoria flamenca. Cuando le espeté la palabra dinero, dijo: “En el flamenco no se ha movido el dinero como en otros géneros. Nunca se ha movido como ahora, pero se ha movido. Los flamencos han estado siempre en ello. La droga del tiempo anterior era el juego. Había muy buenos crupier y jugadores de cartas flamencos. Y de lotería. Marchena tomaba una calle de Madrid y le decía a su representante que fuera por la otra acera comprando lotería a los ciegos. Por lo visto le tocó varias veces. Y luego se lo gastaba otra vez”.

Siempre crítico con su país de sordos, alérgico a los poderes y los potentados, hablaba claro, pero era a la vez cuidadoso en las formas y procuraba mantener una mirada positiva y constructiva. Esto es lo que contestó cuando le pregunté por España: “Siempre en la boca del cante. En los jaleos se decía antes: ‘¡España-Jerez!’. Claro que yo he llegado a decir hasta ‘Viva Grecia’. ¡No ha tenido que sufrir nada el flamenco hasta que le ha hecho caso España! Tuvieron que venir de fuera a convencerlos y aun así están dudosos, no le gusta a casi ningún burócrata. Y eso que parece que el flamenco es español. (…) Pese a todo eso, el flamenco representa a la patria en todo el mundo desde hace muchísimos años. Se exporta mejor que los toros, claro. Ese éxito que tiene fuera a algunos les sigue pesando, cosa que entiendo. Como nunca han convivido en un entorno favorable hacia el flamenco, no se sienten representados”.

También llevaba con una paciencia infinita los embustes de la flamencología oficial, que le consideraba una especie de marciano. Inventor de la expresión flamencólicos, la definía así: “Dicen que yo inventé la palabra, pero también se me acusa de otras cosas. Incluye melancólico; cólico; coliflor; alcohólico, y seguramente tiene connotaciones más graves. Viene de flamencólogo, claro, que es una palabra que inventó Anselmo González Climent, un argentino que era buen aficionao. La flamencología es un mundo de hombres apasionados que han hecho una labor por una parte buena, cuando los libros están bien hechos; porque un libro siempre es importante pero una copia de un libro de otro libro de otro libro es menos importante, ¿no? Lo que ha sucedido es que algunos empezaron a representar la Real Academia del Cante Flamenco y a dirigir los sentimientos de la gente y de los artistas; a decir lo que se tenía que hacer y lo que no, y se perdieron en partidismos, y entonces muchos artistas se aprovecharon para conveniencia de sus carreras personales”.

La máxima expresión de la flamencología aplicada a los festivales de las peñas andaluzas se perpetró en Motril en los años ochenta. Éste era su recuerdo de aquel juicio: “Era un festival. Había dos ambigús al borde del escenario, así que el artista que salía a cantar a las tres de la mañana llegaba ciego. Recuerdo que había dos micrófonos para seis artistas, el sonido era pésimo... Salí y debí cantar 15 minutos, quizá 16. El contrato, que lo había arreglado Pulpón, estipulaba que cantaría la caña, la seguiriya y la liviana. Pero para terminar antes los canté todos de un tirón y acabé. Entonces salió un cojo del Ayuntamiento al escenario y con el contrato en la mano empezó a gritar: "¡Motrileños, ha venido a engañarnos! ¡Mirad lo que pone aquí!". Para no pagarme, alegaron que había incumplido el contrato. Así que los llevé al juzgado para poder cobrar. En el juicio, el abogado me preguntó si era cierto que no había cantado la liviana. Y yo le dije: ‘Canté la mía personal"’. Y él: ‘¿Pero se alivió al cantarla?’ Entonces le expliqué:  ‘Mire, se llama así porque es un cante de preparación, pero se la voy a cantar para que la conozca’. Ahí terció el juez: ‘Vuelva usted al banquillo que son las once de la mañana y aquí no se canta’. Al final gané el pleito y cobré. Lo que ya no sé es si la jurisprudencia quedó a favor de la libertad del cante o no. Lo único que sé es que programar esos festivales que duran siete horas como defensa de la pureza del flamenco es un disparate. Muchos acaban a silletazos”.

Libertad. Ésa fue su palabra fetiche, su único ídolo (además de su madre, a cuya muerte me dijo: “Desde que se fue sólo canto réquiems”). Pero tampoco presumía de ser libre. “He dado la impresión de ser más libre de lo que he sido. Los pasos que he dado han sido más por desesperación que por otra cosa, por no tener más remedio. Muchos han sido más largos de lo que deberían haber sido, huidas hacia delante. Estás intentando encontrarte con el cante clásico, que es lo que más me ha gustado... Pero si me hubiera ceñido a eso, muchas cosas que están hechas no se habrían hecho, claro. Aunque muchas veces las he hecho porque me ayudaban a aprender a cantar mejor por seguiriyas. Cuando te tiras una temporada cantando con una guitarra eléctrica, paras y vuelves, el oído te lo agradece. Sobre todo por el cambio, por el descanso de la rutina. También es cierto que me gusta la sorpresa, el riesgo, otras posibilidades. A veces pienso: de mantener la pureza que se encarguen otros. Pero siempre vuelvo; es una regresión, porque siento que todavía hay mucho que hacer ahí. Se ha perdido el rito de la afición, y es paradójico que lo diga yo que me he paseado por ahí con guitarras estridentes, pero ese respeto por los anteriores ya no está. Escuchar a los viejos es lo primero para poder caminar; los que has conocido, los que te han entusiasmado, los que no has podido oír porque no estaban grabados y has tenido que imaginártelos. Ésos son siempre los más inspiradores”.

Pero la clave, el núcleo de su genio, era la humildad. Cuando le pregunté por su sello, los melismas morentianos, dijo: “Esas notas y esos giros que hacemos los cantaores y los árabes. Debe ser cosa del Mediterráneo. Lo cual no quiere decir que nos bañemos todos los días en Marbella”.

Creo que su mejor legado, aparte del regalo para los oídos y el alma que nos dejó su cante, fueron su sentido del humor, su sentido de la amistad y su sentido común. En eso Enrique Morente fue imbatible. Cuando le pregunté por el legendario cantaor Tomás El Nitri, respondió: “A ése no le hemos oído, sólo tenemos las patillas iguales. Le dieron la Llave del Cante, que debió ser un invento de un empresario habilidoso de la industria del flamenco: el hombre vino a Madrid, puso en competencia a las figuras y también le dio la Llave a Vallejo; antes la había ganado El Nitri, probablemente por idea de otro empresario. Lo de las llaves tiene un peligro. Si el que la recibe se cree que tiene la llave del cante, no tiene arreglo. Como operación comercial o reconocimiento a una proyección, bueno, está bien. Pero parece que el que tiene la llave es algo. Imaginemos la llave de la pintura. ¿Por dónde empezamos? ¿El Greco, Picasso, Barceló, Sicilia? No habría cerrajeros para tanta gente”.

Toca despedirse. Como decía Miguel Candela cuando cerraba el bar donde Enrique pasó más tiempo, “señores, nada es eterno”. Sólo quiero añadir una nota personal: nunca conocí a un artista tan humano y generoso, a un hombre con tanto arte. Y aunque jamás he sido partidario de la hagiografía, Enrique fue siempre un caso perdido, una debilidad. Un amigo. Un universo de inteligencia, hospitalidad y sencillez. Una especie de padre adoptado. Un compañero del alma.

Gracias por todo eso. Y por todo lo demás.

Autor >

Miguel Mora

Nacido en Madrid, en 1964, el director de CTXT fue corresponsal de El País en Lisboa, Roma y París. Anteriormente, trabajó durante 10 años en la sección de Cultura como reportero para temas de cine, literatura y arte. En 2011 fue galardonado con el premio Francisco Cerecedo y con el Livio Zanetti al mejor corresponsal extranjero en Italia. En 2010, obtuvo el premio del Parlamento Europeo al mejor reportaje sobre la integración de las minorías. Es autor de los libros 'La voz de los flamencos' (Siruela 2008) y 'El mejor año de nuestras vidas' (Ediciones B).

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